martes, 24 de febrero de 2026

Los trabajos de Pio Cid de Ángel Ganivet

 


Conozco de nombre a Ángel Ganivet, pero, como siempre, por demasiado repetido dentro de un contexto –generación del noventa y ocho, Unamuno, ta ta ta– no era un tipo que había despertado mi curiosidad, aunque la mantenía latente. Había un libro por ahí de esos enciclopédicos que compraba mi padre, que reunía a unos cuantos autores de esos tiempo, en el cual había leído alguna vez el de Unamuno, que relataba el asedio carlista a Bilbao, y poco más. Están Peñas arriba de José María Pereda, un autor que no conozco en absoluto y que, al igual que Ganivet, no despierta mi interés por lo poco que he oído de él, que es nada, salvo que hace una novela dramónica de esas del siglo diecinueve. También está Juanita la larga de Juan Valera, igual. Luego Misericordia, que sí que he leído y que  he gustado mucho, a raíz de aquella obra de teatro que vi en TV. Después está la de Ganivet La conquista del reino de Maya, que al igual que Pereda y Valera, hasta ahora no me había llamado la atención. Y, por fin la de Unamuno, Paz en la guerra, que leí una vez.

Esto me enseña que nunca hay que desechar lo que no se conoce, porque siempre es una fuente de  novedades, al menos durante un tiempo, como lo está siendo estos días Ángel Ganivet.


Me ha sorprendido de Ganivet que no encaja en la imagen que yo me hacía de él. Primero no llegó a la edad de Unamuno, Galdós o Machado, que murió a los treinta y pocos años, de suicidio. Segundo que murió lejos de España. Era un tipo extraordinariamente inteligente que sacaba cátedras y oposiciones como quien se sacude la pelusa. Empezó de bibliotecario, aunque estudió derecho y llegó a doctorarse, luego entró en la Universidad y más tarde sacó una plaza de diplomático que lo llevó a Amberes (Bélgica), Helsingfors (Finlandia) y Riga (Letonia) en donde acabó sus días tirándose al río –dos veces, en la segunda, claro, ya no lo rescataron–. Hay algo raro en torno a su suicidio. Aunque se dice que tenía algún trastorno nervioso, manía persecutoria o algo así. Lo raro es que su intención superficial fue no encontrarse con la madre de su hijo, el que le quedaba, que había venido a verlo, y a la que él rechazaba violentamente. Había amenazado con que si ella venía él se mataría y así lo hizo. En relación con esto también hay una historia poco clara en torno a la muerte de su hija (habían tenido un hijo y una hija, creo que gemelos como sucede a Pio en la novela) mientras él vivía en Finlandia y su mujer y los niños en Francia. Al parecer, él se negó a creer en las causas de la muerte alegadas y obligó a que la niña fuera desenterrada y se le hiciese una autopsia. 

Bueno, todo esto es de revista del corazón, pero le da al personaje un carácter peculiar. 


El caso es que leí una novela suya, no sé por qué me dio, por azar. Y no fue la que contenía el libro arriba mencionado sino una que llegue a bajarme o ya estaba en mi libro electrónico. Los trabajos de Pio Cid. 

Pio Cid es un personaje fantástico, un tipo de esos cuya inteligencia les permite estar en el mundo con absoluta libertad. Confía absolutamente en su capacidad para resolver los problemas así que no se preocupa de buscar asideros seguros y estables. A mí me recordó en parte a aquella película americana Vive como quieras con James Steward como protagonista, en la que la familia vivía exactamente como predica el título sin preocuparse por las convenciones sociales –ni tampoco las obligaciones, lo que la metía un poco en problemas, y los cuales enfrentaba con el más entusiasta espíritu de optimismo–. Pues así es Pio Cid. Un ejemplo. Después de la muerte de su madre, con la cual vivía en Madrid, donde se desarrolla la historia–Pio Cid tiene una historia anterior, se sabe de él que ha viajado, que ha escrito libros, y, por su puesto, que tiene una enorme y muy variada cultura, además de saber todos los idiomas importantes del momento–, Pio vive alojado en una pensión y trabaja haciendo traducciones o comentarios de libros científicos. Más tarde encontrará un puesto en una administración, muy por debajo de sus capacidades, pero que le proporciona unos ingresos estables. Conoce a una muchacha que acaba de llegar de Cuba con su madre y que vive con su tía y tres primas en una condiciones de equilibrio. Entonces decide irse a vivir con ellas y compartir todos sus miserias. Pero Pio Cid confía en sus capacidades para mantener una familia tan grande y tan súbitamente sobrevenida. En efecto va resolviendo los problemas y los conflictos, va conociendo nuevas amistades que sorprendidos de sus enormes conocimientos y habilidades le proponen entrar en política. Pio en principio acepta, pero luego, una vez ha catado el ambiente de esos ámbitos abandona y continua su vida a salto de mata, pero siempre resolviendo. Aunque no están casados vive maritalmente con su mujer, Martina. Esta le plantea algunos conflictos de celos que Pio resuelve magistralmente. Conoce a una señora de la alta sociedad que le propone ser el maestro de su hijo y entre ellos surge alguna chispa que no gusta ni pizca a Martina, la cual obliga a Pio a trasladarse a Barcelona. Y aquí termina la novela, con una expectativa de continuación que se frustró posiblemente con la muerte del autor. 

No es una novela de intrigas o de conflictos, sino de personaje, es decir, el único interés de la novela es el personaje y su actitud frente a la vida y sobre todo sus ideas expuestas como magisterio. Y ciertamente es un personaje muy atractivo y envidiable. Lo cual no deja de resaltarse en toda la novela.


Esta novela es posterior a la que aparecía en el libro, la cual empezaré a leer o ya he empezado. Esa parece que fue la primera novela y es el libro que vagamente aparece aludido en Los trabajos supuestamente escrito por Pio Cid. En estos primeros comienzos sospecho que es una aventura de imaginación que transcurre en África –hasta ahora había supuesto que era una novela sobre los conquistadores españoles en América– y probablemente tendrá su punto de utópico o de puesta en práctica de determinadas ideas políticas entre indígenas supuestamente no maleados por una civilización moderna.


Ángel Ganivet murió exactamente en el año 1898, año del famoso desastre de la caída de Cuba y Filipinas, es decir, el desmoronamiento final del imperio español. Se le considera parte de la Generación del 98 puesto que manifestaba en sus escritos, la mayoría de ellos cartas, pues poco publicó, aunque su obra principal en este sentido fue un Ideario Español. Más allá de eso, su pensamiento está principalmente en cartas, publicadas como volúmenes de pensamiento en los que expone por lo visto una idea de España algo conservadora, idealista y sobre todo patriótica, es decir, orgullosa de la diferencia frente a las naciones europeas. 

domingo, 22 de febrero de 2026

Sobre el tiempo y el espacio.

 Estaba oyendo un audio libro de la novela La máquina del tiempo, de H.G. Wells. Allí se  habla del tiempo como una cuarta dimensión,  y yo me dije, no puede ser una cuarta dimensión puesto que depende del espacio y, por definición, las dimensiones son variables independientes una de la otra.

El tiempo está indisolublemente atado al espacio. El espacio puede prescindir del tiempo, pero el tiempo no puede prescindir del espacio. Para que exista tiempo debe haber movimiento, transformación, cambio, de otro modo no es posible determinar el tiempo. Por lo tanto existe una atadura entre el tiempo y el espacio. 

Es posible el espacio sin tiempo. Mientras no haya cambio. Y, habiéndolo, es también posible el cambio en el espacio sin necesidad del tiempo, si ese cambio es inmediato. Pero cómo concebir el tiempo sin espacio. Que es un durar de la nada. O un durar de algo que no cambia, ¿cómo se sabe que dura si no cambia?

 Si nos bajamos a las partículas subatómicas resulta que eso de que el electrón pueda estar en todas partes al mismo tiempo podría significar que está sucediendo un movimiento sin tiempo, movimiento inmediato, sin tardanza. Por eso se dice que al observarlo es cuando determinamos la posición, es decir, solo en el momento en que interviene un observador se determina la posición, precisamente, digo yo, porque ese observador somos nosotros, seres temporales, incapaces de percibir ese movimiento sin tiempo. 

El tiempo es un atributo, si no humano, de la vida. Sin vida, y probablemente sin racionalidad, no existe el tiempo. Porque es el ser humano el que se entretiene en esas cosas. El tiempo, al final, es una entidad mental, una idea. La medida del tiempo ha tenido que objetivarse, para que todos la compartamos, en un recorrido espacial, es decir, ha tenido que sustanciarse (siempre he querido utilizar esta palabra, pero nunca he sabido qué significa: “llevar a cabo o hacer material un proyecto, una idea, etc.”, en este caso la idea de medida del tiempo) en el movimiento, en el espacio, puesto que no concebimos otra clase de movimiento. (Ya hemos dudado que de se pueda concebir un desplazamiento en el tiempo, sin espacio. Ese durar es inconcebible, imposible concebir si es mucho, poco o normal (alude a un juego que, cuando éramos pequeños, teníamos con mis hermanos, que consistía en que el otro nos mordía la mano, o nosotros a ellos, y el mordido indicaba el grado de presión). De otro modo cada uno tendría su propia medida del tiempo (mucho, poco o normal, dependía de la capacidad de resistencia de cada uno, pero que no estaba relacionado con la capacidad de apretar del que mordía, que tenía que evaluar, a partir de lo que aquel le decía, si aflojaba más o apretaba menos).

En ese sentido que he tratado de explicar, el tiempo es una percepción, no una magnitud física. ¿Puede eso significar que cambiando nuestra percepción pudiésemos llegar a una especie de universo… se me ocurre que pétreo, ya realizado en todos sus avatares, ya cumplido en todas sus posibilidades? ¿Que podamos comprender y hasta superar eso de que la velocidad de la luz tiene una velocidad constante se la mida por donde se la mida? (Es muy sospechoso que precisamente le hayamos dado ese privilegio de independencia a la velocidad de la luz nosotros, seres mirantes, ¿a qué conclusiones sobre el universo hubiera llegado una especie ciega? Habrían aprendido a escuchar, y a transformar todas esas radiaciones que nos vienen del espacio y tal vez hubieran llegado a las mismas conclusiones por otros caminos, puesto que el Universo sigue siendo el mismo? ¿O sería otro universo puesto que la percepción enfoca otros detalles?

En nada de esto se entretiene Wells, por cierto. A él le basta con avanzar hasta el año 802701 y encontrarse conque la humanidad se dividió en dos especies, una subterránea y otra superficial. La de arriba, al parecer, tuvo una época de esplendor y ahora vivía en un estado poco más o menos que edénico, salvo por el detalle de que los de abajo suben de vez en cuando a llevarse a unos cuantos, seleccionados entre los más adultos, para comérselos. 

Supongo que a estas alturas del siglo veintiuno dudamos de algunas cosas. La primera es que la humanidad alcance tal año, y segundo que el estado de la superficie terrestre pueda llegar a ser un lugar tan edénico y, como mínimo, que los de abajo se lo dejen gozar a los de arriba sin molestarlos demasiado (no estabulándolos, no alimentándolos con productos que los hagan engordar más pronto, etc.)