Pienso, cuando pienso que tengo 62 años, que no me he merecido esta edad, que no estoy a la altura de lo que intuía, cuando era joven y aún la gente de 62 años me parecía ya vieja, que sería ser un señor de sesenta años. Releyendo algunas de aquellas libretas, las que no he destruido todavía, que escribía cuando era un apesadumbrado estudiante en las largas horas de no estudio en la enorme sala de estudios del desaparecido CULP, –lo especifico con tanto detalle porque allí experimenté las que percibí como las horas más solitarias de mi vida, llegándome a sentir alguna vez como el único habitante de este planeta, tan solitario llegaba a estar el lugar un viernes por la tarde – me reconozco todavía en todos esos miedos e inquietudes, e incluso, aunque mucho menos, en algunos motivos de alegría (¿Por qué se gastan más los motivos de alegría que las razones para la pena? ). Soy medio consciente de que si he destruido esas libretas –una o dos deben quedar de decenas que habré rasgado, como si tuviera secretos que ocultar, y tirado a la basura– es porque me reconocía demasiado en ellas –lo único que he corregido es la letra–, acentuando, cada vez que las ojeaba, esa sensación de fraude que tengo de estar ocupando inmerecidamente una categoría, la de ser un señor de sesenta años.
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He estado estos últimos días rumiando, no sé a cuenta de cuál de mis múltiples fracasos amorosos, una canción sorprendente de Alfredo Zitarrosa: La canción y el poema.
Por lo visto la canción parte de una estrofa de la poetisa Idea Vilariño a la cual don Alfredo le añadió otra que doña Idea aprobó y solicitó que grabara. (esto lo leí en este blog)
La estrofa que se me repite en la cabeza es: “Quisiera morir, ahora, de amor, para que supieras cómo y cuanto te quería”.
La que precede y yo diría que es la contribución de Zitarrosa es: “Hoy que el tiempo ya pasó, hoy que ya pasó la vida...me despierto algunas noches vacías oyendo una voz que canta y que tal vez es la mía”
¿Por qué me sorprende? Vamos, sorprenderme no es exactamente la palabra, o la sorpresa es que muy a menudo, a mí mismo se me ocurren esas ideas pensando en esos amores fracasados que dije. Llámenme romántico, si quieren, pero que sepan que me están comparando con don Alfredo y con doña Idea, pero yo también muchas veces me he, no sé si despertado, o ido a la cama a últimas horas de la noche, que son mis momentos de melancolía, pensando que yo me tenía que haber muerto de amor, y, además en muchas ocasiones. Pero no lo hice. En ninguna.
¡Cuidado!, lejos de mí el suicidio y toda esa parafernalia espectacular que no va con mi carácter irremediablemente tímido y cobarde, si es que ambas cosas no son lo mismo. Cuando digo «morir de amor» me refiero a eso exactamente, morirme de amor; naturalmente, de un amor no correspondido, ¿dónde está la gracia de morirse cuando a uno le corresponden?(Inevitable mencionar El marido de la peluquera, de Patrice Leconte) Supongo que esa es la tragedia de los grandes amores, que mueren en cuanto son correspondidos, porque irremediablemente se terminan gastando.
En cambio, los amores no correspondidos son para toda la vida. Hasta el punto que uno se despierta, muchos años después, pensando en alguien –que probablemente ya ni le importa, ya ni la saluda cuando se la tropieza por la calle, si no es que la evita, porque ya no es aquella que uno amaba sino esta otra persona; de la que podría volver a enamorarse, cierto, pero ya sería otro amor distinto–, y sintiendo que aún se podría morir de amor, de aquel amor que no llegó a ser, y que le gustaría que ella lo supiera.
Más de una carta o correo electrónico he escrito a esos viejos amores, que no fueron, contándoles eso, que me gustaría, ahora, morir de amor, para que supieran cómo y cuánto las quería. Puntualizo, las quería, no las querría ahora si me las encontrara de frente. Y por eso no envío el correo y lo borro, a pesar de que probablemente es un prodigio de carta de amor porque, como los mejores amores, las cartas de amor mejores son las que no se enviaron y se rompieron o se tiraron a la basura y luego se pulsó el botón de vaciar papelera. La realidad lo carcome todo, pero la potencialidad es inmarcesible.
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Y si en algo me noto diferente de cuando escribía esas libretas es precisamente en eso, en darle más importancia a la emoción, ahora, también entonces, pero entonces lo concebía como un preludio hacia la realidad luminosa, al hecho, al acto que nos emocionaba previamente, y sufría sabiendo que no iba a ser y que toda esa riqueza emocional se perdería; y en cambio ahora, creo que el mejor recuerdo lo tengo de lo que no he vivido pero deseé vivir con tanta intensidad. Pienso, ahora, en todas esas chicas de las que me enamoré y nunca consigo imaginarme haber tenido una auténtica relación con ella, y sin embargo, recuerdo con dulzura ese tiempo, el impulso vital que significaba para mí, de natural bastante pasivo, que me obligaban a desplegar actividades, mejorar para merecerlas (aquí el inevitable es Martin Eaden de Jack London), y la intensidad de las emociones, porque mi amor era auténtico a pesar de su falta de reflejo, pues era auténtico mi dolor como dice un personaje de Alejandro Dolina (Lo que me costó el amor de Laura) cuando tratan de desmentir la autenticidad de ese amor, y era auténtico ese placer de sufrir de amor, que es el más gozoso de los sufrimientos, si uno no es simplemente un masoquista.
No sé si será consuelo de la vejez, como es consuelo de los inútiles vanagloriarse de sus defectos, pero sea lo que sea en algo tiene uno que entretener sus horas postreras, además de en el tai-chi, el curso de pintura, la asistencia a exposiciones, conferencias y películas gratuitas, y, cuando nos toque, algún viajito del imserso.