Cada fracaso es todos los fracasos. Cada éxito es solo un éxito.
Porque me ha salido mal la col fermentada que he estado intentando hacer, algo tan simple como salarla un poco y guardarla en un bote durante un par de semanas, he tenido esa universal y eterna sensación, tan frustrante, de que todo lo que hago me sale mal o me sale peor. Si estoy de buenas consigo admitir que, tal vez, no me atrevería a enumerar cuáles, algunas cosas me han salido medio bien; pero bien, nunca.
Y es curioso que pueda enumerar muchos de mis fracasos, pero no me atreva a precisar cuáles fueron mis éxitos.
Intento razonar esta discordancia, que probablemente solo sea una característica particular mía a juzgar por lo satisfecha de sí misma que parece estar la gente por ahí, dándole un carácter global para no sentirme un bicho raro, y elucubro, tal vez un poco fantasiosamente, que los éxitos pertenecen al ámbito de la realidad. Cada éxito es, en cierto modo, un sueño realizado, y lo real es una materia que no conserva bien los aromas de las emociones. Puede surgir con un espléndido arcoíris de placeres y satisfacciones, pero se extinguen enseguida dejando la piedra seca e inerte de lo logrado, y a uno mirándola y preguntándose, ¿y ahora qué?
En cambio los fracasos permanecen en el mundo de lo potencial, en el mundo del sueño, de lo imaginario, un mundo en el que las emociones son más intensas, coloridas y duraderas, incluso exageradas e inoportunamente aplicadas donde no corresponden. Y como el sueño es algo intrínsecamente inherente a la mente (la mente física que tiene como sustancia al cerebro) y la mente funciona de esa manera asociativa que hace que cuando se mueve una ficha todas las fichas relacionadas resuenen con ella (ese rollo neuronal de estar todas dándose las manos unas a otras), con cada fracaso todos los fracasos reverdecen como lo verde en los secarrales cuando caen una mínimas gotas de lluvia.
Si uno es un tipo saludable como yo creo que lo soy la mayor parte del tiempo, en eso confío, la lluvia se seca pronto y lo verde pronto se marchita y lo racional ocupa el hueco de lo emocional marchitado y uno acaba echando a un lado el fracaso diciéndose pa’lante porque, coño, tampoco te vas a poner así por una col fermentada.