viernes, 16 de noviembre de 2018

Su lucha

Dice, o vengo a entenderlo yo, Karl Ove, que el propósito de su escritura es recrear el allí, así lo dice él, el allí. Yo interpreto: el momento y el lugar de un pasado en sus detalles, que no tienen por qué ser los más relevantes o los más llenos de sentido para lo que venga después, sino simplemente los que uno recuerda, que muchas veces nunca sabe uno por qué recuerda unos detalles y otros no. También cuenta que un amigo le recrimina que en sus textos no hay una historia. En efecto no percibo un motivo o  más bien una dirección hacia la que apunte lo que va contando. No hay una conclusión de la historia y suculun suculorun, no hay una moraleja, una anécdota que recrear, hay solo un fluir del texto y de la vida que el texto intenta reflejar. Y digo del texto porque está escrito, pero la palabra tampoco tiene relevancia, quiero decir, es solo un medio y no parece estar presente en la mente del autor ninguna intención de juguetear con sonidos, sentidos reflejos, metáforas, etc. salvo las estrictamente necesarias para reflejar lo que quiere contar. En lo del flujo debo tener razón porque ya va por seis libracos y si la referencia a En busca del tiempo perdido del primer capítulo tiene algún sentido, lo mismo le falta un séptimo. Esta sería la única relación porque me parece que el propósito de la obra de Proust era otro, mucho más relacionado con la melancolía de unos tiempos ya perdidos, con unas atmósferas, con una emociones, retorcidísimas, por cierto, y contadas al milímetro en los últimos libros. En fin, no los creo comparables salvo numéricamente, si es que este hombre, que todavía es un chiquillo, como quien dice, se para en el séptimo.

martes, 13 de noviembre de 2018

domingo, 28 de octubre de 2018

Un hombre de acción

Estaba leyendo el libro El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda. Allí se habla de un japonés, Noara Suzuki que después de la universidad decidió echarse al camino y recorrer el mundo. Así estuvo durante cuatro años, a la pata de la llana, durmiendo donde caía la noche, donando sangre para obtener algún ingreso y así. Cuando regresó a su casa no se amañó a la forma de vida de la civilización y volvió a echarse a la calle. Esta segunda salida tenía tres objetivos: encontrar al último soldado japonés en Filipinas, encontrar a un oso panda en su hábitat y hallar al Yeti o Abominable Hombre de las Nieves. Consiguió los dos primeros objetivos (el último soldado japonés en filipinas se llamaba Hiro Onoda, y dejó la lucha en 1975, después de que Suzuki lo convenciera, no sin antes haberle traído desde japón a un señor que trabajaba en una floristería y que había sido durante la guerra comandante de Onoda, fue él el que ordenó al viejo soldado que depusiera las armas) y sucumbió ante el último, una avalancha lo sepultó.
Esta historia de Suzuki me recordó a la de Chriss MacCandless, aquel chico que contaba Krakauer en Hacia Rutas Salvajes, que después de la universidad se echó al camino después de regalar todos sus ahorros -los ahorros que sus padres habían guardado para él- a una institución benéfica. Quería entrenarse para vivir en Alaska y se recorrió Norteamérica viviendo como vagabundo donde le pillaba el día y la hora, trabajando por comida o por cama. Hasta se lanzó a unos rápidos de un río para probar si era capaz de hacerlo. Luego, en efecto, subió a Alaska, pertrechado como un trampero, pero sin la experiencia de un trampero, y murió de hambre. (tengo una emocionante entrada sobre esto)
Ahora estaba leyendo las sucintas biografías de estos tíos que estoy oyendo, Light in Babylon (al principio creí que era el título de la canción, y que el grupo se llamaba Kipur). La cantante es hija de judíos iraníes que huyeron de Irán a causa de la revolución. Después, ella, de mayor, se marchó de Israel a recorrer el mundo cantando por las calles para obtener ingresos. Lo mismo hizo un Ingeniero francés que dejó su trabajo y se fue a caminar hacia la India, pero conoció por el camino, en Bulgaria, a uno que tocaba por las calles y se juntaron luego con la chica en Turquía. Y ahí siguen su vida vagabunda aunque ahora con cierto prestigio internacional que probablemente les permita vivir con cierta soltura pero, dicen ellos, todavía con la completa libertad que habían elegido.
Desde muy pequeñito en  que, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, respondía que vagabundo, siempre he sentido mucha admiración por esa gente que lo es de verdad. Que se echa al mundo no por obligación o empujado por la mala suerte o las peores circunstancias, sino porque sí. Admiro y leo con entrega los relatos de los exploradores de los polos, los viajeros en el África inexplorada, los propios conquistadores españoles en América. Durante muchos años mi libro preferido fue En el camino, de Jack Kerouac...
 Y aquí me tienen, sentado en mi casita, con mi familia, mi sueldo fijo y mi perrito que me despierta cada mañana para que lo saque de paseo sin falta. Soy todo lo contrario a eso que digo admirar. (Supongo que, la propia palabra lo dice, mirar, solo puede mirarse lo de afuera, lo que uno no es, -el ojo no se ve-) Soy un sedentario bastante convencido. El mejor lugar del mundo es mi casa, y ni un segundo que pase en ella es tiempo perdido. La calle me aburre, la gente me repele. Aquí dentro está el universo entero, como dentro de aquel Aleph de Borges y apenas necesito mucho más. Mentira, claro; tengo que salir todos los días a trabajar y ganarme el sustento que me permite mantener esta construcción ideal, pero en cuanto cumplo con el paripé salgo pitando de nuevo a la cuevita sin ningún interés por lo que dejo detrás o alrededor mientras regreso.
Es tal mi sedentarismo que cuando voy de viaje imagino esos lugares por los que paso como lugares en los que asentarme. Me inquietan los lugares de paso que no llego a conocer y por eso me parecen amenazadores. Prefiero establecerme al menos por un par de días en cada estación hasta llegar a percibir algo de su ritmo cotidiano, solo así empiezo a sentirme a gusto en un lugar. Y sí, sueño con establecer mi hogar en todos los lugares del mundo al menos por un ratito. Me gustan los lugares no por el placer que sienta observando sus monumentos o sus paisajes sino por el deseo que sienta por establecerme allí. Y en realidad siento deseo de establecerme en cualquier lugar donde aún no lo haya hecho. Mis proyectos de viajes no son recorrer los caminos sino establecerme por un tiempo en cada hito, una especie de sedentarismo nómada. Sería un viajero lento y acomodaticio, no uno de esos exploradores de las fronteras y los lugares inaccesibles. El que se aparta del camino para dejar pasar a los que corren y mientras se posa el polvo que han levantado, se echa una siestecita, se hace un café, lee un libro y como ya es demasiado tarde para continuar, pues montamos aquí el campamento y ya veremos si continuamos mañana.

viernes, 5 de octubre de 2018

Una piadosa mentira

Piadosa mentira

Tuve que llevar a mi mujer al tanatorio – tuve; no porque el tanatorio esté lejos y no existan medios de transporte público que la puedan alcanzar, sino porque me obligaba a acompañarla. Se había muerto un pariente suyo, lejano ahora, pero que en tiempos fue cercano, y, aprovechando que se reunirían en el tanatorio, que, como se sabe, es donde da los últimos coletazos la arcáica institución familiar, quería presentarme a todos esos de quienes me había hablado durante años, que habían poblado su infancia y su adolescencia y que poco a poco se habían ido desperdigando en la memoria hasta prácticamente desaparecer... Hasta que alguno muere y todos esos recuerdos vuelven a florecer como las plantas del desierto cuando caen cuatro gotas –.
Allí me presentó a esos primos con los que coincidía cada verano en la playa, hasta que dejaron ir, ellos o nosotros. Las tías que venían todos los viernes a jugar a las cartas, con garbanzos en lugar de monedas, a casa, hasta que una de ellas o uno de nosotros se murió y ya no era lo mismo. A una de las hijas de aquel difunto que vino a tocar una noche a casa para avisar de que se había muerto, etc.
Harto ya de saludar y besar y sonreír a desconocidos que pretendían encarnar a los mitos que las historias de mi mujer habían costruido en mi imaginario, me escabullí por los pasillos y me metí en una sala creyendo que estaba vacía, a pesar de que no tenía el cordón echado, con la intención de tumbarme en un sofá y sumirme en una siestecita o al menos en un entre sueño mientras mi mujer y sus familiares le quitaban el polvo a sus nostalgias.
Entré confiadamente, no esperando encontrar a nadie, pero había alguien. En el tresillo frente al cristal que deja ver la sala refrigerada donde colocan al difunto había un señor en actitud profundamente meditativa. Quise retroceder sin hacer ruido, pero me descubrió antes de corregir la maniobra, se levantó solícito y me pidió por favor que entrase, al tiempo que estiraba la mano con ánimo de estrechar la mía.
Tendría mi edad, tal vez algo avejentado, aunque yo, la verdad,  me encuentro muy joven para la edad que tengo. La panadera me sigue llamando mi niño, y el brillo en la mirada de la charcutera aún me llena de..., bueno, puede que un engañoso, orgullo. Estaba correctamente vestido de traje oscuro reglamentario para los parientes directos del difunto, me sentí un poco cohibido con mi indumentaria informal de diario. El hombre supuso que conocía al occiso, que resultaba ser su padre, y se alegraba enormemente de que hubiera al menos alguien que le recordara en el día de su óbito. Habló imparablemente durante mucho rato sin dejarme meter mi pertinente excusa para aclararle la situción. Llegado un punto consideré que la excusa había dejado de ser pertinente y me dispuse a escuchar la historia que este hombre estaba deseando contarle a alguien, a cualquiera, incluso a mí.
La historia era la de un padre terrible, tal vez maltratador, algo peor o no tan malo, que había abandonado a la esposa y al hijo. La madre nunca fue demasiado severa en su condena. Y ante la llegada de las dificultades manifestó, quizás,  arrepentimiento por haber sido demasiado exigente y haber permitido sin rebeldía la huida del marido. La soledad y los trabajos la amargaron o la entristecieron o ambas cosas. El chico se crió entre el rechazo al padre y la esperanza de su retorno, envidiando siempre en los otros la figura paternal.
Sobrevivieron pese a todo, madre e hijo. El tiempo terminó limando las puntas del dolor en la madre y en el hijo reformuló su carne, sus huesos, su mente, su vida para hacer de él el hombre triste, solitario, sin pasado ni futuro que era ahora. Pero la esperanza es una llama inextinguible y ya mayor quiso encontrarle o encontrar una explicación a su larga soledad infantil.  Supo de su vida desordenada, rufianesca. Supo que estuvo en la cárcel por fraudes y negocios sucios. Supo de otros hijos y de otras esposas abandonadas que no quiso conocer por miedo a que hubieran sido más desgraciados o más felices de lo que él y su madre habían conseguido ser.  Supo de su soledad, ya en la vejez, rechazado por todos a causa de su egoísmo y su carácter irascible. Sus vecinos le despreciaban y él les correspondía combativamente. No se le conocían amigos, era sucio, borracho, mal hablado y avaro, pues tenía ingresos y apenas se le percibían gastos. Conoció también a algunos de los damnificados por sus lesivas actividades que le guardaban oscuros rencores. Todo sumado dibujaba una figura realmente deleznable contra la que aquel hombre parecía querer luchar solo con las armas de su lejanísima memoria y una construcción mental exclusivamente sostenida por su deseo de abrazar a un pecho paterno.
Nunca reunió el valor suficiente para presentarse en su casa y decirle, ¿que?, ¡soy yo!. Temía no ser reconocido, o ser confundido con cualquier otro  o simplemente ser ignorado como un cualquiera. Hay una asimetría insoportable en ser tan poco para alguien que es tanto para ti. Lo espiaba de lejos. Lo miraba ir y venir, aunque poco salía de casa. Cuando dejó de salir por mucho más de lo acostumbrado fue el único que se preocupó. Y gracias a una llamada suya lo encontraron muerto en el sofá frente al televisor encendido y la cerveza caliente a medio beber sobre la mesilla atestada de platos sucios, envases, periódicos y revistas.
Su mirada desangelada parecía suplicarme que le lanzara al menos un indicador de esperanza. El hombre quería que yo hablara y yo me debatía entre decirle la verdad o cumplir sus expectativas. Empecé a contarle de una madre soltera y desvalida que se veía obligada a los más penosos trabajos para poder sostener a su hijo fruto de un amor desafortunado. Eché mano de todo lo que se me pasaba por la imaginación sin escatimar drama por muy histriónico que sonase: películas mudas, cuentos infantiles, culebrones televisivos alimentaron mi narración. Aproveché también su historia y las hice coincidir en algunos puntos con la mía. Le hablé de una madre triste pero voluntariosa. De una infancia solitaria, pero feliz gracias al calor de la madre. Le hablé de tiempos malos y de tiempos peores y cuando parecía que ya todo estaba perdido, un redentor altruista y bondadoso, casi anónimo, nos salvaba en el último instante. Era un hombre silencioso, distante. No pedía nada a cambio, no fue una transacción. Él ayudó a la madre y al muchacho y pudieron remontar. Desaparecía y aparecía como por azar. Era como un tío lejano que venía ocasionalmente de visita. Cuando la madre conoció a un hombre y sus vidas se volvieron más regulares, normales, desapareció. No volvieron a verlo. Pasaron los años, el padrastro murió y luego murió la madre. Fue una muerte serena, reposada.
Entre los asistentes al entierro lo descubrí, medio disimulando al fondo. Fui a saludarlo. Él apenas me dejó hablar. Simplemente me estrechó la mano y desapareció. Quise preguntarle por qué, pero en su mirada estaba la respuesta, la muerte de mi madre le había afectado de una manera que solo podía entenderse de una forma. Quién sabe. No lo volví a ver. Averigüé algunos datos pero nunca los utilicé. Hasta hoy que advertí la esquela en el periódico.
El hombre lloraba cuando concluí mi historia. Aproveché su turbación para despedirme y abandonar la sala. Me escabullí antes de que tuviera tiempo de reaccionar y echarme abajo la mentira con insidiosas cuestiones.
Corrí en busca de mi mujer que ya llevaba rato buscándome a mí y nos marchamos a toda prisa del tanatorio –“¿qué has hecho ahora?”, “ahora te explico”–. No la dejé despedirse porque conozco sus protocolos interminables y me la llevé a toda prisa con la excusa de que el contador del aparcamiento sumaba demasiado rápido.