Estaba oyendo un audio libro de la novela La máquina del tiempo, de H.G. Wells. Allí se habla del tiempo como una cuarta dimensión, y yo me dije, no puede ser una cuarta dimensión puesto que depende del espacio y, por definición, las dimensiones son variables independientes una de la otra.
El tiempo está indisolublemente atado al espacio. El espacio puede prescindir del tiempo, pero el tiempo no puede prescindir del espacio. Para que exista tiempo debe haber movimiento, transformación, cambio, de otro modo no es posible determinar el tiempo. Por lo tanto existe una atadura entre el tiempo y el espacio.
Es posible el espacio sin tiempo. Mientras no haya cambio. Y, habiéndolo, es también posible el cambio en el espacio sin necesidad del tiempo, si ese cambio es inmediato. Pero cómo concebir el tiempo sin espacio. Que es un durar de la nada. O un durar de algo que no cambia, ¿cómo se sabe que dura si no cambia?
Si nos bajamos a las partículas subatómicas resulta que eso de que el electrón pueda estar en todas partes al mismo tiempo podría significar que está sucediendo un movimiento sin tiempo, movimiento inmediato, sin tardanza. Por eso se dice que al observarlo es cuando determinamos la posición, es decir, solo en el momento en que interviene un observador se determina la posición, precisamente, digo yo, porque ese observador somos nosotros, seres temporales, incapaces de percibir ese movimiento sin tiempo.
El tiempo es un atributo, si no humano, de la vida. Sin vida, y probablemente sin racionalidad, no existe el tiempo. Porque es el ser humano el que se entretiene en esas cosas. El tiempo, al final, es una entidad mental, una idea. La medida del tiempo ha tenido que objetivarse, para que todos la compartamos, en un recorrido espacial, es decir, ha tenido que sustanciarse (siempre he querido utilizar esta palabra, pero nunca he sabido qué significa: “llevar a cabo o hacer material un proyecto, una idea, etc.”, en este caso la idea de medida del tiempo) en el movimiento, en el espacio, puesto que no concebimos otra clase de movimiento. (Ya hemos dudado que de se pueda concebir un desplazamiento en el tiempo, sin espacio. Ese durar es inconcebible, imposible concebir si es mucho, poco o normal (alude a un juego que, cuando éramos pequeños, teníamos con mis hermanos, que consistía en que el otro nos mordía la mano, o nosotros a ellos, y el mordido indicaba el grado de presión). De otro modo cada uno tendría su propia medida del tiempo (mucho, poco o normal, dependía de la capacidad de resistencia de cada uno, pero que no estaba relacionado con la capacidad de apretar del que mordía, que tenía que evaluar, a partir de lo que aquel le decía, si aflojaba más o apretaba menos).
En ese sentido que he tratado de explicar, el tiempo es una percepción, no una magnitud física. ¿Puede eso significar que cambiando nuestra percepción pudiésemos llegar a una especie de universo… se me ocurre que pétreo, ya realizado en todos sus avatares, ya cumplido en todas sus posibilidades? ¿Que podamos comprender y hasta superar eso de que la velocidad de la luz tiene una velocidad constante se la mida por donde se la mida? (Es muy sospechoso que precisamente le hayamos dado ese privilegio de independencia a la velocidad de la luz nosotros, seres mirantes, ¿a qué conclusiones sobre el universo hubiera llegado una especie ciega? Habrían aprendido a escuchar, y a transformar todas esas radiaciones que nos vienen del espacio y tal vez hubieran llegado a las mismas conclusiones por otros caminos, puesto que el Universo sigue siendo el mismo? ¿O sería otro universo puesto que la percepción enfoca otros detalles?
En nada de esto se entretiene Wells, por cierto. A él le basta con avanzar hasta el año 802701 y encontrarse conque la humanidad se dividió en dos especies, una subterránea y otra superficial. La de arriba, al parecer, tuvo una época de esplendor y ahora vivía en un estado poco más o menos que edénico, salvo por el detalle de que los de abajo suben de vez en cuando a llevarse a unos cuantos, seleccionados entre los más adultos, para comérselos.
Supongo que a estas alturas del siglo veintiuno dudamos de algunas cosas. La primera es que la humanidad alcance tal año, y segundo que el estado de la superficie terrestre pueda llegar a ser un lugar tan edénico y, como mínimo, que los de abajo se lo dejen gozar a los de arriba sin molestarlos demasiado (no estabulándolos, no alimentándolos con productos que los hagan engordar más pronto, etc.)