martes, 14 de abril de 2026

Quisiera morir de amor

 Pienso, cuando pienso que tengo 62 años, que no me he merecido esta edad, que no estoy a la altura de lo que intuía,  cuando era joven y aún la gente de 62 años me parecía ya vieja, que sería ser un señor de sesenta años. Releyendo algunas de aquellas libretas, las que no he destruido todavía, que escribía cuando era un apesadumbrado estudiante en las largas horas de no estudio en la enorme sala de estudios del desaparecido CULP, –lo especifico con tanto detalle porque allí experimenté las que percibí como las horas más solitarias de mi vida, llegándome a sentir alguna vez como el único habitante de este planeta, tan solitario llegaba a estar el lugar un viernes por la tarde – me reconozco todavía en todos esos miedos e inquietudes, e incluso, aunque mucho menos, en algunos motivos de alegría (¿Por qué se gastan más los motivos de alegría que las razones para la pena? ). Soy medio consciente de que si he destruido esas libretas –una o dos deben quedar de decenas que habré rasgado, como si tuviera secretos que ocultar, y tirado a la basura– es porque me reconocía demasiado en ellas –lo único que he corregido es la letra–, acentuando, cada vez que las ojeaba, esa sensación de fraude que tengo de estar ocupando inmerecidamente una categoría, la de ser un señor de sesenta años. 

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He estado estos últimos días rumiando, no sé a cuenta de cuál de mis múltiples fracasos amorosos, una canción sorprendente de Alfredo Zitarrosa: La canción y el poema. 

Por lo visto la canción parte de una estrofa de la poetisa Idea Vilariño a la cual don Alfredo le añadió otra que doña Idea aprobó y solicitó que grabara. (esto lo leí en este blog)

La estrofa que se me repite en la cabeza es: “Quisiera morir, ahora, de amor, para que supieras cómo y cuanto te quería”. 



La que precede y yo diría que es la contribución de Zitarrosa es: “Hoy que el tiempo ya pasó, hoy que ya pasó la vida...me despierto algunas noches vacías oyendo una voz que canta y que tal vez es la mía”

¿Por qué me sorprende? Vamos, sorprenderme no es exactamente la palabra, o la sorpresa es que muy a menudo, a mí mismo se me ocurren esas ideas pensando en esos amores fracasados que dije. Llámenme romántico, si quieren, pero que sepan que me están comparando con don Alfredo y con doña Idea, pero yo también muchas veces me he, no sé si despertado, o ido a la cama a últimas horas de la noche, que son mis momentos de melancolía, pensando que yo me tenía que haber muerto de amor, y, además en muchas ocasiones. Pero no lo hice. En ninguna. 

¡Cuidado!, lejos de mí el suicidio y toda esa parafernalia espectacular que no va con mi carácter irremediablemente tímido y cobarde, si es que ambas cosas no son lo mismo. Cuando digo «morir de amor» me refiero a eso exactamente, morirme de amor;  naturalmente, de un amor no correspondido, ¿dónde está la gracia de morirse cuando a uno le corresponden?(Inevitable mencionar El marido de la peluquera, de Patrice Leconte) Supongo que esa es la tragedia de los grandes amores, que mueren en cuanto son correspondidos, porque irremediablemente se terminan gastando. 

En cambio, los amores no correspondidos son para toda la vida. Hasta el punto que uno se despierta, muchos años después, pensando en alguien –que probablemente ya ni le importa, ya ni la saluda cuando se la tropieza por la calle, si no es que la evita, porque ya no es aquella que uno amaba sino esta otra persona; de la que podría volver a enamorarse, cierto, pero ya sería otro amor distinto–, y sintiendo que aún se podría morir de amor, de aquel amor que no llegó a ser, y que le gustaría que ella lo supiera. 

Más de una carta o correo electrónico he escrito a esos viejos amores, que no fueron, contándoles eso, que me gustaría, ahora, morir de amor, para que supieran cómo y cuánto las quería. Puntualizo, las quería, no las querría ahora si me las encontrara de frente. Y por eso no envío el correo y lo borro, a pesar de que probablemente es un prodigio de carta de amor porque, como los mejores amores, las cartas de amor mejores son las que no se enviaron y se rompieron o se tiraron a la basura y luego se pulsó el botón de vaciar papelera. La realidad lo carcome todo, pero la potencialidad es inmarcesible.


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Y si en algo me noto diferente de cuando escribía esas libretas es precisamente en eso, en darle más importancia a la emoción, ahora, también entonces, pero entonces lo concebía como un preludio hacia la realidad luminosa, al hecho, al acto que nos emocionaba previamente, y sufría sabiendo que no iba a ser y que toda esa riqueza emocional se perdería; y en cambio ahora, creo que el mejor recuerdo lo tengo de lo que no he vivido pero deseé vivir con tanta intensidad. Pienso, ahora, en todas esas chicas de las que me enamoré y nunca consigo imaginarme haber tenido una auténtica relación con ella, y sin embargo, recuerdo con dulzura ese tiempo, el impulso vital que significaba para mí, de natural bastante pasivo, que me obligaban a desplegar actividades, mejorar para merecerlas (aquí el inevitable es Martin Eaden de Jack London), y la intensidad de las emociones, porque mi amor era auténtico a pesar de su falta de reflejo, pues era auténtico mi dolor como dice un personaje de Alejandro Dolina (Lo que me costó el amor de Laura) cuando tratan de desmentir la autenticidad de ese amor, y era auténtico ese placer de sufrir de amor, que es el más gozoso de los sufrimientos, si uno no es simplemente un masoquista.

No sé si será consuelo de la vejez, como es consuelo de los inútiles vanagloriarse de sus defectos, pero sea lo que sea en algo tiene uno que entretener sus horas postreras, además de en el tai-chi, el curso de pintura, la asistencia a exposiciones, conferencias y películas gratuitas, y, cuando nos toque, algún viajito del imserso. 


martes, 10 de marzo de 2026

El paraíso de las ranas

 El auge de la ultraderecha de estos tiempos, sobre todo en nuestros ámbitos occidentales, europeo y norteamericano, tan acomodados en el capitalismo y su deriva neoliberal, que, al final, es un acomodo, aunque unos estén cada vez más cómodos que otros –dejemos de lado los casos sudamericanos, como Argentina, o Brazil, Venezuela, El salvador, etc, que han ido dando tumbos a los largo de las generaciones y todavía no se han acabado de asentar, sospecho, porque todavía están inmersos en la  lucha entre las castas caciquiles que han ostentado el poder toda la vida de esas naciones y la masa popular que aún no han adquirido conciencia de valía, aparte que, cuando empiezan a adquirir esa conciencia, siempre ocurre que les meten un bloqueo económico o les montan un golpe de estado– me recuerda al ya muy viejo cuento de las ranas en el charco, que acabo de leer en El libro del Buen Amor, pero que viene de algún griego.

Las ranas estaban chapoteando tan felices en su charco. Había agua de sobra todo el año, había moscas de sobra todo el año, y habían ranas de sobra todo el año, dicho como algo bueno, porque a las ranas les gusta la charla, que es como se distraen. Vamos, que estaban de lo más bien, hasta que llegó un iluminado al que se le ocurrió decir que lo que faltaba en aquel charco era un rey. Y lo dijo tan alto y tan bien dicho que muchas ranas empezaron a decirlo también. Y a medida que más ranas lo decían, más ranas se unían al coro. Y cuando alguien preguntaba que para qué querían un rey, lo llamaban reaccionario, o fascista, o cualquiera de esas palabras sin sentido, pero que molesta mucho que se las digan a uno. Lo que terminaba por hacer callar a esos que se preguntaban que para qué hacía falta un rey en una charca en la que se estaba de lo más bien, habiendo agua y moscas y ranas suficientes para todos y sin que unos tuvieran que molestar a otros para pillarse lo suyo. 

Al final, formaron una comisión y fueron a pedirle a Zeus, o Júpiter, que les enviara un rey, porque tenían mucha necesidad de ello. Júpiter miró y se preguntó, para qué querrán estas un rey, con lo bien que están, con toda esa agua que nunca se seca, y con todas esas moscas que sobran para que todas coman todos los días y se harten, y que es lo suficientemente grande como para que haya un huequito holgado para cada una, y que hayan muchas ranas con las que puedan departir, y discutir y pelearse si quieren, o no mirarse si no quieren. Aquí hay que obrar con prudencia, que luego me acabarán echando toda la bronca a mí, que ni pincho ni corto en todo esto. Y se le ocurrió tirarle un palo, una madera, un tocón, ¡plaf!, que cayó en medio de la charca, y les dijo, ahí tenéis un rey. 

Las ranas, que en realidad no sabían qué es lo que era un rey, al principio se quedaron muy agradecidas. Miraban el tocón con respeto, nadaban alrededor de él, le hablaban, pero él no contestaba ni se movía. Fueron perdiéndole el respeto y le empujaban, y el tocón que flotaba, se iba hacia allá. Y luego le empujaban del otro lado y se venía hacia acá. Más tarde empezaron a subirse encima y a saltar desde él al agua. Y ya, por fin, se reían de él y le echaban en cara que no hacía nada, y lo volvían a empujar y arrastrar de un lado para el otro de la charca, hasta que quedó olvidado, embarrancado en una orilla. 

No quedaron satisfechas, así que volvió a formarse un tumulto, las mismas que antes habían solicitado un rey, y que lo habían obtenido y que no le habían visto ningún beneficio, esas mismas se empeñaron en que hacía falta otro rey, pero que fuera diferente, más activo, más rey, lo que quiera que eso fuera. Y volvieron a pedírselo a Zeus, o Júpiter, que se rascó la cabeza y dijo, ya me están hartando estas ranas, ahí les va un rey. Y les envió una cigüeña. 

Cuando la cigüeña cayo en la charca, lo primero que hizo fue, !flap!, comerse una rana de un picotazo, y luego otra, y luego otra más. Las ranas la miraban y al principio no sabían como reaccionar. Por eso le fue tan fácil a la cigüeña comerse cinco o seis. A partir de ahí las ranas empezaron a quitarse de su camino, a esconderse donde podían. Cuando la cigüeña estaba harta, las dejaba un poco en paz, caminaba de aquí para allá, se echaba un rato, y cuando le volvía el hambre, como la charca  estaba tan poblada de ranas y las ranas estaban todavía tan despistadas, le bastaba levantarse y caminar un poquito y ya encontraba una, ¡flap!, dos,¡flap!, tres,¡flap!, ranitas para desayunar o merendar según la hora que fuese. Y las ranas empezaron a tener miedo, cosa que nunca habían tenido, y a quitarse de en medio, y a buscar escondites más y mejor ocultos, y a hablar menos entre ellas para no descubrirse. Y la vida en el charco se convirtió algo incómodo, peligroso. Algunas ranas empezaron a protestar y a hablar de volver a Zeus y que les quitara ese rey que les había puesto. Otras en cambio prefirieron callarse porque cada vez que iban a pedirle algo al dios, la cosa empeoraba. De todas maneras algunas fueron y hablaron con Zeus y le explicaron el malísimo comportamiento del rey cigüeña, a lo que el dios les respondió: Amigas ranitas, la enseñanza de esta historia es muy simple, cuando no sabes lo que es no lo pidas, por si acaso. La necesidad tiene que ir por delante del deseo, porque si el deseo camina por delante de la necesidad, pues te puedes meter en líos. O algo así les dijo y las echo. Y así fue como las ranas fueron expulsadas del paraíso. Por lo menos Adán y Eva se comieron una manzana.