Pues, había una presentación de un libro de un autor señero de la ciudad, y decidí bajar a mirar qué se cocía en el mundillo literario. Por el camino, claro, iba leyendo. Estos días ando con Chateaubriand y sus memorias. Al parecer se trata de una edición compendiada, centrada en los hechos históricos y en particular en los sucesos de la Revolución (con mayúsculas, porque tuvieron muchas algaradas y revueltas después, no en vano pasaron por cinco o seis regímenes a lo largo del siglo XIX; que no solo fue revoltoso en España, también en sudamérica, según leo, a pesar de haberse liberado del yugo opresor colonial) y lo que vino después. Esa tarde se me iba a morir Napoleón en su aburrida estancia en Santa Elena. Por cómo lo describe don René, el emperador se murió de puro aburrimiento. Aún así aguantó cinco años y medio, en los cuales lo único que podía hacer era dictar sus memorias, pasearse por el campo y hasta se puso a cavar un estanque para cultivar peces, pero por lo visto lo protegió de filtraciones con un material que terminó por envenenar a los pecesillos. Total, harto de sacarse lo mocos decidió ponerse enfermo y morirse.
A estas alturas ya iba por Perez Galdós. Hacía unos momentos había pasado por delante del escaparate de una librería y me había llamado la atención un libro cuyo título incluía la expresión mirar para otro lado, algo que me recordó que hace unos días estuve reflexionando sobre ello. Luego he mirado por internet y he visto que hay más gente que se ha planteado la cuestión. Mirar para otro lado es, todos lo tenemos claro, y hasta todos sabemos conscientemente cuándo lo hacemos, y ese mismo desentendernos de que sabemos que estamos haciéndolo es también estar haciéndolo, es, decía, hacer como que no vemos una injusticia, hacer como que nos creemos una mentira porque no nos conviene, o nos da pereza hacernos cargo de la verdad. Porque hacerse cargo de la verdad nos obliga a alguna acción, alguna reacción que nos saca de nuestra comodidad. Nos auto engañamos diciéndonos que ya vendrá otro a resolver el problema, o que el problema es mucho más gordo que dar credibilidad o no a esta pequeña mentira local. En fin, cualquier cosa nos vale para pasar por encima del cadáver y fingir no haberlo visto.
Pero el cadáver, ¡ay!, insistía. El tipo era jovencito, aunque no un niño, y tenía un algo de tontería como de faltarle un agüilla. Empezó como suelen empezar los profesionales, pidiendo permiso para interrumpir mis meditaciones. Me cogió con el libro bajo, porque estaba rindiéndole unos minutos de silencio a la muerte del grande hombre, y me paré a oír qué me contaba.
La historia, lo he meditado después, era excesivamente elaborada. Había venido de Lanzarote y tenía que coger un avión el viernes. Se alojaba en Mogán, pueblo, ni siquiera la costa, y había venido a Las Palmas a ver el acuario. Se había desmayado porque era diabético. La policía lo había recogido y lo habían llevado a urgencias. Pero le habían robado todo lo de la cartera, y me mostraba una cartera vacía, salvo por un carnet de guaguas de esos personalizados. Aquella foto se parecía tanto a él como a cualquiera, como casi todas las fotos de carnet. Ni siquiera había bebido un poco de agua. Había ido a la estación para coger la guagua hacia el sur, pero como el saldo del carnet estaba caducado y no tenía dinero no le habían dejado subir.
Yo me acordaba de la puñetera portada del libro aquel y empecé a hacerle preguntas para corroborar su historia que no me cuadraba por ningún lado, que me resultaba demasiado sospechosa, demasiado compleja, pero, ¡puñetera portada del libro!, decidí acompañarlo hasta la estación, si es que el tipo estaba dispuesto a llegar tan lejos. Como no desistía por el camino, y yo también tenía sed, entré en un estanco a comprar unas botellas de agua. Yo me bebí la mía en el momento, pero él se la guardó para después. También había comprado el agua para cambiar dinero en moneda, por si al final me decidía dejarle algo y que se buscara la vida.
Llegamos a la estación y yo seguía haciéndole preguntas y tratando de levantarle la historia. Su defensa mayormente consistía en la repetición fiel de toda ella y en jurar por dios que decía toda la verdad. Y yo ya estaba en la fase de ya he llegado hasta aquí, y sigo sin creerme su historia, pero tampoco me atrevo a asegurar que no sea verdad. Otra de mis serias reflexiones frecuentes, fruto del excesivo visionado de películas policíacas y de la, afortunadamente ya pasada, época de exámenes en la universidad, la absoluta incapacidad de saber la auténtica verdad de un suceso que no haya vivido uno personalmente. Total que sí, que le di dinero para que cogiera la guagua hasta Mogán, y lo dejé sentado delante de la parada de la noventa y uno que es la que comprobé, después de que él me llevara hasta allí, que era la que tenía tal destino.
Pero recordemos que iba camino de una presentación de libro así que salí pitando, más o menos contento de haber tomado la decisión, más o menos avergonzado de haber sido, una vez más, engañado, más o menos orgulloso de no haber mirado para otro lado –con haberle dado un euro me lo hubiera quitado de encima con la suficiente autosatisfacción de haber cumplido con el precepto cristiano de la limosna–, y, en fin, tampoco arriesgaba tanto, que soy de condición económica más o menos desahogada.
Corrí Triana adelante a paso ligero pensando que ya llegaba tarde al evento, pero un nuevo obstáculo, esta vez glorioso, se interponía en mi camino. Me encuentro a T que viene a contramano, casi con la misma prisa que yo, pero nos paramos, nos sonreímos, nos saludamos, nos alegramos de haber existido para disfrutar este momento, y nos despedimos cada uno a su urgente destino. Y yo, que no soy pero me gusta serlo, algo supersticioso, me digo que el universo me ha premiado, y que he hecho bien. Lo que se confirma luego, cuando llego a la biblioteca a poco más de las seis y me confirman que no, que el evento empieza a las seis y media.