Las monedas, al principio, desconocían que tuvieran dos caras. Desconocían también cómo era la suya, la que creían suya, aunque suponían que la tenían porque los demás tenían una. Es decir, aún no sabían que cada uno tenía dos, así que para ellos, cada cara era una entidad distinta.
Cada uno podía clasificar a los otros por sus caras, pero ellos mismos no sabían a qué grupo pertenecían, si no es porque los otros se lo decían: Tú eres de este u otro grupo. No se usaba decir «de los nuestros» porque nadie estaba seguro 100% de a qué grupo pertenecía.
Con el tiempo, algunos filósofos y pensadores, propusieron que cada uno tenía dos caras y empezaron a hacer experimentos para apoyar su verdad, agrupando a las monedas de una manera, luego de otra, contando, llegaron por fin a la conclusión de que cada moneda tenía dos caras y que, por consiguiente la población del monedero (así llamaban a su mundo) era la mitad de la aparente. Esto fue un avance enorme en la cultura de las monedas y costó siglos que la población del monedero llegara a aceptar como algo «evidente» que cada moneda tenía dos caras. Solo después empezaron a preguntarse por el significado de las caras.
Ya se había observado el proceso de aparición y desaparición de monedas. Se experimentaba con miedo cada desaparición porque nadie sabía la causa de ello ni su destino. Y con curiosidad la aparición de nuevas monedas, a las que acribillaban a preguntas acerca de cómo era el mundos más allá del monedero. Era muy raro que una moneda que hubiera salido de un monedero retornara a él, y si lo hacía, apenas podía contar nada que lo que había experimentado, salvo el haber estado en otros monederos. En otras ocasiones la moneda recordaba vagamente haber estado ya en este monedero pero no reconocía a nadie ni nadie la reconocía a ella porque en ese tiempo, las que habían sido sus compañeras también habían desaparecido y nuevas monedas habían llegado. Había viejas monedas que nunca desaparecían y que de alguna manera servían como identidad de monedero y todos las respetaban.
De modo que sí, se sabía que existían muchos monederos de muy diversas características. En algunos de ellos, se contaba, solo habían monedas iguales. Otros habían alternado con unos extraños seres mucho más planos que ellos, mucho más grandes, también con dos caras y que alguna moneda se aventuró a afirmar que se llamaban billetes, y ese nombre se quedaron. Con el tiempo todas las monedas habrían conocido en uno u otro de sus saltos, a algún billete. La comunicación entre monedas y billetes era muy dificultosa, se notaba entre los billetes una especie de estiramiento, orgullo, que las monedas no comprendieron hasta después. Algunos billetes abandonaban su estiramiento y formaban una bola arrugada y que convivía con ellas en el monedero, pero por lo general vivían en sus propios monederos.
Pues bien. Todos estos trasiegos, idas y venidas inspiraron a los filósofos y pensadores a buscar las causas, las motivaciones, los propósitos y de ahí nació la, llamémosla, epigrafía. Que consistía en el estudio de las caras de las monedas (más tarde se extendería a la de los billetes).
Se llegó a la conclusión de que en general existían tres clases de símbolos que daban forma y diferencia a las caras: dibujos, letras y números. Las letras y los números eran claramente clasificable, existían un número limitado de formas diferentes para ambos, pero en cuanto a los dibujos, al parecer la variedad era infinita. Se aprendió que las monedas con números más pequeños solían ser más abundantes que las monedas con números mayores y que tenían más movilidad. Esto degeneró con el tiempo en una especie de jerarquía condicionada al número. Los números mayores eran más respetados que los números menores. También empezó a apreciarse que el tamaño de la moneda estaba de alguna manera relacionado con el número. Así que el tamaño también acabó denotando jerarquía. Las letras solían repetirse. Aunque ocasionalmente aparecían monedas con letras completamente diferentes y todos se extrañaban de ellas y las llamaban extranjeras, a pesar de que sus números pudieran imponerles un cierto respeto.
El asunto de la jerarquía comenzó a tomar una importancia cada vez mayor. Algunas monedas empezaron a afirmar que su mayor número significaba un “valor” superior. Se empezó a afirmar, los filósofos y pensadores, que observaban, medían y anotaban cada movimiento, que por cada moneda de número mayor que era extraída, solían ingresar un número de monedas pequeñas y se relacionó ambos sucesos observados como causa y efecto: la salida de una moneda mayor provocaba el aumento de la población del monedero con el ingreso de varias monedas menores. Como quiera que el sentido de supervivencia del monedero tendía a aumentar la población, puesto que la desaparición de las monedas acabaría con la extinción del monedero, esto se consideraba un mérito para la moneda mayor.
Y así nació la religión en el monedero. Se hablaba de valores y de intercambios. Y no dejaba de notarse que cada vez salían más monedas del monedero pero ingresaban menos. Se decía que los billetes se habían apoderado de ese mundo exterior. Todos sabían, claro, que los billetes tenían número mucho mayores que ninguna de las monedas. Y también habían intuido que muchos ingresos en el monedero se debían a la gracia de alguno de esos billetes.
Pero sí, el mundo estaba cambiando y las monedas lo notaban. La población de monedas en el monedero disminuía cada vez más y no era reemplazada. Y muchas monedas contaban como habían llegado a monederos completamente vacíos. Incluso terminaban abandonándolos luego de un tiempo sin haber recibido a ninguna otra moneda. Otras contaban como habían permanecido durante mucho tiempo fuera de cualquier monedero en una especie de limbo plano que no comprendían y que les asustaba. A veces llegaban a los monederos monedas muy sucias y maltratadas que provocaban la compasión de todas.
Alguien habló de monedas sin cuerpo y nadie le creyó. Pero los rumores aumentaban a medida que la población del monedero disminuía. Incluso los billetes empezaron, se decía, a experimentar las mismas inquietudes.