viernes, 27 de febrero de 2026

Visita médica

No es que notara nada. Me siento strong,  como decía aquel personaje de Las verdes praderas de José Luis Garci. Me me llamaron para una ecografía que me pidieron en 2024 y no era cuestión de dejarla pasar, lo mismo estaba enfermo en ese tiempo  y yo a estas alturas y sin saberlo todavía. El médico era un tipo muy campechano al que poco antes le había oído gritar a un compañero "sí, sí, todo lo que yo sé te lo debo a ti, muchas gracias" y luego un portazo. Entonces llegó el tipo me pringó el vientre con un chorrete de una baba de extraterrestre y empezó a pasarme el cacharro aquel por todo el vientre. Al principio solo decía "ujum", luego pasó al "mmmm", que me pareció más grave, luego oí un "oooh" apreciativo. Entonces me explicó lo del hígado que brillaba como un aguaviva en la noche

-¿Usté bebe?

-Lo corriente, doctor. 

-¿Y cuánto es lo corriente?

-¿Usted bebe?

-Lo corriente.

-Pues igual que usted. 

-Eso va a ser mucho.

-Entonces a lo mejor un poco menos.

-En cuanto a este riñón, me parece que cojea.

-Así notaba yo el chorrito que se desviaba hacia la izquierda, porque el derecho tenía más fuerza.

-No sé yo si eso será un síntoma, pero acertado es. 

-Y esto, ¿a qué se debe?

-¿Lo del hígado?, a que bebe usted mucho.

-¿Y lo del riñón?

-A que no bebe usted lo suficiente. 

–¿Y no serán lo años, doctor?

–Sin duda. Los años que lleva usted maltratando ese cuerpo con su proceder atrabiliario…

–Nadie más apacible que yo, doctor. Me llaman «el mueble-cama» por mi pasividad.

–Cierto. Erré en la palabra. Quería aludir a su conducta desordenada no necesariamente violenta.

–Tengo yo de juerguista lo que el Dalai Lama. Prefiero verme como un hedonista, un epicúreo si se quiere.

–Su hígado es su biografía, amigo, y está parpadeando en amarillo, a punto de pasar al rojo. Lo mismo digo de su exhausto riñón.

–Siempre he sentido simpatía por la muerte, me parece justa y necesaria; con sus errores, porque la Naturaleza, dentro de cuya causa trabaja, no presta atención al detalle del individuo, pero, dicho esto: no quiero morirme todavía, doctor.

–Esa no es exactamente mi competencia. Yo solo puedo darle algún consejo o algún tratamiento que mejora la estadística, que también trabaja a bulto.

–A bulto trabajaba aquel que dijo «mátenlos a todos que Dios escogerá a los suyos»

–¿Netanyahu?

–Ese también entrará en la Historia por la parte trasera.

–¿No lo es toda la Historia?

–La que se cuenta, sí, pero yo diría que la que se cuenta no es toda la que cuenta. Quiero decir que algo mejoramos aunque ciclo tras ciclo vayamos repitiendo los mismos errores

–Y eso que sabemos Historia.

–Yo creo que saber Historia, más que para evitar repetir los errores nos sirve para repetirlos con más fidelidad. Pero aún así, me gusta pensar que ascendemos.

–Y ahora volvemos a la Naturaleza: ¿ascender hacia dónde, si la Naturaleza no atiende a conceptos de hacia arriba o hacia abajo, en sentido positivo o negativo? Todo lo más le interesa el equilibrio, que es duración. Ese es su positivo y la extinción su negativo.

–Pues me deja sin palabras, porque es verdad que nuestra presencia no es más que fuente de incomodidades para el resto de las especies que pueblan el planeta.

–Afortunadamente a algunos parece que le somos beneficiosos, por lo bien que se prodigan, como las ratas y las cucarachas, pero son la excepción. Somos una plaga, tal y como nosotros mismos la entendemos, una especie invasora.

–Supongo que no es una visión halagüeña, y que por eso hemos inventado la trascendencia, el destino, Dios, cuando lo único que somos es más brutos; sofisticadamente más brutos, eso sí, pero más brutos al fin. Hasta lo impusimos como una ley, la ley del más fuerte, o la ley de la Naturaleza, que todas las culpas se la echamos a ella, y nos auto legalizamos. 

–La única ley de la Naturaleza es el equilibrio, y ella es paciente, ya nos llegará el castigo. Por ejemplo, un riñón perezoso y un hígado irritable. 

–No cargue sobre mi espalda toda esa culpa, señor Juez, yo solo he vivido como un pobre hombre corriente. A ustedes los médicos les falta un máster en sutileza. Están demasiado habituados a hurgar en las entrañas de la gente y se les olvidan las sensibilidades que están habitándolas.

–Desgraciadamente no nos dejan olvidarlo. Esas sensibilidades, a veces, son bastante irritantes, ignorantes y exigentes, que es la peor combinación. Y a veces se dejan ver venir y está uno preparado, pero otras veces surgen de pronto –el miedo es un buen combustible para que esa combinación estalle –, y no es bueno que nos pillen con la guardia baja.

–Lo entiendo. Pero, de nuevo,y aquí también, el equilibrio es la clave. 

–Cuando no está dentro, mal se puede llevar afuera. La sanidad es un campo de batalla y cuando afuera no lo hay, es difícil de construirlo o conservarlo dentro. 

–El recurso del ouróboros o la pescadilla que se muerde la cola.

–Deje para los médicos el uso de palabras oscuras. Tiene razón. Es un recurso cómodo, se mete uno en un ciclo y ya solo cree que todo es ciclo. 

–Lo único que cuenta, doctor, es la acción individual. Por supuesto que hacen falta muchas acciones individuales para instigar el cambio, pero lo que cuenta es que cada individuo contribuya con su propio ejemplo y acción minúscula.

–En eso subyace la confianza en que exista un propósito común, que todos –cada uno por su cuenta, pero todos –apunten en la misma dirección sin necesidad de un atractor que los magnetice.

–Cierto. Y yo creo que existe, pero hay que cultivarlo. Todos queremos lo mismo: seguridad, satisfacción de necesidades, permanencia, una pizca de aventura…

–Eso está por ver. Pero aunque así fuera, los medios y las medidas que cada uno maneja para lograrlos son muy diferentes, estorbándose unos a otros y dificultando hasta impidiendo el proceso de desarrollo.

–Ese sería el objetivo de vivir en sociedad, que todos tendiéramos hacia unos medios y medidas acordados.

–Y en eso estamos, pero siempre hay elementos discordantes, que para colmo resultas atractores, como usted decía. 

–Atraen a los elementos inseguros, que siguen cualquier atractor por perjudicial que les sea. Sobre esos es sobre los que habría que actuar para hacerles conscientes de sus propias valencias. Los otros son inevitables. 

–A los otros hay que eliminarlos en cuanto se detectan, porque si se es condescendiente extienden su mal por todo el tejido social. 

–¿Eso no será una indirecta sobre mi hígado?

–No se preocupe, no tiene usted cáncer de hígado, aquí no sale, solo mucha grasa en la barriga y un montón de malos hábitos, sospecho. ¿Mucha tertulia filosófica?

–Los jueves nada más, doctor. El resto de la semana filosofeo solo en casa y moderadamente. 

–Pues va a tener que moderarse más y dejar la filosofía. Como mucho, apúntese al peripatetismo. 

–¿Y en cuanto al riñón?

–Con que a todo lo anterior le sume beber suficiente agua, ya, estadísticamente, vamos aviados. Nunca se sabe cuándo se está del lado bueno de las estadísticas, pero, como en lotería, más vale comprar el número si se quiere lograr el premio. 

–Pues nada, abulto, doctor. 

–No creo que sea vasco, lo habla muy mal.  


martes, 24 de febrero de 2026

Los trabajos de Pio Cid de Ángel Ganivet

 


Conozco de nombre a Ángel Ganivet, pero, como siempre, por demasiado repetido dentro de un contexto –generación del noventa y ocho, Unamuno, ta ta ta– no era un tipo que había despertado mi curiosidad, aunque la mantenía latente. Había un libro por ahí de esos enciclopédicos que compraba mi padre, que reunía a unos cuantos autores de esos tiempo, en el cual había leído alguna vez el de Unamuno, que relataba el asedio carlista a Bilbao, y poco más. Están Peñas arriba de José María Pereda, un autor que no conozco en absoluto y que, al igual que Ganivet, no despierta mi interés por lo poco que he oído de él, que es nada, salvo que hace una novela dramónica de esas del siglo diecinueve. También está Juanita la larga de Juan Valera, igual. Luego Misericordia, que sí que he leído y que  he gustado mucho, a raíz de aquella obra de teatro que vi en TV. Después está la de Ganivet La conquista del reino de Maya, que al igual que Pereda y Valera, hasta ahora no me había llamado la atención. Y, por fin la de Unamuno, Paz en la guerra, que leí una vez.

Esto me enseña que nunca hay que desechar lo que no se conoce, porque siempre es una fuente de  novedades, al menos durante un tiempo, como lo está siendo estos días Ángel Ganivet.


Me ha sorprendido de Ganivet que no encaja en la imagen que yo me hacía de él. Primero no llegó a la edad de Unamuno, Galdós o Machado, que murió a los treinta y pocos años, de suicidio. Segundo que murió lejos de España. Era un tipo extraordinariamente inteligente que sacaba cátedras y oposiciones como quien se sacude la pelusa. Empezó de bibliotecario, aunque estudió derecho y llegó a doctorarse, luego entró en la Universidad y más tarde sacó una plaza de diplomático que lo llevó a Amberes (Bélgica), Helsingfors (Finlandia) y Riga (Letonia) en donde acabó sus días tirándose al río –dos veces, en la segunda, claro, ya no lo rescataron–. Hay algo raro en torno a su suicidio. Aunque se dice que tenía algún trastorno nervioso, manía persecutoria o algo así. Lo raro es que su intención superficial fue no encontrarse con la madre de su hijo, el que le quedaba, que había venido a verlo, y a la que él rechazaba violentamente. Había amenazado con que si ella venía él se mataría y así lo hizo. En relación con esto también hay una historia poco clara en torno a la muerte de su hija (habían tenido un hijo y una hija, creo que gemelos como sucede a Pio en la novela) mientras él vivía en Finlandia y su mujer y los niños en Francia. Al parecer, él se negó a creer en las causas de la muerte alegadas y obligó a que la niña fuera desenterrada y se le hiciese una autopsia. 

Bueno, todo esto es de revista del corazón, pero le da al personaje un carácter peculiar. 


El caso es que leí una novela suya, no sé por qué me dio, por azar. Y no fue la que contenía el libro arriba mencionado sino una que llegue a bajarme o ya estaba en mi libro electrónico. Los trabajos de Pio Cid. 

Pio Cid es un personaje fantástico, un tipo de esos cuya inteligencia les permite estar en el mundo con absoluta libertad. Confía absolutamente en su capacidad para resolver los problemas así que no se preocupa de buscar asideros seguros y estables. A mí me recordó en parte a aquella película americana Vive como quieras con James Steward como protagonista, en la que la familia vivía exactamente como predica el título sin preocuparse por las convenciones sociales –ni tampoco las obligaciones, lo que la metía un poco en problemas, y los cuales enfrentaba con el más entusiasta espíritu de optimismo–. Pues así es Pio Cid. Un ejemplo. Después de la muerte de su madre, con la cual vivía en Madrid, donde se desarrolla la historia–Pio Cid tiene una historia anterior, se sabe de él que ha viajado, que ha escrito libros, y, por su puesto, que tiene una enorme y muy variada cultura, además de saber todos los idiomas importantes del momento–, Pio vive alojado en una pensión y trabaja haciendo traducciones o comentarios de libros científicos. Más tarde encontrará un puesto en una administración, muy por debajo de sus capacidades, pero que le proporciona unos ingresos estables. Conoce a una muchacha que acaba de llegar de Cuba con su madre y que vive con su tía y tres primas en una condiciones de equilibrio. Entonces decide irse a vivir con ellas y compartir todos sus miserias. Pero Pio Cid confía en sus capacidades para mantener una familia tan grande y tan súbitamente sobrevenida. En efecto va resolviendo los problemas y los conflictos, va conociendo nuevas amistades que sorprendidos de sus enormes conocimientos y habilidades le proponen entrar en política. Pio en principio acepta, pero luego, una vez ha catado el ambiente de esos ámbitos abandona y continua su vida a salto de mata, pero siempre resolviendo. Aunque no están casados vive maritalmente con su mujer, Martina. Esta le plantea algunos conflictos de celos que Pio resuelve magistralmente. Conoce a una señora de la alta sociedad que le propone ser el maestro de su hijo y entre ellos surge alguna chispa que no gusta ni pizca a Martina, la cual obliga a Pio a trasladarse a Barcelona. Y aquí termina la novela, con una expectativa de continuación que se frustró posiblemente con la muerte del autor. 

No es una novela de intrigas o de conflictos, sino de personaje, es decir, el único interés de la novela es el personaje y su actitud frente a la vida y sobre todo sus ideas expuestas como magisterio. Y ciertamente es un personaje muy atractivo y envidiable. Lo cual no deja de resaltarse en toda la novela.


Esta novela es posterior a la que aparecía en el libro, la cual empezaré a leer o ya he empezado. Esa parece que fue la primera novela y es el libro que vagamente aparece aludido en Los trabajos supuestamente escrito por Pio Cid. En estos primeros comienzos sospecho que es una aventura de imaginación que transcurre en África –hasta ahora había supuesto que era una novela sobre los conquistadores españoles en América– y probablemente tendrá su punto de utópico o de puesta en práctica de determinadas ideas políticas entre indígenas supuestamente no maleados por una civilización moderna.


Ángel Ganivet murió exactamente en el año 1898, año del famoso desastre de la caída de Cuba y Filipinas, es decir, el desmoronamiento final del imperio español. Se le considera parte de la Generación del 98 puesto que manifestaba en sus escritos, la mayoría de ellos cartas, pues poco publicó, aunque su obra principal en este sentido fue un Ideario Español. Más allá de eso, su pensamiento está principalmente en cartas, publicadas como volúmenes de pensamiento en los que expone por lo visto una idea de España algo conservadora, idealista y sobre todo patriótica, es decir, orgullosa de la diferencia frente a las naciones europeas.