sábado, 8 de agosto de 2026

Antes de la primera noche

 La anécdota es que un hombre se acuesta cada noche con una mujer distinta. A la mañana siguiente la asesina para evitarse el dolor de ser traicionado por ella. El hombre, desde luego, debe ser muy atractivo o muy rico o ambas cosas, para llevarse una mujer distinta cada noche a la cama. También se deben disponer de amplios recursos o amplios poderes para hacer desaparecer esos cadáveres sin que nadie pregunte, indague, se incomode y le afecte su incomodidad a nuestro hombre. Todo eso se resolverá haciéndolo rey o sultán en una época remota, tal vez ficticia también, o no, quién sabe lo que sucedía en la realidad de los tiempos remotos, donde esos cargos dirigentes tenían amplísimos poderes. En los tiempos actuales, ese hombre necesariamente es muy rico y está muy conectado con las redes del mal, pudiendo pagar los carísimos servicios de empresas dedicadas a la desaparición discreta de cuerpos, generalmente humanos que son los que despiertan alguna inquietud cuando sobreviene su desaparición. 

¿Qué lleva al hombre a esta situación?, es decir, a esa criminal desconfianza de la fidelidad de las mujeres. Naturalmente una traición de una mujer. El hombre, es necesario, tuvo una esposa. También tuvo un hermano que tuvo una esposa y que fue, sin él saberlo, la causa indirecta de la anécdota de esta historia. Estos hermanos eran muy bien avenidos. Tras heredar a partes iguales de sus padres, cada uno fue a vivir a una ciudad distinta, pero con frecuencia se convocaban uno al otro cuando la necesidad de verse y hablarse los urgía. 

Sucedió que un día nuestro hombre solicitó la presencia de su hermano. Y aquel se puso en camino, pero cuando ya estaba a punto de tomar el tren, o bien, cuando ya iniciaba la travesía con la caravana, o justo de camino hacia el aeropuerto, el hermano recordó que olvidaba el presente que deseaba entregarle a su hermano y regresó a casa para buscarlo. Al llegar inopinadamente a la casa sorprendió a la mujer con su amante en su propia cama. O tal vez solo era una de las más apreciadas concubinas con uno de los más apuestos esclavos, lo cierto es que el hombre sufrió un tremendo shock porque hasta ese momento creía que su relación con la esposa era de altísima confianza y que ninguno de los dos había manifestado una queja o insatisfacción que conminara al otro a corregirse. Así que los mató a ambos, y allí los dejó muertos, retomando, una vez recuperado el presente que quería llevar a su hermano, el camino hacia su casa. 

Al llegar a la casa de su hermano, nuestro hombre, este lo encontró muy abatido. Y, pese a que lo exhortaba insistentemente a que le explicara cuáles eran las razones de su abatimiento, el hermano se negaba a exponerlas por no implicar, tal vez, a su hermano en el crimen, o simplemente por no transferirle su abatimiento. Así que el anfitrión decidió organizar una excursión nocturna por la ciudad, o tal vez una cacería, propia de los reyes de aquellos tiempos remotos, a las que, por otra parte era muy aficionado, con el propósito de levantarle el ánimo a su hermano y que olvidara las razones de su abatimiento. Este no estaba muy convencido de que tales actividades lo fueran a animar y se negaba reiteradamente a tales distracciones. Pero insitió en que su hermano, ya que se había preocupado de preparar todo un sarao, o  la comitiva, los animales, los asistentes de caza, los ojeadores, etc, y sabiendo que era tan aficionado a ello, se fuera y lo dejara reposar, prometiéndole que en cuanto descansara un par de días saldría con él a despejar su tinieblas. 

Ahora bien, el anfitrión había olvidado comunicar a su esposa la llegada de su hermano, y mientras este dormía en el cuarto de invitados, ella, ignorante de su presencia, y sabiendo que su marido estaba perdido en una de sus habituales francachelas, o sus larguísimas jornadas de caza, hizo pasar a su amante, tal vez su esclavo preferido. El cuñando, despertando en medio de la noche y oyendo ruidos confusos entre violentos y gozosos, se acercó sin ser advertido, presto a defender el honor de la casa de su hermano si fuera necesario, y pudo observar las las actividades de los amantes. Esto, aparte de apenarle por su hermano, le llevó a relativizar sus propias angustias y parte de sus tinieblas se aclararon. 

Cuando su hermano regresó de la cacería o de la excursión nocturna o del viaje a exóticas islas, nuestro hombre inicial, lo vino a saludar, notó desde un principio que aquel estaba de mucho mejor humor y le preguntó cuál era la razón por la que había estado tan preocupado y por qué causa esa preocupación había cesado, al menos en parte, de agraviarle. El hermano le respondió que a lo segundo no podía responderle por el momento, pero le contó con todo detalle las circunstancias que lo llevaron a asesinar a su mujer y a su amante en la misma cama en la que estaban yaciendo. El hermano comprendió, naturalmente, la causa de sus angustias, pero insistió en que le explicara cómo es que había conseguido recuperarse de tal tragedia. Pero este reiteró su negativa a aclararlo. A cambio le propuso que preparada otra salida  a la cual, esta vez sí, le acompañaría. Y así lo hizo su hermano. A los pocos días se prepararon para pasar una noche de diversión o bien un viaje a algún lugar exótico, o un simple paseo por la montaña, pero en el último momento, aquel le dijo que, sin avisar a nadie, ni siquiera a su esposa, ambos se quedasen en casa, encerrados en el cuarto de invitados. Así lo aceptó, el anfitrión, sin comprender las razones, pero sin poner reparos, curioso de saber qué tramaba su hermano. 

Ya de madrugada oyeron que alguien se movía por la casa, y al poco tiempo asistieron al mismo espectáculo ya descrito en la propia alcoba conyugal, sin que los amantes se apercibieran de ser observados. El hermano se llevó una mayúscula sorpresa pues tampoco había notado indicios en su esposa de que se sintiera insatisfecha en algún aspecto de su matrimonio. Sin embargo, su reacción fue menos violenta, más bien avergonzada tras haber sufrido tamaña afrenta y con su hermano como testigo y tirando de él huyeron ambos de casa. 

Ahora tenemos a los dos hermanos afrentados, pero en cierto modo consolados, porque a ambos les ha sucedido lo mismo. ¿Qué sucedió a continuación?


La historia dice que atravesaron un desierto, quizás, y que cruzaron un bosque, tal vez, y que a la orilla del mar se echaron a descansar. Y que vieron, obviamente con sus propios ojos, cada uno con los suyos, una misteriosa columna que surgía del mar y que se aproximaba a la tierra, justo por el lado en el que ellos estaban. Por lo que huyeron y se subieron a un árbol.

Desde arriba pudieron observar que la misteriosa columna de humo tomaba pie cerca del árbol y se reintegraba en la forma de un ser enorme y horrendo. Este ser se echaba a la sombra del árbol y de sus ropas extraía un cofrecillo. Después de abrirlo con una llavecita, naturalmente de oro, del cobrecillo extraía una bolsa con toda su parafernalia de adornos recamados sobre una lujosísima tela, joyas engastadas en los propios bordados, etc, y de dentro de la bolsa salía una jovencita muy hermosa. El ser la acariciaba durante un buen rato y por fin terminaba durmiéndose con la cabeza sobre los muslos de la muchacha.  

Estando el ser profundamente dormido, la muchacha le levantó la cabeza y la apoyó sobre la tierra, luego ella se incorporó y llamó a los dos hermanos. Estos se sintieron muy sorprendidos de que los hubiera descubierto, pues habían tenido mucho cuidado de no hacer ningún ruido por miedo al extraño y poderoso ser, pero ella los conminó a descender del árbol. Les exigió a ambos que yacieran con ella o de lo contrario despertaría a su amo que los machacaría con la misma facilidad con que ellos podían aplastar a una hormiga. Y a ambos no les quedó más remedio que aceptar. Luego ella extrajo de sus ropas una cadena compuesta de una larga ristra de anillos y les pidió a cada uno el suyo, pues, les explicó, esa cadena estaba formada por los anillos de todos sus amantes y era la prueba de su venganza contra el ser, que era un mago que la tenía retenida contra su voluntad. 

Pues bien, dice la historia que este suceso hizo comprender a los hermanos la relatividad moral de las mujeres en general. Y la historia ya está escrita. Así que los hermanos volvieron a casa. El primero, el más joven se deshizo de los cuerpos de su mujer y su amante que todavía adornaban su tálamo nupcial y tal vez nunca volvió a hacer nada relevante en su vida porque nadie se preocupó de narrarlo. 

En cuanto al otro hermano, es nuestro personaje, el que decidió volver a casa, vengar la afrenta de su cónyuge asesinándola junto a su amante, y no volviendo a contraer matrimonio sino gozar de las primicias venales de las mujeres y no dándoles opción a que lo traicionaran, asesinándolas al día siguiente. 

Hasta que dio con una que lo tuvo suficientemente entretenido durante mil y una noches. 

miércoles, 15 de julio de 2026

Numismática

 Las monedas, al principio, desconocían que tuvieran dos caras. Desconocían también cómo era la suya, la que creían suya, aunque suponían que la tenían porque los demás tenían una. Es decir, aún no sabían que cada uno tenía dos, así que para ellos, cada cara era una entidad distinta. 

Cada uno podía clasificar a los otros por sus caras, pero ellos mismos no sabían a qué grupo pertenecían, si no es porque los otros se lo decían: Tú eres de este u otro grupo. No se usaba decir «de los nuestros» porque nadie estaba seguro 100% de a qué grupo pertenecía. 

Con el tiempo, algunos filósofos y pensadores, propusieron que cada uno tenía dos caras y empezaron a hacer experimentos para apoyar su verdad, agrupando a las monedas de una manera, luego de otra, contando, llegaron por fin a la conclusión de que cada moneda tenía dos caras y que, por consiguiente la población del monedero (así llamaban a su mundo) era la mitad de la aparente. Esto fue un avance enorme en la cultura de las monedas y costó siglos que la población del monedero llegara a aceptar como algo «evidente» que cada moneda tenía dos caras. Solo después empezaron a preguntarse por el significado de las caras. 

Ya se había observado el proceso de aparición y desaparición de monedas. Se experimentaba con miedo cada desaparición porque nadie sabía la causa de ello ni su destino. Y con curiosidad la aparición de nuevas monedas, a las que acribillaban a preguntas acerca de cómo era el mundos más allá del monedero. Era muy raro que una moneda que hubiera salido de un monedero retornara a él, y si lo hacía, apenas podía contar nada que lo que había experimentado, salvo el haber estado en otros monederos. En otras ocasiones la moneda recordaba vagamente haber estado ya en este monedero pero no reconocía a nadie ni nadie la reconocía a ella porque en ese tiempo, las que habían sido sus compañeras también habían desaparecido y nuevas monedas habían llegado. Había viejas monedas que nunca desaparecían y que de alguna manera servían como identidad de monedero y todos las respetaban. 

De modo que sí, se sabía que existían muchos monederos de muy diversas características. En algunos de ellos, se contaba, solo habían monedas iguales. Otros habían alternado con unos extraños seres mucho más planos que ellos, mucho más grandes, también con dos caras y que alguna moneda se aventuró a afirmar que se llamaban billetes, y ese nombre se quedaron. Con el tiempo todas las monedas habrían conocido en uno u otro de sus saltos, a algún billete. La comunicación entre monedas y billetes era muy dificultosa, se notaba entre los billetes una especie de estiramiento, orgullo, que las monedas no comprendieron hasta después. Algunos billetes abandonaban su estiramiento y formaban una bola arrugada y que convivía con ellas en el monedero, pero por lo general vivían en sus propios monederos.

Pues bien. Todos estos trasiegos, idas  y venidas inspiraron a los filósofos y pensadores a buscar las causas, las motivaciones, los propósitos y de ahí nació la, llamémosla, epigrafía. Que consistía en el estudio de las caras de las monedas (más tarde se extendería a la de los billetes). 

Se llegó a la conclusión de que en general existían tres clases de símbolos que daban forma y diferencia a las caras: dibujos, letras y números. Las letras y los números eran claramente clasificable, existían un número limitado de formas diferentes para ambos, pero en cuanto a los dibujos, al parecer la variedad era infinita. Se aprendió que las monedas con números más pequeños solían ser más abundantes que las monedas con números mayores y que tenían más movilidad. Esto degeneró con el tiempo en una especie de jerarquía condicionada al número. Los números mayores eran más respetados que los números menores. También empezó a apreciarse que el tamaño de la moneda estaba de alguna manera relacionado con el número. Así que el tamaño también acabó denotando jerarquía. Las letras solían repetirse. Aunque ocasionalmente aparecían monedas con letras completamente diferentes y todos se extrañaban de ellas y las llamaban extranjeras, a pesar de que sus números pudieran imponerles un cierto respeto.

El asunto de la jerarquía comenzó a tomar una importancia cada vez mayor. Algunas monedas empezaron a afirmar que su mayor número significaba un “valor” superior. Se empezó a afirmar, los filósofos y pensadores, que observaban, medían y anotaban cada movimiento, que por cada moneda de número mayor que era extraída, solían ingresar un número de monedas pequeñas y se relacionó ambos sucesos observados como causa y efecto: la salida de una moneda mayor provocaba el aumento de la población del monedero con el ingreso de varias monedas menores. Como quiera que el sentido de supervivencia del monedero tendía a aumentar la población, puesto que la desaparición de las monedas acabaría con la extinción del monedero, esto se consideraba un mérito para la moneda mayor. 

Y así nació la religión en el monedero. Se hablaba de valores y de intercambios. Y no dejaba de notarse que cada vez salían más monedas del monedero pero ingresaban menos. Se decía que los billetes se habían apoderado de ese mundo exterior. Todos sabían, claro, que los billetes tenían número mucho mayores que ninguna de las monedas. Y también habían intuido que muchos ingresos en el monedero se debían a la gracia de alguno de esos billetes. 

Pero sí, el mundo estaba cambiando y las monedas lo notaban. La población de monedas en el monedero disminuía cada vez más y no era reemplazada. Y muchas monedas contaban como habían llegado a monederos completamente vacíos. Incluso terminaban abandonándolos luego de un tiempo sin haber recibido a ninguna otra moneda. Otras contaban como habían permanecido durante mucho tiempo fuera de cualquier monedero en una especie de limbo plano que no comprendían y que les asustaba. A veces llegaban a los monederos monedas muy sucias y maltratadas que provocaban la compasión de todas. 

Alguien habló de monedas sin cuerpo y nadie le creyó. Pero los rumores aumentaban a medida que la población del monedero disminuía. Incluso los billetes empezaron, se decía, a experimentar las mismas inquietudes.