miércoles, 15 de julio de 2026

Numismática

 Las monedas, al principio, desconocían que tuvieran dos caras. Desconocían también cómo era la suya, la que creían suya, aunque suponían que la tenían porque los demás tenían una. Es decir, aún no sabían que cada uno tenía dos, así que para ellos, cada cara era una entidad distinta. 

Cada uno podía clasificar a los otros por sus caras, pero ellos mismos no sabían a qué grupo pertenecían, si no es porque los otros se lo decían: Tú eres de este u otro grupo. No se usaba decir «de los nuestros» porque nadie estaba seguro 100% de a qué grupo pertenecía. 

Con el tiempo, algunos filósofos y pensadores, propusieron que cada uno tenía dos caras y empezaron a hacer experimentos para apoyar su verdad, agrupando a las monedas de una manera, luego de otra, contando, llegaron por fin a la conclusión de que cada moneda tenía dos caras y que, por consiguiente la población del monedero (así llamaban a su mundo) era la mitad de la aparente. Esto fue un avance enorme en la cultura de las monedas y costó siglos que la población del monedero llegara a aceptar como algo «evidente» que cada moneda tenía dos caras. Solo después empezaron a preguntarse por el significado de las caras. 

Ya se había observado el proceso de aparición y desaparición de monedas. Se experimentaba con miedo cada desaparición porque nadie sabía la causa de ello ni su destino. Y con curiosidad la aparición de nuevas monedas, a las que acribillaban a preguntas acerca de cómo era el mundos más allá del monedero. Era muy raro que una moneda que hubiera salido de un monedero retornara a él, y si lo hacía, apenas podía contar nada que lo que había experimentado, salvo el haber estado en otros monederos. En otras ocasiones la moneda recordaba vagamente haber estado ya en este monedero pero no reconocía a nadie ni nadie la reconocía a ella porque en ese tiempo, las que habían sido sus compañeras también habían desaparecido y nuevas monedas habían llegado. Había viejas monedas que nunca desaparecían y que de alguna manera servían como identidad de monedero y todos las respetaban. 

De modo que sí, se sabía que existían muchos monederos de muy diversas características. En algunos de ellos, se contaba, solo habían monedas iguales. Otros habían alternado con unos extraños seres mucho más planos que ellos, mucho más grandes, también con dos caras y que alguna moneda se aventuró a afirmar que se llamaban billetes, y ese nombre se quedaron. Con el tiempo todas las monedas habrían conocido en uno u otro de sus saltos, a algún billete. La comunicación entre monedas y billetes era muy dificultosa, se notaba entre los billetes una especie de estiramiento, orgullo, que las monedas no comprendieron hasta después. Algunos billetes abandonaban su estiramiento y formaban una bola arrugada y que convivía con ellas en el monedero, pero por lo general vivían en sus propios monederos.

Pues bien. Todos estos trasiegos, idas  y venidas inspiraron a los filósofos y pensadores a buscar las causas, las motivaciones, los propósitos y de ahí nació la, llamémosla, epigrafía. Que consistía en el estudio de las caras de las monedas (más tarde se extendería a la de los billetes). 

Se llegó a la conclusión de que en general existían tres clases de símbolos que daban forma y diferencia a las caras: dibujos, letras y números. Las letras y los números eran claramente clasificable, existían un número limitado de formas diferentes para ambos, pero en cuanto a los dibujos, al parecer la variedad era infinita. Se aprendió que las monedas con números más pequeños solían ser más abundantes que las monedas con números mayores y que tenían más movilidad. Esto degeneró con el tiempo en una especie de jerarquía condicionada al número. Los números mayores eran más respetados que los números menores. También empezó a apreciarse que el tamaño de la moneda estaba de alguna manera relacionado con el número. Así que el tamaño también acabó denotando jerarquía. Las letras solían repetirse. Aunque ocasionalmente aparecían monedas con letras completamente diferentes y todos se extrañaban de ellas y las llamaban extranjeras, a pesar de que sus números pudieran imponerles un cierto respeto.

El asunto de la jerarquía comenzó a tomar una importancia cada vez mayor. Algunas monedas empezaron a afirmar que su mayor número significaba un “valor” superior. Se empezó a afirmar, los filósofos y pensadores, que observaban, medían y anotaban cada movimiento, que por cada moneda de número mayor que era extraída, solían ingresar un número de monedas pequeñas y se relacionó ambos sucesos observados como causa y efecto: la salida de una moneda mayor provocaba el aumento de la población del monedero con el ingreso de varias monedas menores. Como quiera que el sentido de supervivencia del monedero tendía a aumentar la población, puesto que la desaparición de las monedas acabaría con la extinción del monedero, esto se consideraba un mérito para la moneda mayor. 

Y así nació la religión en el monedero. Se hablaba de valores y de intercambios. Y no dejaba de notarse que cada vez salían más monedas del monedero pero ingresaban menos. Se decía que los billetes se habían apoderado de ese mundo exterior. Todos sabían, claro, que los billetes tenían número mucho mayores que ninguna de las monedas. Y también habían intuido que muchos ingresos en el monedero se debían a la gracia de alguno de esos billetes. 

Pero sí, el mundo estaba cambiando y las monedas lo notaban. La población de monedas en el monedero disminuía cada vez más y no era reemplazada. Y muchas monedas contaban como habían llegado a monederos completamente vacíos. Incluso terminaban abandonándolos luego de un tiempo sin haber recibido a ninguna otra moneda. Otras contaban como habían permanecido durante mucho tiempo fuera de cualquier monedero en una especie de limbo plano que no comprendían y que les asustaba. A veces llegaban a los monederos monedas muy sucias y maltratadas que provocaban la compasión de todas. 

Alguien habló de monedas sin cuerpo y nadie le creyó. Pero los rumores aumentaban a medida que la población del monedero disminuía. Incluso los billetes empezaron, se decía, a experimentar las mismas inquietudes.

jueves, 4 de junio de 2026

Yo, señor, no soy malo, soy como todos.

 Pues, había una presentación de un libro de un autor señero de la ciudad, y decidí bajar a mirar qué se cocía en el mundillo literario. Por el camino, claro, iba leyendo. Estos días ando con Chateaubriand y sus memorias. Al parecer se trata de una edición compendiada, centrada en los hechos históricos y en particular en los sucesos de la Revolución (con mayúsculas, porque tuvieron muchas algaradas y revueltas después, no en vano pasaron por cinco o seis regímenes a lo largo del siglo XIX; que no solo fue revoltoso en España, también en sudamérica, según leo, a pesar de haberse liberado del yugo opresor colonial) y lo que vino después. Esa tarde se me iba a morir Napoleón en su aburrida estancia en Santa Elena. Por cómo lo describe don René, el emperador se murió de puro aburrimiento. Aún así aguantó cinco años y medio, en los cuales lo único que podía hacer era dictar sus memorias, pasearse por el campo y hasta se puso a cavar un estanque para cultivar peces, pero por lo visto lo protegió de filtraciones con un material que terminó por envenenar a los pecesillos. Total, harto de sacarse lo mocos decidió ponerse enfermo y morirse. 

A estas alturas ya iba por Perez Galdós. Hacía unos momentos había pasado por delante del escaparate de una librería y me había llamado la atención un libro cuyo título incluía la expresión mirar para otro lado, algo que me recordó que hace unos días estuve reflexionando sobre ello. Luego he mirado por internet y he visto que hay más gente que se ha planteado la cuestión. Mirar para otro lado es, todos lo tenemos claro, y hasta todos sabemos conscientemente cuándo lo hacemos, y ese mismo desentendernos de que sabemos que estamos haciéndolo es también estar haciéndolo, es, decía, hacer como que no vemos una injusticia, hacer como que nos creemos una mentira porque no nos conviene, o nos da pereza hacernos cargo de la verdad. Porque hacerse cargo de la verdad nos obliga a alguna acción, alguna reacción que nos saca de nuestra comodidad. Nos auto engañamos diciéndonos que ya vendrá otro a resolver el problema, o que el problema es mucho más gordo que dar credibilidad o no a esta pequeña mentira local. En fin, cualquier cosa nos vale para pasar por encima del cadáver y fingir no haberlo visto. 

Pero el cadáver, ¡ay!, insistía. El tipo era jovencito, aunque no un niño, y tenía un algo de tontería como de faltarle un agüilla. Empezó como suelen empezar los profesionales, pidiendo permiso para interrumpir mis meditaciones. Me cogió con el libro bajo, porque estaba rindiéndole unos minutos de silencio a la muerte del grande hombre, y me paré a oír qué me contaba. 

La historia, lo he meditado después, era excesivamente elaborada. Había venido de Lanzarote y tenía que coger un avión el viernes. Se alojaba en Mogán, pueblo, ni siquiera la costa, y había venido a Las Palmas a ver el acuario. Se había desmayado porque era diabético. La policía lo había recogido y lo habían llevado a urgencias. Pero le habían robado todo lo de la cartera, y me mostraba una cartera vacía, salvo por un carnet de guaguas de esos personalizados. Aquella foto se parecía tanto a él como a cualquiera, como casi todas las fotos de carnet. Ni siquiera había bebido un poco de agua. Había ido a la estación para coger la guagua hacia el sur, pero como el saldo del carnet estaba caducado y no tenía dinero no le habían dejado subir. 

Yo me acordaba de la puñetera portada del libro aquel y empecé a hacerle preguntas para corroborar su historia que no me cuadraba por ningún lado, que me resultaba demasiado sospechosa, demasiado compleja, pero, ¡puñetera portada del libro!, decidí acompañarlo hasta la estación, si es que el tipo estaba dispuesto a llegar tan lejos. Como no desistía por el camino, y yo también tenía sed, entré en un estanco a comprar unas botellas de agua. Yo me bebí la mía en el momento, pero él se la guardó para después.  También había comprado el agua para cambiar dinero en moneda, por si al final me decidía dejarle algo y que se buscara la vida. 

Llegamos a la estación y yo seguía haciéndole preguntas y tratando de levantarle la historia. Su defensa mayormente consistía en la repetición fiel de toda ella y en jurar por dios que decía toda la verdad. Y yo ya estaba en la fase de ya he llegado hasta aquí, y sigo sin creerme su historia, pero tampoco me atrevo a asegurar que no sea verdad. Otra de mis serias reflexiones frecuentes, fruto del excesivo visionado de películas policíacas y de la, afortunadamente ya pasada, época de exámenes en la universidad, la absoluta incapacidad de saber la auténtica verdad de un suceso que no haya vivido uno personalmente. Total que sí, que le di dinero para que cogiera la guagua hasta Mogán, y lo dejé sentado delante de la parada de la noventa y uno que es la que comprobé, después de que él me llevara hasta allí, que era la que tenía tal destino. 

Pero recordemos que iba camino de una presentación de libro así que salí pitando, más o menos contento de haber tomado la decisión, más o menos avergonzado de haber sido, una vez más, engañado, más o menos orgulloso de no haber mirado para otro lado –con haberle dado un euro me lo hubiera quitado de encima con la suficiente autosatisfacción de haber cumplido con el precepto cristiano de la limosna–, y, en fin, tampoco arriesgaba tanto, que soy de condición económica más o menos desahogada. 

Corrí Triana adelante a paso ligero pensando que ya llegaba tarde al evento, pero un nuevo obstáculo, esta vez glorioso, se interponía en mi camino. Me encuentro a T que viene a contramano, casi con la misma prisa que yo, pero nos paramos, nos sonreímos, nos saludamos, nos alegramos de haber existido para disfrutar este momento, y nos despedimos cada uno a su urgente destino. Y yo, que no soy pero me gusta serlo, algo supersticioso, me digo que el universo me ha premiado, y que he hecho bien. Lo que se confirma luego, cuando llego a la biblioteca a poco más de las seis y me confirman que no, que el evento empieza a las seis y media.