No soy creyente, pero algunos viernes por la mañana, a eso de las diez y veintitrés, que es cuando estoy escribiendo esto, me da por pensar que a veces me gustaría creer. ¿Creer en qué?, pues, creer en que esta realidad no está del todo cerrada, que yo, (y dejo la puerta abierta a que ustedes tampoco) no soy un mero animal compuesto de pura materia, y que de alguna manera existe una super realidad más allá y más arriba, aunque en esa realidad «allá» y «arriba» no tengan sentido, de la cual esta es una mera sombra sobre la materia. En fin, soy de la camada del agente Mulder, I want to believe.
Cuando las detecto, anoto en mi libreta las pequeñas casualidades que probablemente me suceden muchas más veces a lo largo del día de lo que yo las percibo, cosas como que mi señora esté hablando y diga una palabra y justo en la siguiente línea del libro que estoy leyendo aparezca esa palabra o, como me ha sucedido más de una vez, que de pronto recuerde a un autor que ya tenía medio olvidado y al poco tiempo me entere de la muerte de ese pobre hombre, quién sabe si víctima de mi recuerdo.
Pues anoche me aconteció uno de esos casos, o más concretamente dos de esos sucesos, porque se encadenaron uno con otro.
Los jueves acostumbro a salir a cenar con un grupo de amigos, una de esas tradiciones imperecederas que necesariamente acabará solo con la defunción de todos los integrantes. Defunción que no estará muy lejanamente relacionada, sospecho, con la ingesta excesiva de alimentos y el correspondiente acompañamiento espumoso, si no se tercian digestivos de mayor densidad alcohólica.
Pues después de la última cerveza, decidí llegarme hasta la parada de guaguas con la esperanza de que aún llegase a tiempo de pillar uno de los últimos servicios y que no tuviera que esperar por él demasiado tiempo. Servicio había todavía, pero en cuanto a la espera, faltaba media hora para la salida. Como quiera que no me apetecía estar media hora esperando en aquella calle solitaria a las once y media de la noche, decidí emprender el camino a casa, a pie, lo que en mí es bastante habitual, tengo una irreprimible fobia por los taxis.
La calle estaba igual de solitaria que los alrededores de la parada, pero pareciera que si uno se va moviendo se siente más protegido. Aún así, me interceptó un fulano a medio camino. No era un tipo demasiado mayor como podría mentir su absoluta falta de dientes. Se empeñó en explicarme algunas cosas acerca del movimiento de la Tierra, la mentira de los planetas y la falacia acerca de que fuera ellos los que giraran alrededor del sol y no al revés. Le respondí, obviamente, que esa era una verdad obsoleta, por lo menos se remontaba a la Edad Media, que actualmente se sostenían nuevas hipótesis que de hecho habían dejado de serlo porque además de la fiabilidad de las matemáticas y de la física teórica había que sumar la corroboración de los viajes espaciales que definitivamente las habían dado por válidas, y el hombre se excusó con que su familia era pobre y no había podido enviarlo a la escuela. Luego aclaró que procedía de Tejeda, concretamente del barrio de Timagada, y hasta creo recordar que mencionó a algunos vecinos y el nombre de su padre, Crispín, a no ser que fuera el suyo, soy un desastre para los nombres. No él, que después de preguntarme el mío se despidió amablemente con un adiós y gracias don Riforfo, porque yo había recompensado sus enseñanzas con las pocas monedas que encontré a mano al fondo del bolsillo (como diría don Fernando Pessoa, al fondo del bolsillo donde menos monedas tenía). Todo esto sucedía, por localizar el escenario, en la calle Primero de Mayo.
Continué mi camino subiendo por la cuesta de San Antonio, y hacia la mitad de la cuesta, colocado sobre uno de esos hitos, por cierto ya bastante deteriorados, sirva esto como denuncia ciudadana ante la dejación del ayuntamiento, pobre Carolina, todos los palos que le caen encima, hitos, digo, que sostienen la valla, encontré lo que parecía un carnet de identidad. Alguien lo habría recogido del suelo y lo había subido para que estuviera a la altura de los ojos por si su propietario volvía a recogerlo. Aquí está la primera curiosidad de la noche, los apellidos del fulano eran mis dos mismos apellidos en su mismo orden. Incluso el primer nombre coincidía con uno de los nombres de pila de mi hermano y llegué a pensar por un segundo, ¿habrá perdido el carnet mi hermano y yo lo he encontrado? No, no se trataba de él, y tampoco era exactamente un carnet, era una tarjeta de residencia. El individuo en cuestión era peruano.
Pensé en dejarlo y continuar mi camino, pero se me ocurrió echar un vistazo a la dirección del citado individuo y resulta que me llevaba hasta la barriada García Escámez, que está justo en lo alto desde donde yo me encontraba en ese momento; y pensé que no me costaba demasiado dar un pequeño rodeo y dejarle el carnet al pobre tipo en su mismo portal. Que, por cierto, la fecha de expedición era de este mismo año. Para ese propósito tenía que terminar la cuesta de san Antonio, llegar hasta la gasolinera y luego retroceder pero ahora por la calle Mesa y López, un hermano del ilustre que mereció una calle más céntrica en la ciudad. Como quiera que no conozco demasiado bien el barrio llevaba al móvil dirigiéndome.
Yo había supuesto que llegaría a una placita (la dirección aludía a una plazoleta) rodeada de aquellas casitas unifamiliares tan coquetas que pueblan la zona y que podría dejarle el carnet justo delante de la puerta. Pero el puntito del móvil me seguía exigiendo que avanzara un poco más allá y entonces me vi acercándome peligrosamente al otrora barrio sin ley de El Polvorín. Reconozco que me desalentó un poco esta cercanía, aunque todo estaba muy tranquilo y de lo más ordenado. A la entrada de uno de los edificios escuché y luego oí conversaciones de jóvenes y procuré pasar de largo de lo más disimulado y con una falsa actitud de lo más confiada hasta que me alejé lo suficiente y pude aflojar los nervios. Siento pintarme como un miserable cobardica, pero es el sacrificio a la verdad que debe practicar todo aspirante a escritor. Estuve a punto salir corriendo para casa y ya se vería lo que hacía con el documento en cuestión. Pero me repuse heroicamente y continué siguiendo las indicaciones del móvil en cuanto me sentí lo suficientemente seguro para sacarlo de nuevo del bolsillo.
Encontré la localización y el portal que no era una casa terrera sino un edificio de pisos de cuatro alturas pero no acababa de estar seguro de que fuera la localización y no quería dejar tirado el carnet en cualquier parte. La casualidad hizo que justo en ese momento llegara un joven montado en una de esas patinetas eléctricas. Supuse, pese a lo avanzado de la hora, que era un repartidor y no me equivoqué; ya no repartía, estaba regresando a casa. Y le pregunté por la dirección que buscaba que me confirmó sin ninguna duda. Como quiera que eran las doce y pico de la noche, sentí la necesidad de explicarle qué demonios hacía yo por allí perdido y eso hice. Y aquí viene la segunda sorpresa de la noche, resulta que el carnet era el suyo. No estoy seguro de que todavía se hubiera percatado de que lo había perdido. Yo no se lo había enseñado aún y le pedí que me dijera su nombre para confirmar la coincidencia y en efecto se cumplía. Le entregué el carnet y me retiré olvidando mencionarle la otra coincidencia de nuestros comunes apellidos. Me pareció que para el tipo todo aquello le parecería muy sospechoso; dado el nivel de desconfianza que tenemos hoy día en nuestras sociedades, es más probable que sucesos como este, que casualmente te tropieces con alguien al llegar a tu casa a devolverte el carnet que no sabías que habías perdido, se preste a preguntarse si no habrá algún intento de fraude por alguna parte, más que a maravillarse por lo sorprendente que resulta a veces la realidad, si a eso le llego a meter la guinda de la coincidencia de apellidos estoy seguro de que se hubiera puesto en guardia, al menos, preventiva
A mí, a esa hora de la noche, todavía disfrutando de los efluvios de la última cerveza me pareció que todo aquello tenía que tener un significado, que se me estaba queriendo decir algo, pero no alcanzaba a comprender qué cosa. Y me gusta seguir creyéndolo, aunque ahora, ya dormida la (no vamos a llamarlo borrachera que no llegó ni a pedete lúcido) todo me parezca una curiosa casualidad sin más significado que un amanecer o una lluvia de peces de las que relataba Charles Hoy Fort en su Libro de los condenados.