domingo, 22 de febrero de 2026

Sobre el tiempo y el espacio.

 Estaba oyendo un audio libro de la novela La máquina del tiempo, de H.G. Wells. Allí se  habla del tiempo como una cuarta dimensión,  y yo me dije, no puede ser una cuarta dimensión puesto que depende del espacio y, por definición, las dimensiones son variables independientes una de la otra.

El tiempo está indisolublemente atado al espacio. El espacio puede prescindir del tiempo, pero el tiempo no puede prescindir del espacio. Para que exista tiempo debe haber movimiento, transformación, cambio, de otro modo no es posible determinar el tiempo. Por lo tanto existe una atadura entre el tiempo y el espacio. 

Es posible el espacio sin tiempo. Mientras no haya cambio. Y, habiéndolo, es también posible el cambio en el espacio sin necesidad del tiempo, si ese cambio es inmediato. Pero cómo concebir el tiempo sin espacio. Que es un durar de la nada. O un durar de algo que no cambia, ¿cómo se sabe que dura si no cambia?

 Si nos bajamos a las partículas subatómicas resulta que eso de que el electrón pueda estar en todas partes al mismo tiempo podría significar que está sucediendo un movimiento sin tiempo, movimiento inmediato, sin tardanza. Por eso se dice que al observarlo es cuando determinamos la posición, es decir, solo en el momento en que interviene un observador se determina la posición, precisamente, digo yo, porque ese observador somos nosotros, seres temporales, incapaces de percibir ese movimiento sin tiempo. 

El tiempo es un atributo, si no humano, de la vida. Sin vida, y probablemente sin racionalidad, no existe el tiempo. Porque es el ser humano el que se entretiene en esas cosas. El tiempo, al final, es una entidad mental, una idea. La medida del tiempo ha tenido que objetivarse, para que todos la compartamos, en un recorrido espacial, es decir, ha tenido que sustanciarse (siempre he querido utilizar esta palabra, pero nunca he sabido qué significa: “llevar a cabo o hacer material un proyecto, una idea, etc.”, en este caso la idea de medida del tiempo) en el movimiento, en el espacio, puesto que no concebimos otra clase de movimiento. (Ya hemos dudado que de se pueda concebir un desplazamiento en el tiempo, sin espacio. Ese durar es inconcebible, imposible concebir si es mucho, poco o normal (alude a un juego que, cuando éramos pequeños, teníamos con mis hermanos, que consistía en que el otro nos mordía la mano, o nosotros a ellos, y el mordido indicaba el grado de presión). De otro modo cada uno tendría su propia medida del tiempo (mucho, poco o normal, dependía de la capacidad de resistencia de cada uno, pero que no estaba relacionado con la capacidad de apretar del que mordía, que tenía que evaluar, a partir de lo que aquel le decía, si aflojaba más o apretaba menos).

En ese sentido que he tratado de explicar, el tiempo es una percepción, no una magnitud física. ¿Puede eso significar que cambiando nuestra percepción pudiésemos llegar a una especie de universo… se me ocurre que pétreo, ya realizado en todos sus avatares, ya cumplido en todas sus posibilidades? ¿Que podamos comprender y hasta superar eso de que la velocidad de la luz tiene una velocidad constante se la mida por donde se la mida? (Es muy sospechoso que precisamente le hayamos dado ese privilegio de independencia a la velocidad de la luz nosotros, seres mirantes, ¿a qué conclusiones sobre el universo hubiera llegado una especie ciega? Habrían aprendido a escuchar, y a transformar todas esas radiaciones que nos vienen del espacio y tal vez hubieran llegado a las mismas conclusiones por otros caminos, puesto que el Universo sigue siendo el mismo? ¿O sería otro universo puesto que la percepción enfoca otros detalles?

En nada de esto se entretiene Wells, por cierto. A él le basta con avanzar hasta el año 802701 y encontrarse conque la humanidad se dividió en dos especies, una subterránea y otra superficial. La de arriba, al parecer, tuvo una época de esplendor y ahora vivía en un estado poco más o menos que edénico, salvo por el detalle de que los de abajo suben de vez en cuando a llevarse a unos cuantos, seleccionados entre los más adultos, para comérselos. 

Supongo que a estas alturas del siglo veintiuno dudamos de algunas cosas. La primera es que la humanidad alcance tal año, y segundo que el estado de la superficie terrestre pueda llegar a ser un lugar tan edénico y, como mínimo, que los de abajo se lo dejen gozar a los de arriba sin molestarlos demasiado (no estabulándolos, no alimentándolos con productos que los hagan engordar más pronto, etc.)

domingo, 15 de febrero de 2026

En-amor

 Hace tiempo que no me en-amoro. (enamorarse es entrar en amor por algo o alguien. Entrar en amor es, no amar, sino estar en disposición de hacerlo, esperar en el vestíbulo con el ramo de rosas en la mano ilusionado. Es querer que suceda, pero no saber qué tenga que suceder, es que haya sucedido siempre pero que nosotros no estábamos allí y al fin hemos llegado ). No ya de una persona, que conocer gente nueva se vuelve cada vez más precario–con la edad, me refiero, uno cada vez tiene más perfeccionado el encasillamiento de las personas, y es muy raro que aparezca alguien que no encaje en alguna de esas casillas. Y en cuanto uno cataloga algo, ya pierde su misterio, ya es otro miembro más de esa clase. No creo que uno pueda enamorarse de alguien que ya tiene perfectamente clasificado. Aunque las personas dan sorpresas: de pronto alguien rompe una cáscara y sale otra persona completamente diferente, y entonces sí, entonces uno tiene esperanzas de nuevo, pero ¿cuántas veces se da uno oportunidad de re-conocer algo que ya le resultaba demasiado conocido, que no se había preocupado de ahondar y era, tal vez todos lo somos para casi todos, demasiado superficialmente conocidos?–, sino de una música, de un autor, de una película o un director. Esa sensación  de haber conocido siempre –de haber querido conocer siempre– algo que acabas de conocer–que no sabías que existía, pero en cuanto lo has descubierto, has comprendido que siempre–, o esa más grata sensación –porque implica que tú has cambiado, que has mirado de otra forma, tal vez– de re-descubrir algo que hasta ahora te era completamente indiferente–esa cáscara que se rompe ante tus ojos y que te descubre, detrás de la apariencia cotidiana, indiferente, aburrida, un milagro, una luz–.

Y cuando ocurre…

La angustia de haber pasado toda tu vida sin haber sabido de eso, de haber perdido tu vida sin haberlo conocido, sin haber estado a su lado bebiéndole cada instante, la sensación de vida desaprovechada por no haberla vivido a su lado. Y el temor por cada momento que te perderás de estar junto a ella. El miedo a gastarlo de tanto uso, no sea que pierdas el estado de gracia; las reservas, las retenciones; y el constante deseo de volver a su lado.

Espero –ya no busco, pero aún espero. Supongo que hacerse mayor significa dejar de creer en los espacios en blanco de los mapas–, constantemente reencontrar esa sensación de sufrimiento delicioso– en el caso de las personas, deliciosas puñaladas; sin sangre, sin muerte y volviendo siempre a por más–, en los libros, en las canciones, en los actos mismos–una afición, un hábito–. Y sí, aún miro a las personas por si reconozco a alguna. Y en la esperanza–no, imposible esperanza– de que ella me reconozca a mí. Supongo que por eso uno sigue leyendo a nuevos autores y mirando películas raras y escuchando experimentos sonoros que a veces hay que dudar si llamar música. Supongo que por eso sigo soñando –no haciéndolo, desconfío de este viejo cuerpo, y de esa gastada realidad–con caminar. Supongo que por eso, aún le tengo aprecio a esta vieja vida.

Hay mucho engaño en esto. Muchas veces uno quiere haber encontrado. Y se esfuerza por que sea. Leyendo con atención el libro. Escuchando una y otra vez la canción. Mirándose dentro y queriendo sentirlo crecer, obligándolo casi a crecer. Pero pasa el tiempo y la semilla no brota. La has regado–tal vez con mucho entusiasmo–, has contado los días–veintiuno han pasado ya–, y la semilla no brota. Y entonces aparcas la canción en la carpeta–136 elementos–, aparcas el libro en la estantería–doble fila vertical y algunos en horizontal aprovechando el hueco de arriba–, vuelves a saludarla con los ojos de diario, “hola, qué tal”, y sigues viviendo como siempre, sin estado de gracia, sin nubes en los pies, sin saturación de colores. Como siempre. 




Escuché la canción en una película de Nanni Moretti. Y la tengo constantemente dándome vueltas en la cabeza. Es una de esas llamadas... podría ser.... Pero, no sé, seguí escuchando canciones de ella y no prendió como habían prendido antes Francesco de Gregori, Franco Battiato, Fiorella Mannoia, Edoardo Bennato, Richard Cocciante, Angelo Branduardi. Esto son mis "amores" italianos. 

 Y Kerouac, y Jerome Charyn, y Luis Landero, y Manuel Rivas, y Pessoa, y John Irving, y Isaac de Vega, y Camus, y Luis Mateo, y Alfanhui, y Platero, y La nave de los locos (Perirossi), y Pamuk, y Joyce, ....

Y todas las chicas de las que me enamoré, siempre como un tonto.