miércoles, 12 de mayo de 2021

Teoría de la creación

 


Todo es copia. Aprender es copiar, comprender cómo lo han hecho otros y conseguir hacerlo igual. El que escribe, generalmente quiere escribir como lo que ha leído y  le ha parecido bien; el que lee, quiere leer lo que se parece a lo que ya ha leído y le ha gustado. Y generalmente llamamos «hacerlo bien» al que lo hace como otro que ya lo hizo antes. Es muy raro que alabemos una novedad. Lo desconocido es feo, provoca desconfianza, o como mínimo es raro. Solo cuando lo acepta una cantidad suficiente de gente nos sentimos cómodos aceptándolo nosotros también. 

Son muy pocos los que quieren hacer «algo nuevo», y muchísimo menos los que consiguen hacer algo nuevo y que sea valorado por los demás. La mayoría lo que ha intentado es hacerlo como lo hizo ya otro. A muchos les sale mal. Y algunos de esos, ese fallo resulta que les viene bien. Es aceptado y quedan como unos innovadores.   

domingo, 9 de mayo de 2021

Capítulo 1 (y único)

 Vivo en un barrio tranquilo. La principal afición de mis vecinos macho los domingos por la mañana es lavar los coches con la radio a todo meter y los bafles encendidos para no perder ni el menor detalle del pumba pumba del reguetón de turno. La principal afición de mis vecinas hembra es gritar los nombres de sus cachorros situándose en la zona de la vivienda con mayor proyección de eco hacia la calle. 

Las campanas de misa de nueve o diez –me niego a contar los domingos por la mañana– terminan por desalentar cualquier propósito de dormir la resaca. Así que me siento en el balcón con una cerveza y una caja de aspirinas y observo el ir y venir de los trapos, la alta frecuencia de los cepillos de diente sobre alguna manchita en el reluciente metal de las llantas, o el arte del gargajo sobre el parabrisas (“es mejor que el mejor limpiacristales”, se gritan de esquina a esquina).

Limpio poco mi coche. Aunque es de esos coches que no se nota que se han limpiado cuando se han limpiado. Un poco como yo mismo cuando llevo traje y aún así siempre tratan de echarme de las bodas. Pero de vez en cuando bajo  dispuesto a ser un buen vecino y colaborar con el ensuciado de las calles. Es hermoso ver al final de la mañana una calle de domingo baldeada de aguas negras, salpicada de bolas de papel de periódico usado para lustrar los cristales y decorada con botes vacíos de crema para carrocerías, pinturas quita roces, aceites lubricantes, etc. 

Cada vez que esto ocurre mi mujer me mira atravesado, como si pensara que me he vuelto a echar una amante. Esto me tranquiliza porque demuestra que no sabe con qué clase de mujeres puedo tropezarme esas misteriosas noches de sábado de las que está rigurosamente excluida. Si piensa que aún puedo atraer a mujeres a las que le importa la limpieza de mi coche es que, en el fondo, todavía me quiere, es una santa. Un observador metódico no tardaría en detectar que estos impulsos higiénicos esporádicos solo me sobrevienen a final de mes. Si echara un vistazo a mi cuenta bancaria, después de dudar si la coma es separador de miles o de decimales, se haría cargo de mi estado financiero deplorable. Y si me conociera mínimamente ya estaría al tanto de la despreocupación con que manejo la cartera y el abandono con que dejo caer entre o debajo de los asientos del coche monedas o billetes que mi estado de ebriedad me impide recuperar. En cualquier caso debería sospechar del entusiasmo con el que mis compañero de farra aceptan subir al coche conmigo de conductor y el desprendimiento con que se ofrecen a pagar la última en el próximo bar de la esquina después de haber declarado solemnemente en el anterior que ya no tenían ni un solo euro. Raro es que no consiga reunir, entre lo recaudado en el coche y lo recaudado en el sofá donde me quedo dormido los sábados con el cigarrillo en la boca tratando de fijar la mirada en algún documental de la 2 con la pretensión de despejarme un poco antes de meterme en la cama, algunos euros que me pagan los cafés del lunes y el carajillo de las diez que acaba definitivamente con los despojos de la resaca, preparándome para una nueva.

Ese domingo, mientras repasaba desganadamente las grietas del asiento de pasajeros, y descubría alguna nueva que en vez de enfadarme me daban esperanzas, porque eran nuevos huecos donde encontrar monedas, noté una humedad extraña, un olor desagradable y un color muy poco tranquilizador. Traté de recordar qué es lo que había pasado la noche anterior, pero lo dí por imposible, ya me había pasado diez minutos intentando encontrar el lugar donde había conseguido, el ser humano es una máquina cuya presunta pieza fundamental a veces es completamente prescindible, aparcar el coche. Mi último recuerdo de la noche era de mí mismo apagando a soplidos una quemadura del cigarrillo en el sofá y sorprendiéndome porque a cada soplo se hacía más grande. No había duda, aquello era sangre. Me palpé por todos lados buscando una herida pero era imposible que desde el asiento del conductor hubiera salpicado tan atrás –con resaca y todo aún seguía razonando con precisión científica– así que alguno de los que iban conmigo anoche sangraba y bastante, pero ¿quién era, y qué había sido de él? 

domingo, 11 de abril de 2021

Un árbol no hace el bosque

 Se dice “Los árboles no te dejan ver el bosque” cuando nos centramos demasiado en los detalles y dejamos de percibir el conjunto. Eso pasa mucho en política, cuando los políticos, y el eco desmesurado de la prensa, nos enfocan los problemas centrándose en lo que dijo uno o dejó escapar otro en una conversación privada, concediendo tenaz atención a los líderes de los partidos ignorando al resto de sus dirigentes o afiliados de base, y dejando de analizar el conjunto completo de lo conseguido o por conseguir, que es obviado en favor del error cometido circunstancialmente.

Pero se usa poco el caso contrario  que diría “de un árbol haces un bosque” o algo así, donde la actuación de un individuo es extrapolada a toda la población, tribu, clase, grupo o partido al que pertenezca el infame personaje, que se convierte en culpable en conjunto de un acto concreto de uno de sus integrantes. Digo infame, porque habitualmente no hacemos lo mismo cuando de lo que se trata es de un acto generoso o admirable; en ese caso no extrapolamos sino que atribuimos el mérito y concedemos la admiración a ese individuo concreto.

Supongo que se trata de un mecanismo primitivo de defensa equiparable a aquel que empleaban en tiempos no tan remotos, cuando para eliminar determinados conflictos que provocaban algunos individuos de cierta comunidad, se procedía a eliminar a todos los miembros de la comunidad. La frase, tan memorable, que representa, cínicamente, esa forma de actuar, y que se atribuye a algún personaje de la Iglesia Romana, referida a los Cátaros y el terrible problema de que querían formar confesión aparte es: “Mátenlos a todos que ya Dios escogerá a los justos”. Tal vez la frase no sea verídica, sino uno de esos bulos históricos, pero desde luego el modo de actuar de matarlos a todos para acabar con el problema es una solución universal que aún hoy día se sigue ensayando. (A mí me parece que es lo que hace Israel con los Palestinos, por ejemplo)

Pensaba en esto mientras leía la historia de Ester, en la Biblia, donde un poderoso se empeña en acabar con toda la judiada porque un tal Mardoqueo, judío él, se negaba a postrarse ante su superior autoridad. También me viene esta reflexión a la mente cada vez que se habla del problema de los inmigrantes, sobre todo en voces de dudosa moralidad política que con facilidad convencen a la población de que existe un problema de seguridad nacional cuando pillan a un inmigrante cometiendo un delito. 

Hay que hacer un esfuerzo constante de desasimiento de estos arcaicos hábitos de defensa que son usados y manipulados por quienes poseen capacidad de difusión, porque todos caemos en ellos constantemente, y ninguno (salvo tú, oh preclaro racional, que estás por encima mediocridad de los mortales en esta y otras muchas bajezas) nos salvamos de la comodidad de atribuir al bosque las culpas del árbol y exigir que lo talen para librarnos del problema.

sábado, 3 de abril de 2021

Parchís

 Me levanté a las siete. Con el cambio de hora, a las siete ya empieza a clarear. Sin embargo, cuando salimos, el día estaba muy oscuro. Dudé si en realidad no sería más temprano. La verdad es que la última vez que había mirado el reloj eran las menos veinte. Después no sé cuánto tiempo habré seguido durmiendo. Me desperté y me levanté de un salto sin volver a mirar, pensando que ya era tarde. Lo de que eran las siete simplemente fue una conjetura.

El caso es que el cielo parecía muy oscuro para ser las siete. Estaba muy nublado cuando salimos. Así se explicaba la falta de claridad. Lo mismo nos pillaba el chaparrón anunciado para el fin de semana por el camino. De todas maneras no tenía ganas de ir muy lejos hoy. Así que dejé que Poncho decidiera tirar. Tiró por donde siempre. 

Cruzamos la Avenida Escaleritas. Atravesamos el parque. Bordeamos el Pepe Gonçalvez. Cruzamos el aparcamiento. Y entonces se puso a llover. Tuve que guardar el libro aunque apenas era un goteo. Como no creía demasiado en la persistencia del fenómeno animé a Poncho a continuar, innecesariamente. Pero un poco más abajo arreció (me gusta emplear esta palabra). Había que meterse en algún lado. Cruzando la carretera estaban los aparcamientos del edificio. Aunque eran muy altos, si te metías bien adentro no te alcanzaba la lluvia. 

Una señora con su canito (una cosa ridícula para llamarla perro) se había refugiado ya allí. Dudé, por no intimidar, mi vestimenta matutina es bastante sospechosa, por no decir claramente amenazadora. Sin embargo la señora pareció conocerme porque aludió a mi afición lectora.

—¿La lluvia no le deja leer, eh?

La miré, era más bien bajita y vestía muy sobriamente como para fijarse en ella, pero cuando lo hacías, se veía bonita. Tendría unos cuarenta o cuarenta y cinco años. Escurrida, menudita, con cara muy luminosa. 

—Ya habrá tiempo –contesté –Dejemos paso a la lluvia primero – me salió así la pedantería.

—Qué caballeroso –sonrió ella.

Nos quedamos mirando cómo caía el agua. Mirando al cielo. Incómodos, al menos yo, porque no se me dan bien las conversaciones espontáneas.

—Parece que persiste. No vale la pena esperar aquí. ¿Por qué no sube y echamos una partida al parchís? –rompió el incómodo silencio.

Me quedé estupefacto. La miré con cara de sorpresa, pero en su rostro no había más que inocencia y esa luminosa sonrisa sin una brizna de malicia. 

— Venga, anímese, vivo aquí mismo –y comenzó a andar hacia el portal. Poncho la siguió instintivamente (tal vez no exactamente a ella sino a su perrita) y yo con el mismo instinto seguí a Poncho sin voluntad de reaccionar.

En el ascensor fue un momento incómodo. Ella miraba hacia arriba, como previsualizando el piso al que nos dirigíamos y yo miraba a Poncho como interesado en su pelaje. Poncho miraba a la perrita y la perrita no miraba nada, parecía medio estrábica. 

— Aquí es –dijo ella cuando se paró el ascensor. Salió dándose prisa en adelantarme y abrió la puerta de su vivienda. Yo titubeé antes de entrar, pero Poncho, con más mundo que yo, cruzó resueltamente el umbral, y nos encontramos en un amplio salón muy luminoso. En frente había un gran ventanal por el que se podía apreciar que aún llovía. También se veía el Hospital y más allá las montañas, y el mar y todo lo demás.

—Puedes soltar al perro –Me di cuenta de que había empezado a tutearme –, estará bien con Samia.

Ella le mostrará la casa.

—Oh, Samia, qué nombre más curioso –repliqué, sin saber todavía muy bien a qué atenerme –. Él es Poncho. 

—Corre, Poncho, vete con Samia a la cocina que hay comidita –se dirigió ella a Poncho, que la miró con esa indiferencia suya, y luego, con la misma indiferencia, se dirigió hacia una puerta en cuyo umbral estaba esperándole la perrita –. Siéntate, enseguida vuelvo. Voy a ponerme más cómoda –. Y desapareció por otra puerta, como en un vodevil. 

Cuando regresó vestía, su cuerpo ya desvestido, un camisón largo muy ligero y abierto, apenas sujeto a la cintura. Se apreciaba su desnudez interior sin mucho esfuerzo. Ella andaba hacia mí muy resuelta y vivaz. Ese rostro siempre brillante de sonrisa alegre. En las manos llevaba un tablero y una cajita que me pidió que cogiera cuando ya estaba lo suficientemente cerca. En efecto se trataba de un tablero de parchís que colocó sobre la mesita que había delante del sofá. Ella se colocó al otro lado sentada en el suelo sobre la alfombra con las piernas recogidas en plan sirenita. Yo me senté en el sofá, casi en el borde en una posición algo incómoda, tal y como me sentía. De la cajita ella sacó las fichas, el dado y el cubilete.

—Como solo somos dos tendremos que coger casas opuestas. Si no te importa yo me quedo la roja. Es un color que me apasiona. Es tan… sensual –. Yo seguía estupefacto mirándola ordenar sus fichas ensimismada. Las colocó perfectamente dentro del círculo rojo formando un cuadrado. Torpemente yo coloqué la mías en la casilla amarilla. 

Desde mi altura tenía una visión clara de su cuerpo a través de las aberturas de su camisón. Aunque sus transparencias apenas estorbaban a la vista. Tenía una piel muy blanca, casi transparente, sin manchas, y unos senos pequeños, infantiles casi, donde resaltaban sus pezoncillos apenas. Una leve sombra de bello tiraba de la vista hacia su ombligo, muy coqueto. Había tenido el pudor de ponerse, o no quitarse, las bragas, nunca mejor llamadas braguitas. También blancas, sin adornos.

—Bueno, pues nos jugamos a ver quien empieza. El que saque el número más alto, ¿vale? –Yo asentí. Ella tiró y salió un tres. Gané yo con un seis así que empecé el juego.

Su estrategia era bastante arriesgada. Sacó todas sus fichas en cuanto pudo. En cambio yo preferí lanzar solo dos y reservar las otras dos hasta que hubiera avanzado bastante las primera. Como ella tenía que mover simultáneamente sus cuatro fichas y yo solo dos, las mías avanzaban más rápidamente. Mi primera ficha ya estaba alcanzando el seguro de la zona roja cuando la más avanzada de las suyas apenas llegaba a sobrepasar la sección verde. Mi segunda ficha, más rezagada quedaba al comienzo del pasillo de la zona azul. Ella repartía sus tiradas entre todas las suyas. Yo hacía avanzar más rápidamente la mía de vanguardia y solo ocasionalmente, con los números más altos hacía dar un paso a la rezagada. Así alcancé a pillar a su ficha postrera en los alrededores de la de seguridad en la casa amarilla. Su siguiente tirada la colocó justo dentro, protegiéndola de mi ataque, pero un cinco me permitió comerle la siguiente. Se disgustó mucho con este movimiento y por unos instante desapareció la placidez de su rostro. Temí haberla ofendido con mi entrega al juego. En cambio mis miradas hacia su cuerpo no parecían preocuparle en absoluto. Por fortuna la siguiente tirada le permitió vengarse comiéndose mi ficha más avanzada. Eso la hizo tan feliz que todo su cuerpo resplandeció de movimientos y grititos de alegría. Yo me dispuse a emplear toda mi fuerza en la siguiente, y en cuanto pude puse en juego las otras dos, simulé un gesto de empeño luchador, que en absoluto tenía, pero que ella captó como aceptando el reto. 

Los movimientos se volvieron más enérgicos y concentrados. Casi nos robábamos el dado y el cubilete antes de que este hubiera dejado de trepidar. Ella casi gimió cuando su primera ficha, coronando el pasillo, entró en la meta. Resultaba tan deliciosa su celebración que casi preferí perder para disfrutar al menos otras dos veces de ese espectáculo. Pero también había en mí un cierto impulso de victoria y conseguí a mi vez alcanzar mi meta, aún a costa de la pérdida de otra de mis fichas. 

Con su segunda ficha en la casilla de meta ella limpiaba su tablero porque las otras dos habían sucumbido en la batalla. En cuanto a mí, la que me restaba aún estaba muy lejos de su destino. Declaré solemnemente su victoria con una inclinación sumisa. Ella sonrió ampliamente, se levantó y me tomó de las manos para celebrarla. La acompañé en un extraño baile alrededor del salón. Algo rígido yo que nunca he sido muy expresivo, pero disfrutando tanto como ella de su alegría. 

Cuando se sació de celebrar pareció como despertar del sueño.

—¡Qué mala anfitriona soy!, no te he invitado ni a un café.

—No te preocupes. Ya es bastante tarde. Ha dejado de llover y tenemos que volver. Nos esperan para desayunar.

—Oh, qué lastima. Yo pensaba darte la revancha. Tal vez otro día. 

—Otra lluvia quizás –repliqué yo mientras le ponía la correa a Poncho. Ella me miraba hacer con un gesto algo contrito que me produjo mucho alborozo interior. Me dirigí hacia la puerta como esperando su aprobación. Ella se echó a andar adelantándome para abrirme la puerta. Crucé a su lado recibiendo la dulzura de su mirada y un suavísimo adiós que acarició mis oídos todo el camino de vuelta a casa.

Había sido una extraña partida. Y ni siquiera nos habíamos intercambiado los nombres.