martes, 10 de marzo de 2026

El paraíso de las ranas

 El auge de la ultraderecha de estos tiempos, sobre todo en nuestros ámbitos occidentales, europeo y norteamericano, tan acomodados en el capitalismo y su deriva neoliberal, que, al final, es un acomodo, aunque unos estén cada vez más cómodos que otros –dejemos de lado los casos sudamericanos, como Argentina, o Brazil, Venezuela, El salvador, etc, que han ido dando tumbos a los largo de las generaciones y todavía no se han acabado de asentar, sospecho, porque todavía están inmersos en la  lucha entre las castas caciquiles que han ostentado el poder toda la vida de esas naciones y la masa popular que aún no han adquirido conciencia de valía, aparte que, cuando empiezan a adquirir esa conciencia, siempre ocurre que les meten un bloqueo económico o les montan un golpe de estado– me recuerda al ya muy viejo cuento de las ranas en el charco, que acabo de leer en El libro del Buen Amor, pero que viene de algún griego.

Las ranas estaban chapoteando tan felices en su charco. Había agua de sobra todo el año, había moscas de sobra todo el año, y habían ranas de sobra todo el año, dicho como algo bueno, porque a las ranas les gusta la charla, que es como se distraen. Vamos, que estaban de lo más bien, hasta que llegó un iluminado al que se le ocurrió decir que lo que faltaba en aquel charco era un rey. Y lo dijo tan alto y tan bien dicho que muchas ranas empezaron a decirlo también. Y a medida que más ranas lo decían, más ranas se unían al coro. Y cuando alguien preguntaba que para qué querían un rey, lo llamaban reaccionario, o fascista, o cualquiera de esas palabras sin sentido, pero que molesta mucho que se las digan a uno. Lo que terminaba por hacer callar a esos que se preguntaban que para qué hacía falta un rey en una charca en la que se estaba de lo más bien, habiendo agua y moscas y ranas suficientes para todos y sin que unos tuvieran que molestar a otros para pillarse lo suyo. 

Al final, formaron una comisión y fueron a pedirle a Zeus, o Júpiter, que les enviara un rey, porque tenían mucha necesidad de ello. Júpiter miró y se preguntó, para qué querrán estas un rey, con lo bien que están, con toda esa agua que nunca se seca, y con todas esas moscas que sobran para que todas coman todos los días y se harten, y que es lo suficientemente grande como para que haya un huequito holgado para cada una, y que hayan muchas ranas con las que puedan departir, y discutir y pelearse si quieren, o no mirarse si no quieren. Aquí hay que obrar con prudencia, que luego me acabarán echando toda la bronca a mí, que ni pincho ni corto en todo esto. Y se le ocurrió tirarle un palo, una madera, un tocón, ¡plaf!, que cayó en medio de la charca, y les dijo, ahí tenéis un rey. 

Las ranas, que en realidad no sabían qué es lo que era un rey, al principio se quedaron muy agradecidas. Miraban el tocón con respeto, nadaban alrededor de él, le hablaban, pero él no contestaba ni se movía. Fueron perdiéndole el respeto y le empujaban, y el tocón que flotaba, se iba hacia allá. Y luego le empujaban del otro lado y se venía hacia acá. Más tarde empezaron a subirse encima y a saltar desde él al agua. Y ya, por fin, se reían de él y le echaban en cara que no hacía nada, y lo volvían a empujar y arrastrar de un lado para el otro de la charca, hasta que quedó olvidado, embarrancado en una orilla. 

No quedaron satisfechas, así que volvió a formarse un tumulto, las mismas que antes habían solicitado un rey, y que lo habían obtenido y que no le habían visto ningún beneficio, esas mismas se empeñaron en que hacía falta otro rey, pero que fuera diferente, más activo, más rey, lo que quiera que eso fuera. Y volvieron a pedírselo a Zeus, o Júpiter, que se rascó la cabeza y dijo, ya me están hartando estas ranas, ahí les va un rey. Y les envió una cigüeña. 

Cuando la cigüeña cayo en la charca, lo primero que hizo fue, !flap!, comerse una rana de un picotazo, y luego otra, y luego otra más. Las ranas la miraban y al principio no sabían como reaccionar. Por eso le fue tan fácil a la cigüeña comerse cinco o seis. A partir de ahí las ranas empezaron a quitarse de su camino, a esconderse donde podían. Cuando la cigüeña estaba harta, las dejaba un poco en paz, caminaba de aquí para allá, se echaba un rato, y cuando le volvía el hambre, como la charca  estaba tan poblada de ranas y las ranas estaban todavía tan despistadas, le bastaba levantarse y caminar un poquito y ya encontraba una, ¡flap!, dos,¡flap!, tres,¡flap!, ranitas para desayunar o merendar según la hora que fuese. Y las ranas empezaron a tener miedo, cosa que nunca habían tenido, y a quitarse de en medio, y a buscar escondites más y mejor ocultos, y a hablar menos entre ellas para no descubrirse. Y la vida en el charco se convirtió algo incómodo, peligroso. Algunas ranas empezaron a protestar y a hablar de volver a Zeus y que les quitara ese rey que les había puesto. Otras en cambio prefirieron callarse porque cada vez que iban a pedirle algo al dios, la cosa empeoraba. De todas maneras algunas fueron y hablaron con Zeus y le explicaron el malísimo comportamiento del rey cigüeña, a lo que el dios les respondió: Amigas ranitas, la enseñanza de esta historia es muy simple, cuando no sabes lo que es no lo pidas, por si acaso. La necesidad tiene que ir por delante del deseo, porque si el deseo camina por delante de la necesidad, pues te puedes meter en líos. O algo así les dijo y las echo. Y así fue como las ranas fueron expulsadas del paraíso. Por lo menos Adán y Eva se comieron una manzana. 

viernes, 27 de febrero de 2026

Visita médica

No es que notara nada. Me siento strong,  como decía aquel personaje de Las verdes praderas de José Luis Garci. Me me llamaron para una ecografía que me pidieron en 2024 y no era cuestión de dejarla pasar, lo mismo estaba enfermo en ese tiempo  y yo a estas alturas y sin saberlo todavía. El médico era un tipo muy campechano al que poco antes le había oído gritar a un compañero "sí, sí, todo lo que yo sé te lo debo a ti, muchas gracias" y luego un portazo. Entonces llegó el tipo me pringó el vientre con un chorrete de una baba de extraterrestre y empezó a pasarme el cacharro aquel por todo el vientre. Al principio solo decía "ujum", luego pasó al "mmmm", que me pareció más grave, luego oí un "oooh" apreciativo. Entonces me explicó lo del hígado que brillaba como un aguaviva en la noche

-¿Usté bebe?

-Lo corriente, doctor. 

-¿Y cuánto es lo corriente?

-¿Usted bebe?

-Lo corriente.

-Pues igual que usted. 

-Eso va a ser mucho.

-Entonces a lo mejor un poco menos.

-En cuanto a este riñón, me parece que cojea.

-Así notaba yo el chorrito que se desviaba hacia la izquierda, porque el derecho tenía más fuerza.

-No sé yo si eso será un síntoma, pero acertado es. 

-Y esto, ¿a qué se debe?

-¿Lo del hígado?, a que bebe usted mucho.

-¿Y lo del riñón?

-A que no bebe usted lo suficiente. 

–¿Y no serán lo años, doctor?

–Sin duda. Los años que lleva usted maltratando ese cuerpo con su proceder atrabiliario…

–Nadie más apacible que yo, doctor. Me llaman «el mueble-cama» por mi pasividad.

–Cierto. Erré en la palabra. Quería aludir a su conducta desordenada no necesariamente violenta.

–Tengo yo de juerguista lo que el Dalai Lama. Prefiero verme como un hedonista, un epicúreo si se quiere.

–Su hígado es su biografía, amigo, y está parpadeando en amarillo, a punto de pasar al rojo. Lo mismo digo de su exhausto riñón.

–Siempre he sentido simpatía por la muerte, me parece justa y necesaria; con sus errores, porque la Naturaleza, dentro de cuya causa trabaja, no presta atención al detalle del individuo, pero, dicho esto: no quiero morirme todavía, doctor.

–Esa no es exactamente mi competencia. Yo solo puedo darle algún consejo o algún tratamiento que mejora la estadística, que también trabaja a bulto.

–A bulto trabajaba aquel que dijo «mátenlos a todos que Dios escogerá a los suyos»

–¿Netanyahu?

–Ese también entrará en la Historia por la parte trasera.

–¿No lo es toda la Historia?

–La que se cuenta, sí, pero yo diría que la que se cuenta no es toda la que cuenta. Quiero decir que algo mejoramos aunque ciclo tras ciclo vayamos repitiendo los mismos errores

–Y eso que sabemos Historia.

–Yo creo que saber Historia, más que para evitar repetir los errores nos sirve para repetirlos con más fidelidad. Pero aún así, me gusta pensar que ascendemos.

–Y ahora volvemos a la Naturaleza: ¿ascender hacia dónde, si la Naturaleza no atiende a conceptos de hacia arriba o hacia abajo, en sentido positivo o negativo? Todo lo más le interesa el equilibrio, que es duración. Ese es su positivo y la extinción su negativo.

–Pues me deja sin palabras, porque es verdad que nuestra presencia no es más que fuente de incomodidades para el resto de las especies que pueblan el planeta.

–Afortunadamente a algunos parece que le somos beneficiosos, por lo bien que se prodigan, como las ratas y las cucarachas, pero son la excepción. Somos una plaga, tal y como nosotros mismos la entendemos, una especie invasora.

–Supongo que no es una visión halagüeña, y que por eso hemos inventado la trascendencia, el destino, Dios, cuando lo único que somos es más brutos; sofisticadamente más brutos, eso sí, pero más brutos al fin. Hasta lo impusimos como una ley, la ley del más fuerte, o la ley de la Naturaleza, que todas las culpas se la echamos a ella, y nos auto legalizamos. 

–La única ley de la Naturaleza es el equilibrio, y ella es paciente, ya nos llegará el castigo. Por ejemplo, un riñón perezoso y un hígado irritable. 

–No cargue sobre mi espalda toda esa culpa, señor Juez, yo solo he vivido como un pobre hombre corriente. A ustedes los médicos les falta un máster en sutileza. Están demasiado habituados a hurgar en las entrañas de la gente y se les olvidan las sensibilidades que están habitándolas.

–Desgraciadamente no nos dejan olvidarlo. Esas sensibilidades, a veces, son bastante irritantes, ignorantes y exigentes, que es la peor combinación. Y a veces se dejan ver venir y está uno preparado, pero otras veces surgen de pronto –el miedo es un buen combustible para que esa combinación estalle –, y no es bueno que nos pillen con la guardia baja.

–Lo entiendo. Pero, de nuevo,y aquí también, el equilibrio es la clave. 

–Cuando no está dentro, mal se puede llevar afuera. La sanidad es un campo de batalla y cuando afuera no lo hay, es difícil de construirlo o conservarlo dentro. 

–El recurso del ouróboros o la pescadilla que se muerde la cola.

–Deje para los médicos el uso de palabras oscuras. Tiene razón. Es un recurso cómodo, se mete uno en un ciclo y ya solo cree que todo es ciclo. 

–Lo único que cuenta, doctor, es la acción individual. Por supuesto que hacen falta muchas acciones individuales para instigar el cambio, pero lo que cuenta es que cada individuo contribuya con su propio ejemplo y acción minúscula.

–En eso subyace la confianza en que exista un propósito común, que todos –cada uno por su cuenta, pero todos –apunten en la misma dirección sin necesidad de un atractor que los magnetice.

–Cierto. Y yo creo que existe, pero hay que cultivarlo. Todos queremos lo mismo: seguridad, satisfacción de necesidades, permanencia, una pizca de aventura…

–Eso está por ver. Pero aunque así fuera, los medios y las medidas que cada uno maneja para lograrlos son muy diferentes, estorbándose unos a otros y dificultando hasta impidiendo el proceso de desarrollo.

–Ese sería el objetivo de vivir en sociedad, que todos tendiéramos hacia unos medios y medidas acordados.

–Y en eso estamos, pero siempre hay elementos discordantes, que para colmo resultas atractores, como usted decía. 

–Atraen a los elementos inseguros, que siguen cualquier atractor por perjudicial que les sea. Sobre esos es sobre los que habría que actuar para hacerles conscientes de sus propias valencias. Los otros son inevitables. 

–A los otros hay que eliminarlos en cuanto se detectan, porque si se es condescendiente extienden su mal por todo el tejido social. 

–¿Eso no será una indirecta sobre mi hígado?

–No se preocupe, no tiene usted cáncer de hígado, aquí no sale, solo mucha grasa en la barriga y un montón de malos hábitos, sospecho. ¿Mucha tertulia filosófica?

–Los jueves nada más, doctor. El resto de la semana filosofeo solo en casa y moderadamente. 

–Pues va a tener que moderarse más y dejar la filosofía. Como mucho, apúntese al peripatetismo. 

–¿Y en cuanto al riñón?

–Con que a todo lo anterior le sume beber suficiente agua, ya, estadísticamente, vamos aviados. Nunca se sabe cuándo se está del lado bueno de las estadísticas, pero, como en lotería, más vale comprar el número si se quiere lograr el premio. 

–Pues nada, abulto, doctor. 

–No creo que sea vasco, lo habla muy mal.