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lunes, 17 de noviembre de 2025

El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vázquez


«El ruido de las cosas al caer», en el caso de esta novela, es, concretamente, el ruido de un avión al estrellarse. Pero supongo que lo que quiere representar también es el ruido de una vida al derrumbarse. O algo por el estilo. 

Juan Gabriel Vázquez, habla de una época de la vida en Colombia, entre los setenta y los noventa. Es de suponer que después de los dos mil algo haya cambiado como para decir que todo aquello fue pasado. Lo que, al parecer, terminó esa época fue la muerte del mafioso Pablo Escobar al que mataron en 1993. Con la caída de su narco-imperio acabó una época de tensiones en Colombia que, tal y como las describe, se asemejaría a la época de la ETA aquí en España. Cuando cada dos por tres se informaba de un nuevo atentado donde, habitualmente caían militares o guardia civiles, ocasionalmente algún político y aún más ocasionalmente, civiles que pasaban por allí. Al parecer, por aquellos tiempos el tal Escobar emprendió una verdadera batalla contra los gobiernos que no le dejaban hacer, no solo ya que no les favorecieran. Y que probablemente fue lo que decidió al gobierno a solucionar definitivamente el problema. 

Se salió de madre por muchos lados este Escobar, y otro de los asuntos que menciona en el libro es el de su Zoológico con animales traídos de Estados Unidos, principalmente, sin ningún tipo de control gubernamental. Ahora sí, era un hombre del pueblo y permitía la entrada a su zoológico a sus conciudadanos sin pagar ni una perra. Las familias bien tenían prohibido a sus hijos ir a ver el maravilloso zoológico que contenía tigres, leones, hipopótamos… Pero los niños se escapaban y entraban sin permiso porque era el lugar que había que ir a ver en aquellos momentos. Años después nuestros personajes recuerdan aquella escapada. El zoológico ya es solo un despojo, hasta años después que el gobierno lo ha retomado y, con los animales que quedaron, lo ha reabierto. Algunos animales escaparon y con certeza murieron, otros se aclimataron como los hipopótamos y son un problema ecológico por su desordenada multiplicación. Dicen. 

Pero volviendo a nuestra novela. A nuestro personaje le pegan un tiro en la calle. Vinieron a por él. Después de veintitrés años de ausencia. Al poco de conocer al narrador, que siente por él una fascinación enigmática, porque el hombre, aunque busca su amistad, no llega a abrírsele. Sí, le cuenta, apenas, que hace veintitrés años que no ve a su mujer, y que está a punto de reencontrarse con ella que llega, en avión, desde EEUU. Hasta se hace una foto en un puesto ambulante, para enviársela. Después, días más tarde, le pide un extraño favor. Algún lugar donde pueda escuchar una cinta magnetofónica. Estamos en los noventa. Y mientras la escucha, llora. Ese mismo día lo mataron sin explicar al narrador por qué lloraba escuchando la cinta. El narrador se entera de un aparatoso accidente de aviación en las montañas que rodean Bogotá.

Nunca sabremos por qué matan a Laverde. El narrador, que en ese momento le acompañaba, recibe también lo suyo. Esta novela vendría a ser el ruido de su vida cayendo, tras recuperarse del atentado. Decide, para tratar de recomponerla, entender porqué han matado a Ricardo Laverde, nuestro personaje central. 

Laverde sería uno de los, podríamos decirlo así, pioneros del narco tráfico. A decir de la novela, quienes sofisticarían el sistema serían los jóvenes norteamericanos que venían a Colombia como voluntariado para ayudar en labores de asistencia a los más necesitados, generalmente campesinos. Sí, los americanos tienen o tenían un Cuerpo de Paz. La wikipedia no lo extingue. 

Bueno, la novela no generaliza esta conclusión mía. Los primero tráficos fueron de mariguana. Los muchachos del cuerpo de Paz enseñarían a los campesinos técnicas para mejorar sus cultivos, de recogida y de transporte. Ellos se encargarían de montar un transporte subrepticio –en nuestra novela, Ricardo Laverde es piloto – y venderían el material por diez veces el valor por el que se lo habían comprado a los campesinos, que de todas maneras se quedarían muy contentos de la generosidad con que eran pagados. 

Todo está expresado con mucha inocencia. Era un negocio que estaba claro, no requería demasiada elaboración y su rentabilidad era inmensa. Es de suponer que cuando se pasaron a mayores pisaron los callos a otros que también habían descubierto el filón y entonces todo se derrumba. A Ricardo Laverde lo pillan en EEUU y pasa allí más de veinte años de cárcel. Otros colegas tuvieron menos suerte y los encontraron tirados por ahí, en las riveras del Río Magdalena, con agujeros de más. 

Años después, el narrador y la hija, que nunca volvió a ver a su padre, se preguntan por qué lo mataron veintitrés años después. Y no llegan a responderse, aunque lo sospechan. 

Al principio la novela me resultó algo monótona. El personaje habla un poco de su vida y de cómo le afecta el que le hayan disparado y se haya salvado de milagro. Pasa mucho tiempo y no consigue recuperarse del shock. Eso, el derrumbe de su vida, es lo que le lleva a interesarse por Laverde: quién era, porqué lo mataron; buscando una especie de explicación a su propio estupor, a su miedo.

Creo que está bien expresada esa sensación de víctima incomprensible desde afuera. Esa sensación que tiene uno de que todo puede agredirle en cualquier momento, que las miradas de los que le rodean planean alguna forma de asalto. Que el suelo se puede hundir en cualquier momento. Supongo que todos hemos sentido algo de esto a pequeña escala. Y cómo trabaja eso en nuestro subconsciente sin que nosotros nos percatemos. Pero que los demás sí lo notan y termina por fastidiarles el que nosotros no hagamos el esfuerzo suficiente por superarlo. Se anima luego cuando el hombre inicia su investigación y nos metemos de lleno en las vidas de Laverde y de su mujer, una  norteamericana que viene con el Cuerpo de Paz. Por último, el encuentro con la hija de Laverde que completa toda historia, incluido el contenido de aquella cinta. Y final con el retorno del narrador a casa. Final abierto porque nos quedamos sin aclarar con exactitud quién y por qué matan a Laverde, y si el narrador recupera a su familia. 

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Me hace falta mucha novela contemporánea americana para poner en contexto esta. A este autor no sé de dónde lo saqué. Alguien lo mencionaría y de algún modo me hice con él. Tiene de interesante, por lo menos para mí, que solo sé de esos países cuando salen en los periódicos porque ha ocurrido alguna desgracia extravagante, que habla de la vida corriente de la gente en Colombia, una vida que a lo mejor no es tan corriente, o no sería corriente para mí, según mi propia cotidianeidad, pero que con seguridad tampoco es tan caótica como vagamente la imagino. El otro autor contemporáneo que recuerdo, Fernando Vallejo, me dejó una impresión bastante penosa de Colombia. De hecho no leí más de él porque destilaba un odio y un resentimiento salvaje contra sus conciudadanos. Y alimentaba con mala baba esa visión violenta del país. No recuerdo más autores colombianos si quitamos a esa clase olímpica que todos tenemos en mente, en mi caso el bueno de don Gabriel y  Alvaro Mutis. Ninguno de ellos habla de Colombia, sino de otra cosa. 

En fin, se termina el papel, como dice el poema. Saludos. 

Post data. Me olvidaba de Fernando González Ochoa. Al que tengo que volver cualquier día de estos. Que sus lectura siempre son placenteras. 

martes, 30 de septiembre de 2025

El rey Lear, de William Shakespeare

 


El otro día ví la película. Me gustó más el libro. 

No, no es verdad. Hasta creí reconocer palabra por palabra algunas frases. A veces, las traducciones no tienen muchas opciones. O que tal vez quienes redactaron el doblaje usaron la misma traducción de Blanco Prieto (*)que yo leí. 

Leí la obra de Shakespeare porque quería comprender un poema de José Hierro, Lear King de los claustros

Leí a José Hierro porque me llamó mucho la atención, la atención que le prestaban a la publicación de su Cuadernos de Nueva York. Y no me desagradó. Allí encontré el poema. Y que yo andaría enamoriscado en aquellos tiempos seguramente. 

-o-

El rey Lear decide jubilarse y reparte su reino entre sus tres hijas. Pero antes les pide, les exige a cada una que le demuestren su amor expresándole verbalmente cuánto le aman. Las dos hermanas mayores no tienen ningún inconveniente en inventarse una retahíla de empalagosos sustantivos, de metáforas exageradas y absurdas para exaltar su amor por el rey, pero la hermana menor no dice nada. ¿Nada?, dice el rey, La gratificación por nada es nada. Y la despoja de su tercio que se lo reparten las otras dos. 

La hija menor no ama menos a su padre. De hecho todos daban por sabido que la hija pequeña es la que más sinceramente amaba a su padre. Las otras dos solo esperan a que el viejo abicara para cobrar su herencia. Cada una estaba ya casada y esperando el pastel. Y el padre, todos lo sabían, tenía preferencia por la hija menor. Pero estaba tan lleno de soberbia regia que necesitaba oír la sumisión en bellas palabras. Y la hija pequeña no era sumisa, no estaba sometida. Su amor no era falso y no iba a emplear falsas palabras para expresarlo y así contentar a su padre. Total, la despoja y la casa con el que la quiera, que fue el rey de Francia. 

Por otro lado tenemos al bueno de Glócester. Que tiene un hijo natural y otro legítimo. El hijo natural no está contento con ser un simple bastardo. Él quiere tenerlo todo. Y se las arregla para enquistar al padre con el hijo legítimo. De una manera tan burda que pone a Glócester a la altura de entendimiento del rey, es decir, está tan acostumbrado a mandar y ser obedecido que no se le ocurre pensar que le estén mintiendo en la cara y con burla además. Una carta que el bastardo simula esconder denuncia al hijo legítimo como tramando una felonía. Por otro lado, evitando que ambos se encuentren y así se aclare el desencuentro, recomienda al hermano no mostrarse ante el padre y huir, si no quiere enfrentar el cabreo monumental de este. El hermano huye del palacio. 

Ya está el rey en su jubilación. Una temporada con una de las hermanas y otra temporada con la otra. Pronto, estas se cansan. Primero le reducen su séquito, de cien a cincuenta, de cincuenta a veinticinco. De veinticinco a nada. Y el rey entonces se da cuenta de que ya no es «el rey» y se echa a la calle. 

Ahora es cuando empieza a comprender lo poco que es ser rey. Lo sabio que es su bufón, al único al que le permitía que le dijera verdades a la cara. Lo falso de la realidad desde la posición de rey, que se nos muestra halagadora, sumisa solo a la espera de ocupar su lugar. 

Por otro lado, entre las hermanas empieza a haber conflictos. En primer lugar, ha desembarcado el rey de Francia con sus tropas, viene a reclamar el tercio que le corresponde a su esposa. El hijo ilegítimo de Glócester aprovecha la ocasión para destacar seduciendo a una y luego a otra de las hermanas. Estas desconfían de Glócester con el cual las ha malpuesto el hijo ilegítimo, aduciendo que está de parte de la tercera hija. Como castigo le sacan los ojos y lo echan a la calle. 

Ya los tenemos a todos en la calle lamentando su mala suerte. La hija tercera, se entera de la situación del rey y lo rescata. El rey, ya despierto de aquel sueño, comprende cuán injusto ha sido con su hija. Glócester encuentra a un buen samaritano por la calle que lo ayuda y acompaña, más tarde se revelará que ese samaritano es su hijo legítimo, entonces comprende todo el engaño. 

Y ya abocamos hacia el final. El rey de Francia es derrotado y la tercera hija y el rey son prisioneros. Una de las hermanas manda matar al rey y a la hermana. El  hijo legítimo de Glócester reta a su hermano y le vence, matándolo. Una de las hermanas, muy afectada por la muerte de su amante, se suicida. La otra hermana, también manifiestamente afectada por la muerte de su amante, es asesinada por su marido celoso. El rey, que se había salvado, no así su hija, muere de dolor. Se los llevan a todos en un carrito. 

Con toda esta explicación ya se puede leer el poema de José Hierro. 


(*)No he dado con este Blanco Prieto, con certeza, pero me gustaría que fuera el que alude en la Wikipedia como Amancio Peratoner dramaturgo, traductor, escritor y erotómano español.



jueves, 6 de febrero de 2025

San Mao, Diarios de las Canarias.

Estoy a punto de terminar Los Diarios de las Canarias, de San Mao. Una escritora completamente desconocida para mí hasta que empecé a ir habitualmente a la playa de Hoya Pozuelo, al lado de Playa del Hombre donde por lo visto vivió la escritora. Se veían chinos por allí algunas veces, lo que resultaba raro, los chinos no son la habitual fauna turística. Luego habilitaron un parque  infantil con dedicación a San Mao. Y antes o después estuvo el documental de Susi Alvarado: San Mao. La vida es el viaje, que aún no he visto pero que en realidad fue el que me descubrió a la conciencia la existencia de esta escritora. 

Me gusta la escritura de viajes, y la mujer tiene fama de viajera. Un día me compré uno de sus libros, que al parecer pocos son los que están traducidos al español. Y por fin ha caído. 

No es en realidad un libro de viajes sino un libro de estancia. Habla de su estancia en Canarias, y España, en general,  de sus amistades, de su enorme don para convocar gente a su alrededor. 

Lo que más sorprende , o me sorprende a mí, es la falta de sublimidad de estos libros, una falta absoluta de épica, de misterio, en fin de esas cosas que parecen ser las preferidas del gran público y que hacen de los grandes escritores grandes escritores. Y sin embargo es una de las grandes escritoras de China, según parece. Desde luego de lo que se lee sobre ella y en lo que escribe ella misma da la impresión de que vive holgadamente de lo que escribe. 

Tampoco es la habitual escritura femenina de confesión de emociones y sentimientos, de expresión de conflictos personales y sociales, sentimentales, etc., eso que llaman autoficción, etc. No, al contrario, la mujer explora muy poco en sus propias emociones, recuerdos o sentimientos. Su escritura, al menos en estos textos, es simplemente cotidiana. Es un relatar de un día a día de una persona, eso sí, con una fuerte componente de comunicabilidad, capaz de hacer amigos sinceros, incapaz, también, por lo que cuenta, hacerse enemigos, aunque eso no la hace débil de carácter en absoluto, al contrario, en los relatos demuestra un carácter muy afianzado muy confiado en sí. 

Da una fuerte sensación de honestidad y atrae por eso, creo yo, su lectura, no por sus contenidos mismos. También una sensación de libertad, de hacer lo que desea cuando lo desea y no hacer lo que no desea hacer. No tiene ataduras emocionales, su emociones y sentimientos por los otros son sinceros, pero no son limitadores.  En algunos momentos a uno le parece hasta un poco bruta en el trato, pero eso es parte de lo maravilloso de su escritura, ella lo relata igualmente con una inocencia absolutamente falta de dobleces. Habla, en algunas ocasiones de remordimientos, de pena por los otros, por causarles algún dolor, pero sin desgarramiento sin autoflagelación. 

No es el contenido de los relatos lo que atrae en esta lectura sino la presencia y la esencia de ella-personaje en ellos, me parece a mí. Ignoro cómo son sus otros escritos, sé que tiene ensayos y ficción, y artículos en revistas, según la wikipedia, no me parece que destaque precisamente por su estilo literario – claro, es una traducción del chino, que no es precisamente un lenguaje afín al europeo y por lo tanto cuyos criterios de lo literario, lo poético, necesariamente deben diferir de los nuestros – a lo mejor sí, allá en su tierra. Aquí, o al menos en este libro, su valor es este otro, el mostrarse como una persona, realmente fascinante, sin que eso signifique un grande hombre, como decía Fernando González Ochoa (uno que yo conozco), no sé cómo explicarlo, es simplemente una persona envidiable en su simplicidad del vivir. O algo así.  

jueves, 24 de octubre de 2024

Viejos marineros tuertos

 En el capítulo 9 de El viento entre los sauces, de Kenneth Grahame, la rata de agua se muestra inquieta porque todos los animales del bosque andan ya pensando en mudarse al sur, en preparar el invierno, cuando apenas estamos acabando el verano. No sé, está inquieta, preocupada porque todos parecen estar ya deseando marcharse de aquel recodo del río suyo que ella ama tanto, que le parece el mejor lugar del mundo pese a que no ha visitado otros lugares. Los pájaros pían planeando las rutas, los ratoncillos del campo recogen sus enseres de las praderas que pronto volverán a ser aradas, ya recogido el trigo, todos están ocupados y no tienen tiempo de, como les sugiere la rata, darse una vuelta por el bosque o echarse un rato a charlar junto al río. ¿Qué encontrarán de fascinante más allá, en ese sur, que cuando llega este tiempo tanto añoran?

Paseando desganada se tropieza con una rata de mar que parece venir de muy lejos. Esta le cuenta su historia. Viene de Constantinopla. Siempre ha estado viajando, no soporta permanecer demasiado tiempo en un solo lugar. Su vida es el mar. Rodar de puerto en puerto. A veces, solo a veces, añora un poco de tierra adentro. Por eso la encuentra hoy aquí. Ha ido a visitar a unos familiares hacia el norte. Pero pronto ha sentido el gusanillo del viaje y aquí está de nuevo. Baja por el río para llegar hasta el puerto y en cuanto pille un barco, uno cualquiera, el de nombre y bandera más exótico, a ese se subirá para explorar nuevos mares si es que le queda algún mar desconocido: Ciudad del Cabo, Kuala Lumpur, Antananarivo, Nuuk.

La rata de agua queda fascinada con la historia de la rata viajera, completamente hipnotizada. Así vuelve a casa casi sonámbula, prepara una bolsa con cuatro cosas y se dispone a marcharse siguiendo los pasos de aquella. Por suerte aparece el topo justo en el momento en que iba saliendo. Ve esa neblina de ensueño en sus ojos y la reconduce de nuevo hacia la casa, la hace sentarse y pensar lo que está haciendo. La rata despierta en medio de una angustia sorda, un vacío existencial, un no saber.  Pero ya más calmada. 

El astuto topo le deja a mano un papel y lápiz para que la rata pueda dejar salir los últimos efluvios del ensueño que la ha poseído. 



lunes, 30 de noviembre de 2020

El extraño caso del timonel, relato leído de Rafael Arozarena


 

Un extraño relato de Arozarena con esos ambientes oníricos o fúnebre o  ... que caracterizaban a los fetasianos como Isaac de Vega, Rafael Bermejo o Jose Antonio Padrón (aún no leído, por cierto, pero estoy en un tris de)

jueves, 9 de abril de 2020

El largo adiós en corto

Marlowe conoce al tal Terry en circunstancias lastimosas. Su mujer lo deja tirado a la salida de una fiesta, completamente borracho. Le cae bien, el tipo, tiene los ojos verdes, parece un buen muchacho, le ayuda. Lo lleva a su casa, lo acuesta y lo arropa. Cuando despierta le hace café.
Se vuelven amigos. Toman unas copas por la tarde un par de veces en semana. A Terry no le gusta demasiado ese ambiente ricachón en el que vive, está casado con la hija de un magnate de los periódicos.
Un día, Terry llega por sorpresa y le pide que lo lleve a México, sin preguntas.
Cuando regresa, la policía le está esperando. ¿Qué sabe del asunto? ¿Qué asunto? Terry ha matado a su mujer, y no por descuido, le destrozó la cara.
Le molestan un poco, pero no le sacan palabra. Un detective no puede andar largando sobre sus asuntos a la policía, qué clase de negocio sería ese.  Lo encierran un par de días y cuando le dejan salir es porque Terry se ha suicidado y ha dejado escrita una confesión. Caso cerrado.
Marlowe no puede creerlo. Es todo demasiado limpio. A los días recibe una carta póstuma desde México confirmándole, agradeciéndole (5000$) y disculpándose.  Marlowe sigue sin creerlo.
El padre de Silvia, la occisa, es Harlan Potter, tiene cien millones y es muy celoso de su privacidad y de su tranquilidad, y su hija tampoco es que le hiciera mucho tilín. Prefiere silenciar todo el asunto, que no se investigue demasiado, que no se publique demasiado, que no se pregunte demasiado. La policía no investiga demasiado. Los periódicos no publican demasiado. Hasta un amigo de Terry, un tal Mendoza, le «pide» a Marlowe que no pregunte demasiado.
Algo de publicidad sí que hubo en los periódicos. Marlowe, el detective silencioso. Eileen Wade le contrata para que encuentre a su marido, un escritor borrachín. Viven en el mismo barrio en el que vivían Terry y Silvia. Ella era un putón, se cuenta. Eileen es un monumento a la desesperación carnal de los hombres que no pueden poseerla. Wade, un borracho atormentado y con cierta tendencia a la violencia sobre esa preciosísima y desvalida Eileen. A Marlowe también le cae bien Wade. Algo le atormenta, ¿qué? Marlowe sospecha que el tipo sea el asesino de Silvia, y no Terry. Marlowe cree que el tipo también lo sospecha, aunque no lo puede saber con seguridad, las cosas se le olvidan, a veces, por eso bebe. Tan pronto está bien como recae y entra en un torbellino de botellas y gestos violentos. Pero en realidad nunca le vio hacer algo reprobable. Sí, expresaba sus ataques de celos con mucha mordacidad. Y aquel tiro en el techo que Eileen pudo evitar que fuera a parar a otra parte parece un claro precedente. Al final lo consiguió. Un tiro en la sien, tirado en el sofá. Justo cuando pasaba la lancha. Mientras Marlowe estaba fuera, en la playa. El servicio tenía día libre y Eileen había ido a comprar. Llegó justo después del suceso. Todo resulta muy complicado para que Marlowe lo sepa interpretar con precisión. Para la policía está claro, suicidio. No se hable más. Y es una orden. Pero las órdenes no van con Marlowe. Sigue indagando hasta que por fin lo tiene todo claro. La obliga a confesar.
Terry no se llamaba Terry, sino Paul. Al menos cuando vivía en Inglaterra, durante la guerra. Cuando le pillaron en el frente y le hicieron aquellas marcas en la cara. Le salvó la vida a sus dos amigos Mendoza y Randy Starr. Eileen  conoció a un tal Paul en Inglaterra. Fue su gran amor. Pero desapareció. No volvieron a verse. Ella lo recuerda todavía. Está dispuesta a confundir a Marlowe con él, en determinadas circunstancias. Como se dice vurgarmente los cabos se van atando. Los dos Paules son el mismo. Ella lo había reconocido. Él ya medio la había olvidado. Pero ella no. Wade había tenido una relación con Silvia. Y Eileen estaba celosa de Silvia, pero no por Wade, sino por Terry. Ella la mató. También ella mató a Wade simulando un suicidio. En realidad estaba un poco loca. Se tragó cuarenta pastillas de seconal que le recetaba el doctor Loring para cuando le doliera la espalda..
Todo sale en los periódicos. Terry queda rehabilitado, pero nadie parece estar contento. A la policía no les gusta que los ridiculicen en público. Al padre de Silvia no le gusta que le sigan molestando en su intimidad con estos pequeños asuntos personales. Ni siquiera a los amigos de Terry les gusta que vuelvan a sacar su nombre en los periódicos. Ya le habían advertido. Y las amenazas se cumplen, Mendoza aparece con unos amigos a ajustar cuentas. Cuando yo digo silencio, hay que obedecer. Pero todo resultó un astuto plan policial para pillar a Mendoza, usando a Marlowe como cabra (¿No lo dijo así Linda?, “como cazan a los tigres en la India”, ¿cómo sabía ella?).  La segunda vez le envían a un mexicano de ojos verdes. ¿Raro, vedad?

jueves, 26 de marzo de 2020

Cortázar y Hesse (y también yo)

Ayer escuché una crítica de Julio Cortázar al libro de Herman Hesse Demian,  (Por cierto, en el vídeo se dirige a un tal Ricardo, ¡qué casualidad!) que en realidad se hacía extensible a toda la obra del autor. Se hacía corroborar por Kurt Vonneguth, del que había leído hacía unas semanas unos artículos en los que también ponía a caldo a Hesse. No obstante admitía que el libro lo había leído en su juventud y que apenas lo recordaba salvo por unas notas que tras su lectura había tomado y olvidado en algún sobre, que, por cierto, había recuperado recientemente.
Tachaba el libro de ridículo e inverosimil en sus, digamos, propuestas morales. Engañoso e irreal en sus propuestas de búsqueda de realización personal solo en el propio individuo desdeñando el entorno como influencia y como zona de actuación, y también de transformación por parte de uno. Adolescente, o encaminado a atraer adolescentes, en la profusión de personajes misteriosos, un punto inquietantes, con extraordinarias capacidades, inteligentísimos y clarividentes que parecen estar flotando por encima de los convencionalismos sociales.
La admiración, dejarse sugestionar por todo eso es lo que considera Cortázar, y también Vonneguth, que es una peligrosa actitud adolescente. Peligrosa en el sentido de que los aleja de los problemas reales de la sociedad y por lo tanto los inhabilita como agentes transformadores.
Escuché, incómodo, esta arenga anti Hessse porque, mientras friego escucho un audio libro de Hesse, leído con un exótico acento mexicano que le suma atractivo. Y esa escucha-lectura es uno de los momentos más agradables del día. Me salgo completamente de lo que estoy haciendo, que sigo haciéndolo automáticamente, y me voy por esos andurriales que recorre Emile Sinclair. Y en esos momentos que reflexiono sobre el placer que me proporciona, me doy cuenta de que pocos libros me lo dan. Ni punto de comparación, por ejemplo, con la dura cuesta arriba que significa avanzar día a día en las interminables descripciones-reflexiones de ese narrador de La Peste cuya voz narrativa te deja fuera de la historia (en cambio la de Emile Sinclair, que también es en primera persona, no) a fuerza de masticarlo todo a veces de una manera un poco absurda, o será que yo, ahora dudo, puesto que Cortázar me califica de adolescentoide, no alcanzo a comprender esas profundísimas consideraciones que allí tienen lugar.
Estoy, declaradamente, más del lado de Hesse que del lado de Camus (¡eh, cuidado, Camús a muerte!). Las novelas de Hesse me parecen más productivas en el sentido de llevarme a reflexionar sobre mí mismo y sobre mi personal situación en este mundo, mientras que las novelas de Camus, y en general la filosofía, lleva más a reflexionar sobre nosotros y nuestro papel en este mundo, una preocupación que me parece más estéril, más literaria en cuanto que diluye nuestro comportamiento personal en la masa. Supongo que tengo que darle la razón en eso de que tales novelas, las de Hesse, fomentan un individualismo fantasioso, que ofrecen un “escapismo de alta calidad”, que es lo que ofrecen, por cierto, los libros de auto ayuda, los cultos orientalista, las terapias alternativas y toda esa pesca, y que entre los insignes intelectuales tiene tan mala prensa, tanto desde el punto de vista de la calidad literaria como desde el punto de vista del pensamiento, al que se le atribuyen un excesivo uso de eslóganes y lugares comunes. Y sin embargo no percibo en el pensamiento oficial, en la filosofía de alta cuna más que palabrería y sí, observación y análisis, pero absolutamente ninguna capacidad de actuación, pura literatura de envanecimiento, y en cambio todos estos movimiento pseudo (científicos, filosóficos, religiosos) al menos ofrecen una guía de acción directa, de actuación inmediata, que llevará o no llevará a un mejor destino pero al menos hace removerse al individuo en su interior, cuestionarse, preocuparse de su actitud interior frente al mundo y tratar de modificarla, cosa que por lo visto en las ciencias y filosofías oficiales está visto como una ridiculez. Nos falta mucha educación sentimental y emocional y quienes se han encargado de esto tal vez no sean precisamente los más preparados y muchos se aprovechen económicamente de este nicho de mercado, pero esto ocurre porque simplemente, en la oficialidad se ha hecho una dejación espantosa al creer que las matemáticas y la ciencia en general transforma más una sociedad que la psicología individual y de masas que solo sirve para poder vendernos productos más eficazmente.
Así que voy a seguir escuchando y disfrutando a Hesse –ya me he bajado también Siddharta–  y para no perder perspectiva seguiré empeñado en llegar al final de este terrible episodio de peste que están sufriendo en Oran, que, por suerte, estoy observando desde fuera, sin implicarme, y, a veces, sin enterarme
“Sin salir de la sombra, el doctor dijo que había ya respondido, que si él creyese en un Dios todopoderoso no se ocuparía de curar a los hombres y le dejaría a Dios ese cuidado. Pero nadie en el mundo, ni siquiera Paneloux, que creía y cree, nadie cree en un Dios de este género, puesto que nadie se abandona enteramente , y que en esto por lo menos él, Rieux, creía estar en el camino de la verdad, luchando contra la creación tal como es: 
—¡Ah! — dijo Tarrou —, entonces, ¿esa es la idea que se hace usted de su oficio?
—Poco más o menos —dijo el doctor volviendo a la luz”
(Me permito anotar aquí que, a) ¿de verdad estamos hablando, está hablando Camús, de creer o no creer en Dios a esas alturas del siglo veinte en que escribió la novela? b) me temo que es un punto de vista muy occidentalista; cuando escuchamos hablar de las cosas que sí que hacen por sus creencias en dios en orriente,nos llevamos las manos a la cabeza y simplemente los llamamos locos. Lo mismo no están tan locos y sí que creen en Dios ¡a muerte! (no soy capaz de creerlo, pero tal vez  sea por que soy occidental).

martes, 9 de abril de 2019

Poema en línea recta, de Fernando Pessoa




Parecía como que la bolsa me estuviera instando a que la siguiera, se movía a unos pasos delante de mí y si yo me paraba ralentizada el movimiento. A la altura del árbol se elevó porque supongo que el aire allí formaba unas turbulencias. La perdí por un momento, pero luego pasados los bancos la volví a ver. Como si me esperara, continuó cuando me acerqué a ella. Siempre unos pasos delante de mí. Se paró y casi que señaló a la entrada de esa casa. Luego se quedó allí como esperando que yo me decidiera a tocar.


sábado, 6 de abril de 2019

Disputa con su espíritu de un hombre cansado de la vida

Es un poema egipcio de la XII dinastía. Ese es el título que aparece en el libro de historia donde lo descubrí. Luego, leyendo el poema, no percibes ninguna disputa ni ningún diálogo como dice el título de la página en internet donde encontré el poema. Más bien todo el poema es una constatación por medio de símiles del deseo de morirse de una santa vez de una persona que ya está un poco hartita de vivir. La muerte es mostrada en todos los casos como un lugar de reposo, un lugar en el que estar a salvo, un lugar de descanso tras el intenso y obligado ajetreo de la vida, y cosas tan sutiles como la de "un buscador llevado a lo que ignoraba" es decir, la novedad, lo nunca visto que es lo que más placer causa a los buscadores.

La muerte delante de mí hoy está
Como la salud para el inválido
Como superar la enfermedad.

La muerte delante de mí hoy está
Como el perfume de la mirra
Como sentarse bajo la tienda en día ventoso.

La muerte delante de mí hoy está
Como el final de la lluvia
Como el retorno de un hombre a casa tras una campaña de ultramar.

La muerte delante de mí hoy está
Como el aroma del loto
Como sentarse en los lindes de la embriaguez.

La muerte delante de mí hoy está
Como cuando el cielo se despeja
Como un buscador llevado a lo que ignoraba.

La muerte delante de mí hoy está
Como el afán de un hombre de ver su casa de nuevo
Tras innumerables años de cautividad.

(lo pillé de www.egiptoforo.com )

martes, 15 de enero de 2019

Avenida de los Misterios

Ya sé por qué viaja José Diego Guerrero, el escritor, niño de la basura, cojo, a Filipinas. Y lo voy a contar.
Resulta que:
José Diego y su hermana se criaron en un basural, en las afueras de Oaxaca, ciudad de México. Punto uno.
A raíz de un accidente salieron de allí y se alojaron en un asilo para Niños Perdidos donde su madre, Esperanza, que también es puta en la Calle Zaragoza, trabaja limpiando. Los niños acostumbran, si no los pillan, a escaparse por las noches y pasear por la calle Zaragoza. Usan un truquito con las pistolas de agua, que rellenan con zumo de remolacha, para sacarle cuartos a los crédulos -"llueve sangre"-, pero eso no lo hacen en la calle Zaragoza. Allí solo pasean. Tratan de descubrir a su madre en plena faena, pero ella nunca está a la vista en la calle Zaragoza.
En cambio sí se encuentran con Flor, una travestida que, por detrás, se parece mucho a Esperanza. También se encuentran con el gringo bueno, un muchacho que ha huido del reclutamiento. No quiere ir a Vietnan. Se ha tatuado un gran Cristo en el pecho y una bandera americana en el culo, que parece rota por la raja, pero no le ha servido de nada. Por eso ha tenido que huir. Flor y los niños de la basura lo recogieron del suelo e impidieron que los tipos del hotel siguieran pegándole. Por lo visto no le había pagado suficiente a una de las putas.
Se lo llevaron al asilo y consiguieron meterlo en la cama a escondidas de las monjas. Al día siguiente se armó un buen guirigay cuando la patrulla desfilante de niños al mando de sor Gloria lo descubrió desnudo en la bañera. Pero antes tuvo tiempo de contarle a Juan Diego su historia. No quería ir a Vietnan porque primero tenía que ir a Filipinas y saludar a la tumba de su padre. El padre del gringo bueno era más joven que el propio gringo bueno ahora. Murió en la guerra. O más bien, murió después de la guerra, porque ya la guerra había terminado cuando lo mataron, pero quienes lo mataron aún no lo sabían.
El gringo le hizo prometer a José Diego que si él no lo hacía, el propio José Diego iría un día a Filipinas a visitar la tumba de su padre. José Diego dijo que lo haría, sin saber muy bien lo que estaba diciendo, pero más tarde se hizo a sí mismo el juramento de que cumpliría aquella promesa.
Y eso nos lleva a Manila, al hotel Makati Shangri-la en donde hay una pecera con peces muertos porque el termostato se ha estropeado. Solo sobrevive la anguila -más bien morena- que lo mira con furia.
No he hablado de los perros de las azoteas. ¿Son perros fantasmas o no? Ni del circo, pero eso no toca todavía.
Seguiremos informando.
Detecto una sobreactuada afición a montar escenas caóticas en esta novela. Este tipo de escenas, son, no obstante, una marca de la casa -digo del autor-, pero me está dando la impresión de que en esta novela en particular abusa de ellas: La escena del baño de José Diego en Hong Kong, el accidente en el basural cuando Rivera le aplastó el pie con el camión, la conversación con el médico Vargas, esta escena del baño con el gringo bueno. No parecen tantas, pero estamos solo a mitad del libro.
No obstante tiene sobre mi un poder de absorción que es una delicia. Acabo de dejarlo y lo único que se me ocurre es venir a hablar de él. Y mientras, las aventuras de Orgetorix esperando. O el mismo Harari que con un par de horas o tres de lecturas le podría dar el remate.

lunes, 17 de diciembre de 2018

El filo de la navaja

Lo primero que me llamó la atención es el rodeo que hace para llegar al personaje central –o al que yo consideraba que sería el personaje central del libro a partir de la idea que de él me había dejado la película, que, por cierto, hace tiempo que no he visto y que no recuerdo más que vagamente–. Maughan, que es un escritor, conoce a Elliot, un snob americano en París que tiene buenos contactos con la gente elegante. Elliot le cobra cierto afecto a Maughan y sus encuentros menudean. Así Maughan acaba conociendo, en uno de sus viajes a Estados Unidos, a la hermana de Elliot, Mildred y a su hija, Isabel, la cual está en relaciones, por el momento informales, pero muy estrechas, con un tal Larry.
¿Es Larry el personaje central del libro? No estoy muy seguro, pero sí es el que lo coordina todo. Hay, a mi juicio, una contrastación entre Larry y Elliot en la que sin menospreciar a este último sale ganando, moralmente, el primero. Estoy a mitad del libro, así que las cosas pueden torcerse.
Repugna un poco el ambiente social profundamente, o altísimamente, elitista en el que viven todos ellos. Elliot con plena conciencia, su buen trabajo le cuesta. Isabel y Mildred, y Grey, el marido de esta, de una manera «más natural», y lo entrecomillo porque desde mi punto de vista esa forma de vivir en el mundo es lo menos natural que pueda despacharse. Es como vivir en las nubes y quejarse ante el roce de una brizna de algodón.
Ahora Grey e Isabel están completamente arruinados, a causa de la crisis del 29, y viven en París, acogidos por Elliot. Grey sufre unos espantosos dolores de cabeza y solo se distrae jugando cada día al golf. Isabel se atarea cuidando a las niñas ...(en las varias escenas en que aparecen, entran de la mano de una nurse, saludan a mamá y al invitado y luego se retiran discretamente. Son deliciosas)
Han transcurrido más de diez años desde la última vez que vimos a Larry. Ahora aparece con serenidad, un autocontrol, un distanciamiento. Semejante al que ya tenía desde antes, pero más elaborado. Ya no muestra aquella inquietud, aquella insatisfacción por conocer. Aún me falta ese, estoy seguro, encuentro con Maugham que nos aclarará todas las vicisitudes por las que necesariamente ha tenido que pasar durante tantos años, tantos viajes. La última vez que supimos de él andaba vagabundeando por Alemania.
Seguiremos informando.  

viernes, 7 de diciembre de 2018

La muerte de (el libro de) Knausgard


Pues me acabé el libro de Karl Ove.  Y sigo sin comprender las razones por las que lo escribió. No fueron, ciertamente, las de tratar de comprender al padre, explicarnos por qué un hombre normal, un padre de familia, profesor de instituto, acaba muriendo como muere ese hombre. La única conclusión apenas perceptible del libro es la comprensión del propio Karl Ove acerca de que tenía a su padre muy metido dentro; a pesar del rechazo que experimentaba por él, muchas de las cosas que hacía lo tenían como referencia. Las inexplicables lágrimas vertidas, a mi juicio, solo pueden provenir de la necesidad de un padre, que ahora ya, definitivamente, estará insatisfecha.
Ese  párrafo final acerca de lo que es la muerte, me parece a mí que es, también importante, pero más racional, más para, eso, dar una razón a la escritura de este libro.
Así que cierro el libro, me lo meto en el bolsillo, llamo a Poncho y emprendemos el regreso. Se oyen los gritos de los entrenamientos en el Pepe Gonçalvez. Nosotros subimos hacia la Avenida Escaleritas por el parquecillo que hay enfrente.
Un anciano empieza a bajar las escaleras, a un lado el bastón, al otro la barandilla. Cada paso es dado con una lentitud minuciosa. Me ofrezco, mira tú qué jechura, a ayudarlo. El anciano me mira, luego mira hacia adelante, hacia abajo y continúa su proceloso descenso.
– No, gracias, muchacho, no hace falta. No tengo prisa por llegar a ninguna parte. Nadie me empuja. Esa, solo espera –dice señalando con un gesto de la cara hacia atrás. Miro hacia atrás, pero no hay nadie.
» Todo lo más –continúa– hace tintinear las llaves. No sé para qué lleva unas llaves. Pero las hace tintinear. Y pese a mi sordera las oigo perfectamente. Y oigo perfectamente cada grano que cae. Y sigue cayendo, y no se acaban nunca. Que si no fuera por esta artrosis y el dolor de cadera le aflojaba un bastonazo a esa puñetera clepsidra que ibas a ver tú si se acababa o no se acababa todo de una vez...
Así siguió bajando y hablando y bajando. Poncho y yo lo miramos un buen rato. Dejamos de entender lo que decía. Me aseguré que llegaba sano y salvo al siguiente descansillo y luego continuamos escaleras arriba. Vamos Poncho. A ver si miramos qué vamos a leer ahora.

Postdata: Voces de Chernobyl, de Svetlana Aleksiévich

viernes, 16 de noviembre de 2018

Su lucha

Dice, o vengo a entenderlo yo, Karl Ove, que el propósito de su escritura es recrear el allí, así lo dice él, el allí. Yo interpreto: el momento y el lugar de un pasado en sus detalles, que no tienen por qué ser los más relevantes o los más llenos de sentido para lo que venga después, sino simplemente los que uno recuerda, que muchas veces nunca sabe uno por qué recuerda unos detalles y otros no. También cuenta que un amigo le recrimina que en sus textos no hay una historia. En efecto no percibo un motivo o  más bien una dirección hacia la que apunte lo que va contando. No hay una conclusión de la historia y suculun suculorun, no hay una moraleja, una anécdota que recrear, hay solo un fluir del texto y de la vida que el texto intenta reflejar. Y digo del texto porque está escrito, pero la palabra tampoco tiene relevancia, quiero decir, es solo un medio y no parece estar presente en la mente del autor ninguna intención de juguetear con sonidos, sentidos reflejos, metáforas, etc. salvo las estrictamente necesarias para reflejar lo que quiere contar. En lo del flujo debo tener razón porque ya va por seis libracos y si la referencia a En busca del tiempo perdido del primer capítulo tiene algún sentido, lo mismo le falta un séptimo. Esta sería la única relación porque me parece que el propósito de la obra de Proust era otro, mucho más relacionado con la melancolía de unos tiempos ya perdidos, con unas atmósferas, con una emociones, retorcidísimas, por cierto, y contadas al milímetro en los últimos libros. En fin, no los creo comparables salvo numéricamente, si es que este hombre, que todavía es un chiquillo, como quien dice, se para en el séptimo.

miércoles, 20 de junio de 2018

Artículo reseñístico rechazado en las más prestigiosas publicaciones del ramo.



Inmejorable reseña del libro Inventos y Mixtificciones de Riforfo Rex (por su propio autor)


Hace ya algún tiempo, en diciembre de 2016 hirió la luz sus figurativos ojos, que se publicó este libro del que hoy nos ocupamos, tal vez una ocurrencia humorística de la Editorial Mercurio o el exceso de ociosidad de su editor don Jorge Liria. Pasó en su momento desapercibido y no creemos que su destino sea otro después de esta breve reseña que le dedicamos, quién sabe por qué: por lo extravagante, tal vez, de su propuesta, por lo infame de su estilo, por lo irrelevante de su contenido. Ojalá nos equivoquemos porque significa que aún hay sorpresas que nos aguardan en la vida pese a las frustrantes perspectivas.
Su título ya es un fraude, Inventos y Mixtificciones, y el supuesto patronímico de su autor una regañisa, Riforfo Rex. Todo viene, supuestamente, a cuenta de cierto personaje barojiano del cual luego no se aprecia rastro alguno en la obra en curso, resultando una referencia ciega y gratuita.
Se compone de una serie dispareja, tanto en dimensiones como en calidad, los hay malos y los hay peores, de relatos absolutamente heterogéneos, resultando una miscelánea sin ningún nexo de unión salvo una extravagancia pronunciada que los contamina a todos y que debe ser, sin duda, la firma del autor. Sin llegar a ninguna conclusión acerca de por qué han sido agrupados de esta manera, el índice nos indica que se han clasificado en 9 epígrafes: Espejismos, Inventos, Noticias, Re-visiones, Desclasificados, Cuatro Elementos, Smoking Room, Las Esmeraldas Salvajes y El Capitán Nombrete y su Grumete Cacaculo.
Espejismos encierra, aunque no lo suficiente como para protegernos de su lectura, unos doce relatos. En ellos podemos encontrar tanto estupideces acerca de los espejos sin ningún fundamento científico (¿un espejo que refleja si no hay luz?) como extravagancias erotizoides con frutas y hortalizas. Solo puedo decir de ellos que el espejismo a que alude es el que sufrió el autor cuando se atrevió a pensar que algo de lo que aquí se contiene podría interesar a algún hipotético lector.
Inventos tiene, me aventuro a sugerir, el propósito de indicar que los relatos enmarcados tratan de abordar de algún modo contenidos científicos, les ilustro: desde unos jóvenes que consiguen colorear las secreciones gaseosas gástricas (vulgo bufos) hasta una máquina fotográfica que hace desaparecer el paisaje. No sigo, porque todo resulta tan absurdo que cualquier ánimo mínimamente racionalista es incapaz de soportar tanta insensatez.
Pasamos a Noticias, donde este siniestro personaje que se hace pasar por autor ocultando su verdadero nombre, queremos suponer que de la vergüenza que esta publicación le hace pasar, ha tenido el atrevimiento de creer que imita, de alguna manera, el estilo periodístico, citando, incluso, para, de manera completamente naif, hacernos caer en el engaño, algún titular de actualidad, en su momento. No lo consigue, por supuesto, obteniendo a cambio solo disgusto y desprecio. Destacar como particularmente desafortunada la insersión en este apartado de un primer relato en el que simula un estilo literario epistolar pero redactado por un supuesto personaje del siglo dieciséis narrando una grotesca aventura que sugiere un cruce temporal. «Particularmente desafortunada la insersión», aunque absolutamente irrelevante, porque, si ello enmendara el libro en algun grado, hubiera encajado mejor en la sección Inventos.
Y llegamos a las sección Re-visiones. Re-pelentes relatos revisando, si eso es lo que quiere referenciar el epígrafe, a grandes autores consagrados, que, si esto fuera de verdad una religión como dios manda, merecerían someter al autor a un Juicio de Dios. El consabido dinosaurio de Monterroso, el castigado Bernardo Soares, el malparado Henry David Thoreau, o el desvirtuado Lewis Carrol son aludidos sin absolutamente ninguna gracia en estos textos sin gracia. Se atreve, incluso, a creer que le enmienda la plana al mismo Homero, y a sugerir una variante absolutamente herética de ciertas prácticas cristianas.
En Desclasificados debería haber insertado todo el conjunto por ahorrarnos trabajo, pues hasta ahora nada de lo que hemos mencionado merece ninguna clasificación. Pero hemos de señalar un único diamante en este barro, cierto Negro Asunto que no del todo mal consigue emular el ya, por otra parte, tan gastado género negro. El relato Loro Perro Gato y Yo, desde el título desazona, y su lectura, necesariamente perjudica al buen gusto y, seguro, estomaga.
Salto por encima de Cuatro Elementos, que no merece el sufrimiento de los lectores. Y aterrizo, tal vez con peor fortuna, en Smoking Room. Pretende simular un relato centrado en el hábito de fumar donde se narran circunstancias de una serie de personas que acuden a una terapia de deshabituación. Los relatos están desacordados, no se percibe un nexo de unión temático entre ellos, rozan el sentimentalismo y carecen absolutamente de profundidad psicológica. (¡qué podíamos esperar, por otra parte!, pero el rigor reseñista me obliga a mencionarlo).
Los dos últimos relatos, de mayores dimensiones que todos los anteriores, pero sin llegar a creer que el autor haya tenido que trabajar para completarlos, tal vez tengan alguna gracia, pero es muy probable que las levísimas simpatías con que los hemos leído solo se deban al hábito de hozar entre tanta miseria intelectual.
Las Esmeraldas Salvajes es un insostenible relato que si fuésemos tan osados como el autor podríamos enmarcar dentro de la ciencia ficción si no fuera porque no hay ciencia por ninguna parte , sobrando la desvergüenza por todas ellas; a destacar la del personaje, ya creado en otro relato de tan infausta memoria como este, del detective Ric Cardo, penoso y patético.
En cuanto al Capitán Nombre y su Grumete Cacaculo, si dijéramos que sus nombres guardan al menos cierta coherencia con el pésimo gusto que tiene el autor para elegir seudónimos ya estaríamos echando sobradas flores sobre esta narración que practica sin éxito una especie de recreación melíflua del mito del Judío Errante.
Y varias horas y muchas arcadas después puede usted decir, lector, que ha superado el ocho mil de la desfachatez de las letras canarias. Invaluable mérito que yo voy a ser el primero en despreciarle, que mejores actividades existen para malgastar el tiempo. Y si al menos pudiéramos hablar de estilo, de fluidez del lenguaje, de musicalidad, de cierta erudición, de alguna gracia; y si al menos el autor fuera guapo.




domingo, 22 de abril de 2018

Ciudades desiertas de José Agustín (Paseo al perro.)



Salgo en dirección al parque de los Juegos Olímpicos de México y después de que el perro eche un par de meadas en la hierba sigo  por Obispo Romo, cruzo y subo una calle por Carlos Mauricio Blandy para meterme por la del Letrado Ramírez Doreste y ya estoy en Henry Dunant. Pero en realidad la que quiero coger es Obispo Servera que tiene vistas a Schamman y a mi colegio, que en mis tiempos se llamaba Veintinueve de Abril y conmemoraba la victoria castellana sobre la barbarie aborigen. Después le han cambiado el nombre, cuando nos convertimos en región autónoma y orgullosa de su pasado. En este colegio hice la segunda mitad de mi egb. La primera la hice en un colegio privado. Uno pequeñín instalado en un piso –cuando nos portábamos mal la maestra nos ponía en el patio de rodillas y ordenaba a la vecina que estaba tendiendo que nos vigilara y si nos movíamos la avisara por teléfono, pero la vecina nos miraba, sonreía y nos guiñaba un ojo–. Aún existe la institución, aunque hoy ya es un imperio, entonces apenas llegaba a fundación. De aquí, del veintinueve, recuerdo a Agustín, un muchacho, algo mayor que yo, que tocaba, no recuerdo qué instrumento, en la banda de Agaete. José Agustín se llama el tipo, mexicano, cuyo libro ando leyendo. Un tal Eligio anda recorriendo los EEUU en busca de su esposa, Susana. La pinche Susana se le ha escapado tres veces y el muy… sigue creyendo que es suya y que no tiene ningún derecho a escapársele. La persigue, creo yo, por ese orgullo. Y ella se escapa precisamente por eso. Ella no es de nadie. Los Estados Unidos que pinta José Agustín son bastante fríos, –no solo porque estamos en invierno y ha empezado a nevar– desolados en el sentido humano: calles, eso sí, amplias, limpias, pero vacías, muertas, sin vida. Pueblos sin carácter, sin distintivo, gentes muy homogéneas, sin matices, y todas todas, orgullosas de su gran nación, condescendientes con las demás. En boca de algunos personajes, tanto mexicanos como americanos, se declara al pueblo yanqui un pueblo sin raíces, y por eso esa fascinación por lo exótico –Susana fue a EEUU invitada por una beca literaria en la que se invitan a escritores de muchos países a convivir durante unas semanas. Eso sí, todo pagado, todo programado, todo minuciosamente ordenado–. Yo bajo por las escaleras que hay junto al Club Natación Ciudad Alta, que vienen a dar a la parte alta de Mariucha. Por aquí subía yo todos los días hacia el instituto, que entonces era el Alonso Quesada y ahora es el Pablo Montesinos. Cambiaron el nombre o en realidad mudaron el nombre a un edificio nuevo, que está casi en frente. Justo en esta plaza, una vez, ya en COU, es decir, diecisiete años, el pelo muy largo, un chiquillo me llamó señora y me preguntó la hora. Mariucha llega a la avenida de Escaleritas y ahora veo en el mapa que aquella placetilla se llama Santa Juana de Castilla –¿Por qué le pondrán este nombre a esta plaza, quién será esta Juana? No es ninguna santa, es una obra de teatro de don Benito sobre la famosa hija de los reyes católicos– .Y ya estamos en la parte alta del Parque de La Ballena. Por aquí se ponen a danzar, algunos domingos por la mañana, unos taichistas, pero hoy no están porque ha llovido de madrugada y se mantienen una nubes amenazadoras por alli, por el sur. Me sorprenden los hombres con los que anda Susana, este Eligio, que es un animalito machote mejicano, aunque por momentos lo redime por ser tan espontáneo, tan dicharachero, pero no afectuoso, más bien distante en ese aspecto, y cuando lo dibuja, José Agustín, así un poco sensible, resulta patético y algo falso, porque es resultado de su dolor-rabia por el abandono, que es lo que realmente parece dolerle, más que la ausencia. Por otro lado está ese polaco, un oso enorme que no dice ni una palabra, pero ni una. Todo lo que él pueda o no sentir lo presupone ella de su mutismo. No reacciona ni cuando Eligio le golpea, que lo hace en un par de ocasiones. Él solo tendría que cerrar la mano en torno a la cabeza de Eligio para aplastarlo, pero nunca reacciona a sus ataques. Simplemente se deja golpear y luego se va. Ni siquiera huye, se va. Y nunca, nunca emite un sonido. Es de una dejadez absoluta. Y lo curioso es todo lo que elucubra Susana en torno a él, las razones por las cuales parece haberle tomado afición a ella, la sigue, la invita «con la mirada»  a su apartamento. Lee junto a ella. En algún momento le toma la mano de ella y la coloca sobre su pene… Imposible comprender las razones por las que una mujer quiera estar con un armatoste como ese. Pero ella está a gusto. Al menos un tiempo. Son absolutamente contrarios uno y otro, me refiero a Emilio y el polaco. Supongo que el contraste. Pienso sobre ello y de pronto me doy cuenta de que este libro lo ha escrito un hombre. Un hombre que habla sobre el comportamiento de una mujer. Aunque el prólogo es de una mujer, esta celebra el libro como La primera novela verdaderamente antimachista escrita en México (Elena Poniatowska) Me gusta este parque. Hay muchos arbolitos que, si los dejan crecer, algún día será un bosque digno. Aquí dejo suelto al perro, que corretea persiguiendo a las palomas, quedándose a olisquear y luego alcanzándome de una galopada. Camina a mi paso, que aunque voy leyendo no es lento, se aleja y vuelve otra vez. Creo que le gusta a él también. Luego pasamos por debajo del Puente de la Pepa  (en el mapa dice calle Sargento Provisional, y no parece que haya un puente. Que no se llama así sino que como se construyó en tiempos de la insigne alcaldesa Luzardo, pues así le he puesto) Desde arriba, en el google map, el parque parece la cabeza de un calvo con implantes. Es una foto vieja, ahora ya han crecido los árboles algo más que como aparece ahí. También se percibe en el solar de delante de la gasolinera una forma dibujada en la tierra. Digno de señalar entre esos misteriosos dibujos que se aprecian desde el google earth. (Este tiene explicación pedestre, ahí se instalan las carpas cuando pasan por la isla los circos y otros espectáculos flotantes)
Pasamos por debajo del estadio y continuamos la lectura. Desaparece Susana y Eligio se lanza tras de ella. Como no se le apetece ir solo se acerca a Irene, una chiquita norteamericana que estaba algo así como de becaria en el proyecto que le ha estado haciendo ojitos, y le dice “vamos”, y ella va. De nuevo esto me sorprende. ¿Hacen las mujeres estas cosas?, es decir, un tipo, como Eligio, que ofrece toda la desconfianza del mundo como compañero de cualquier cosa que no sea beber, te dice, vamos a recorrer en coche el país en busca de mi mujer y cuando la encuentre, adiós muy buenas. Y ella dice, ¡ah, vale!, y allá que se va con él. De nuevo hay que recordar que esto lo escribe José Agustín, no Josefa Agustina, pero no se me hace extraño, al contrario. Quiero decir, ¿qué piensa esa mujer? Bueno, ella también tiene esa necesidad de salir de allí, de aquella universidad muerta. Se dice, en este libro, que los americanos no tienen un hogar. Que están constantemente moviéndose por el país porque no sienten que haya un lugar al que estén atados. Eso viene por esa costumbre de que cuando terminan el bachillerato se vayan a una universidad que no esté cerca. Aunque vivan al lado de la mejor universidad del país, irán a una universidad que está a quinientos kilómetros de su casa. Eso está bien. Se supone que ese es el paso trascendental a la madurez, a la independencia, que muchos de nosotros, los que no hemos salido de un kilómetro a la redonda de donde hemos nacido, no hemos tenido. Empieza a llover otra vez, mientras escribo esto, pero ya voy llegando a la parte de abajo del parque, calle Virgen del Pilar, Pili, al otro lado hay todavía un solar. Yo subo por la calle hasta el concejal García Feo. Pensaba cruzar hasta Luis Benítez Inglot y atravesar el parque hasta Joaquín Blume, pero al ir a cruzar por el paso de peatones, dí un tropiezo y luego una mano de viento me quitó la gorra y la lanzó diez metros más allá. Me dije, vale, pues no cruzo. Y seguimos de largo hasta el parque de la iglesia Espíritu Santo, siempre por Joaquín Blume. Luego ese otro parque que no tiene nombre. Junto a la calle Cristobal Quevedo, donde una vez encontré un montón de libritos que, según me pareció, eran primeras ediciones de algunos poetas canarios. Desde arriba se ven una serie de círculos, son las estructuras del parque, no parecen tener funcionalidad ninguna, tal vez fueron concebidas como rincones de juegos, en la mayor hubo y algo queda, una cesta de baloncesto. Y ya llegamos a la Avenida Escaleritas. Al mismo tiempo Eligio se ha cogido una melopea de burro y se ha puesto a hablar solo delante de unos amigos de Irene, en Santa Fe, creo, y se ha dado cuenta de lo inútil que es perseguir de esa manera a una Susana que le huye. ¿Por qué encuentra esta mujer, Poniatowska, que este libro es antimachista? Supongo que porque pone en evidencia la ridiculez de ese comportamiento, pero desde luego el personaje me resulta desagradable. De hecho percibo un algo muy familiar en él, que he conocido en gente real, incluso en  mí mismo en algunas de sus actitudes.
Me quedan unas pocas páginas. Antes de llegar a casa, último capítulo, él ya llevaba un tiempo en México, otra vez, se disponía a salir para un ensayo –es actor– cuando nota que están manipulando la puerta. Agarra un cuchillo de la cocina, y se dispone a esperar lo que venga, y es ella, que ha vuelto...
Post Scriptum
Termina con él dándole unos azotes en el culo y ella comprendiendo que le ama.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Instantánea de mi estado de lectura

He dejado a George Borrow camino de León desde Valladolid. Pasó por Dueñas donde unos soldados, que resultaron gitanos, y a los que don Jorge habló en su propia lengua para que le reconocieran como uno de ellos, querían comprarle el caballo, del cual estaban muy admirados porque habían reconocido en él la raza de los granadinos.
Mientras, Chonkin tiene problemas. Un anónimo le ha denunciado como desertor. Pero Chonkin, advertido por Niura que los descubrió  de camino a casa atascados en el barro, se adelantó a los que venían a detenerle incorporándose a su puesto de guardia junto al avión y recibiéndo, como haría cualquier vigía al que se le ordenase defender un puesto, a tiros a los intrusos.
Sun Wu-Kung, después de conseguir armas para su pueblo, necesitaba una para sí. Las cimitarras, los arcos, las flechas, no le complacían. Los ancianos le informaron de que bajo el mar habitaba un rey dragón que le podría sumisistrar una. Bajó y no sin cierta presión hizo que el rey de las profundidades le cediera la Vara Complaciente, una vara de hierro negro y con puntas de oro que se pliega a los deseos de su poseedor legítimo, que por misteriosas razones parece ser el mismísimo Rey Mono.
Satisfecho con su arma, exigió también un traje de soldado adecuado a su dignidad. El rey de las profundidades tuvo que invocar a sus hermanos de los otros océanos. Todos bajo el temor de provocar la ira de Wu-Kung le regalaron unos vestidos de guerra que le agradaron mucho. Con todo ello se regresó a su casa y los atemorizados reyes redactaron una protesta contra este mono Sun que osaba atemorizarlos de esa manera.
Por último parece que Jubal ha conseguido dejar perfectamente arregladas en el ámbito económico y político las cosas que atañen a Valentine Michael Smith, El hombre de Marte. Ha comprometido públicamente a Douglas en ello. Veremos cómo continúa la cosa, porque no está claro que El hombre de Marte sea tan inocente emisario como parece, si no interpreto mal un capítulo que leí más atrás en el que se sugería que los marcianos tenían alguna implicación en el origen del cinturón de asteroides que posiblemente en alguna época anterior conformó todo un planeta.

martes, 6 de junio de 2017

El libro de San Cipriano

Entre los libros que no me compré en la feria del libro, de los muchos que me tentaron, está el Libro de San Cipriano. Un libro de sortilegios Tesoro de la hechicería. Leyendo a Washington Irving voy y me tropiezo, prácticamente en el último capítulo, con una alusión a San Cipriano, confirmándome que debí haberme comprado el puñetero librito.
Tenía, don Cipriano, fama de hechicero a fines del siglo III, allá en Antioquía o Cartago, por África sería. Se convirtió al cristianismo al observar cómo la hermosa Justina, a la que pretendía seducir con sus hechizos enviándole una partida de demonios, los rechazó virtuosamente con el solo gesto de trazar la señal de la cruz. Convenció tanto su conversión que lo nombraron obispo (peores serían los demás).
La estrategia no le iría tan mal que tiempo después, en los de Diocleciano, los atrapan juntos y juntos los martirizan, a ambos los decapitan y ambos son elevados al santoral.
Se cuenta que después de su conversión aún siguió practicando las artes oscuras, pero ahora para el bien. Nadie mejor que él para combatir las huestes del mal, que ya se conocía las mañas del enemigo por haber militado en sus filas.
El tal libro tendría su justificación en esta historia. Pero la historia tiene muchas ramificaciones.
Hay en Salamanca una cripta llamada Cueva de Salamanca, (pertenecía a la iglesia de San Cebrián. Isabel, la reina, mandó tapiar la puerta de la cripta, por motivos evidentes, y parece que estuvo desaparecida mucho tiempo. Actualmente se puede visitar turísticamente) que tiene fama porque la leyenda cuenta que allí daba clases el mismo Demonio. Lo hacía a solo siete iniciados y durante siete años. Al final del curso, al más destacado de ellos le cobraba la matrícula reteniéndolo para que ejerciera con él labores de asistente. Le tocó esta Matrícula de Honor al marqués de Villena (Enrique de Villena, 1270-1460), que en Salamanca tenía fama de interesarse por las artes siniestras, la astrología, la hechicería, la nigromancia. El astuto marqués quiso evitar su destino y se ocultó en una tinaja cuando el Demonio lo reclamaba. Como no acudía a su llamada, estuvo revolviendo y hasta salió a la calle a ver si lo pillaba corriendo, momento en que aprovechó don Enrique para salir de la tinaja y escaparse por la puerta franca con total tranquilidad.
El cabreo del Demonio fue tal que lo castigó borrándole su sombra.
El librito estaba en esa caseta que pretenden ser ediciones facsímil de los originales, donde se pueden encontrar cosas muy interesantes, como, probablemente, aunque todavía no sabía que me interesaba, la fuente de estas historias, entre otras, que nos cuenta don Washington, el Teatro Crítico Universal del P. Feijoo

NOTA: como se observará por la falta de relación de las citas con el texto, aparte de que han sido escogidas al azar, una cosa es La Historia y otra cosa es La Leyenda. Más bonita esta última, dónde va a parar. (En realidad leí las citas después de haber publicado el texto, qué burro)

lunes, 10 de abril de 2017

Breve investigación sobre Boabdil, el supuesto rey llorón de Granada

a cuenta de la lectura, en curso, de los Cuentos de la Alhambra, de Washington Irving


Pues de mi última y única visita a Granada me traje, ¿quién no?, un volumen de los Cuentos de la Alhambra para hacerme perdonar mi negativa a visitar el complejo monumental en cuestión.  Me lo traje en inglés para hacerme perdonar la vulgaridad de comprar un volumen de los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving en Granada y que al menos me sirva para algo la lectura, que ya se sabe que leer  no sirve para nada bueno y, para colmo, seca el cerebro y hace que uno le pierda gusto a la vida real de pan y queso de ahí fuera. En cambio el inglés es muy útil. Muchas carreras laborales se han visto impulsadas gracias a la adquisición de esta habilidad. “How are you? My taylor is my friend, but my girlfriend is not my taylor. I have an uncle in América”, etc.

Estaba leyendo un pasaje de la narración de don Washington, ese en el que relata cómo Boabdil, desde el llamado monte del Último Suspiro del Moro, se despedía de Granada y su madre, hurgándole bien en la herida, le decía: “eso, llorón, llora como membrillo los que no has sabido conservar como melón”, o algo así y me pregunté: ¿Qué fue de este chaval? ¿Dónde acabaron sus días?

Pues, sus días acabaron en Fez, en la Barbaría, o Berbería, lo que actualmente es Marruecos. Y no se murió joven, no, que ya el hombre se había gozado una vida: 69 años. Me pareció extraño que un personaje histórico que soporta una carga tan simbólicamente enorme como haber perdido el reino de Granada y padecer hasta el llanto esta pérdida, hubiera vivido tanto tiempo. Parece que pega más que estos tíos se mueran en medio de terrible compunción, arrojándose a un precipicio o enterrándose su propia espada (alfanje queda más propio) para calmar tanto dolor. Pues no, entre los muchos que mató en su vida no se contó a sí mismo.

Nació este hombre mismamente en Granada en 1459 y murió en 1533. Su padre Muley Hacen era, a la sazón, el emir, con sus más y sus menos,  que luego veremos, porque la cosa es complicada.  Su madre, la de tan tiernos consuelos, Aixa, estaba justamente cabreada, aunque tal vez utilizaba la cabeza de su hijo a falta de la de su cónyuge o la de la preferida de este, Isabel de Solís, alias la Zoraida, una cristiana conversa. Ya se sabe cómo funcionaban, llega un juguete nuevo y los demás se arriman en el trastero. Solo que Aixa ya tenía hijos y pretensiones para estos. Confabuló con su hijo cuanto pudo para que este fuera el legítimo heredero y se defendió y defendió a su hijo para que entre su padre y su preferida no le quitaran el cargo. Se dice que la tal Aixa era una mujer de armas tomar, "mujer varonil, intrigante, despechada, cruel y vengativa".

Todos eran miembros de la dinastía nazarí. Una dinastía es una familia cuyos descendientes se van sucediendo en la corona. Esta fue, obviamente, la última dinastía musulmana en España. Dominó Granada desde 1238 hasta 1492 (254 años y 20 sultanes nazaríes).  Pero una cosa es una dinastía y otra cosa es un linaje o un bando. Vamos a ver si desentrañamos esto.

Al parecer, todos los que fueron gobernando Granada individual o colectivamente, es decir, peleándose entre ellos y repartiéndose las zonas, pertenecían a una misma familia o eran descendientes de aquel primer Abu Nasr de 1238 que da nombre a su dinastía. Pero dentro de estos existían como dos clanes, los Abencerrajes y los Bannagas. Cuando un muchacho quería alzarse para ocupar su “legítimo” lugar en el trono acudía al bando que estaba en desgracia con el actual emir; si a este lo apoyaban los Abencerrajes, pues se hacía ayudar por los Bannagas, si eran los Bannagas los que apoyaban a actual emir, pues entonces eran los Abencerrajes los que ayudaban al “delfín”. Ambos, según conviniera, se hacían ayudar de los Cristianos, que siempre estaban ahí fuera intentando darle una nueva dentellada a un cacho de provincia mora. Y, por supuesto, estaban los alfaquíes, que eran los sabios, o sacerdotes, que interpretaban la ley y dictaminaban qué era lo que estaba de acuerdo con las escrituras y qué no. Pues estos siempre apoyaban a los que no se hacían ayudar de los cristianos, que unas veces eran unos y otras veces eran otros.

Boabdil era llamado Muhammad XII.  O más bien, Muhammad XII era llamado Boabdil por los cristianos, una forma de pronunci
La forma en que llegó al trono o como se llame eso donde se sientan los emires  – el cojín?–  seguía en cierto modo la tradición. Veamos primero cuál fue esta tradición y luego nos ocuparemos de sus actuaciones.

Todo empieza con un tal Yusuf III (1417), al que le sucede su hijo, Muhammad VIII (solo tenía ocho años, así que era llamado “El Corto”); reinaba en su nombre un visir Al-Amín. Pues los Abencerrajes se le sublevan y alzan al trono a Muhammad IX (“El Zurdo”). Muhammad VIII, apoyado por los Bannigas, intentó recuperar el trono, pero, lo que perdió fue la cabeza. En esta fase, fama tenían los Bannigas de ser amiguitos de los cristianos, asi que con la ayuda de Juan II, los Bannigas “expulsan” a Muhammad IX y ponen en su lugar a Yusuf IV, nieto de Muhammad VI (vaya por dios, ya he perdido al séptimo). No sé cual de los dos, si Yusuf IV o Muhammad VI era el famoso Abenamar de los romances.

—¡Abenámar, Abenámar,   moro de la morería,
el día que tú naciste   grandes señales había!
Estaba la mar en calma,   la luna estaba crecida,
moro que en tal signo nace   no debe decir mentira.

Allí respondiera el moro,   bien oiréis lo que diría:
—Yo te lo diré, señor,   aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro   y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho   mi madre me lo decía
que mentira no dijese,   que era grande villanía:
por tanto, pregunta, rey,   que la verdad te diría.
—Yo te agradezco, Abenámar,   aquesa tu cortesía.
¿Qué castillos son aquéllos?   ¡Altos son y relucían!

—El Alhambra era, señor,   y la otra la mezquita,
los otros los Alixares,   labrados a maravilla.
El moro que los labraba   cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra,   otras tantas se perdía.
El otro es Generalife,   huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas,   castillo de gran valía.
Allí habló el rey don Juan,   bien oiréis lo que decía:
—Si tú quisieses, Granada,   contigo me casaría;
daréte en arras y dote   a Córdoba y a Sevilla.
—Casada soy, rey don Juan,   casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene   muy grande bien me quería.

Así tenemos el reino dividido entre Yusuf IV, apoyado por los Bannigas y los cristianos, y Muhammad IX, apoyado por los Abencerrajes. Entonces intervienen los Alfaquíes, cuya palabra es ley; ellos apoyaron a Muhammad IX, así que Yusuf IV perdió el habla, (años después, nuestro bien considerado Muhammad XIII, Boabdil, “El Valiente”, se casaría con su hija de precioso nombre, Esquivila)

Ya estamos en 1445 y me aparece el Muhammad X, “El Cojo”, enfrascado en una contienda con Muhammad IX, “El Zurdo”. Se conoce que fue menos relevante con qué brazo te limpias la sangre que tener la mitad de probabilidad de meter la pata. Ganó “El Zurdo”, pero duró poco, porque poco después estaba Yusuf V que ni se enteró de que estaba gobernando cuando vuelve a aparecer Muhammad IX, el cual tuvo la precaución de hacer matar a Muhammad X, como ya había hecho con Muhammad VIII y Yusuf IV, todos ellos del bando de los Bannigas.

A este le sucede el siguiente en orden numérico, Muhammad XI, “El Chiquito”, que era hijo de Muhammad VIII (“El Chico”,  aquel que solo tenía ocho años cuando le endilgaron el marrón). Este era de los Bannigas y persiguió con saña a los Abencerrajes. Se le atribuye la famosa matanza.
(Una de las estancias de la Alhambra se llama la de los Abencerrajes y viene tal nombre desde una masacre que se hizo allí de unos treinta y seis miembros de esta familia. ("oigan, vengan a comer, que tenemos un cordero buenísimo y un hachis recién traído de marruecos que te lleva al paraíso en dos caladas, tráiganse a toda la familia que hay para todos") No está muy claro quien, ni si ocurrió una sola vez, ordenó esa matanza. Lo mismo no eran treinta y seis, sino tres, y lo mismo no eran propiamente Abencerrajes puros, puros, sino unos mensajeros suyos. Y lo mismo no solo fue “El Chiquito”, sino que era costumbre citar a los Abencerrajes en la Alhambra y darles muerte, en lugar de darles de comer)

A Muhammad XI le sucede Abu Nars Saad, Ciriza para los cristianos, padre de Muley Hacen y hermano de Muhammad V. Curiosamente era respaldado por los abencerrajes, tal vez estos estaban vengando aquella supuesta matanza.

Pero la cosa sigue y no es tan fácil. Si no matas al predecesor nunca estás seguro de que en la próxima primavera te florezca una daga en la espalda o se te abra un canal en la garganta: ahora habían tres zonas con sus respectivos gobernadores: Muhammad XI, Abu Nars y Muhammad IX, cada uno con su parte del pastel granadino.

Ciriza, osea Abu Nasr, perdió el favor de los Abencerrajes, así que se cargó a un par de cabezas relevantes de ese clan –otra matanza de Abencerrajes en la Alhambra, aquí menciona el Patio de los Leones, pero debe ser la misma porque la famosa sala está ahí detrás–. Los Abencerrajes se juntaron con Yusuf V, que les duró un año, y luego convencieron a Muley Hacen, el padre de Boabdil, para sublevarse contra su propio padre.

Y así llegamos hasta Boabdil que siguió la tradición.

Por lo que parece o consigo deducir, Boabdil, antes de “alzarse”, al emirato, quiso hacer méritos e intentó atacar una fortaleza cristiana en Lucena. La cosa estaba hecha, le dijeron, todos distraídos y sin posibilidad de recibir refuerzos, le dijeron. Lo tomaron prisionero. Para liberarlo, el padre, Muley Hacen, intentó negociar un trato, pero la madre, Aixa, que no se fiaba de las intenciones del padre, quien por lo visto favorecía a un hijo de la Zoraida, un tal Yusuf, realizó sus negociaciones por su lado.

Esto fue en 1482. Al año siguiente, y apoyado por los Abencerrajes, Boabdil derrocaba a su padre Muley Hacen.  Por ahí estaba su tio, Boabdil “El Valiente”, o El Zagal, que al parecer había estado en lucha con Muley en algún momento. Y que en esta ocasión se puso de su lado.

Parece que en 1485 o 1486, Boabdil volvió a estar preso de los cristianos. Esta vez porque los cristianos estaban enfadados porque “El Chico” no les tributaba como correspondía. Entonces fue cuando se alzó con el trono El Zagal, su tío, con elnombre de Mohammed XIII. Pero Boabdil, “El Chico”, pactó con los cristianos la cesión de algunos terrenos, precisamente los que correspondían a su tío, en la banda de Almería, y, dejando como rehén, a su propio hijo, lo que no le debió sentar muy bien a la Morayma, su esposa, consiguió el apoyo cristiano para recuperar el trono.

Más tarde ocurriría la toma de posesión definitiva de Granada por parte de los cristiano tras un pacto bastante más que dudoso con Boabdil. A este le permitieron ocupar los terrenos  que habían sido de su tío, Laujar de Andarax en Almería, en la Apujarra Almeriense. A sesenta y nueve kilómetros de la capital, propiamente Almería. Parece que Laujar era la capital de una taha, que es como se llama a una circunscripción o división administrativa. La taha de Laujar comprendía, además de esta capital:  Fondón, Bayarcal, Paterna, Guarros, Fuente Victoria y Alcolea.

No estuvo en su "señorío" de las Alpujarras más que un año. Después vendió sus derechos a los RRCC y se marchó a Fez, Marruecos o Berberia o Barbaria, en 1493. Por lo visto, en las Alpujarras murió su esposa, Morayma. Nada se dice de su madre. La de "llora como mujer lo que no has sabido preservar como hombre", que obviamente, no tuvo lugar salvo en la imaginación de un tal Padre Echevarría que publicó un "Paseos por Granada", donde se inventaba esta patética historia, ¿quién se va a creer que una madre puede ser tan hijadeputa?

Las infamia de Boabdil no acaba en tierras peninsulares. Parece que también el Valiente Zagal, su tío, se pudo retirar de Granada con sus piernas en vertical, y que también lo hizo a Fez, algo tendría de bonito esta ciudad en aquel tiempo. Pues, puestos a elegir, el que gobernaba Fez en ese momento se decantó por Boabdil que, por lo que se cuenta, aunque es leyenda, cuando llegó Zagal a Fez lo encerró en una torre y le quemó los ojos, vaya capricho, todo por hacerle las gracias al amiguito Boabdil. Digo yo que su poder tendría Boabdil que el propio anfitrión de la casa donde se hospeda se siente obligado a homenajearle de esta espantosa manera. En aquel tiempo, los de Fez estaban ocupados defendiéndose de los Portugueses y por esta razón siempre dejaban esperando a los granaínos una ayuda que Muley Hasen y Zagal, el Valiente, se hartaron de esperar. Además la retirada de Boabdil de tierras peninsulares tuvo muy poco de huída y mucho de traslado, pues recibió toda la colaboración de los cristianos. Es más probable que si huía de alguien fuera de sus propios correligionarios a los que traicionó miserablemente.

Me parece a mí que Boabdil el desdichado más bien es una mala traducción de lo que en árabe sería  Boabdil el malnacido. Estos últimos párrafos tratan de exculparlo en cierta medida con aquello de que sus circunstancias moldean al hombre, es decir, que en aquellos tiempos todos eran una panda de salvajes egomaníacos, cabrones, asesinos, y este muchacho no hizo sino seguir el camino señalado por el comportamiento de sus predecesores ("oh, yo creía que esto es lo que tenía que hacer, como ellos hicieron lo mismo")

Pero la verdad es que entre sus correligionarios no tenía, ni tuvo para la historia, buena fama. En lo que los alfaquíes dejaron escritos al parecer no defendían ni una pizca al bueno de Boabdil “El Chico”, ensalzando mejor a su padre o a su tío, justamente llamado “El Valiente”. En cambio, y resulta sospechoso, los cristianos siempre describieron a Boabdil con laudatorios adjetivos, y hasta lo decoraron con rasgos que lo volvían en extremo atractivo (alto, rubio y con los ojos azules) a los ojos cristianos.

Conclusión:

El año de cuatrocientos- que noventa y dos corría,
el rey Chico de Granada – perdió el reino que tenía,
Salióse de la ciudad – un lunes a mediodía,
cercado de caballeros – la flor de la morería.
Su madre lleva consigo – que la tiene compañía.
Por ese Genil abajo – que el rey Chico se salía,
los estribos se han mojado – que eran de gran valía.
Por mostrar más su dolor – que en el corazón tenía,
y aquesa áspera Alpujarra – era su jornada y vía;
desde una cuesta muy alta – Granada se parecía;
volvió a mirar a Granada, - desta manera decía:
“¡Oh Granada la famosa, - mi consuleo y alegría!
¡oh mi alto Albaicín – y mi rica Alcaicería!,
¡oh mi Alhambra y Akijares – y mezquita de valía!,
¡mis baños, huertas y ríos, - donde holgar me solía!;
¿quién os ha de mí apartado – que jamás yo os vería?
Ahora de estoy mirando – desde lejos, ciudad mía;
más presto no te veré, - pues ya de ti me partía.
¡Oh rueda de la fortuna, - loco es quien en ti fía,
que ayer era rey famoso – y hoy no tengo cosa mía!”
Siempre el triste corazón – lloraba su cobardía,
y estas palabras diciendo – de desmayo se caía.
Iba su madre delante – con otra caballería;
viendo la gente parada, - la reina se detenía,
y la causa preguntaba – porque ella no lo sabía.
Respondióle un moro viejo – con honesta cortesía:
“Tu hijo mira Granada – y la pena le afligía”.
Respondido había la madre, - desta manera decía:
“Bien es que como mujer – llore con grande agonía
el que como caballero – su estado no defendía”.

Paginografía

https://es.wikipedia.org/wiki/Boabdil
https://es.wikipedia.org/wiki/Laujar_de_Andarax
https://es.wikipedia.org/wiki/Alfaqu%C3%AD
https://es.wikipedia.org/wiki/Fez_(Marruecos)
http://www.culturandalucia.com/BOABDIL/Boabdil_Victima_o_sicario.htm
libros citados en estas páginas
Ginés Pérez de Hita "Historia de los bandos de los zegríes y abencerrajes, caballeros moros de Granada, de las civiles guerras que hubo en ella... hasta que el rey don Fernando el quinto la ganó (Zaragoza, 1595)
Camilo Álvarez de Morales, en su libro Muley Hacén, El Zagal y Boabdil: Los últimos reyes de Granada publicado por Editorial Comares (Granada, 2000)
Romance de Abenamar: http://www.poesi.as/indx0033.htm
Romance de Boabdil: http://antoniojosecerdan.blogspot.com.es/2011/08/las-lagrimas-del-rey-boabdil.html




sábado, 4 de febrero de 2017

La desaparición de 11 días.



Leyendo Mason y Dixon de Thomas Pynchon.





Según la novela y he podido confirmar por ahí, en Inglaterra al día 2 de septiembre de 1752 le sucedió el día 14 de septiembre, es decir, desaparecieron los días del 3 al 13 de septiembre, once días.

Ocurría que Inglaterra, hasta entonces, se regía por el calendario Juliano, mientras que el mundo dependiente de Roma se regía por el Gregoriano, y ese día fue el escogido para realizar el ajuste.

El calendario Gregoriano se instauró en Europa en 1582, sustituyendo al calendario Juliano que estaba vigente desde que lo instauró Julio Cesar en el año 42 antes de Cristo. España, Italia y Portugal lo adoptaron en ese año. En todos esos países, al jueves -juliano- 4 de octubre de 1582 le sucedió el viernes -gregoriano- 15 de octubre de 1582.

El origen de todo esto parte del concilio de Nicea, donde se decidió cuándo debía comenzar la Pascua: el domingo siguiente al primer plenilunio posterior al equinoccio de primavera en el hemisferio norte. Ocurría que debido a la falta de precisión de la duración del año, ese día de equinoccio se iba adelantando en el calendario, hasta que un día se situó a principios de Marzo, y eso no les pareció tolerable. Así que decidieron recalcular la duración del año con mayor precisión y reformar el calendario con el fin de que equinoccio de primavera se situara en lugar del calendario que le convenía.

Así se instauró el calendario Gregoriano en 1582. Este calendario establecía los años bisiestos, es decir, que aproximadamente cada 4 años se añadiera un día al año para compensar la falta de precisión horaria (un año no dura exactamente 365 días de 24 horas, sino eso y un poquito más), (los años bisiestos serán los años cuyas dos últimas cifras sean múltiples de cuatro; salvo los años terminados en cero, que nunca son bisiestos; salvo los años terminados en cero que son múltiplos de cuatro que entonces sí lo son. Todo esto consigue una precisión para la duración del año que se mantiene ajustadita unos tres mil trescientos años – poco más o menos entiendo que transcurridos tres mis trescientos años el equinoccio ya no se situará en torno al 21/22 de Marzo sino que se hará más acá o más allá )
Pero los ingleses, porque esta era una iniciativa religiosa o proveniente del Vaticano, decidieron que no hacían caso al nuevo calendario y se mantuvieron en el Juliano hasta 1752. Obligados, supongo, por el inicio del sistema de mercado y la necesidad de unas referencias comunes, al menos europeas, se adhirieron al calendario gregoriano, teniendo que saltarse esa diferencia de once días; cuando los anteriores se ajustaron al nuevo calendario, aún eran diez.

Al fin me explico el oscuro asunto ese de la coincidencia-descoincidencia de la muerte de Shakespeare y Cervantes. Resulta que Guillermo y Miguel murieron, efectivamente, el mismo día de calendario, que no es poca coincidencia, fue el 23 de abril de 1616. Pero como el calendario inglés, en ese año aún era el Juliano y en España ya andábamos en el gregoriano, resulta que  el 23 de abril de 1616 en Inglaterra ocurrió unos once días antes que el 23 de abril de 1616 en España.


jueves, 26 de enero de 2017

Alt Lit


Hurgando en las páginas de ciertos fulanos de que me rodeo últimamente he dado con un cierto movimiento literario de vanguardia norteamericano, por supuesto, que denominan Alt Lit

Me he encontrado esta página de una editorial donde se pueden acceder a publicaciones electrónicas y esta chica, Ellen Kennedy que escribe cosas como esta:


yesterday i was talking to myself and i told myself that i was going to write a book and give it to you so i put paper in my bag and put a pen in my bag and rode my bike to the river bank and then sat on the ground and thought 'i will never write a book' and watched ducks swim away from me


Osea: Ayer estaba hablando sola y me dije que iba a escribir un libro y dártelo, así que puse papel en mi mochila y puse un lápiz en mi mochila y fui en bicicleta hasta la orilla del río y me senté en el suelo y pensé "nunca escribiré un libro" y miré lo patos nadar alejándose.

Obviamente me he dicho: "esto también lo hago yo" y aquí van mis poemas al estilo de Alt Lit o más bien de Ellen Kennedy:

Poemas al estilo Alt Lit (por Riforfo Rex)


Yo podría estar siendo, ahora mismo, el mejor poeta de mi barrio.
Es más, podría estar siendo en este preciso instante el mejor poeta de mi ciudad.
Podría, tal vez, haberlo sido en algún instante anterior del que no me di ni cuenta.
Probablemente ni siquiera estaba escribiendo un poema en ese momento.
Y ahí estaba yo, siendo el mejor poeta de la ciudad, como si nada.
Si ese instante fue, ya pasó. Si va a ser, pasará también.
Y no pasará nada.


Escribir un poema es un asunto muy delicado.
Hay que pensar las palabras, y luego hay que coserlas en frases.
Y, cuidado, hay que decidir
donde partir las frases para que quede bonito.
Escribir un poema no es cualquier cosa. 
Si te sale bien, y si alguien lo lee, y si se da cuenta de que es un buen poema,
te mirará con admiración, 
te sonreirá aunque no te conozca,
(te sentirás incómodo y bajarás los ojos no vaya a ser otro loco de esos que...)
y hasta puede que se acerque a ti con intención de echarte un polvo
(“no, lo siento, aún no estoy en disposición de adentrarme en esa faceta de mi sexualidad”),
quiero decir, que puede acabar siendo un asunto trascendente.
Así que no te lo tomes tan a la ligera.


Lo que sinceramente pienso,
diciendo esto con todos los matices,
porque no se me da bien lo pensar
y es cierto que tengo algunos problemillas
con la sinceridad, es que, dos puntos,
tomarse en serio cualquier cosa,
entre las que incluyo la poesía,
es grave pecado de soberbia,
lo cual, también es cierto, a quién le importa.
Pero no tomarse en serio casi nada,
como me viene sucediendo a mí,
en estos últimos tiempos, si empezamos a contar
desde suficientemente atrás 
como el momento en que escupí la chupa
y ya no tuve ningún interés en recuperarla,
es grave pecado de mortandad.
A veces, sinceramente, me parece
que he nacido muerto y que la gente,
por educación, debe estar haciendo esfuerzos
por disimular, cuando está conmigo, mi condición.
Luego pienso que es raro, mucha suerte,
que después de tantos años no me haya tropezado con un sádico
que disfrute apuñalando con lo que él llama verdades
los tiernos corazones de los que como yo
viven de espaldas a las evidencias.