viernes, 31 de mayo de 2013

¿Comienzo de una nueva aventura de Rick Cardo?


Estaba sentado en una roca mirando al mar lánguidamente. Así, con esa postura tan sexi de la sirenita en Copenague, que solo conozco por las fotos. Oyó el ruido de los pasos, pero apenas movió la cabeza para ver quién era. Los pasos se detuvieron.
-¿Es usted el señor Cardo, Rick Cardo?
-Ese o cualquier otro, qué más da.
-Al fin lo encuentro, nos habían dicho que estaba usted muerto.
-Tienen razón, lo estoy.
-Hemos pensado en usted para un asunto. Tal vez le interesará.
-No me interesa, ya no me dedico a eso. Ya no me dedico a nada.
-No tiene nada que ver con perritos desaparecidos ni con esposos lúbricos. Esto es algo más gordo. Se le pagará bien.
Cardo ignoró al hombre y siguió mirando al mar. A lo lejos cruzaba el barco que se dirigía a Santa Cruz. Una gaviota lanzó un grito en el aire. El hombre empezó a sentirse incómodo.
-Bien, veo que no es un buen momento. Le dejaré mi tarjeta. Por favor llámeme. Es un asunto de suma importancia. –Extrajo una tarjeta del bolsillo y se la tendió, pero Rick no hizo ningún movimiento. El hombre titubeó sin saber qué hacer. Se agachó y la dejó en el suelo, colocándole una piedra encima para que no se la llevara el viento. Algo irritado, añadió- Le dejo, veo que no es el momento –y se alejó.
Se oyeron los pasos hasta perderse. Poco después el ruido del motor de un coche que se que se fue confundiendo en con el del mar y el viento hasta desaparecer en ellos.
Rick se levantó, miró al horizonte y dio un salto hacia el precipicio.
Bueno, precipicio. Era una caída de un metro escaso hasta un terraplén. Se hizo algo de daño en el tobillo. Avanzó cojeando un poco hasta el abrigo de unas rocas, se bajó la bragueta, rebuscó hasta encontrar y extrajo lo poco que había. Meó, sacudió salpicándose los pantalones, y se lo volvió a guardar. Luego regresó, lentamente. Un poco más allá de donde había saltado ascendía una suave pendiente. Subió, pasó junto a la roca, hasta la bicicleta que estaba tirada en el suelo más allá. Montó y pedaleó con desgana. Había avanzado unos metros cuando se detuvo. Luego dio la vuelta y regresó hasta la roca. Sin desmontar del todo de la bici, se agachó a recoger la tarjeta. La leyó y se la metió en el bolsillo de la camisa. Luego se fue. Pedaleando. Con desgana.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Chusma





LA MALETA DEL FRACASO

Ejerzo un oficio sin vocación y una vocación sin oficio. Alcanzar lo primero ha costado años de esfuerzo y sacrificios de mis padres, ahora viejos; a mí, tan solo tesón y desgana. Alcanzar lo segundo simplemente no me ha costado nada, solo dejarme llevar por la palabra y la ilusión: soy poeta, y me gano el pan de alguna otra infeliz manera.
Asegurado lo del oficio, lo que me ilusiona es la vocación y en el trayecto hallé a varios compañeros de viaje que se me unieron en este errar simbólico rumbo a Bremen, aquella vieja ciudad de la música del cuento. Entre todos publicamos un primer librito que nos retornó las ilusiones y la esperanza de un día de reyes de la infancia ya lejana. Con mi flamante libro y una fotografía de los cuatro “músicos” fui a casa de mis ancianos padres a compartir la alegría que me embargaba.

Cuando le enseñé la fotografía y el libro que habíamos publicado, mi madre la miró en silencio, luego me miró a los ojos, sentí vértigo al reflejarme en sus pupilas, pero no me desanimé, luego miró al libro un momento, agachó la cabeza y se alejó por el pasillo lentamente, arrastrando los pies. Mi madre ya está muy mayor, y no le anda muy fluido el riego, aún así esperaba un poquito  de ilusión ante la ilusión manifiesta de un hijo feliz.
Apareció al rato, arrastrando lentamente los pies por el pasillo y llevando con ella una vieja maleta de cartón que había heredado de su madre y esta de su padre, del que era la única posesión que había traído de Cuba a su regreso. Vacía, porque para comprarla había tenido que vender lo poco que le quedaba después de haber gastado lo demás en el pasaje. Mi tatarabuelo se negaba a regresar mostrando su fracaso más absoluto y aquella maleta fue su regreso con dignidad. Nunca se jactó de haber logrado nada en Cuba, simplemente, cuando le preguntaban, respondía dignamente que no le había ido bien. Aquella maleta se convirtió en un símbolo de eso, de una derrota con dignidad que ayudaría a remontar, como logró mi abuelo, sin dejarse abatir por el desánimo. Esa tradición se perdió entre mis hermanos, y hartos de ver la maleta y malinterpretar la historia que mi madre nos contaba, la llamábamos La Maleta del Fracaso, y nos amenazábamos unos a otros con “coger la maleta” cada vez que advertíamos en los otros algún signo de desaliento. Así que mi madre arrastraba aquella maleta  vacía por simbolismo y porque yo ya no tenía nada en casa y la dejó ante la puerta.  Luego, siempre sin mirarme y en un tono patéticamente teatral dijo:
–Coge la maleta y vete de casa
–Mamá, que hace diez años que no vivo en esta casa.
–Pues entonces no vuelvas si para lo que vuelves es para avergonzarme.
Toda la ilusión de mis padres fue que sus hijos se convirtiesen en “alguien”, que traducido a su lengua era que adquirieran un oficio, se llenaran de prestigio en él, y se hicieran ricos y elegantes. Aunque solo alcancé una pequeña parte de sus ambiciones, fui el único de mis hermanos que al menos se puso en el camino para lograrlas, por ello era yo el hijo al que miraban con ojos más orgullosos y la gran esperanza de sus esfuerzos; sin embargo, mi falta de ambiciones, de actitud combativa, que ellos consideraban necesaria para el éxito, siempre les había escamado.  Los libros y el arte en general no era considerado por ellos más que un entretenimiento infantil que no debía interferir con las cosas importantes. Un libro era un objeto decorativo en las estanterías y un escritor –si no salía en televisión– poco menos que un mendigo alcohólico.
Ya he dicho que mis padres estaban viejos y por lo tanto nada de lo que decían podía atribuirlo a una razón sino a un desvarío, así que me sonreí con condescendencia  y corrí a buscar el apoyo de mi padre.
El viejo había sido un impenitente lector, aunque esa afición no parecía haberle dejado ninguna mancha en su cultura. Había conservado un férreo respeto por los libros como objetos, pero nunca lo vi expresar una opinión crítica de interés ni sorprenderme con un interés particular por uno u otro autor.  Confiaba en que él sí que comprendería mi regocijo por ver impreso mi nombre y mi fotografía en la portada de un libro.  Le mostré primero el libro y le indiqué cuidadosamente dónde se encontraba mi nombre. Él lo miró y lo remiró  con mano torpe, sin abrirlo, como si no supiera muy bien para qué servía aquel objeto, murmurando  “muy bien, muy bien”,  yo presentía, o suponía, la emoción contenida en aquellos gestos y antes de que acertara a abrirlo le puse la fotografía delante. En ese instante las manos dejaron de temblar milagrosamente, para recomenzar con un temblor distinto, señalándome en la imagen preguntó con su estentórea voz como en sordina: “El de la boina, ¿quién es?”.
–¿Quién va a ser, pa?, pues yo.
Entonces bajó un punto su tono, y las palabras le brotaron con una lentitud que en otro tiempo me hacía cagarme en los pantalones.
–¡UN HIJO MÍO CON BOINA!
Y entonces se echó a llorar con la máxima desolación de un hombre que ha visto cumplirse, al final de sus días, su más completo fracaso.
Entre hipidos aún pudo pronunciar una última pregunta fatal.
–Pro…prome…prométeme que… al menos..no…no..eres… poeta.

Fracaso

Nada que se haga una sola vez puede considerarse realmente hecho, una experiencia real.
Una primera lectura, un primer día de trabajo, un primer amor, no pasan de meros sucesos, pero no puedes envanecerte de haber amado o sido amado, jactarte de haber leído, lamentarte de haber trabajado solo porque una vez hayas estado allí.
Una sola vez no deja suficiente pozo, no ha dado tiempo al cuerpo a transformar sus células para adaptarse y hacer suya esa situación.
Todo necesita una segunda oportunidad: fracasar una segunda vez para estar seguros de que lo nuestro fue un fracaso.

martes, 28 de mayo de 2013

Lo que quiera que fuera




Si esto fuera un poema, si no te fuera mucho suponer, si lo fuera, si tuviera esa intención al menos, sin saber muy bien qué es un poema ni cuales son los requisitos necesarios a cumplir para serlo, si, con todo eso, lo fuera, y tú lo leyeras y pensases en mí un segundo con amabilidad, qué más quisiera pedirle, yo, a este poema, supuesto que lo fuera, o sin suponer, lo que quiera que fuera.

lunes, 27 de mayo de 2013

Absolutamente nada

No ocurre
que cada vez que escribo un poema,
una mariposa aletee en oriente,
y si acaso ocurre es más que improbable que alguien pueda demostrarlo.
¿Qué mariposa?, ¿qué aleteo preciso fue el originado por mi poema?
 No ocurre nada cada vez que escribo un poema.
Y las mariposas,
allá en oriente,
aletean porque quieren mantenerse en el aire mientras saltan de una flor a otra flor,

o lo que quiera que anden buscando cuando vuelan las mariposas en oriente. 

domingo, 26 de mayo de 2013

Y fuera yo


Quiero, querría, me haría muy feliz si ocurriera:
que te despertases  una mañana y amaneciera yo en lugar del sol.
Que saltases sorprendida de la cama cuando vieras mi cara enmarcada guiñándote un ojo en la ventana.
Y cuando corrieras a lavarte la cara para despejarte, te pareciera ver mi figura desvanecerse en el reflejo de un cristal.
Que mientras desayunases, el sabor del café con leche te evocase mis besos. Y al ponerte el abrigo pensases en mis abrazos.
Y entonces, al salir de casa rumbo al trabajo, te dijeras extrañada “qué me está pasando”, y fuera yo lo que te pasase.

viernes, 24 de mayo de 2013

El tonto

¿No tienes a veces la sensación de que todos saben algo que tú no sabes. No de que te ocultan, sino, simplemente, que lo dan por sabido y nadie habla de ello pero todo el mundo lo asume en sus actos. Todos menos tú, claro, que notas que algo falla, pero eres incapaz de precisar qué. Y todos lo saben pero no te lo dicen, porque, cómo no vas a saberlo tú también, y si no obras en consecuencia, si obras mal, es porque quieres y entonces allá tú. Y así tienes la sensación de dar tumbos que se podrían corregir si supieras lo que ellos saben y tú no, y no tienes manera de averiguarlo porque si lo preguntas  todos piensan que bromeas o que te haces el tonto, o incluso ni siquiera sabrían explicártelo porque  es algo con lo que han vivido siempre y ni siquiera son conscientes de ello?
-No, ¿y tú?
-No, yo tampoco, era solo por iniciar un tema de conversación.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Una aventura sexual

Cuando venía de desayunar, pasé fumando por delante de una señora, unos setenta años o más, que se asomaba a la puerta de su casa, a pié de acera. La señora me llama, me detengo y retrocedo hasta ella. Me pide un cigarrillo. Saco la caja del bolsillo y extraigo uno que le ofrezco. Ella se lo lleva inmediatamente a los labios lo que me impele a buscar en el otro bolsillo el mechero. Se lo enciendo. Ella me mira fijamente. Yo sonrío con condescendencia, una cierta suficiencia jactanciosa desde mi juventud de casi cincuenta años frente a su ancianidad veinte años mayor. Pero su mirada es intimidatoria y bajo la vista. No dejo de percibir la turgencia de sus pechos que atribuí a alguna suerte de ingenio cosmético. Ella exhala una larga bocanada tras retirarse el cigarrillo de los labios y, sin apartar la mirada: –Gracias. ¿No querrías echar un polvo con una pobre vieja?. La propuesta me deja helado por un momento. Luego me recupero, y en un tono falsamente desenvuelto respondo: –Se lo agradezco, pero no estoy seguro de que mi cuerpo supiera responder adecuadamente. Y no crea que son prejuicios –miento, en realidad los tengo–, ya hace tiempo que se manifiestan los síntomas. Esta respuesta me situaba, creía yo, fuera de peligro, por lo que arriesgué en afinar más la explicación para dejar a salvo la dignidad de la mujer: –Como no sea que pueda usted proporcionarme una pastillita mágica, no podría cumplir... No me dejó terminar, se le iluminó el semblante que cambió a una expresión sorprendentemente infantil, creo que así puedo describirla: –¡Tengo!, mi marido, al morir, dejó toda una caja sin usar. No creo que hayan caducado en dos años. No supe qué decir, pero de pronto su rostro me pareció atractivo y la dureza de su mirada se había ablandado hasta un tono muy cercano a la súplica. Alguien en mí apartó al pusilánime hacia un lado y tomó a la señora por la cintura casi arrastrándola hacia la casa: –¡Pues vamos adentro!

martes, 21 de mayo de 2013

Mentiras



Pocas sensaciones más desagradables conozco que la de descubrir una mentira. Esa sensación de ver desaparecer todo un universo que te habías creado detrás de una falsa verdad y que te deja como desnudo -una desnudez metafísica si se quiere. Naturalmente, esto me ocurre cuando el asunto es relevante y me afecta directamente. Soy muy crédulo y generalmente aplico una máxima de indiferencia, en cuanto no tenga que ver conmigo no veo en que pueda afectarme una verdad o una mentira, así que si alguien afirma que es verdad yo me lo creo. Me contrapongo a quienes andan a la caza de una falsedad detrás de cada afirmación, les afecte o no, lo cual les toma un trabajo constante de estar poniéndolo todo en duda; agotador. En un cuento de Ray Bradbury un personaje se presentaba como Charles Dickens, y en verdad vestía con ropas anticuadas, y cargaba con libros y manuscritos. Pero la historia transcurría en una época en la que ya don Carlos hacía muchos años que había muerto. El muchacho presentaba al personaje a su abuelo, “Abuelo, este es Charles Dickens”, el abuelo, sin inmutarse estiraba la mano para apretar la del hombre y replicaba: “los amigos de Nicolas Nickleby(*) son mis amigos”. Esa es la actitud a la que me refiero. Sintéticamente el abuelo expuso en esa amigable frase, que no desconocía al célebre autor, ni su obra, y que probablemente estaba al tanto de su biografía, y que sin embargo aceptaba perfectamente que alguien tuviera el capricho de querer ser Charles Dickens. Al mismo tiempo preservaba con delicadeza la credulidad inocente del muchacho.

*Personaje de La vida y aventuras de Nicholas Nickleby de Charles Dickens

NOTA: Vaya, descubro que hay precisamente una película que desarrolla este cuento de Bradbury, y cuyo título es precisamente la expresión del abuelo: Any friend of Nicholas Nickelby is a friend of mine.

De castillos y cosas


Tú hablas de infierno y de horror y yo te hablo de flores y mariposas.

Yo estoy siempre tratando de entrar y tú haces desaparecer puertas.
En este baile que me traigo, yo asedio tu castillo y tú le prendes fuego desde dentro.
Cuando hay fiesta no se oyen mis llamadas, otras veces las ventanas permanecen oscuras, y el castillo parece abandonado, ni eco devuelve de mis gritos.
Hay días en que despierto y nada de esto es verdad, las ventanas están abiertas, hay flores en el alféizar, los gritos de los niños alegran el aire y hasta se oye la televisión. Son los menos, pero suceden. Es cuando único siento el impulso de marcharme.
Siempre me siento de sobra en la normalidad.

lunes, 20 de mayo de 2013

C&C

Svidrigáilov dice: la verdad es mucho más difícil que la mentira, porque basta que un mínimo gesto, una ligera inflexión parezca delatarte para que toda la veracidad se derrumbe, y el otro, la otra, desconfíe de cuanto has dicho. En cambio, por muy exagerada, por muy falsa que suene una lisonja, el destinatario siempre creerá que detrás de todo ese decorado alienta una pequeña verdad subyacente.

sábado, 18 de mayo de 2013

Perdere

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"Poema" popular recitado "en italiano" por Riforfo Rex -con susto final.

Pequeño poema infinito

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Poema de Lorca leído por Riforfo con fondo de  Manfred Maurenbrecher cantando el mismo poema en alemán, del disco Poetas en Nueva York de 1986

viernes, 17 de mayo de 2013

Los reyes "gordos"

No, no me llamo Eugenio, ese era mi hermano. Yo me llamo Teodorico. Sí, raro. En ese entonces, mi padre, que siempre ha sido muy leído, estaba fascinado por los reyes “gordos”, disculpe, una pequeña broma familiar, los reyes godos, sabe, y me llamó como a uno de ellos. Usted puede dejarlo en Teo, todos me llaman así. Menos una profesora de historia que no le gustaban las abreviaturas, decía que se perdía parte de la gracia, y de la voluntad de quien hubiera elegido el nombre, que era una falta de respeto dejarse llamar por una abreviatura. No le faltaba razón. Era otra apasionada de la historia. Y muy cariñosa, tal vez demasiado. A todos nos llamaba por el nombre completo. No como los viejos profesores que sólo usaban el apellido. Ella se aprendía los nombres. Y nos lo murmuraba al oído. Buen recuerdo dejó aquella profesora en todos los alumnos. Eso era cuando todavía las clases estaban separadas por género, sabe, sí, ya tengo una edad, usted ni llegó a tener conocimiento de esos rancios tiempos. Ya empezaban a introducirse algunas novedades en las instituciones educativas, a medida que los viejos profesores se iban jubilando. Ella era joven. Y manifestaba un entusiasmo que nos enamoraba a todos. También nos enamoraba que fuera preciosa. Y que no mantuviera las distancias. De hecho las acortaba. Y mucho. Fue probablemente a la única profesora que han echado por exceso de confianza con los alumnos. Todos tuvimos “exceso de confianza” con ella, no sé si me entiende. Hasta el “Pitagorín” que sabía mucha matemáticas, pero no admitía con facilidad que su madre “se dejara hacer esas porquerías por su padre”. Aquella profesora le enseñó todo lo que tenía que saber al respecto. De hecho nos lo enseñó a todos. Y ninguno quedó particularmente traumatizado por la experiencia me parece. Aunque no fueron pocos los que acabaron sucumbiendo a los tiempos, la droga, ya me entiende, no fueron “las enseñanzas” de la profesora la que los inclinó por esos derroteros. Aún me suena su voz junto a la oreja suspirando mi nombre. Sí, es uno de mis más preciados recuerdos. Tal vez el más preciado. Nunca volvimos a saber de ella. La expulsaron “con discreción”. Precisamente el “Pitagorín” se fue de la lengua. Era incapaz de mentir aquel muchacho. Y los otros eran incapaces de callar. El rumor se extendió y era indudable a quién iban a acudir para obtener la información más veraz. Conmigo lo intentaron, fue mi mejor actuación. Jamás había oído tales comentarios. Era una ofensa, una infamia contra una buenísima profesora. Probablemente habían sido infundios difundidos por elefantes viejos de aquel cementerio que no soportaban a un profesor joven que aportaba nuevas maneras de tratar a los alumnos. Todo se debía, sin duda, a una maquinación del director y sus adláteres..., etc.Me expulsaron tres días por aquel discursito. Cuando volví ya todo había terminado. La clase de historia la había recuperado don Facundo.Y con él volvieron los apellidos, y los reyes “gordos”, en fila de a uno en fondo a entregarse de brazos abiertos a los moros. No dio tiempo a iniciar la reconquista antes del final de curso.

Leído por ahí

"No estoy muy convencido de que, de ese torrente de palabras, la mitad no tengan como función ocultar la falta de sentido de la otra mitad".

domingo, 12 de mayo de 2013

Me morí otra vez


Subí el domingo por la mañana a recoger las manzanas del suelo. Iba desganado, no me decidía a empezar la tarea de recoger todas las manzanas de una vez, que ya están definitivamente maduras, y había decidido limitarme a recoger las que habían vuelto a demostrar la ley de la gravedad.
Mientras lo hacía me metí un par de ellas en el bolsillo para comérmelas tranquilamente sentado observando el horizonte. Agarré mi navaja y les pegué cuatro cortes y ahí me puse a masticar tranquilamente cuando de repente va y aparece mi padre por allí.
Era mi padre, el de toda la vida, caminando apaciblemente, casi con despiste, apenas me saludó; vamos, mi padre el de siempre. Pero mientras masticaba me vino a la mente lo imposible del caso. Mi padre estaba en su casa encogido en una cama sin apenas capacidad para hablar y perdiendo cada dos por tres el tino en llamadas a su madre, a mi madre y todo dios de su vida que ya había muerto.
En ese momento me dio un ramalazo de pánico pero conservando la tranquilidad como si su aparición allí compartiera las dos naturalezas, la de lo imposible y la de lo absolutamente real. No obstante le pregunté:
-¿Pero tú qué demonios haces aquí? ¿Es que ya te moriste?
-Me temo que no –me dijo, tranquilamente, y añadió- oye, qué abandonado me tienen esto.
-Sí, es que últimamente estoy algo perezoso, me voy a limitar a recoger las manzanas y hacer algo de sidra, o vinagre de sidra, lo que salga. A ver si recupero las ganas de plantar algo. Pero, insisto, si no te has muerto, ¿qué demonios haces aquí?
-Me temo que no soy yo el que se ha muerto, Riforfo
-Pues entonces no entiendo nada. Porque si no te has muerto… anda, ¿me habré muerto yo?
-No era mi intención decírtelo tan claramente, pero creo que sí. Al parecer la manzana que te acabas de comer tenía no sé qué veneno, que tu hermano ha estado echando por ahí a ver si salvaba algunas y…
-Vaya por dios, ¿así que te he adelantado, eh? ¿Pero tú cómo has conseguido salir de tu cuerpo?
-No lo sé. Hace un tiempo que lo hago. Aunque mi cuerpo está por allí, yo me doy unos paseos curiosos. Ya he saludado a tu madre, a tus abuelos y a todos. Están esperándome ansiosos, pero no consigo despegarme de ese cuerpo que me retiene vaya usted a saber por qué.
-Coño, pues me coges de sorpresa. No estaba preparado para esto. Aún esperaba durar unos añitos.
-Sí  que estabas preparado. Me lo han dicho. Que no me preocupara. Que te lo dijera sin muchas perífrasis porque estabas preparado.
-¿Te lo dijeron, quienes?
-No sé. Les llaman los Sabios. También he hablado con ellos. De hecho me encargaron que estuviera aquí para cuando ocurriera.
-Y aquí estás. No cabe duda. Oye, ¿Y ahora qué?
-Pues ahora tendrás que despedirte de los tuyos y luego irás a hablar con ellos, con los Sabios, para que decidas junto a ellos qué vas a hacer a continuación. Si quieres volver o lo que sea.
-¿Así que puedo volver? La verdad es que muchas ganas no me quedan de repetir. Aunque muchas cosas pendientes dejo por aquí debajo. Vivir por ejemplo.
-¡Qué exagerado eres!,  claro que has vivido, lo que pasa es que siempre has sido un insatisfecho y un flojo para romper tus insatisfacciones.
-¡Coño, qué sabio te me has vuelto en esta… dimensión!
-Siempre he sido un poco sabio.  Por eso soy tu padre.
-No sé yo. Muchos padres hay por ahí que solo sirven para carne picada.
-Esos no son padres, quiero decir, aunque hayan tenido hijos no son padres.
- Pues los hijos los tienen igual. Y bastante daño que causan a corto y a largo plazo.
-Cosas de aquí debajo. Nosotros no nos metemos.
-Bueno, tú todavía sigues aquí. El que está allí soy yo.
-Ah, es verdad. Bueno, digamos que tengo una pata en cada lado.
-Digámoslo.
-Por cierto. A ver cuándo vas a verme que lo noto que te estás haciendo el longuis.
-Sí. No me gusta verte en ese estado.
-Coño, pero hace falta ver a alguien, sentir un poco el afecto de los seres queridos.
-Lo sé, lo sé.
-Que ya sé que tampoco es que me tengas mucho afecto, el que te sientes obligado a tener nada más.
-Oye, ¿por qué dices eso? Que siempre te he tenido mucho respeto, y he cumplido en lo que he podido.
-Sí, eso sí, cumplir has cumplido. Pero afecto, lo que se dice afecto… Que ahora tengo superpoderes, chico, ya no puedes ocultarme nada.
-Vale, supongo que tengo otras prioridades. Al fin y al cabo tú te me has sido impuesto. Y, coño, si vamos a hablar, digámoslo todo, tampoco tú es que te hayas destacado en lo del afecto.
-A mí nadie me enseñó…
-No me vengas con esas otra vez, tío. Siempre has sido un despegado y además muy poco sensible a lo que sentían los demás. Pero no convirtamos esto en un intercambio de reproches, coño, que es un momento importante en mi vida, me acabo de morir.
-Es cierto. Por cierto, tengo que advertir a tu hermano, no sea que se aparezca por aquí y se lleve un susto morrocotudo.
-Hombre, se lo merece el cabrón, por bruto.
-Es que como hacía tanto que no venías por aquí, él pensó que no era necesario.
-Cómo tanto, dos semanas y porque estuve malo y además había obras en casa ¿Y tú cómo lo sabes, es que también lees el pensamiento de la gente?
-¿No te digo que tengo superpoderes?, lo que pasa es que no puedo utilizarlos porque tengo el cuerpo ese tirado allí en la cama. Ay, si esto me hubiera cogido más joven, iba a estar gozándola.
-Pues has tenido más suerte que yo, al parecer. Yo me he muerto más pronto y del zapatazo.
-Bueno, ahora podrás empezar de nuevo. Y con más sabiduría. ¿Qué vas a hacer?
-Pues no sé. Esto  es una putada. Aunque, ya que es inevitable, a ver qué pasa.
-Esa es la actitud. Oye, me voy. A ver si pillo a tu hermano antes de que se suba al coche, o tenemos un accidente como me le aparezca mientras está conduciendo, que es más torpe el tío.
-Vale.
Y que así fue como me morí. Me levanté de donde estaba sentado y aún seguía sentado. Y me puse a caminar y el perro estaba conmigo se puso a ladrarme como si me viera. Y me miraba a mí y miraba a mi cuerpo y más ladraba confuso. Hasta que le di una orden y se calló y se sentó.  No podía hacer otra cosa así que lo dejé allí confiando en que no se iba a escapar y me fui caminando a casa. Como un idiota me puse a caminar hasta que después de un buen rato me di  cuenta de que no me hacía falta, bastaba con pensar adónde quería ir y allí estaba. Pluf, ya estaba en casa. ¿Y ahora qué? A ver cómo se lo cuento esto en casa.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Actualidad

En próximas fechas, parece que ya es inevitable, aparecerá, esperemos que en algunas librerías al menos, un curioso volumen de relatos jocosos, recuerdos de infancia y ensayos sobre literatura, que hemos reunido un grupo de afectos al arte de la escritura. Esperamos muy sinceramente no estar insultando a este arte con tal atrevimiento. Y aunque no pretendemos con ello entrar en la Enciclopedia Británica, Borges no lo permita, ni que nos llamen a consulta en Estocolmo, aspiramos, eso sí, a hacernos un huequito en el ánimo de algún despistado lector. Los amigos y familiares, desde luego, van a tener que tragárselo quieran o no, los dioses se lo tengan en cuenta en el momento decisivo.
Lo menciono porque tengo el descaro de ser uno de los autores. Los otros resultan ser los factotum de los blogs Palos de Ciego, Ovejas Negras y el Paraíso Recobrado, que adjunto en mi lista de blogs recomendados.

martes, 7 de mayo de 2013

Match Point

Para mí resulta claro desde el principio que Chris busca dar un braguetazo. Es esa manera en la que actúa, sin ninguna timidez, pero con una falsa humildad. Ese dejarse invitar después de haber intentado pagar sin insistencia, aceptar las invitaciones de Tom a la ópera sin titubeos, o con un titubeo calculado. En su mecánica simpatía con Chloe y sus falsos aires de ausencia sabiendo que ya ha atraído su atención. No sé si de verdad se interesa por la ópera, Dostoievski o Strindberg, creo que sí, que le interesan esas cosas, aunque no parece realmente interesado por las artes, así que sospecho su interés instrumental. Se enamora de verdad de Nola. Y de verdad siente esa contradicción de amarla al mismo tiempo que sigue amando a Chloe, de ahí que necesite buscar una coherencia llamando a una cosa amor y a la otra deseo. Sin embargo, cuando Nola se vuelve un fastidio, poniendo en peligro su estabilidad material, sin dejar de amarla, ya no está enamorado, ya no le llena el deseo, así que Chloe y Nola pasan a tener el mismo estatus emocional. Y, claro, elige a Chloe porque esta aporta la estabilidad económica. Lo de matarla es un paso muy gordo y muy “valiente” o muy desesperado. Esa frialdad con que planea y ejecuta el asesinato la percibo matizada, es decir, está haciendo algo que considera reprobable pero necesario. Es ahí donde empieza a asemejarse a Raskólnikov. El motivo de Raskólnikov es, en principio, económico, pero luego percibimos que el interés que tiene Raskólnikov por el botín es completamente nulo. De hecho se deshace de él de la misma manera que Chris, pero la motivación de Chris nunca fue económica, quiero decir sí lo fue, conservar su recién adquirida comodidad, pero no robar, así que es lógico que se deshaga del presunto botín, sustraído únicamente para sugerir una falsa causa del crimen. Al final Raskólnikov ha matado porque simplemente sentía la necesidad de hacer algo contra su miseria. No es que después de cometer el crimen los remordimientos le abrumaran tanto que olvidara toda razón, pues ya estaba abrumado por el simple hecho de concebirlo. El problema de Raskólnikov fue que todo estaba en la fantasía hasta que de alguna manera las circunstancias se aliaran para sugerirle que su fantasía tenía una posibilidad real. Hubo una quiebra en el cristal -iniciada en la conversación de los militares en la taberna, reforzada por la historia de Marmeladov y su hija Dunia y la carta de su madre en la que le informan de que su propia hermana, Sonia, va a seguir el mismo camino que Dunia para salvarle a él- y la potencia de la fantasía terminó por romperlo y desbordarse hacia la realidad. A eso se le suman las diversas casualidades que le van tendiendo la alfombra hasta la casa de Alíovna: haber escuchado la conversación de Lisaveta con los comerciantes, el azar del hacha del portero, cuando falló la previsión de usar el hacha de Nastasia, el carro de heno que le ocultó a la vista de todos a la entrada de la casa de la usurera, el piso vacío en el que pudo esconderse cuando ya todo parecía perdido... También a Chris le salva una casualidad, anunciada desde el principio por la bola que golpea la red, el anillo que golpea la barandilla cae de este lado. Esto también une a la película y a la novela, una simple casualidad puede cambiar un destino, algo semejante murmura Raskólnikov desde el primer capítulo. Aunque solo voy por la primera parte de la novela, creo que aquí están todas las concomitancias de la película con ella. La escena de la aparición de los fantasmas me parece un poquitín ajena, algo ridícula, supongo que por el doblaje. Prescindible, en cualquier caso si no se va a seguir por ese camino de trabajar el remordimiento de Chris. Obviamente Chris lo padece, pero su cómoda vida y su hijo se lo amortiguan lo suficiente como para seguir viviendo y llegar a olvidarlo.

lunes, 6 de mayo de 2013

Una luz difusa

"Hoy nos damos cuenta mejor que antes", dijo Edwyn Bevan en su libro Holy Images, "de que la mente del hombre funciona en varios niveles, y que, por debajo de una teoría intelectual articulada, puede subsistir una creencia incompatible con aquella teoría, estrechamente conexa con inconfesados sentimientos y deseos"

(Extracto del libro Arte e Ilusión, de E. H. Gombrich)


sábado, 4 de mayo de 2013

Personajes


Todos somos personajes. No nos comportamos igual ante nuestros amigos que ante nuestros padres, somos distintos cuando estamos con nuestras esposas de cuando estamos ante desconocidos. Incluso en la circunstancia de mezclar distintos espectadores, los amigos y las esposas por ejemplo, no les parecemos el mismo ni a unos ni a otros ante la presencia del tercero. No tenemos el mismo talante cuando estamos en la intimidad de uno a uno, que cuando somos un simple peón de una multitud. Es como si fuéramos no una persona, sino un personaje en escenas sucesivas. Y digo personaje, porque comportándonos de tan distintas maneras en realidad lo que hacemos es actuar para cada público que nos observa, aunque llamarlo actuación tal vez no sea apropiado, porque una actuación es un comportamiento falso, realizado conscientemente por un actor en una circunstancia falsa, y que tendrá un fin cuando la obra termine, pero nuestra obra nunca termina, pasamos de una escena a la siguiente sin atravesar ningún pasillo, y las circunstancias no son falsas creaciones, sino la vida y a menudo, casi nunca, somos conscientes de estar actuando de tan diversas maneras, sintiéndonos siempre como uno.
Tal vez el único momento en que podríamos ser auténticamente nosotros sería cuando no estamos ante un público, cuando estamos solos o, al menos, creemos que nadie nos observa, pero ¿por qué darle más crédito a ese que a los otros? ¿No hacemos en esas ocasiones nosotros mismos de espectadores de nuestros propios actos?
Sin embargo, como todo personaje está encarnado por un actor, debe haber uno también debajo de todo este entramado de gente, ¿cómo llegar a conocerlo? Y por otra parte ¿vale la pena el propósito? En cierto modo, todos se hacen una idea de nosotros que esencialmente concuerda en muchos aspectos; a pesar de la multiplicidad evidente que todos son capaces de observar y que observamos en todos, nos hacemos una idea general de cada persona y les atribuimos una serie de características que lo fijan, lo determinan, lo clasifican y lo vuelven más o menos previsible. Lo que no quita que nos llevemos siempre sorpresas que vendrían a ser demostraciones de esto que estoy diciendo, circunstancias nuevas nuevo personaje. El actor, ese yo, que andaríamos buscando no podría encontrarlo uno solo desde sí mismo sino consultando a todos cuantos nos conocen para, cruzando las múltiples informaciones obtener un perfil de características comunes, que todos pueden observar cada uno desde su perspectiva de espectador y circunstancia.

jueves, 2 de mayo de 2013

Idea lanzada al viento: mundo de ciegos


¿Cómo sería el mundo si todos fuéramos ciegos?¿Qué aspecto tendría las ciudades?¿Qué ocurriría si ocasionalmente naciera algún vidente?¿Qué dificultades tendría para moverse en ese mundo?¿Tendría “poderes” sobre los demás o sería un minusválido?La organización no sería tal vez muy distinta, seguiríamos siendo los mismos hombres, ¿o no? Pienso en una novela al estilo de Un Mundo Feliz. Me interesa sobre todo la arquitectura y las artes, habría, que excluir, claro, las gráficas -o no, un arte gráfico táctil, con texturas en lugar de colores-, pero la escultura, ¿cómo sería? ¿Qué tipo de construcciones erigirían?¿Cómo modificarían su entorno?¿Qué relación tendrían con el resto de los animales -porque tendrían que superar esa indefensión frente a ellos que sí verían? ¿Cómo se desarrollarían las ciencias? Empirismo auditivo. ¿Y la tecnología?