Como la gente se acumulaba en torno a la casa donde estaba Jesús predicando, pues se había extendido la noticia de que sanaba enfermos, unos hombres se encaramaron al tejado, abrieron un hueco e hicieron descender por él a un paralítico.
Jesús le dijo al paralítico:”Grande es tu fe y por ello tus pecados te son perdonados”
A lo que el paralítico replicó: No es que desprecie tu magnánimo gesto, Señor, pero soy paralítico desde que era niño, te conozco de aquellos primeros juegos, pues somos de la misma edad, nos hemos tirado piedras uno al otro, me habrás ganado boliches, haciendo trampas o no, y probablemente nuestras cometas compitieron por la propiedad del cielo.
Casi treinta años llevo en esta condición que, como comprenderás, no me permite pecar ni poco ni nada. Tus buenas intenciones con respecto a mis pecados, que aprecio en lo que valen, me caen como la lluvia en pedregal, perdona la parábola, lava la piedra pero no hace germinar virtudes. Si me vas a perdonar los pecados, resumo, permíteme cometerlos primero.
No blasfemes –dijo un sacerdote, que no había podido resistir la tentación de venir a comprobar las exageraciones que de este nuevo mesías se proclamaban por todas partes–, se peca con el espíritu, el cuerpo es solo el instrumento que firma el pecado ya cometido. La intención es lo que cuenta.
Y tú –dirigiéndose a Jesús–, falso mesías, no te apresures a atribuirte poderes que solo la mano de Dios tiene la grandeza suficiente de sujetar.
Entonces, Jesús, dirigiéndose al sacerdote le dijo: Osea, que a ti te parece que es más temerario decir «tus pecados te son perdonados», que, por ejemplo, –y dirigiéndose al paralítico– toma tu camilla y echa a andar. Firma todos tus pecados, que ya haremos cuentas a las puertas del cielo.
El asombro fue general cuando, después de un titubeo, el paralítico se incorporó; ayudado por los que estaban junto a él, consiguió ponerse en pie, tomó los palos y la tela en que lo habían traído, que aquellos le tendían y se alejó, incrédulo de cada paso que daba en medio del pasillo humano que se había abierto para dejarle salir. Echaba, de cuando en cuando, una mirada hacia atrás como temiendo que lo llamaran y le exigieran que volviera a su sitio y su condición.
Tu magia es visible y desde luego espectacular, interrumpió el sacerdote el asombrado silencio reinante, a la vista está. Tienes poderes, o, como poco, habilidades extraordinarias. Pero meras habilidades terrenales, hechas con barro. Las otras, las del espíritu esas no puedes manejarlas a tu voluntad. No se perdonan los pecados como quien dice «levántate y anda». Esa promesa que le has hecho a ese hombre lo pone ahora en serio peligro de condenarse para toda la eternidad, pues si fía de tu palabra, obrará en la seguridad de que ninguno de sus actos, por contrario a la ley que fuere, tendrá castigo. Esta es claramente la forma de obrar del demonio, que, disfrazándolo de convenientes favores se asegura el alma del confiado. ¡YO TE CONMINO A QUE TE DESCUBRAS, SATANÁS!
En cuanto dijo estas palabras, Jesús quedó envuelto en un ceniciento humo pestilente a azufre y metano –ese día había almorzado judías– del que brotó un gruñido furioso que se transformó en una tenebrosa carcajada. El lugar que había ocupado el impostor quedó impregnado con una mancha con forma de nalgas de en medio de las cuales brotaba una cola terminada en punta.
En el silencio aterrado que se hizo a continuación, el sacerdote se levantó, se sacudió la sotana dándose algunos manotazos aquí y allá y se marchó silbando bajito por entre el pasillo que la multitud volvió a abrir para darle paso.
Días después el pueblo volvía a animarse con la noticia de un joven acribillado a tiros por la policía en un prostíbulo, después de que este hubiera atracado una casa de monedas hiriendo de muerte a uno de los usureros.
Una tarde que el cura se paseaba por las asoladas calles del pueblo para bajar la comida rehuyendo la siesta porque se estaba poniendo muy gordo, oyó ruido de festejos en la posada y se acercó a ver qué ocurría. Había una reunión de publicanos y pecadores entre los cuales el menos relajiento no era el mismísimo Jesús. El sacerdote entró y conminó a este: ¿Qué es esto? Tú comiendo y bebiendo con publicanos y pecadores. Al oír esto, Jesús, sonriendo, le saludó alzando una copa y replico: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. El sacerdote, satisfecho con la respuesta, saludó inclinando levemente la cabeza y, sonriendo, continuó su paseo.