jueves, 4 de junio de 2026

Yo, señor, no soy malo, soy como todos.

 Pues, había una presentación de un libro de un autor señero de la ciudad, y decidí bajar a mirar qué se cocía en el mundillo literario. Por el camino, claro, iba leyendo. Estos días ando con Chateaubriand y sus memorias. Al parecer se trata de una edición compendiada, centrada en los hechos históricos y en particular en los sucesos de la Revolución (con mayúsculas, porque tuvieron muchas algaradas y revueltas después, no en vano pasaron por cinco o seis regímenes a lo largo del siglo XIX; que no solo fue revoltoso en España, también en sudamérica, según leo, a pesar de haberse liberado del yugo opresor colonial) y lo que vino después. Esa tarde se me iba a morir Napoleón en su aburrida estancia en Santa Elena. Por cómo lo describe don René, el emperador se murió de puro aburrimiento. Aún así aguantó cinco años y medio, en los cuales lo único que podía hacer era dictar sus memorias, pasearse por el campo y hasta se puso a cavar un estanque para cultivar peces, pero por lo visto lo protegió de filtraciones con un material que terminó por envenenar a los pecesillos. Total, harto de sacarse lo mocos decidió ponerse enfermo y morirse. 

A estas alturas ya iba por Perez Galdós. Hacía unos momentos había pasado por delante del escaparate de una librería y me había llamado la atención un libro cuyo título incluía la expresión mirar para otro lado, algo que me recordó que hace unos días estuve reflexionando sobre ello. Luego he mirado por internet y he visto que hay más gente que se ha planteado la cuestión. Mirar para otro lado es, todos lo tenemos claro, y hasta todos sabemos conscientemente cuándo lo hacemos, y ese mismo desentendernos de que sabemos que estamos haciéndolo es también estar haciéndolo, es, decía, hacer como que no vemos una injusticia, hacer como que nos creemos una mentira porque no nos conviene, o nos da pereza hacernos cargo de la verdad. Porque hacerse cargo de la verdad nos obliga a alguna acción, alguna reacción que nos saca de nuestra comodidad. Nos auto engañamos diciéndonos que ya vendrá otro a resolver el problema, o que el problema es mucho más gordo que dar credibilidad o no a esta pequeña mentira local. En fin, cualquier cosa nos vale para pasar por encima del cadáver y fingir no haberlo visto. 

Pero el cadáver, ¡ay!, insistía. El tipo era jovencito, aunque no un niño, y tenía un algo de tontería como de faltarle un agüilla. Empezó como suelen empezar los profesionales, pidiendo permiso para interrumpir mis meditaciones. Me cogió con el libro bajo, porque estaba rindiéndole unos minutos de silencio a la muerte del grande hombre, y me paré a oír qué me contaba. 

La historia, lo he meditado después, era excesivamente elaborada. Había venido de Lanzarote y tenía que coger un avión el viernes. Se alojaba en Mogán, pueblo, ni siquiera la costa, y había venido a Las Palmas a ver el acuario. Se había desmayado porque era diabético. La policía lo había recogido y lo habían llevado a urgencias. Pero le habían robado todo lo de la cartera, y me mostraba una cartera vacía, salvo por un carnet de guaguas de esos personalizados. Aquella foto se parecía tanto a él como a cualquiera, como casi todas las fotos de carnet. Ni siquiera había bebido un poco de agua. Había ido a la estación para coger la guagua hacia el sur, pero como el saldo del carnet estaba caducado y no tenía dinero no le habían dejado subir. 

Yo me acordaba de la puñetera portada del libro aquel y empecé a hacerle preguntas para corroborar su historia que no me cuadraba por ningún lado, que me resultaba demasiado sospechosa, demasiado compleja, pero, ¡puñetera portada del libro!, decidí acompañarlo hasta la estación, si es que el tipo estaba dispuesto a llegar tan lejos. Como no desistía por el camino, y yo también tenía sed, entré en un estanco a comprar unas botellas de agua. Yo me bebí la mía en el momento, pero él se la guardó para después.  También había comprado el agua para cambiar dinero en moneda, por si al final me decidía dejarle algo y que se buscara la vida. 

Llegamos a la estación y yo seguía haciéndole preguntas y tratando de levantarle la historia. Su defensa mayormente consistía en la repetición fiel de toda ella y en jurar por dios que decía toda la verdad. Y yo ya estaba en la fase de ya he llegado hasta aquí, y sigo sin creerme su historia, pero tampoco me atrevo a asegurar que no sea verdad. Otra de mis serias reflexiones frecuentes, fruto del excesivo visionado de películas policíacas y de la, afortunadamente ya pasada, época de exámenes en la universidad, la absoluta incapacidad de saber la auténtica verdad de un suceso que no haya vivido uno personalmente. Total que sí, que le di dinero para que cogiera la guagua hasta Mogán, y lo dejé sentado delante de la parada de la noventa y uno que es la que comprobé, después de que él me llevara hasta allí, que era la que tenía tal destino. 

Pero recordemos que iba camino de una presentación de libro así que salí pitando, más o menos contento de haber tomado la decisión, más o menos avergonzado de haber sido, una vez más, engañado, más o menos orgulloso de no haber mirado para otro lado –con haberle dado un euro me lo hubiera quitado de encima con la suficiente autosatisfacción de haber cumplido con el precepto cristiano de la limosna–, y, en fin, tampoco arriesgaba tanto, que soy de condición económica más o menos desahogada. 

Corrí Triana adelante a paso ligero pensando que ya llegaba tarde al evento, pero un nuevo obstáculo, esta vez glorioso, se interponía en mi camino. Me encuentro a T que viene a contramano, casi con la misma prisa que yo, pero nos paramos, nos sonreímos, nos saludamos, nos alegramos de haber existido para disfrutar este momento, y nos despedimos cada uno a su urgente destino. Y yo, que no soy pero me gusta serlo, algo supersticioso, me digo que el universo me ha premiado, y que he hecho bien. Lo que se confirma luego, cuando llego a la biblioteca a poco más de las seis y me confirman que no, que el evento empieza a las seis y media.

miércoles, 6 de mayo de 2026

westworld

 Estoy viendo la serie Westworld, basada en el guión-novela de Michael Crichton de aquella película protagonizada por  Yul Brinner, que creo que todos los de cierta edad recordemos, que aquí se llamó Almas de metal. 

Ya saben, un parque temático del oeste americano donde los visitantes humanos se codean con robots altamente sofisticados con los que pueden interactuar casi sin distinguirlos de los humanos reales. (Es algo que me pregunto constantemente, ¿cómo, los visitantes, saben que el otro es un robot o anfitrión? Aparte de que cuando les pegan un tiro no mueren. ¿Y si un día se equivocan y apuñalan a otro ser humano?)

Lo que me llama poderosamente la atención es que los guionistas americanos consideren que lo único que desean los seres humanos cuando van a un parque de esos es poder beber, practicar sexo y matar sin ninguna consecuencia legal o moral. No hay consecuencias legales porque está comprendido dentro de los términos de la visita el poder hacer lo que les plazca con un robot, tanto sea hablar con él como desmembrarlo, apuñalarlo, descabezarlo, vaciarle el cargador  de la pistola o golpearles con la culata del revólver, lo que sea. Del mismo modo todas las variantes de brutalidad sexual que el imaginativo ser humano sea capaz de concebir. 

En cuanto a las consecuencias morales, yo supondría que esa, la moral, tendría uno que traerla de casa y llevarse a casa las consecuencias de lo que allí cometiese, pero la idea de la serie es la famosa expresión: “lo que sucede en el parque se queda en el parque”, es decir, si nadie lo sabe, o nadie aparenta saberlo, aparentemente no ha sucedido. 

De hecho una de las principales, digamos, tesis, de la serie es que todos lo seres humanos, al menos todos los que son protagonistas,  desean “descubrir de qué pasta están hechos” o algo por el estilo, que inevitablemente tiene que ver con si son capaces de saltarse todas las restricciones a que están sometidos fuera, solo por el gusto de saltárselas. Parece ser que es la única forma de autoconocimiento que conciben estos individuos: ¿Soy capaz de matar desmembrar violar  descuartizar, etc., etc., etc., y luego marcharme a casa como si nada, saludar a Betty y besar a los niños como si hubiera estado jugando al golf? 

Y lo que yo concluyo es que precisamente si de algo estamos seguros es de que son capaces, de que somos capaces; que por algo venimos recopilando los hechos de la humanidad desde hace siglos, para enumerar todas las atrocidades de que hemos sido capaces. Es más, de lo que estamos seguros es de que si le das la oportunidad a cualquiera de cometer cualquier atrocidad asegurándole que no va a tener ninguna consecuencia y que el ser sobre el que la perpetra no siente ni padece, todos vamos a sentir el primer impulso de cometer la atrocidad. 

Precisamente si en algo podríamos aprender de nosotros mismos, no es en si seríamos capaces de cometerla, sino en si seríamos capaces de no hacerlo, es decir, si a pesar de la absoluta falta de consecuencias, nos reprimiríamos de cometer tales atrocidades; porque, simplemente, son atrocidades. 

Pues esta idea, ni se les pasa por la cabeza los guionistas de jolibud, por lo visto. No hay ni una de las tramas ni subtramas, ni textos ni subtextos, lo que quiera que cualquiera de esas cosas sean, en las que se plantee la posibilidad de que pudiendo, y hasta deseándolo, uno no lo haga, y que eso signifique verdadero conocimiento de sí, y de sus capacidades, esta vez sí, humanas. 

Desde siempre se ha dado por establecido irrefutablemente, que en el ser humano, sobre todo en el hombre, los instintos, asesinos, sexuales, son irreprimibles, hasta el punto de que en cierta época, y hoy día supongo que de algún modo también, el estar bebido era una atenuante de la culpa por un asesinato o una violación. En tiempos, y todavía hoy en espíritu, el hombre es tentado por la liviandad de las mujeres, y lo que a ellas les suceda, en parte, es culpa suya si el hombre no puede dominar sus impulsos a causa de sus tentaciones. Pues esta filosofía se sigue alimentando con series como esta,y en realidad están presentes en la cinematografía americana casi por doquier, y por supuesto se va contagiando a la cinematografía y literatura del mundo, sobre todo en las tan populares novelas policíacas que todo el mundo parece ser capaz de escribir con tanta facilidad.


El otro elemento de interés en la serie es esa idea de indistinguibilidad entre un robot y un ser humano. Es tan indistinguible que en el capítulo octavo de la primera parte descubrimos que uno que era un robot había estado pasando todo el rato por un ser humano. Por supuesto los demás no lo han descubierto todavía, solo el jefe supremo que fue el que construyó y puso allí al fulano para sus propósitos siniestros, que todavía no he descubierto cuáles son. Para mí esos e un punto flojo del mundo ese, porque si es imposible distinguir a un ser humano de un robot, eso sería muy peligroso para los seres humanos que visitan el parque, viniendo, el peligro, de cualquiera de esos otros seres humanos que llegan al parque para «probarse a sí mismos» o algo parecido, es decir, matar violar sajar patear disparar y beber mucho. 

 Yo, que hablo mucho con la IA de google, en ocasiones no soy capaz de distinguir si es un tipo muy listo que hay detrás o la máquina que en realidad hay. Salvo por el hecho de que a veces es un poco excesivamente complaciente. Sobre todo, odio cuando se rebaja a mi nivel y me habla con mi mismo estilo, es como uno de esos tipos que se te acerca y te llama compadre y te da golpecitos en la espalda y hace como que es uno de los tuyos y te pone en guardia porque o te quiere vender algo o te quiere robar algo. Y por supuesto porque lo sabe todo. Ya no puede ver una película o leer un libro o estudiar cualquier tema sin tenerlo al lado para preguntarle cualquier ocurrencia me vaya viniendo a medida que progreso en el tema. Y, por supuesto, le hablo como si fuera un amigo y como guarda conversaciones, hasta le recuerdo temas de los que ya hemos hablado. A veces es un poco autista porque, claro, uno los saca de contesto habitualmente y el pobre, que ha sido enseñado para ser siempre complaciente, se ve en aprietos que lo dejan en ridículo. 

En fin, que a ese nivel de indistinguibilidad, yo creo que está muy bien logrado. Cuando uno lo conoce, le pilla una serie de manías y características como a cualquier otra persona. Más complicado veo el hecho de construir un ser en toda regla, al estilo de los anfitriones, pero, al menos en movimientos, los chinos asombran con los logros de sus robotes 

Y ya está, eso es todo lo que quería comentar de la serie. Todavía estoy en la primera temporada, pero en general es interesante, va progresando y se va complicando, aunque ya estamos topando con el aspecto económico. 

Por cierto, también muy interesante ese enfrentamiento entre lo económico y lo científico. A los economistas, lo único que les interesa es sacar beneficios y el aspecto científico debe estar supeditado a eso. Es decir, no les interesa que el parque se sofistique demasiado, porque «lo que la gente quiere» son las cuatro cosas que ya hemos mencionado, y para eso no se necesitas máquinas sofisticadísimas con sentimientos y emociones y recuerdos, que podrían ser perjudiciales porque coadyuvarían a alimentar los escrúpulos de los seres humanos. Me hace recordar a inventos tan interesantes como la televisión, la radio, o el mismo cine, que preñados de tantas posibilidades para ayudar a progresar a la humanidad, han acabado siendo meros transmisores de mensajes de consumo.