martes, 20 de noviembre de 2018

Lo que va de la indiferencia a la soberbia

Lo que va de la indiferencia al desatino, usándolo también como sustantivo, esa es la medida del ser al que ninguno estamos ajenos, salvo los que nunca han sido, que no tienen acceso, y los que no serán, que serán expulsados. Midámonos como nos midamos, con hombres o con mujeres, seamos cosas o razones, nunca damos la altura, por eso acudimos a los grados, y nos degradamos unos a otros, unos ante otros, yo ante ti, que no lo merezco, ni tú lo merecías, que te debía entero o ninguno, y tú, sola tu, y no toda, que te crecía como inmensa nube a la que se entra y nunca se está –y hace frío y tiemblas por su presencia pero nunca la ves–; y tú saludando hola con la manita y la carita sonriente soy una persona qué vas a ser tú menos que TODO sin alternativa; y me quedé sin nada, sin ti. Me lo merecía. Y sé que es pura soberbia.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Su lucha

Dice, o vengo a entenderlo yo, Karl Ove, que el propósito de su escritura es recrear el allí, así lo dice él, el allí. Yo interpreto: el momento y el lugar de un pasado en sus detalles, que no tienen por qué ser los más relevantes o los más llenos de sentido para lo que venga después, sino simplemente los que uno recuerda, que muchas veces nunca sabe uno por qué recuerda unos detalles y otros no. También cuenta que un amigo le recrimina que en sus textos no hay una historia. En efecto no percibo un motivo o  más bien una dirección hacia la que apunte lo que va contando. No hay una conclusión de la historia y suculun suculorun, no hay una moraleja, una anécdota que recrear, hay solo un fluir del texto y de la vida que el texto intenta reflejar. Y digo del texto porque está escrito, pero la palabra tampoco tiene relevancia, quiero decir, es solo un medio y no parece estar presente en la mente del autor ninguna intención de juguetear con sonidos, sentidos reflejos, metáforas, etc. salvo las estrictamente necesarias para reflejar lo que quiere contar. En lo del flujo debo tener razón porque ya va por seis libracos y si la referencia a En busca del tiempo perdido del primer capítulo tiene algún sentido, lo mismo le falta un séptimo. Esta sería la única relación porque me parece que el propósito de la obra de Proust era otro, mucho más relacionado con la melancolía de unos tiempos ya perdidos, con unas atmósferas, con una emociones, retorcidísimas, por cierto, y contadas al milímetro en los últimos libros. En fin, no los creo comparables salvo numéricamente, si es que este hombre, que todavía es un chiquillo, como quien dice, se para en el séptimo.

martes, 13 de noviembre de 2018

domingo, 28 de octubre de 2018

Un hombre de acción

Estaba leyendo el libro El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda. Allí se habla de un japonés, Noara Suzuki que después de la universidad decidió echarse al camino y recorrer el mundo. Así estuvo durante cuatro años, a la pata de la llana, durmiendo donde caía la noche, donando sangre para obtener algún ingreso y así. Cuando regresó a su casa no se amañó a la forma de vida de la civilización y volvió a echarse a la calle. Esta segunda salida tenía tres objetivos: encontrar al último soldado japonés en Filipinas, encontrar a un oso panda en su hábitat y hallar al Yeti o Abominable Hombre de las Nieves. Consiguió los dos primeros objetivos (el último soldado japonés en filipinas se llamaba Hiro Onoda, y dejó la lucha en 1975, después de que Suzuki lo convenciera, no sin antes haberle traído desde japón a un señor que trabajaba en una floristería y que había sido durante la guerra comandante de Onoda, fue él el que ordenó al viejo soldado que depusiera las armas) y sucumbió ante el último, una avalancha lo sepultó.
Esta historia de Suzuki me recordó a la de Chriss MacCandless, aquel chico que contaba Krakauer en Hacia Rutas Salvajes, que después de la universidad se echó al camino después de regalar todos sus ahorros -los ahorros que sus padres habían guardado para él- a una institución benéfica. Quería entrenarse para vivir en Alaska y se recorrió Norteamérica viviendo como vagabundo donde le pillaba el día y la hora, trabajando por comida o por cama. Hasta se lanzó a unos rápidos de un río para probar si era capaz de hacerlo. Luego, en efecto, subió a Alaska, pertrechado como un trampero, pero sin la experiencia de un trampero, y murió de hambre. (tengo una emocionante entrada sobre esto)
Ahora estaba leyendo las sucintas biografías de estos tíos que estoy oyendo, Light in Babylon (al principio creí que era el título de la canción, y que el grupo se llamaba Kipur). La cantante es hija de judíos iraníes que huyeron de Irán a causa de la revolución. Después, ella, de mayor, se marchó de Israel a recorrer el mundo cantando por las calles para obtener ingresos. Lo mismo hizo un Ingeniero francés que dejó su trabajo y se fue a caminar hacia la India, pero conoció por el camino, en Bulgaria, a uno que tocaba por las calles y se juntaron luego con la chica en Turquía. Y ahí siguen su vida vagabunda aunque ahora con cierto prestigio internacional que probablemente les permita vivir con cierta soltura pero, dicen ellos, todavía con la completa libertad que habían elegido.
Desde muy pequeñito en  que, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, respondía que vagabundo, siempre he sentido mucha admiración por esa gente que lo es de verdad. Que se echa al mundo no por obligación o empujado por la mala suerte o las peores circunstancias, sino porque sí. Admiro y leo con entrega los relatos de los exploradores de los polos, los viajeros en el África inexplorada, los propios conquistadores españoles en América. Durante muchos años mi libro preferido fue En el camino, de Jack Kerouac...
 Y aquí me tienen, sentado en mi casita, con mi familia, mi sueldo fijo y mi perrito que me despierta cada mañana para que lo saque de paseo sin falta. Soy todo lo contrario a eso que digo admirar. (Supongo que, la propia palabra lo dice, mirar, solo puede mirarse lo de afuera, lo que uno no es, -el ojo no se ve-) Soy un sedentario bastante convencido. El mejor lugar del mundo es mi casa, y ni un segundo que pase en ella es tiempo perdido. La calle me aburre, la gente me repele. Aquí dentro está el universo entero, como dentro de aquel Aleph de Borges y apenas necesito mucho más. Mentira, claro; tengo que salir todos los días a trabajar y ganarme el sustento que me permite mantener esta construcción ideal, pero en cuanto cumplo con el paripé salgo pitando de nuevo a la cuevita sin ningún interés por lo que dejo detrás o alrededor mientras regreso.
Es tal mi sedentarismo que cuando voy de viaje imagino esos lugares por los que paso como lugares en los que asentarme. Me inquietan los lugares de paso que no llego a conocer y por eso me parecen amenazadores. Prefiero establecerme al menos por un par de días en cada estación hasta llegar a percibir algo de su ritmo cotidiano, solo así empiezo a sentirme a gusto en un lugar. Y sí, sueño con establecer mi hogar en todos los lugares del mundo al menos por un ratito. Me gustan los lugares no por el placer que sienta observando sus monumentos o sus paisajes sino por el deseo que sienta por establecerme allí. Y en realidad siento deseo de establecerme en cualquier lugar donde aún no lo haya hecho. Mis proyectos de viajes no son recorrer los caminos sino establecerme por un tiempo en cada hito, una especie de sedentarismo nómada. Sería un viajero lento y acomodaticio, no uno de esos exploradores de las fronteras y los lugares inaccesibles. El que se aparta del camino para dejar pasar a los que corren y mientras se posa el polvo que han levantado, se echa una siestecita, se hace un café, lee un libro y como ya es demasiado tarde para continuar, pues montamos aquí el campamento y ya veremos si continuamos mañana.