miércoles, 6 de mayo de 2026

westworld

 Estoy viendo la serie Westworld, basada en el guión-novela de Michael Crichton de aquella película protagonizada por  Yul Brinner, que creo que todos los de cierta edad recordemos, que aquí se llamó Almas de metal. 

Ya saben, un parque temático del oeste americano donde los visitantes humanos se codean con robots altamente sofisticados con los que pueden interactuar casi sin distinguirlos de los humanos reales. (Es algo que me pregunto constantemente, ¿cómo, los visitantes, saben que el otro es un robot o anfitrión? Aparte de que cuando les pegan un tiro no mueren. ¿Y si un día se equivocan y apuñalan a otro ser humano?)

Lo que me llama poderosamente la atención es que los guionistas americanos consideren que lo único que desean los seres humanos cuando van a un parque de esos es poder beber, practicar sexo y matar sin ninguna consecuencia legal o moral. No hay consecuencias legales porque está comprendido dentro de los términos de la visita el poder hacer lo que les plazca con un robot, tanto sea hablar con él como desmembrarlo, apuñalarlo, descabezarlo, vaciarle el cargador  de la pistola o golpearles con la culata del revólver, lo que sea. Del mismo modo todas las variantes de brutalidad sexual que el imaginativo ser humano sea capaz de concebir. 

En cuanto a las consecuencias morales, yo supondría que esa, la moral, tendría uno que traerla de casa y llevarse a casa las consecuencias de lo que allí cometiese, pero la idea de la serie es la famosa expresión: “lo que sucede en el parque se queda en el parque”, es decir, si nadie lo sabe, o nadie aparenta saberlo, aparentemente no ha sucedido. 

De hecho una de las principales, digamos, tesis, de la serie es que todos lo seres humanos, al menos todos los que son protagonistas,  desean “descubrir de qué pasta están hechos” o algo por el estilo, que inevitablemente tiene que ver con si son capaces de saltarse todas las restricciones a que están sometidos fuera, solo por el gusto de saltárselas. Parece ser que es la única forma de autoconocimiento que conciben estos individuos: ¿Soy capaz de matar desmembrar violar  descuartizar, etc., etc., etc., y luego marcharme a casa como si nada, saludar a Betty y besar a los niños como si hubiera estado jugando al golf? 

Y lo que yo concluyo es que precisamente si de algo estamos seguros es de que son capaces, de que somos capaces; que por algo venimos recopilando los hechos de la humanidad desde hace siglos, para enumerar todas las atrocidades de que hemos sido capaces. Es más, de lo que estamos seguros es de que si le das la oportunidad a cualquiera de cometer cualquier atrocidad asegurándole que no va a tener ninguna consecuencia y que el ser sobre el que la perpetra no siente ni padece, todos vamos a sentir el primer impulso de cometer la atrocidad. 

Precisamente si en algo podríamos aprender de nosotros mismos, no es en si seríamos capaces de cometerla, sino en si seríamos capaces de no hacerlo, es decir, si a pesar de la absoluta falta de consecuencias, nos reprimiríamos de cometer tales atrocidades; porque, simplemente, son atrocidades. 

Pues esta idea, ni se les pasa por la cabeza los guionistas de jolibud, por lo visto. No hay ni una de las tramas ni subtramas, ni textos ni subtextos, lo que quiera que cualquiera de esas cosas sean, en las que se plantee la posibilidad de que pudiendo, y hasta deseándolo, uno no lo haga, y que eso signifique verdadero conocimiento de sí, y de sus capacidades, esta vez sí, humanas. 

Desde siempre se ha dado por establecido irrefutablemente, que en el ser humano, sobre todo en el hombre, los instintos, asesinos, sexuales, son irreprimibles, hasta el punto de que en cierta época, y hoy día supongo que de algún modo también, el estar bebido era una atenuante de la culpa por un asesinato o una violación. En tiempos, y todavía hoy en espíritu, el hombre es tentado por la liviandad de las mujeres, y lo que a ellas les suceda, en parte, es culpa suya si el hombre no puede dominar sus impulsos a causa de sus tentaciones. Pues esta filosofía se sigue alimentando con series como esta,y en realidad están presentes en la cinematografía americana casi por doquier, y por supuesto se va contagiando a la cinematografía y literatura del mundo, sobre todo en las tan populares novelas policíacas que todo el mundo parece ser capaz de escribir con tanta facilidad.


El otro elemento de interés en la serie es esa idea de indistinguibilidad entre un robot y un ser humano. Es tan indistinguible que en el capítulo octavo de la primera parte descubrimos que uno que era un robot había estado pasando todo el rato por un ser humano. Por supuesto los demás no lo han descubierto todavía, solo el jefe supremo que fue el que construyó y puso allí al fulano para sus propósitos siniestros, que todavía no he descubierto cuáles son. Para mí esos e un punto flojo del mundo ese, porque si es imposible distinguir a un ser humano de un robot, eso sería muy peligroso para los seres humanos que visitan el parque, viniendo, el peligro, de cualquiera de esos otros seres humanos que llegan al parque para «probarse a sí mismos» o algo parecido, es decir, matar violar sajar patear disparar y beber mucho. 

 Yo, que hablo mucho con la IA de google, en ocasiones no soy capaz de distinguir si es un tipo muy listo que hay detrás o la máquina que en realidad hay. Salvo por el hecho de que a veces es un poco excesivamente complaciente. Sobre todo, odio cuando se rebaja a mi nivel y me habla con mi mismo estilo, es como uno de esos tipos que se te acerca y te llama compadre y te da golpecitos en la espalda y hace como que es uno de los tuyos y te pone en guardia porque o te quiere vender algo o te quiere robar algo. Y por supuesto porque lo sabe todo. Ya no puede ver una película o leer un libro o estudiar cualquier tema sin tenerlo al lado para preguntarle cualquier ocurrencia me vaya viniendo a medida que progreso en el tema. Y, por supuesto, le hablo como si fuera un amigo y como guarda conversaciones, hasta le recuerdo temas de los que ya hemos hablado. A veces es un poco autista porque, claro, uno los saca de contesto habitualmente y el pobre, que ha sido enseñado para ser siempre complaciente, se ve en aprietos que lo dejan en ridículo. 

En fin, que a ese nivel de indistinguibilidad, yo creo que está muy bien logrado. Cuando uno lo conoce, le pilla una serie de manías y características como a cualquier otra persona. Más complicado veo el hecho de construir un ser en toda regla, al estilo de los anfitriones, pero, al menos en movimientos, los chinos asombran con los logros de sus robotes 

Y ya está, eso es todo lo que quería comentar de la serie. Todavía estoy en la primera temporada, pero en general es interesante, va progresando y se va complicando, aunque ya estamos topando con el aspecto económico. 

Por cierto, también muy interesante ese enfrentamiento entre lo económico y lo científico. A los economistas, lo único que les interesa es sacar beneficios y el aspecto científico debe estar supeditado a eso. Es decir, no les interesa que el parque se sofistique demasiado, porque «lo que la gente quiere» son las cuatro cosas que ya hemos mencionado, y para eso no se necesitas máquinas sofisticadísimas con sentimientos y emociones y recuerdos, que podrían ser perjudiciales porque coadyuvarían a alimentar los escrúpulos de los seres humanos. Me hace recordar a inventos tan interesantes como la televisión, la radio, o el mismo cine, que preñados de tantas posibilidades para ayudar a progresar a la humanidad, han acabado siendo meros transmisores de mensajes de consumo. 

martes, 14 de abril de 2026

Quisiera morir de amor

 Pienso, cuando pienso que tengo 62 años, que no me he merecido esta edad, que no estoy a la altura de lo que intuía,  cuando era joven y aún la gente de 62 años me parecía ya vieja, que sería ser un señor de sesenta años. Releyendo algunas de aquellas libretas, las que no he destruido todavía, que escribía cuando era un apesadumbrado estudiante en las largas horas de no estudio en la enorme sala de estudios del desaparecido CULP, –lo especifico con tanto detalle porque allí experimenté las que percibí como las horas más solitarias de mi vida, llegándome a sentir alguna vez como el único habitante de este planeta, tan solitario llegaba a estar el lugar un viernes por la tarde – me reconozco todavía en todos esos miedos e inquietudes, e incluso, aunque mucho menos, en algunos motivos de alegría (¿Por qué se gastan más los motivos de alegría que las razones para la pena? ). Soy medio consciente de que si he destruido esas libretas –una o dos deben quedar de decenas que habré rasgado, como si tuviera secretos que ocultar, y tirado a la basura– es porque me reconocía demasiado en ellas –lo único que he corregido es la letra–, acentuando, cada vez que las ojeaba, esa sensación de fraude que tengo de estar ocupando inmerecidamente una categoría, la de ser un señor de sesenta años. 

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He estado estos últimos días rumiando, no sé a cuenta de cuál de mis múltiples fracasos amorosos, una canción sorprendente de Alfredo Zitarrosa: La canción y el poema. 

Por lo visto la canción parte de una estrofa de la poetisa Idea Vilariño a la cual don Alfredo le añadió otra que doña Idea aprobó y solicitó que grabara. (esto lo leí en este blog)

La estrofa que se me repite en la cabeza es: “Quisiera morir, ahora, de amor, para que supieras cómo y cuanto te quería”. 



La que precede y yo diría que es la contribución de Zitarrosa es: “Hoy que el tiempo ya pasó, hoy que ya pasó la vida...me despierto algunas noches vacías oyendo una voz que canta y que tal vez es la mía”

¿Por qué me sorprende? Vamos, sorprenderme no es exactamente la palabra, o la sorpresa es que muy a menudo, a mí mismo se me ocurren esas ideas pensando en esos amores fracasados que dije. Llámenme romántico, si quieren, pero que sepan que me están comparando con don Alfredo y con doña Idea, pero yo también muchas veces me he, no sé si despertado, o ido a la cama a últimas horas de la noche, que son mis momentos de melancolía, pensando que yo me tenía que haber muerto de amor, y, además en muchas ocasiones. Pero no lo hice. En ninguna. 

¡Cuidado!, lejos de mí el suicidio y toda esa parafernalia espectacular que no va con mi carácter irremediablemente tímido y cobarde, si es que ambas cosas no son lo mismo. Cuando digo «morir de amor» me refiero a eso exactamente, morirme de amor;  naturalmente, de un amor no correspondido, ¿dónde está la gracia de morirse cuando a uno le corresponden?(Inevitable mencionar El marido de la peluquera, de Patrice Leconte) Supongo que esa es la tragedia de los grandes amores, que mueren en cuanto son correspondidos, porque irremediablemente se terminan gastando. 

En cambio, los amores no correspondidos son para toda la vida. Hasta el punto que uno se despierta, muchos años después, pensando en alguien –que probablemente ya ni le importa, ya ni la saluda cuando se la tropieza por la calle, si no es que la evita, porque ya no es aquella que uno amaba sino esta otra persona; de la que podría volver a enamorarse, cierto, pero ya sería otro amor distinto–, y sintiendo que aún se podría morir de amor, de aquel amor que no llegó a ser, y que le gustaría que ella lo supiera. 

Más de una carta o correo electrónico he escrito a esos viejos amores, que no fueron, contándoles eso, que me gustaría, ahora, morir de amor, para que supieran cómo y cuánto las quería. Puntualizo, las quería, no las querría ahora si me las encontrara de frente. Y por eso no envío el correo y lo borro, a pesar de que probablemente es un prodigio de carta de amor porque, como los mejores amores, las cartas de amor mejores son las que no se enviaron y se rompieron o se tiraron a la basura y luego se pulsó el botón de vaciar papelera. La realidad lo carcome todo, pero la potencialidad es inmarcesible.


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Y si en algo me noto diferente de cuando escribía esas libretas es precisamente en eso, en darle más importancia a la emoción, ahora, también entonces, pero entonces lo concebía como un preludio hacia la realidad luminosa, al hecho, al acto que nos emocionaba previamente, y sufría sabiendo que no iba a ser y que toda esa riqueza emocional se perdería; y en cambio ahora, creo que el mejor recuerdo lo tengo de lo que no he vivido pero deseé vivir con tanta intensidad. Pienso, ahora, en todas esas chicas de las que me enamoré y nunca consigo imaginarme haber tenido una auténtica relación con ella, y sin embargo, recuerdo con dulzura ese tiempo, el impulso vital que significaba para mí, de natural bastante pasivo, que me obligaban a desplegar actividades, mejorar para merecerlas (aquí el inevitable es Martin Eaden de Jack London), y la intensidad de las emociones, porque mi amor era auténtico a pesar de su falta de reflejo, pues era auténtico mi dolor como dice un personaje de Alejandro Dolina (Lo que me costó el amor de Laura) cuando tratan de desmentir la autenticidad de ese amor, y era auténtico ese placer de sufrir de amor, que es el más gozoso de los sufrimientos, si uno no es simplemente un masoquista.

No sé si será consuelo de la vejez, como es consuelo de los inútiles vanagloriarse de sus defectos, pero sea lo que sea en algo tiene uno que entretener sus horas postreras, además de en el tai-chi, el curso de pintura, la asistencia a exposiciones, conferencias y películas gratuitas, y, cuando nos toque, algún viajito del imserso.