viernes, 15 de diciembre de 2017

Entrevista al premio Pepe Ramírez de poesía

Entrevistamos al flamante ganador del premio Pepe Ramírez de poesía que se acaba de hacer público ahora mismo, todavía están calientes las letras del titular, Juan Nemo. ¿Cómo sienta, Juan, obtener un premio de esta calidad?

Ganar un premio siempre está bien. No voy a decir que me lo merezca más que cualquier otro, pero también me lo merezco, sí señor, y solo tengo agradecimientos para quienes han reparado en mi obra en esta ocasión.

Esto es un poco como una lotería, ¿no?; quiero decir, entre todas esas obras presentadas, que escojan precisamente la tuya...

Hombre, no es simplemente cogerla, espero. Es, también, leerla, compararla con las otras y decir, pues esta está mejor, por tales y tales razones. Y todo eso sin saber directamente quién es el autor de una y de otra. Y luego convencer a los demás que también han tomado sus propias decisiones. No dudo de que ha ocurrido así y en ese sentido debo sentirme muy orgulloso.

¿Entonces eres el mejor de todos los autores presentados?

Mejor o peor no es una cualidad que yo entienda muy bien. Hay momentos, hay ambientes, hay impresiones que cambian de un instante al siguiente. Hay humores de los lectores, hay mil cosas que hacen que tú decidas que hoy te gusta mucho esto y que, a lo mejor, mañana, ya no te guste tanto, o te guste aún más. No. No soy el mejor. Soy el que ha tenido la fortuna de que su obra estuviera en el lugar oportuno en el momento adecuado. Y de pronto me doy cuenta de que, en efecto, un poco sí que es una lotería, como tú decías al principio. No me creo el mejor de todos los poetas presentados, ni mucho menos. Pero no temo decir que me considero tan bueno como cualquiera de ellos.

¿De no haber sido tú, a qué otro poeta que no haya sido premiado aún le concederías este premio?

Qué pregunta más poco elegante, de verdad. Pues te diré, hay muchos autores ahora mismo en nuestro escenario literario. Unos más protagonistas y otros menos secundarios, símil que solo alude a su notoriedad, a su presencia en primera línea social, no a su calidad. Si yo fuera a escoger prepotentemente uno que me gustase para concederle este mismo premio, escogería sin dudarlo, aunque la sombra de la amistad que nos une hiciera recaer sospechas de parcialidad extraliteraria sobre esta decisión, a Luis...

¿Por qué cree que no le han concedido a él el premio?

Indudablemente, lo que me habrá favorecido, porque no se ha presentado. Y en segundo lugar porque yo no formaba parte del jurado. Dándose esas dos condiciones, hubiera ganado él seguro, aunque hubiera tenido que liarme a tortazos, dialécticos, sólo dialécticos, con el resto del jurado.

Serás, en la siguiente convocatoria de este premio, parte del jurado. ¿Crees que podrás ser imparcial?

No. Lo que creo es que podré ser honesto. Imparcial nunca. Precisamente se trata de usar tu parcialidad para escoger un ganador. La honestidad está en trabajar todo lo a ciegas que te permite el sistema de plica. Y a ese respecto yo me comprometo a completa honestidad.

Háblanos de tu poesía. Háblanos del libro premiado. Invítanos a leerlo.

Creo que el jurado ya hace eso, invitarles a leerlo. Este es, dicen , de todos estos, el libro que más nos ha gustado, léanlo. 
Por mi parte solo puedo decir que mi poesía es... una preparación de la conciencia, gozosa o intentando que lo parezca para que lo sea, para afrontar la muerte, para morir en paz y sosiego. Todos mis poemas dicen horror, voy a morir, y luego, venga, vamos, serénate; sí, vas a morir, afrontémoslo. Qué nos falta, hagamos las cuentas.

¿Y cómo salen las cuentas?

Pues a veces resulta una clamorosa bancarrota. En cualquier caso pérdidas. Pero si lo consideramos en términos más serenos,  sin beneficios, pero manteniendo el negocio.

No te has enriquecido.

Yo personalmente no, pero tampoco estoy tan seguro de que sean muchos los que lo hayan conseguido al cerrar  el periodo. Creo que hay quien falsifica las cuentas, simula beneficios que no tuvo con el objetivo de subir la cotización de las acciones.

Lo siento, me he perdido

Quiero decir que en absoluto. Y en ese sentido soy bastante pesimista. Alguno hay que alardea de llegar al final completamente satisfecho, enriquecido de todo. Bueno... creeremos en su palabra, pero yo no puedo creer que de esto se salga enriquecido. La vida no da para eso. La vida no da para nada, si no es más que esto. 

¿Qué otra cosa puede ser?

Pues eso que dicen las religiones, solo un pasito de un larguísimo camino que continúa después de la muerte. 

¿Cambiaría algo si así fuera?

Ya lo creo que cambiaría. Cambiaría la actitud, cambiaría la forma de plantearse la vida, cambiaría mi poesía que se volvería... no sé cómo.

¿Cómo?

Más reflexiva..., más... incisiva, más obsesiva... Por de pronto en lugar de temer, ansiaría llegar a la transición. Me prepararía mucho más a conciencia para ese momento. Perdería menos el tiempo en toda la cantidad de estupideces que hacemos en esta vida simplemente para eso, para hacer tiempo, aparte de las que ya hacemos para mantenernos vivos y con salud. 

¿Pero no le llamas muerte, sino transición?

Exacto, ya no es final. Y eso lo cambia todo.

Pero oye. Nos estamos desviando. Hablemos de poesía.

Yo no sé nada de poesía. Aspiro a saber un poco de vida, y utilizo la poesía como instrumento para eso. Nada más.

Y nada menos. ¿Cuánto te dan por este premio?

Unos bizcochos. 

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Instantánea de mi estado de lectura

He dejado a George Borrow camino de León desde Valladolid. Pasó por Dueñas donde unos soldados, que resultaron gitanos, y a los que don Jorge habló en su propia lengua para que le reconocieran como uno de ellos, querían comprarle el caballo, del cual estaban muy admirados porque habían reconocido en él la raza de los granadinos.
Mientras, Chonkin tiene problemas. Un anónimo le ha denunciado como desertor. Pero Chonkin, advertido por Niura que los descubrió  de camino a casa atascados en el barro, se adelantó a los que venían a detenerle incorporándose a su puesto de guardia junto al avión y recibiéndo, como haría cualquier vigía al que se le ordenase defender un puesto, a tiros a los intrusos.
Sun Wu-Kung, después de conseguir armas para su pueblo, necesitaba una para sí. Las cimitarras, los arcos, las flechas, no le complacían. Los ancianos le informaron de que bajo el mar habitaba un rey dragón que le podría sumisistrar una. Bajó y no sin cierta presión hizo que el rey de las profundidades le cediera la Vara Complaciente, una vara de hierro negro y con puntas de oro que se pliega a los deseos de su poseedor legítimo, que por misteriosas razones parece ser el mismísimo Rey Mono.
Satisfecho con su arma, exigió también un traje de soldado adecuado a su dignidad. El rey de las profundidades tuvo que invocar a sus hermanos de los otros océanos. Todos bajo el temor de provocar la ira de Wu-Kung le regalaron unos vestidos de guerra que le agradaron mucho. Con todo ello se regresó a su casa y los atemorizados reyes redactaron una protesta contra este mono Sun que osaba atemorizarlos de esa manera.
Por último parece que Jubal ha conseguido dejar perfectamente arregladas en el ámbito económico y político las cosas que atañen a Valentine Michael Smith, El hombre de Marte. Ha comprometido públicamente a Douglas en ello. Veremos cómo continúa la cosa, porque no está claro que El hombre de Marte sea tan inocente emisario como parece, si no interpreto mal un capítulo que leí más atrás en el que se sugería que los marcianos tenían alguna implicación en el origen del cinturón de asteroides que posiblemente en alguna época anterior conformó todo un planeta.

sábado, 25 de noviembre de 2017

El discurso de la rana

Nada. Que no se me apetece nada convertirme en príncipe ahora. Ya me he acostumbrado a esta charca, a la humedad y a la charla de mis compañeros y compañeras batracias. Hasta el sexo me parece satisfactorio y eso que solo consiste en hacerme una paja sobre el lomo de ella. Pero es lo mismo que hacía contigo cuando éramos adolescentes. Y como no conocía más, aquello me gustaba. Y como poco después de que me despreciaras me convertí en rana, que ahora me dices tú que fue por tu culpa, que aquella bruja te castigó, que vaya castigo, digo yo,  que viene a dar en cabeza ajena, ahí me los dieran todas a mí, pues es lo único que conocía del asunto y me pareció bien que aquí fuera igual.
Sí, al principio estaba un poco asustado. No alternaba mucho con los compañeros y compañeras batracias. Pero son muy sociables; en cuanto me vieron solo y apartado, de manera muy discreta, se me aproximaron, me enseñaron a croar, que lo hacía muy mal ya desde humano, recuerda los pellizcones que me daba el cura en el coro, también porque tú me distraías, pero como tú eras la princesa, todo lo que hacías estaba bien. No es reproche, no. Que yo ni me daba cuenta de eso. Para mí tú eras lo único que importaba en el mundo, ni castigos, ni pellizcones, ni los extraños comportamientos de la gente que te rodeaba para conmigo me importaban; los sufría como quien sufre llover o tropezarse con una piedra. Es después cuando he ido comprendiendo quién eras tú y quién era yo. Es solo después, cuando nos hicimos mayores; cuando tú te hiciste mayor y empezaste a vestir de otra manera y a no querer correr por el jardín. Cuando empezaste a no dejarme tocarte y por supuesto a no dejarme entrar en tu habitación. Cuando pusiste esa cara de horror ante mi propuesta de jugar a las ranas, sí, ya sé que nosotros le decíamos jugar al juego. Fue después cuando comprendí que algo había cambiado y por más que me rompía la cabeza no sabía qué. Después, cuando ya no me dejaban entrar en tu casa si no era anunciándome primero. Cuando dejé de ir y te esperaba en el bosque, junto a esta charca y unas veces venías y las más de las veces no.
En fin, empecé a pensar en todo eso cuando un día me desperté cansado de dormir y de esperarte y me sentí raro, húmedo, desnudo. Y al intentar levantarme sentí que ya estaba en pie. Y al intentar andar, saltaba. Y esa extraña querencia por el agua que de pronto me dominó. En fin. Me vi reflejado y ni gritar de horror pude.
Me costó acostumbrarme. Y me costó haberme acostumbrado. Pero también eso pasó. No sé ni cuánto tiempo del tuyo llevo siendo rana, pero ya ni pienso en cuando no lo era. Lo estaba olvidando. Hasta que hoy te he visto como una loca llamando por mi nombre a cada bicho con que te tropezabas.
Que has comprendido, dices, que al fin has aprendido la lección. Que la bruja no era tal sino un hada buena que solo pretendía corregir tu soberbia. Que me quieres y tal. Lo aprecio, no creas que no lo aprecio. Pero yo ya soy otro. Y otra también eres tú. Y yo estoy bien como estoy, no tengo aspiraciones y tú en cambio me necesitas para ser reina. Y yo no quiero ser rey, ni rey consorte, ni mucho menos. Ahora solo quiero ser rana. Echar unos polvos sobre las espalda de mis compañeras. Bañarme, mientras quede agua, que mira cómo nos tienen esto con lo del cambio climático que no llueve ni tiros: cuando seas reina haz algo en ese sentido. Y preocúpate un poquito que el campo no es un vertedero y mira cómo lo tienen tus futuros súbditos. Búscate un marido bueno y juicioso que te de buenos consejos.
Y ahora tengo que dejarte que se va poniendo el sol y he quedado para un concierto. Si te quedas un momento podrás escucharnos, no lo hacemos mal. Aunque siempre perdemos con los de la charca del norte, la que está cerca de las rocas. Pero ellos están mejor situados porque reciben el agua más directamente de la montaña y eso se nota. Tentado he estado alguna vez de emigrar, pero sería una traición. Ahora, adiós. Aquí seguiré mientras dure, que ya mucho, en tiempo del tuyo, no me ha de quedar. ¡Croac!

miércoles, 22 de noviembre de 2017

¡Cuidado, Shane!

Eso ahí fuera es el salvaje oeste. Está lleno de tipos perfectamente armados verbal e intelectualmente y siempre dispuestos a enfrentarse en duelo por un quítame allá esas críticas, y demostrar así quién tiene la palabra más rápida, la respuesta más afilada o las alforjas más llenas de nombres raros-pero-de-mucho-prestigio-en-su-campo.
Yo llegué al saloom con una cierta fanfarronería no del todo fundada en una perfecta confianza. Era joven, por así decirlo, un campesino que se compra su propio revólver, practica con unos cuantos cacharros y botellas detrás del cobertizo y en cuanto consigue dar tres veces seguidas en el blanco sale disparado a lucir cartucheras.
Todas las miradas se clavaron en mí cuando pedí un güiski con vocecilla temblorosa. Nadie me advirtió de las muescas que aquel tipo lucía en su culata. 

lunes, 20 de noviembre de 2017

Se van los mejores

Rescatemos a los suicidas, a los muertos;
los vivos no tienen historia, solo una sucesión de días
y hechos cotidianos o aburridos a matar,
mezquinos y tal vez alguno amablemente memorable
que nadie recordará hasta que muera o se mate,
si dejó algún amigo o pariente
que tenga la santa paciencia y el voluntarioso empeño
de lavar el cadáver de lo sucio, de lo gris,
y vestirlo con las luminosas luces del recuerdo,
para exhibirlo ante las masas y llamar su atención
sobre los que se fueron que fueron mejores de lo que eran
cuando vivían.

jueves, 16 de noviembre de 2017

No esperes

No esperes. No esperes a que te pasen cosas, no esperes a que suceda algo, no esperes a que te elijan, no esperes una oportunidad. No esperes a ver si te entran ganas, no esperes a ver si empieza a gustarte, no esperes, no esperes, no esperes

Vete y haz tú que pasen las cosas, haz que suceda lo que tenga que suceder o lo que quieras que suceda; y si no sucede, ya que estás allí, haz otra cosa.
No esperes a que te elijan, elige tú; y no elijas a la fuerza, busca, observa, y cuando lo veas sabrás que es, pero no te quedes sentada esperando a que te caiga encima.
No esperes oportunidades, agárralas mientras caminas, si aparecen, y siempre, siempre, desconfía de ellas, porque las oportunidades son muletas y tú no eres cojo, una muleta hace al cojo y no al revés.
No esperes por tus ganas, desconfía de las ganas, son tan volubles; la mayor parte de las veces es inercia.
No esperes nunca grandes resultados ni dejes de obrar porque no lo sean, todo resultado es un ascenso. Te gustará si lo haces a conciencia y no te gustará si solo lo haces porque tenías que hacerlo o porque te salga mejor que … o simplemente bien. Solo hacer es lo que importa, todo lo demás es competitividad absurda.
No esperes a que empiece la vida, sal a vivir, ¡coño!

Y cuando hay que esperar, espera. Y cuando no hay nada que hacer, no hagas nada. Y cuando nada quieras hacer, nada hagas. No hagas por hacer, haz por conocer, haz por vivir, no por conseguir, no por vencer.

No esperes. Si no quieres hacer, no hagas, pero no esperes.

viernes, 20 de octubre de 2017

No volverán los días de la felicidad. Sinopsis --mentira, pero es una palabra tan bonita

No volverán los días de la felicidad. La última novela por escribir del autor Riforfo Rex.

– ¿Arde en usted el deseo de concluirla?
Arde en mí el deseo de empezarla. Pero ya no tengo brasas, apenas rescoldos sin brisa que se apagan lamentándose de la euforia de antiguos fuegos sin propósito. Me he gastado inútilmente calentando el aire.

– ¿Cómo escribe?
Sentado. Escribo apoyando la pluma sobre el papel y entonces, bueno, entonces ya no sé lo que ocurre porque me duermo. La mente sigue despierta pero yo estoy dormido. No pienso en brasas  ni rescoldos. Los propósitos, en cambio, siempre me preocupan, en particular los que no están.

– ¿Por qué escribe usted?
Yo soy cribe por vocación, por afición y por lealtad.

– ¿Lealtad a quien o a qué?
Lealtad a mis padres, a mis abuelos y a los padres y abuelos de estos, y a los padres y abuelos de estos, y después a los hijos e hijas de todos ellos, entre los cuales me encuentro yo mismo, y no me extrañaría que se encontrara usted también. Lealtad, pues, a mí mismo, y a usted, pariente.

– Pero, ¿qué es ser cribe?
Difícil pregunta.

– No, no, es muy fácil, ¿qué es ser cribe? A lo mejor es la respuesta la que...
Ser cribe es inasible cuando crees que lo tienes no está y cuando lo ignoras viene y se queda si quiere después que lo has advertido pero si tratas de utilizarlo nunca estuvo va y viene cuando quiere y nadie puede llamarlo suyo sin soberbia y es tan elusivo que siempre es soberbia decir que lo tuviste

– Me recuerda a una novia que ...
Pues entonces sabrá perfectamente de lo que le hablo.

– Bueno, no es muy profesional implicarse emocionalmente en la labor, discúlpeme.
Quédese el pañuelo.

– Tiene bordadas sus iniciales.
No. Son mocos secos.

– Siguiente pregunta: ¿alza la garza la falsa pata al andar?
¿Qué falsa pata, la derecha o la izquierda?

– Escoja usted
No, aunque renqueo un poco de la izquierda los días que hay mucha humedad.

– ¿Echa de menos los viejos días?
Podría decirle que sí, y no le mentiría.
Podría decirle que no, y tampoco.
Lo que nos lleva al espinoso asunto de la verdad...

– ¿Y qué es la verdad?
Ni los más grandes han llegado a conclusiones satisfactorias para todos. Ni la respuesta, si la hubiere, le sería de gran provecho a nadie. Al final, vivir es una cosita muy modesta para la mayoría de nosotros. Otros sueñan con grandezas y tal vez eso les ha parecido que agrandaba las dimensiones del grano de mostaza, pero...

– Hay mucha sal en sus palabras.
Son palabras de un viejo marino.

lunes, 16 de octubre de 2017

El Castillo

Yo creo que se habla de poesía como de un fortín  que está siendo atacado por unos bárbaros que no conocen y por ello no respetan las tradiciones como hacemos nosotros, los poetas-de-toda-la-vida.
Un fortín inaccesible como cierto castillo famoso, con altas murallas y protocolos incomprensibles para acceder a su interior y ser aceptado como uno de sus moradores.
Y lo que está ocurriendo – y supongo que ya habrá ocurrido antes – es que se está formando un arrabal junto a los muros del Castillo, por la llegada de aquellos que o bien fueron rechazados o bien no tenían ningún interés en entrar. Y ahora resulta que esos arrabales están empezando a adquirir animación y los moradores del castillo empiezan a quejarse de las molestias que ese ruido les causa y sobre todo la oportunidad del escándalo que forman esos desclasados y que desde lejos puede llegar a confundirse y creer, los que no saben, que provenga del propio castillo.
Y yo creo que probablemene ese castillo es una ilusión de esos moradores, construidos sus sólidos muros aparentes sobre sus sólidas convicciones acerca de lo que debe ser y no debe ser la poesía, algo muy matemático y complicado porque si no no hay muro que se sostenga. Y que los otros, en su simpleza, esos bárbaros que no tienen las mismas férreas convicciones, no ven castillo ni murallas  ni moradores muy diferentes de lo que ellos son, y lo único que ven es sus ganas de compartir y de comer y de vivir haciendo cosas que les gusta hacer, que en eso consiste toda actividad humana.
Y que como toda actividad humana, unos habrá que dirán que los otros son unos bárbaros porque no se sostienen sobre la asentada tradición para hacer crecer a la humanidad como intentamos hacer nosotros y los otros dirán que precisamente la tradición es la que entorpece ese crecimiento y nosotros tenemos más razón y lo demostramos haciendo más ruido y con más seguidores. Y aquellos dirán que precisamente más es menos y estos dirán que envidia cochina …
Y veinte años después todavía seguirán peleándose pero ya habrá un nuevo castillo porque se habrán levantado nuevas murallas y todo volverá a empezar de un momento a otro.

viernes, 13 de octubre de 2017

Feliz Día

Persiste esta sensación de estar excluido
y persiste la sensación de que me estoy perdiendo lo mejor
y persiste también la sensación de que no me lo merecí
y de que aún no he hecho méritos suficientes
y de que es tarde
y ya no importa



lunes, 9 de octubre de 2017

La Comuna de París

Leyendo El cementerio de Praga de Umberto Eco, llegamos, Simonini, el abate Dalla Piccola y yo, a los tiempos de La Comuna de París. Justo en los días en que en Cataluña tenemos La Comuna Catalana.

He oído muchas veces mencionar eso de la Comuna de París, pero nunca me había interesado en profundizar en ello, así que he aprovechado la lectura para hacerlo ahora.

Resulta que  por asuntos que no vienen al caso, se echaron a pelear los Prusianos y los Franceses. Y los prusianos eran más fuertes, así que ganaron. Eso ocurría en tiempos de Napoleón III un señor que gobernaba en Francia después de haberle dado la patada a la Segunda República.  Estamos en 1871.

La derrota no les sentó nada bien a los franceses, que querían seguir peleando, y aprovecharon la ignominia sufrida para expulsar a Napoleón III. Entonces los prusianos se pusieron a bombardear París hasta que alguien les firmara el certificado de derrota, para que les constara en el currículum. El tal certificado incluía que los prusianos se quedaban con dos regiones que pertenecían al territorio francés de toda la vida, como eran Alsacia y Lorena. El resquemor por la pérdida de estas dos regiones no estaría lejos, años después, de las causas que provocaron la I Guerra Mundial.

A los parisinos no les gustó nada estas cesiones y se rebelaron contra el gobierno de la nueva República, que ya era la Tercera. Esta rebelión fue llamada la Comuna de París. Fue, en toda regla, el primer ensayo de un gobierno de inspiración izquierdista. Había delegados, pero no representantes, estaban organizados por barrios que se auto gestionaban... El consejo promulgó algunas leyes que abolían las últimas decisiones impopulares del gobierno  de la república, que, a todo esto, se había retirado a Versalles, además de otras de carácter ideológico, como olvidarse de la guillotina o conceder pensiones a las viudas y huérfanos de los muertos en acto de servicio  en la Guardia Nacional -un ejército irregular al que podía unirse cualquier francés con capacidad de portar armas. Tanto los socialistas como los comunistas como los anarquistas reclaman para su ideología los méritos de esta experiencia.

Pero esta escandalosa experiencia de autogobierno del pueblo sin unos gobernantes serios y dignos que pusieran orden no gustó nada entre las clases dirigentes, que en apenas dos meses acabaron con el experimento. La represión fue muy gorda, se habla de entre veinte mil y cincuenta mil muertos, la mayoría fusilados, que muchos menos fueron los que murieron defendiendo las calles, a fuerza de barricadas. Se concede que algunas burradas perpetraron los comuneros, empezando por el fusilamiento de dos altos mandos del ejercito al principio del asunto y luego el fusilamiento de un obispo y otros presos que tenían encerrados como represalia de los ataques del ejército gubernamental. También se les atribuye la quema de edificios públicos. En suma serían unos 1000 individuos los que morirían asesinados a manos de los revolucionarios, y tal horrenda matanza mereció un castigo descomunal, ya digo, algunas algunas fuentes  alcanzan cifras de hasta los cincuenta mil represaliados por el gobierno de la república, además de establecer la ley marcial durante cinco años. (Al Reinado del Terror, durante la revolución francesa, le atribuyen 10000 decapitaciones)
(Toda la información que he expuesto proviene de la wikipedia)

Observando todo eso que está pasando en Cataluña, uno no puede menos que mostrar su satisfacción de que  a pesar de los pesares, es decir, a pesar de que los seres humanos no parece que cambiemos a mejor con la velocidad a la que lo hacemos por ejemplo de móvil, azuzados por las innovaciones tecnológicas, cambiar, estamos cambiando; somos, indudablemente, menos brutos, al menos en algunas partes del mundo. Estos sucesos catalanes trasladados a la época de la comuna ya se hubieran resuelto con la misma, si no peor, contundencia con que se resolvieron aquellos. Si por un quítame allá esas protestas, huelga general de los obreros que rechazaban el envío de tropas a Marruecos, porque ellos, que no podían pagar sustitutos, eran la tropa, el gobierno de Maura envió al ejército (Semana Trágica de Cataluña: se dice que el gobierno reprimió con fuerza a los manifestantes. En resumen se habla de  78 muertos en los disturbios, y luego, en la represión, cinco condenas a muerte, 175 expatriados, 59 cadenas perpetuas), qué no harían si de lo que se tratase fuera de una Declaración Unilateral de Independencia.
Así que, esperanza, amigos, las cosas van mejorando. Muy poquito a poco, pero allá que van.

No. Me retracto. En el siglo veinte es que nos hemos vuelto locos matando, así, en plan industrial: Ranking de genocidios del siglo XX

martes, 3 de octubre de 2017

Reflexiones mientras leo El Remordimiento de Fernando González Ochoa

Dice Fernando González Ochoa en El Remordimiento


"Parece mi destino vivir en soledad; vivir a la enemiga. Si busco compañía, me convierto en un trapo sucio... Cuando solo, ¡qué bellezas mi alma y mi cuerpo!"

Aunque en el contexto del libro puedan dársele otras interpretaciones (El remordimiento aludido en el título es el que tiene el autor años después por no haber cedido a las lúbricas pretensiones de la Toní. Lejos de considerar ese remordimiento como un castigo, es objeto de exaltación, pues el remordimiento es lo que mantiene a toda alma virtuosa en guerra permanente. Un constante vaivén entre el deseo y el remordimiento) como que por ejemplo "buscar compañía" es muy probable que esté aludiendo a compañía femenina, y sentirse como un trapo sucio a sentirse vencido por las propias bajezas, me siento bastante identificado con esta expresión bajo mi propia condiciones.

Comparto esa diferente percepción de mí mismo cuando estoy en compañía a cuando estoy en soledad. Sin llegar a trapo sucio, sí que me siento bastante incapaz en comparación con cualquiera, es decir, siempre encuentro en cualquier otro una virtud de la que me avergüenzo carecer. Por otra parte, estando solo no digo que viva en plenitud, pero sí en comprensión por esas mismas carencias, incluso en franca indiferencia. Lo que tiene como consecuencia que me esfuerce poco o nada en resolverlas.

Sospecho que sufro una perturbación en la apreciación de mis valores cuando me encuentro en compañía que se restauran a su propia condición cuando me encuentro en soledad, donde soy más capaz de apreciar qué es lo que realmente me importa y qué es lo que no. Lo supongo un defecto de los que tenemos una pronunciada tendencia al sentimentalismo y flojera en algunas habilidades sociales. Pero me alegra encontrar sentimientos semejantes en personas radicalmente opuestas como sospecho que es don Fernando.

Sin embargo también me siento afín a él en este constante estado de incomodidad -que también se menciona en el libro- y deseo permanente de "mejorar" en la propia apreciación con independencia de la consideración ajena. Según él:

1º Cada uno lleva en su carácter la ley que debe cumplir. Si atiende, desarrolla y cultiva eso, será grande como "El Ruiz" -sospecho que un monte.
2º El mal está en desear lo que no somos, lo ajeno, lo propio de otros caracteres.
3º Yo soy genial en soledad, en soberbia, en sinceridad y en angustia. 

¿Por qué digo que vivo a la enemiga?
...
Porque me odio mucho en cuanto soy persona, o sea, odio y lucho contra mis instintos. No he logrado aprobarme un solo día. Nada de lo que hice me parece bien. Es otra vida que quisiera para mí. Quiero ser otro. Padezco, pero medito. Tengo abundancia de instintos. Vivo pues, como un hombre moral, en lucha conmigo mismo, derrotado casi siempre; hace cuarenta años que vivo derrotado en agustia, amando a un santo que yo podría ser y siendo un trapo sucio; llamando a Dios y oliendo las braguitas de Toní. En realidad soy un enamorado de la belleza, pero también un hombre que persigue a las muchachas, que piensa a lo animal, etc., 99% hombre vulgar... etc"

viernes, 15 de septiembre de 2017

Tomarse (a sí mismo) en serio

Eso de tomarse en serio a uno mismo es, creo observar, una característica que comparten muchos de los considerados «grandes hombres», sospecho que también muchas de las pocas consideradas «grandes mujeres», y supongo que tantos de los no tan bien considerados de uno u otro género pero que lo son de una u otra manera.
Me refiero a lo de grandeshombres porque últimamente he estado leyendo la biografía de Gandhi, y porque presto atención a esa idea de respetarse o tomarse en serio a uno mismo en busca de una definición más o menos satisfactoria.
Tomarse en serio a uno mismo tiene que significar algo así como que si asumes compromisos contigo mismo deberías empeñarte en cumplirlos con el mismo rigor y seriedad y hasta sacrificio con que te esfuerzas en cumplir compromisos que asumes con otros.
Parece una tontería pero observo en mí que cuando me comprometo, y lo hago poco, en alguna labor, estoy todo el tiempo preocupado por estar a la altura de las expectativas de aquel o aquella con la que me he comprometido. En cambio descuido perezosamente las muchas determinaciones que vagamente me propongo.
De alguna manera me basta ese compromiso con otro para moverme por cualquier razón externa, pero cuando el objetivo es personal, por alguna razón espero que me mueva una especie de impulso vital, un irrefrenable empuje que me levante de la cama y me lleve a cumplir mis propósitos casi de una manera sonámbula. Si no ocurre, me quedo en la cama, aunque dudando atormentadamente si levantarme o no levantarme, y, después, atormentándome por la duda de si hice bien en no haberme levantado o no hice bien.
Simplemente no se me ocurre asumir conmigo la misma clase de compromisos que asumo con otros, con la empresa en la que trabajo, a la que voy completamente a desgana, pero voy, y me esfuerzo completamente desmotivado, pero consigo los objetivos.
Estoy hablando, por ejemplo, de que debería desarrollar mis aficiones personales con el mismo, por lo menos, empeño, y, si llega el caso puntual, con el mismo sacrificio, que empleo en cumplir mis obligaciones laborales. Y más sabiendo que el resultado redunda completamente en mi propio beneficio.
Porque yo, personalmente, me considero muy perezoso, y hasta ahora creía que eso era una característica, digamos inherente al ser que soy. Pero poco a poco me he dado cuenta de que esa pereza no es más que una falta de respeto a mí mismo, un falta de credibilidad de mis propios deseos, de mis propias motivaciones, que me ha llevado a desarrollar una absoluta falta de convicción en lo que creo, en mis propias capacidades, y a limitar mi vida a una sucesión de propósitos sin desarrollar en alguno de los cuales, quién sabe, pudo estar el germen de una vida más plena y más satisfactoria.
Esto es lo que he observado, por ejemplo, en Gandhi. Que muestra, en muchas ocasiones, dudas acerca de la idoneidad de sus propias decisiones, pero simplemente continúa adelante después de ponerse a considerar, no como un simple empeño orgulloso, sino como resultado de cumplir una decisión con la que se ha comprometido por sí mismo. 

martes, 12 de septiembre de 2017

La Piedra

Qué ríos, y qué océanos, habrá recorrido antes de evaporarse y ser nube para luego caer en lluvia la gota definitiva que al congelarse y expandir la grieta provocó que se desgajara la piedra con la que me he tropezado esta mañana.
Cuánto viento, cuánto sol y cuánta lluvia habrá pasado por ella limándola, hendiéndola, empujándola, royéndole quién sabe cuánto de su masa original hasta dejarla con la medida suficiente para ocultarla a mi mirada distraída y sin embargo dañarme el dedo gordo del pie.
Con toda esa historia detrás se comprende la indiferencia con que recibe mis improperios.

miércoles, 9 de agosto de 2017

...antes todo esto...

...antes todo esto…
Comenzó a decir el abuelo al nietillo, que estaba más pendiente del perro, que correteaba de un lado para otro, que a lo que él le contaba, harto ya de escuchárselo repetir cada vez que se llegaban por esta parte en los paseos matutinos con el animal.
El perro olisqueaba entre los escombros, basura, multitud de cagadas caninas y matojos heroicos que sobrevivían a todo eso. De vez en cuando levantaba una pata y meaba. Estaban en los restos de lo que habría sido una construcción, de la que apenas quedaban vestigios, aunque reconocibles, junto a Iglesia Coreana en el barrio de Altavista.
Ya sé, abuelo, ya sé: antes todo esto era ciudad.
Y señalaba al frente donde las olas golpeaban unos metros más abajo, lamiendo la ladera. Solo se percibía mar y la costa de la isla  con la lengua de mar que se adentraba hasta La Gallera (el abuelo decía que antes habían canchas de tenis y una construcción multiuso que se llamaba La Gallera). Al frente el otro mirador, el de Escaleritas, y más allá los islotes de Las Isletas.
El abuelo ya le había contado multitud de veces que cuando él era joven allí había una ciudad. El niño no se lo creía mucho, porque debajo del mar no pueden haber ciudades. Pero su madre le confirmaba que no es que estuviera debajo del mar, sino que el mar estaba más abajo, y las casas podían estar sin mojarse. Y que había muchos edificios, y gente, y carreteras y coches. Pero que el mar había ido subiendo y la gente había tenido que abandonar sus casas y marcharse, subir a los barrios altos y al interior de la isla.
Ahora el barrio de Escaleritas , y el de Schamman, eran barrios marineros.  En la Gallera había un pequeño puertito. Y también en don Zoilo. El niño no conocía mucho más allá. El abuelo había prometido llevarlo a dar una vuelta a la isla, pero no quería llevar al perro porque no lo dejaban subir a los transportes, y el niño se resistía.
En la escuela les explicaban que las Islas Canarias antes eran ocho, pero que después de la subida del agua dos desaparecieron y de una tercera solo quedó una pequeña islita donde no cabía nadie. Las otras cinco eran ahora mucho más pequeñas de lo que eran antes. La gente había tenido que irse a vivir al interior y por eso había mucha gente en todas las islas. Aunque cuando eso ocurrió el gobierno dijo que los que se quisieran marchar podían irse a vivir a la Península, a unos pueblos abandonados que allí había. Mucha gente se fue, pero otros muchos se quedaron, porque sus casas no se habían inundado y no querían abandonar sus cosas.
Antes en Gran Canaria, contaba el abuelo, habían muchas playas y lugares preciosos. Venían muchos turistas de Europa a disfrutar de nuestras playas y nuestro sol. Pero el agua se las comió, y solo quedaron unas laderas muy feas que además el mar se fue comiendo y estropeando. Solo habían pasado sesenta años desde que comenzó todo y todo era tan distinto ahora, decía, y se quedaba pensando en silencio hasta que el chiquillo le hacía alguna nueva pregunta.
A veces, antes del medio día, en verano, que no había escuela, el niño acompañaba al abuelo hasta la Minilla, donde estaba el puerto al que llegaban los barcos de suministro de la Península. Era un puerto pequeñito, no como el que había antes de la inundación, al que llegaban barcos enormes de todo el mundo, que iban hacia América y hacia África. Ahora solo podían atracar barcos pequeños, hasta que se construyera un puerto más grande, que querían hacer por la zona de Valsequillo  o por ahí, decía el abuelo de forma imprecisa, porque el niño ni siquiera sabía que balquillo era ese. Le hablaba de un sitio que se llamaba Telde que ahora estaba debajo del agua, y del Carrizal, de donde habían sido sus abuelos y cuyas tumbas estaría ahora sumergidas. (El niño se imaginaba a los muertos conteniendo la respiración). Y le explicaba que antes enterraban a la gente en unos muros como si fueran edificios de viviendas pero de muertos. Pero que como ocupaban mucho espacio ya no se hacía eso con los muertos sino que se los convertía en humo y se iban volando. El padre del niño se había muerto en el mar, había sido marino, su barco había encallado en unos bajíos imprevistos, y el niño cuando veía nubes sobre el mar imaginaba que era su padre convertido en humo. Pero el abuelo le corregía, y le explicaba que el humo de muerto era oscuro y feo. Por eso la madre se enfadaba con el abuelo porque el niño llegaba impresionado a casa y luego no podía dormir porque tenía miedo de convertirse en humo negro y feo.
El abuelo no se quería marchar, aunque la madre había solicitado plaza para irse a la Península. La madre decía que aquí ya no se podía vivir. Que había mucha gente y que no había comida para todos y que tampoco había trabajo. A ella le gustaría trabajar en las cosas del campo porque estaba cansada de tanta agua y de tantas casas y de tanta gente. Decía que en la Península había lugares vacíos de gentes y de casas y con árboles y cascadas y flores. Ella había pedido plaza para los tres, para trasladarse a un pueblo donde ya habían otros canarios. Decía que iban a estar muy bien los tres. Pero el abuelo no quería moverse de su casa porque era la casa en la que había vivido toda la vida con la abuela y con la madre. Decía que ya estaba viejo para irse a otro sitio. Y que se quería morir en su cama y no en una cama rara y fría. El niño imaginaba al abuelo haciéndose humo negro y feo sobre la cama y se asustaba cuando el abuelo se ponía a decir esas cosas.
Cuando aceptaron la solicitud de la madre, el abuelo siguió sin querer marcharse, pero decía que se alegraba de que ellos se marcharan porque la madre tenía razón, aquí ya no había nada que hacer. Antes de que les tocase el turno para irse, el abuelo y el niño se fueron a recorrer la isla. El perro se quedó en casa con la madre. El niño se resignó a que se quedara allí porque ya había empezado a pensar en su futuro en la península, y el perro, que no podía ir con ellos, no entraba en ese futuro. Acompañó al abuelo porque el abuelo le hizo prometer que se acordaría de todo lo que viera para que cuando fuera mayor se lo contara también a su nieto. Tomaron una guagua que los llevó a Arucas y desde allí, contemplando el mar desde la montaña, el abuelo le explicó (“antes todo esto...”) que debajo del agua antes habían unos pueblos también, como en Las Palmas.  Luego subieron hasta Firgas y Moya. Unas ciudades muy pobladas sin apenas jardines, porque se habían construido a toda prisa para la gente que huía de la costa. Después subieron hasta Artenara y bajaron  hasta donde el mar. El agua entraba por lo que antes habían sido barrancos y llegaba bastante adentro. El abuelo le habló de un pueblo que se llamaba La Aldea y que tampoco existía ya. Allí había ido a trabajar la abuela algunos años y la madre y ella vivían en un piso mientras que él iba y venía desde las Palmas en coche por una carretera muy peligrosa. Pero después hicieron unos túneles que hacían que la carretera fuera menos peligrosa, pero que ahora ya no servían más que para que los peces estuvieran a la sombrita. Así decía el abuelo.  Subieron hasta la parte más alta de la isla, Los Pechos, donde había una pista para que aterrizaran los helicópteros. Antes había una pista para aviones pero ya no era posible hacer una igual porque no había espacio. Luego bajaron hasta Mogán pasando por Tejeda y Las Niñas, otras ciudades que había por allí. En las Niñas, dijo el abuelo, había una presa que tenía mucha o poca agua según la lluvia de ese año.  Ahora la habían tapado y debajo había un depósito que recogía el agua cuando llovía que era pocas veces. Y más abajo había otras presas. La de Soria y la de Chira, que se utilizaban para fabricar agua dulce con unas fábricas que habían construido hacía muchos años.
De Mogán fueron a Cercados de Espino, donde estaba la Presa de Chira. Y de allí bajaron hasta la costa, en Ayagaures, donde también hubo una presa pero ahora todo ese terreno estaba construido y las casa subían por la ladera de la montaña hasta llegar San Bartolomé. De Ayagaures fueron hasta Arteara, que el abuelo decía que le parecía que había crecido muchísimo y el niño se imaginó  el mismo pueblo en pequeñito y que luego se había hecho grande como si fuera un animal.
Agüimes fue la siguiente parada, el agua le bordeaba alrededor y se metía por el barranco de Guayadeque. Habían construido un puente que cruzaba el barranco para poder llegar hasta Temisas adonde se había ido a vivir casi toda la gente de Ingenio y Carrizal. Después, desde Temisas subieron hasta Cazadores, un pueblo que estaba muy alto y que permitía mirar casi toda la costa. Luego bajaron hasta Valsequillo, en donde el abuelo le había dicho al niño que iban a construir un gran puerto. De Valsequillo subieron hasta San Mateo. Allí se había establecido el nuevo Cabildo de la isla que gobernaba a todos los municipios y mandaba sobre los ayuntamientos. Desde San Mateo bajaron directamente hasta Las Palmas.
El niño volvió muy excitado de todo el viaje. Y se lo relató punto por punto a la madre mientras esta hacía las maletas y disimulaba las ganas de llorar, o no las disimulaba dándole la espalda al niño mientras hacía como que doblaba la ropa. La habían avisado de que partirían en el siguiente contingente hacia la Península en pocos días. Apenas podían llevarse algo de ropa y la documentación, porque el gobierno se encargaba de instalarlos convenientemente y dotarlos de todo lo necesario para vivir. Incluida una pensión económica (que era la manera de motivar a la gente a marcharse y aliviar un poco la presión demográfica de las islas). El abuelo también estaba impresionado, pero disimulaba mejor. De vez en cuanto se escapaba solo a pasear al perro.
El día de la partida el abuelo los acompañó hasta la Minilla donde tomaban un barco. Como los barcos grandes no podían atracar allí, había uno más pequeño que en varios viajes recogía a la gente que se marchaba y los trasladaba hasta un buque mayor que esperaba fuera, más allá de los islotes de Las Isletas. La madre lloraba, pero el abuelo y el niño se despidieron muy serios. El niño en realidad estaba muy excitado por el viaje que iba a realizar y no sentía más pena que que el abuelo no les acompañara.  Hasta se había olvidado del perro que estaba muy tranquilo observándolo todo pese al bullicio de gente y movimiento que había por todas partes.
Cuando subieron al barco, el niño saludó muy excitado desde la cubierta. El abuelo apenas alzó la mano. Cruzó una mirada dolorosa con su hija, que se contenía para no llorar. Luego se dio la vuelta y se alejó despacio. Muy bajo, para que solo lo oyera el perro, dijo, “vamos, Poncho”.

lunes, 24 de julio de 2017

Una relación

Tengo pensado, un día (así, con la mirada puesta en el horizonte) escribir un libro en el que, con la excusa de la ciencia ficción pueda echar a rodar todo este torrente imaginativo que creo tener (otras veces pienso que como no le de curso acabará secándoseme). 

Hace unos años tuve una relación. Entonces ella era una chica rubia, bajita, con una carita muy angelical y un cuerpo rotundo, pero equilibrado. Trabajaba, y trabaja aún, en el Hospital Estatal, de ayudante de replicación. Por eso tenía el privilegio de replicarse cuantas veces quisiera. Y le gustaba replicarse de una manera enfermiza. Aquel año se habían puesto de moda las Marilyn, esa actriz de cine antiguo que en realidad muy pocos habían visto en películas originales, y todos querían ser Marilyn o tener un rasgo suyo, por eso ella, mi chica, era rubia y tenía poco más o menos aquellos rasgos –su diseñador solo conocía a Marilyn por holografías y entornos virtuales, que la reproducían con dudosísima fidelidad–. Cuando se me presentó, le hice saber, con muy poco tacto, que tanto se podía parecer a Marilyn como a su cuñada. Después de aclararle el término «cuñada», quedamos para salir, porque a ella le encantaban los frikis y a mí las locas.
Fueron un par de años muy frenéticos. A ella le gustaba salir y encontrarse con mucha gente, hablar,  colocarse, follar. Yo trataba de seguirla, al principio con mucho entusiasmo, pero me resultaba imposible llevarle el ritmo. De vez en cuando me escapaba a una cinemateca estatal donde podía ver casi cualquier película que me apeteciera de los buenos tiempos y ahí me pasaba horas, prácticamente escondido y sin hacer caso al holográfono. Una vez la llevé a ver una de Marilyn y se disgustó mucho con su estilista. Al día siguiente me vino de morenaza, altísima, con un peinado tan extravagante en su tiempo como ahora, pues, al parecer, copiaba a una cantante antigua «de cuando había un país que se llamaba América o algo así».
Sus cambios constantes no me molestaban, al contrario, era fascinante explorar las posibilidades sexuales que su nuevo aspecto nos sugería. Ella me incitaba a que yo también me replicara «lo que complicaría aún más el puzzle de nuestra relación» (para ella, un aliciente más), pero yo no disponía de sus privilegios, ni de sus recursos, y, además, me gustaba mi aspecto y no me apetecía replicarme por moda («no es por moda, cariño, es por amor», replicaba ella enfadada). Además, se tomaba a mal que le insinuara que permaneciera unos cuantos meses con el mismo cuerpo, y me llamaba aburrido.
Me acostumbré a sus cambios inesperados, viniera de hombre o de mujer. También variaba en edad, aunque inevitablemente siempre era un personaje atractivo, ideal. «No cuentes conmigo», respondía alterada cuando yo le susurraba que me encantaría echar un polvo con una anciana, acariciar una piel arrugada, unos senos fláccidos.
De hombre se replicaba poco, apenas un par de veces, porque decía que se disfrutaba poco en el sexo. Esta razón fue la más convincente que pude escuchar nunca de sus labios para, al menos, pensar en la posibilidad de replicarme y contribuir a la complejidad de nuestra relación.
Yo lo había hecho solo una vez, a consecuencia de un accidente en el que perdí las dos piernas y la conciencia. Como no tenía declaración de voluntad me replicaron con mi mismo cuerpo, claro que completo. Si me hubieran preguntado, si no hubiera estado inconsciente, lo mismo ahora me parecería a … mí. En fin, tengo alma de «natural», aunque no me atreví, en su momento, a dejar una declaración de voluntad para confirmarlo en caso de accidente.
El colmo de nuestra relación fue cuando se empeñó, y lo hizo, en replicarse, durante unas vacaciones del Hospital, claro, como perro caniche. Se escapaba todas las noches a follar con perros callejeros. Eso no me molestaba. En cambio, que me metiera el hocico frío por los testículos me bajaba completamente la libido, y, esto no se lo dije nunca, me daba mucho asco.
Lo dejamos poco después, cuando empezó a traerse amigos a casa. Una vez vino con un pirado que se había replicado en centauro mitológico –todo esto fue antes de las leyes de restricción, cuando las cosas ya estaban bastante desmadradas– con la idea de que montáramos un trío. Estaba la moda mitológica y ella iba de Medusa, es decir, un cuerpo imponente pero había que mantenerse alejado de la cabeza. Yo ya no pude soportarlo más.
Tuve que marcharme de su piso y volver a un cuchitril del estado. Lo único que eché de menos, aparte de algunos privilegios en comida, fue el virtualizador, con el que me daba larguísimos paseos por mundos extraordinarios sin necesidad de salir de casa, pero cansándome igual. Volví a mis frikismos, que de todas maneras nunca había abandonado: a la cinemateca, a solicitar libros y audios antiguos en la biblioteca, y a pasearme por el extrarradio buscando un poco de tierra. Hasta he pensado ponerme a trabajar, tal vez en una biblioteca, y así mejoraría mi situación, sentaría un poco la cabeza y me alcanzaría para pillar algunos privilegios.  En cuanto al sexo, después de tanta variedad y extravagancia, volví a la sencilla placidez de las pajas mirando la holovisión.

viernes, 30 de junio de 2017

Ser yo mismo.



Intento ser siempre yo mismo; pero no lo consigo, me sale otro que es distinto cada vez. Así no hay manera de culminar resoluciones ni propósitos, porque el siguiente siempre opina diferente del anterior. Si el anterior había determinado continuar como fuese, este abandona. Y si por el contrario el anterior había decidido abandonar, este va y toma la heroica resolución de intentarlo nuevamente.
Y así siempre con cualquier cosa; nunca un objetivo único sino dos, y cada uno en una dirección diferente.
Y porque simplifico y digo dos, que son más. Uno es alegre y el otro un burro, otro es un triste y aún otro, qué se yo, está perdido, y a ese le sigue el que quiere y hay uno que sabe por cada dos que no. Y todos entran y salen sin orden sin turnos, sin permiso; no hay asamblea, no hay acuerdos.
Esto soy yo. Y sí, intento ser yo mismo, pero ¿cuál de todos ellos soy? 

viernes, 16 de junio de 2017

A las palabras las caga el diablo

A las palabras las caga el diablo.

(Explicación: es una variante de un dicho que se aplica a las armas y que nos advierte de no descuidarnos nunca con uno de estos instrumentos pues un error en su manejo puede conllevar resultados trágicos. "Las armas las carga el diablo". En tal dicho se han sustituido dos términos clave: «armas» por «palabras» y el verbo «cargar» por otro que alude a la actividad fisiológica humana que consiste en expulsar del cuerpo los residuos sólidos no aprovechados por la digestión de los alimentos. La elección de este verbo se debe principalmente a su concomitancia sonora con el verbo original, a falta de una consonante alveolar vibrante intermedia. La interpretación es posterior a la elección pues el objetivo primero de la construcción es conservar su similitud con la expresión original. La sustitución del sustantivo es más común, la expresión y su sentido permanecen, solo que aplicado a otros objetos y en un sentido figurativo cuando esos objetos no son susceptibles de ser físicamente «disparados». En cambio, al sustituir el verbo hemos conseguido, primero, conservar el recuerdo de la expresión original y además recargarlo con un nuevo sentido)

(Interpretación: el diablo tiene fama de sibilino; cualquier trato con él por muy ventajoso que pueda ser presentado por este siempre se vuelve contra el inocente ser humano que espera recibir una enorme recompensa a cambio de algo de tan poco valor como su alma, una bagatela. Firmado el contrato, y sin modificar los términos del mismo, el diablo siempre se las arregla para que la recompensa prometida se convierta en un castigo descomunal. Las palabras expresadas por el diablo adquirirían esta maldición de aparentar una cosa y, una vez expresadas, resultar con un efecto completamente opuesto al previsto. Si estas son las características de las palabras expresadas por el maligno, peores se habrán de manifestar aquellas que excreta por su venerado (es fama que en las reuniones clandestinas de brujas y hechiceros, una de las ceremonias más importantes consiste en saludar la llegada del demonio besándole el ano a su representación transfigurada en la forma de un macho cabrío) culo.

martes, 6 de junio de 2017

El libro de San Cipriano

Entre los libros que no me compré en la feria del libro, de los muchos que me tentaron, está el Libro de San Cipriano. Un libro de sortilegios Tesoro de la hechicería. Leyendo a Washington Irving voy y me tropiezo, prácticamente en el último capítulo, con una alusión a San Cipriano, confirmándome que debí haberme comprado el puñetero librito.
Tenía, don Cipriano, fama de hechicero a fines del siglo III, allá en Antioquía o Cartago, por África sería. Se convirtió al cristianismo al observar cómo la hermosa Justina, a la que pretendía seducir con sus hechizos enviándole una partida de demonios, los rechazó virtuosamente con el solo gesto de trazar la señal de la cruz. Convenció tanto su conversión que lo nombraron obispo (peores serían los demás).
La estrategia no le iría tan mal que tiempo después, en los de Diocleciano, los atrapan juntos y juntos los martirizan, a ambos los decapitan y ambos son elevados al santoral.
Se cuenta que después de su conversión aún siguió practicando las artes oscuras, pero ahora para el bien. Nadie mejor que él para combatir las huestes del mal, que ya se conocía las mañas del enemigo por haber militado en sus filas.
El tal libro tendría su justificación en esta historia. Pero la historia tiene muchas ramificaciones.
Hay en Salamanca una cripta llamada Cueva de Salamanca, (pertenecía a la iglesia de San Cebrián. Isabel, la reina, mandó tapiar la puerta de la cripta, por motivos evidentes, y parece que estuvo desaparecida mucho tiempo. Actualmente se puede visitar turísticamente) que tiene fama porque la leyenda cuenta que allí daba clases el mismo Demonio. Lo hacía a solo siete iniciados y durante siete años. Al final del curso, al más destacado de ellos le cobraba la matrícula reteniéndolo para que ejerciera con él labores de asistente. Le tocó esta Matrícula de Honor al marqués de Villena (Enrique de Villena, 1270-1460), que en Salamanca tenía fama de interesarse por las artes siniestras, la astrología, la hechicería, la nigromancia. El astuto marqués quiso evitar su destino y se ocultó en una tinaja cuando el Demonio lo reclamaba. Como no acudía a su llamada, estuvo revolviendo y hasta salió a la calle a ver si lo pillaba corriendo, momento en que aprovechó don Enrique para salir de la tinaja y escaparse por la puerta franca con total tranquilidad.
El cabreo del Demonio fue tal que lo castigó borrándole su sombra.
El librito estaba en esa caseta que pretenden ser ediciones facsímil de los originales, donde se pueden encontrar cosas muy interesantes, como, probablemente, aunque todavía no sabía que me interesaba, la fuente de estas historias, entre otras, que nos cuenta don Washington, el Teatro Crítico Universal del P. Feijoo

NOTA: como se observará por la falta de relación de las citas con el texto, aparte de que han sido escogidas al azar, una cosa es La Historia y otra cosa es La Leyenda. Más bonita esta última, dónde va a parar. (En realidad leí las citas después de haber publicado el texto, qué burro)

viernes, 2 de junio de 2017

¡Firme!

Según parece, y no descarto que huya, estaré el sábado en la Feria del Libro de Las Palmas, a eso de las siete y media, alrededor de una mesa en la que se exhiben ejemplares del Inventos... del Riforfo Rex. Llevaré un bolígrafo por si acaso.
Si todo eso ocurre, lo de la mesa, caseta de la librería Fantaseando, lo de los libros, lo de yo por allí, y alguien tuviera la acertadísima idea de comprar uno de mis libros, estaría encantado de exhibir mi absoluta falta de imaginación para redactar dedicatorias. 

jueves, 25 de mayo de 2017

Consejas de viejo

Leyendo a Gandhi: la ley del Karma dice que lo que el hombre siembre eso recogerá. Dios hizo la ley y ya no le hizo falta intervenir más.
Automáticamente pienso que no toda siembra da sus frutos. Eso lo sé seguro. Aunque no sé si es un apartado de la ley del Karma. No obstante no lo invalida, pues sigue cumpliéndose que si plantas puerros no esperes que te broten calabazas, lo peor o mejor que te puede pasar es que no te salga nada.
A veces es difícil saber qué es lo que uno está plantando. Muchas semillas se parecen entre sí, al menos a un ojo no experto. ¿Y qué ojo hay experto en la vida? Nadie, que se sepa, la ha vivido dos veces para para asegurar a otro qué es lo que viene a continuación.
Yo diría que en esos casos, cuando uno no sabe muy bien qué está plantando, lo mejor es no plantar nada. No se trata de no correr riesgos. Bien por los riesgos cuando tienes el empeño de ir a alguna parte. Pero la metáfora de la semilla desconocida no apunta precisamente a que tengas un propósito definido.
En Industrias y Andanzas de Alfanhui de Rafal Sánchez Ferlosio, los niños le llevaban a la abuela los huevos que se habían encontrado por el campo. La abuela tenía por costumbre ponérselos en la falda frente al brasero y no se movía de allí en veintiún días o hasta que los huevos eclosionaban. Al cabo de ese tiempo los niños iban a recoger sus frutos. La abuela siempre sabía qué niño le había llevado qué huevo y, ¡ay! del que rechazara lo que el huevo había dado: si era pajarillo, pajarillo, si era lagarto, lagarto y si era culebra, culebra. Si alguno rezongaba, ese no era admitido el año siguiente. Cada uno tenía que asumir su responsabilidad con el huevo que había encontrado.
Si no tienes un propósito, le digo yo a mi hija, si no sabes de qué es el huevo, acepta lo que te venga, porque la vida te está diciendo algo. Si tú no tienes un propósito, deja actuar a la vida porque ella sabe lo que te conviene y conoce tu ritmo. Ella sabe más que tú de ti. Solo si quieres ir más rápido o no te gusta el camino que te propone, decide y actúa. Ella no sigue tus deseos. Sino tu conveniencia.
Estás donde estás porque tu comportamiento te ha llevado ahí. Eso es la vida actuando. Los que toman muchas decisiones creen agarrar a la vida por los cuernos. Pero hay que tener muy claro hacia donde llevarla, por qué y para qué de tus decisiones, para controlar ese bicho impredecible.
La vida también es como ese demonio de las películas, engañoso, artero, que te ofrece riquezas y poderes a cambio de bagatelas: tu alma; y cuando has firmado descubres que lo que él llamaba riquezas y poderes no se ajusta ni un pelo a lo que esperabas.
Yo abogo por la inacción. No te muevas si no quieres ir a ningún sitio. Ya se te ocurrirá algo en el reposo. Pero mientras tú estás quieto, la vida te mueve, flotas en la vida por el río. Confía y hazle caso cuando te diga que saltes. Estate atento. Y relájate tampoco es demasiado importante. Si le das órdenes, ten la seguridad de saber lo que quieres. Porque a lo peor te lo concede.

martes, 16 de mayo de 2017

Estoy esperando que me digáis si os gusta mi traje nuevo

Piensa en la luz. Una luz tácita, esdrújula, ¿vale? Ahora percibe el color que da esa luz en las cosas, ¿no te parece níveo, casi obsceno? En cambio, cierra los ojos fuerte, piensa en la noche picuda y alegre, llena de retazos ocre y casi táctil. Siéntete envuelto como abrazo de carne podre y cálida. Ahora mezcla ambos aromas, no la luz o la falta de ella, sino a lo que huelen. Ese olor sucio, erótico, terne como ángel cogido en falta por el mismo Dios que lo sorprende extasiado acariciándose las nalgas con las plumas suaves de sus alas en un goce ignorado. Pues eso precisamente, si alcanzas a verlo, eso que se va si respiras fuerte o te distraes con una paloma, eso que si lo miras de frente nunca existió, eso es lo que digo,... no sé si me entiendes.

Es fácil juntar palabras y que parezca que dicen algo. Y hasta es fácil asignarles un significado una vez escritas. Un significado críptico, sugerente. Ese no es, pues, el mérito. El mérito es convencer a los otros de que este traje, de la más finísima tela, tan delicada y hermosa que los tontos, los idiotas, los incapaces, no pueden apreciarla, te vestirá regiamente hasta provocar la admiración de todos. 

jueves, 11 de mayo de 2017

¿He cambiado?

Al final,
lo que me gustaría creer
es que he cambiado,
comprendido, lo suficiente
como para saber que,
si volviera a vivir,
mi vida, esa nueva vida,
no sería la misma.

Quiero decir: si uno se piensa, ¿cree que ha cambiado con el paso de los años? Obviamente han cambiado cosas ahí fuera, has tomado decisiones que podían haber sido otras, pero ¿de verdad cambiaron esas decisiones tu vida?, ¿de verdad podía haber sido otra vida si hubieras elegido la otra alternativa? Pienso mucho en esto, y en lo igual que me he sentido siempre a mí mismo. Traicionándome siempre de la misma manera, siendo fiel a mí mismo, siempre, en los momentos esperados. Olvidándolo todo poco después. Enfrentándome a nuevas circunstancias siempre con la misma inexperiencia. No. Leo aquellas libretas de los veinte años y no percibo cambios. No soy más “maduro”, no he despejado ninguna de aquellas dudas esenciales. No soy más valiente, desde luego, y en cuanto a conocimientos y habilidades, apenas lo que podía esperarse de haberme hecho más viejo. Todo lo más, ahora mi letra se entiende mejor. Ya pienso obsesivamente en la muerte (aunque no lo reconozca abiertamente y emplee ese tono de cinismo burletero que intenta ponerme por encima de los miedos). Y aún sigo pensando que el nudo puede deshacerse sin necesidad de cortarlo. Tal vez lo que me falta por aprender es a usar la espada. Como hacía Buñuel, dar la vuelta a la cámara y enfocar lo que está al otro lado de ese hermoso paisaje que nos hemos empeñado todo el rato en enfocar para hacer una película bonita. Mirar más cerca y con menos condicionantes. Simplemente comprender lo que soy y no empeñarme tanto en querer ser todo lo demás. 

martes, 9 de mayo de 2017

Monstruos

Hay que dejarse fecundar por el azar.

Quiero decir, el mundo que percibimos es un estrecho mundo, férreamente filtrado por nuestra consideración. Sólo dejamos pasar aquello que nuestra propia consideración considera aceptable, y rechazamos incluso antes de conocerlo, aquello que ya tenemos catalogado como inaceptable, entre lo que, a menudo, incluimos lo desconocido, lo que hasta ahora no habíamos conocido. Así vamos conformando nuestro mundo en torno a nosotros, amigos, gustos, placeres, pensamiento, rechazos, odios, lo que sea. Y a fuerza de cegarnos a cualquier otra cosa acabamos creyendo que ese es el mundo, que el mundo es lo que nosotros percibimos. Y de pronto aparece algo extraño a ese mundo, y nos quedamos aterrados porque para nosotros es un monstruo, es decir, un ente inconcebible en lo que hasta ahora considerábamos mundo. Los monstruos son todo eso que acecha en la oscuridad más allá de nuestra percepción. Pero no son monstruos, lo mismo no son monstruos nuestros rechazos o nuestros odios, sabemos que rechazamos a determinadas personas, determinados peligros, rechazamos determinadas comidas porque las sabemos desagradables o tóxicas, eso no son monstruos, porque sabemos que están ahí y los rechazamos o los ignoramos a propósito. Lo que ocurre con los monstruos es que para nosotros no existen y si de pronto surgen en nuestro mundo parecen hacerlo de la nada, de la oscuridad, de donde no creíamos que hubiera nada.
Por eso hay que mantener la puerta abierta al azar. No controlarlo todo, dejarnos cuando menos explorar lo desconocido, a lo que hemos llegado sin elegir, sin decidir, solo eso nos va a permitir incorporar nuevos elementos a nuestro mundo y nos va a entrenar para aceptar o rechazar novedades sin calificarlas de monstruosas o sobrenaturales.

sábado, 6 de mayo de 2017

Una semana

Ya hace solo una semana
y fue hace tanto tiempo
que parece que fue ayer
y apenas recuerdo cuándo

Y puede que nunca ocurriera
o que vaya a ocurrir y ya
lo sepa de antemano no sé
parece que no ha sido y ya fue

esperaré mientras me aclaro
a ver que pasa si será
o si está siendo o si fue
o no ha sido nunca ni lo espero

  ---o---

esperar se me da bien
he esperado tanto que ni espero
lo que espero solo espero
y ya ni sueño que lo tengo

y tenerlo para qué es olvidarlo
esperarlo es soñarlo y es tenerlo
mas tenerlo es poseerlo y olvidarlo
quiero querer no tener recordarlo

esa es la verdadera posesión
ahí está el valor del tesoro
que no se puede tener
que tenerlo es perderlo


"Pero era un verdadero tesoro porque no se podía vender. La gente cree que es tesoro todo lo que vale mucho, pero el verdadero tesoro es lo que no se puede vender. Tesoro es lo que vale tanto que no vale nada. Sí, él podía vender su tesoro a peso de marfíl, pero el tesoro se perdería, vendería nada más que marfil. El verdadero tesoro vale más que la vida, porque se muere sin venderlo. No sirve para salvar la vida. El tesoro vale mucho y no vale nada. En eso está el tesoro, en que no se puede vender". (de Industrias y Andanzas de Alfanhui de Rafael Sánchez Ferlosio)

lunes, 1 de mayo de 2017

Primero de Mayo, día de la hermandad obrera. Notas al azar



Era un pequeño grupo que cabía holgadamente en la Plaza de Santa Ana.Mucho rojo,solo roto por el advenedizo morado. Desperdigados por toda la plaza, se alzan carteles y pancartas, banderines y camisetas. Uno de los temas centrales es la nueva ley de suelo de canarias, ese nuevo orgasmotrón concertado por el gobierno regional para satisfacer el onanismo empresarial, supongo que para distraerlo de la sistemática violación de la persistente inocencia del pueblo ejemplificada en el último caso de proxenetismo con adolescentes. Otros temas son más generales, el armazón podrido de esta nuestra España, la tercera república, etc. Todo expresado con palabras viejas como obrero, solidaridad, precariedad, empleo de calidad.
La mayoría de los manifestantes se arracima hacia el ayuntamiento, hacia las escaleras, alejándose de la catedral. Las escaleras permiten a los arengadores alzarse un poco por encima de los oyentes. Estos se reúnen alrededor formando un círculo delimitado por las pancartas. Los arengadores leen unos textos viejunos, llenos de palabras tan gastadas como las oraciones de misa que ya no significan nada. "Los ataques a la clase obrera", "trabajadores y trabajadoras", "nuestra fuerza como clase", "desmantelamiento de la clase media", "lucha obrera". No es gratuita la comparación,  esto parece una misa solemne, a la sombra de la catedral, con sus próceres a la cabeza leyendo oraciones que ya han perdido su signifcado en la mente de los oyentes, de tanto uso idéntico y repetido con las mismas expresiones, palabras repetidas, gestos repetidos, hechos repetidos. Terminan con la solemne y conjunta entonación de la internacional, brazo en puño alzado de rigor, que sirve a modo de bendición. Algunos, insatisfechos, vuelven a repetirla eufóricos. Visto desde fuera esto es lo más parecido a un perro lamiéndose las pelotas.
La revolución se ha institucionalizado, ya no es una esperanza física sino metafísica en la que nadie cree; ya solo pueden creer en las palabras, los gestos, la emoción del momento en común, con pancartas y banderines que nada significan.

Y mientras, como en las películas de Berlanga al paso de los entierros, los turistas en Triana sentados en las terrazas disfrutando del magnífico día ante una cervecita atendidos por serviciales camareros


lunes, 24 de abril de 2017

Sobre la timidez

Es curioso lo que ronda entorno al asunto de la timidez.

Creo que la reticencia de una persona tímida a hablar con gente, sobre todo gente desconocida, tiene dos vertientes. Por un lado teme que le descubran nuevos defectos que él o ella no sabía que tuviera. Tal vez teme no conocerse lo suficiente y que los demás sepan más de ellos que ellos mismo, y que lo que sepan sea la parte mala. Así, los evitan para eludir la oportunidad de que se lo hagan saber.

Por otro lado temen defraudar las posibles expectativas que se hayan formado de ellos los demás. Así que se mantienen apartados sin mostrarse demasiado, sin comprometerse, lo que significa adoptar una estrategia del misterio antes que desvelar el fraude que son.

No todos los que se declaran tímidos lo son. Hay pues la timidez natural del ser humano, la que Gandhi, que estoy leyendo ahora su autobiografía, declara tener y la timidez patológica. La timidez de Gandhi no es más que timidez de novato, de recién ingresado y de prudente, pero luego, en sus actos demuestra una resolución absolutamente envidiable. En cambio, el tímido patológico es una persona encerrada dentro, sin el impulso, sin la resolución para salir –tal vez desactivada por la cobardía, pero también alimentada, esta inmovilidad, por las respuestas del cuerpo (el cuerpo más que el mundo, el cuerpo reaccionando pésimamente ante las respuestas del mundo) a experiencias pasadas de intentar salir; porque si uno no recibe recompensas sino esporádicamente, termina por dejar de actuar; si cada paso que da le significa un enorme esfuerzo cuando a su alrededor los demás actúan, en las mismas circunstancias, con perfecta indiferencia, termina por desalentarse–.

Claro que sale. Pero tan poquito a poco que para cuando empieza a notarse semejante a los otros, cuando empieza a creer que es uno entre todos, poco más o menos, ya han pasado todas las oportunidades y se encuentra viviendo en el páramo que llega después de haberse tomado todas las decisiones. Y, sobre todo, se encuentra con una construcción sobre sí mismo que le inhabilita para la resolución, para la acción, para el compromiso, ahora férreamente razonada tras largos años de autojustificación.

La pregunta constante es ¿soy tímido o soy simplemente cobarde? Y el tímido patológico siempre cree saber que la respuesta es la segunda, aunque se agarra a la posibilidad de la primera para no culparse demasiado. Pero se culpa, y eso le hace esconderse para ocultar esta verdad a los otros y ocultarse a sí mismo que los otros ya lo saben.

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Escribí este texto en primera persona y luego lo cambié a la tercera por vergüenza de que supieran que trataba de mí. Pero luego lo he releído y me he dicho que exagero, que las cosas no son, ni han sido, tan «patológicas» como de aquí se deja traslucir. Y luego me digo que lo digo porque he olvidado momentos verdaderamente «patológicos» del pasado, afortunadamente.  Y luego me digo que no importa una cosa u otra porque de todas maneras no voy a atreverme a publicar este texto. Y luego me digo que sí que me voy a atrever porque precisamente es uno de esos actos que yo nunca haría y que me he comprometido vagamente a hacer de vez en cuando si es que me atrevo. Y luego me digo, tranquilizadoramente, que no me voy a atrever. Y luego que sí. Y luego que no. Y ya ven, este es el tipo de estupideces que decía que para los demás resulta una somera estupidez y para los tímidos resulta de severa trascendencia.

lunes, 17 de abril de 2017

¿Hacer o hacerlo bien?

Confundimos (o confundo) hacer con hacer bien. Y a menudo dejo de hacer por temor a no hacerlo bien. Tal vez sea solo una excusa susurrada por la pereza. Creo que lo importante es hacer, y solo como un nivel más refinado hay que pensar en si lo hecho está bien o no está bien hecho.
Hacer tiene que ver con nosotros, es una decisión y un logro puramente nuestro. En cambio, el que que esté o no bien hecho es una valoración externa, una comparación de lo hecho por nosotros con otra cosa, y tiene más que ver con una cuestión de medida, de valoración.
Del mismo modo, atribuirse mérito por simplemente haber hecho es salirse del acto básico de hacer para entrar en ese otro ámbito de la comparación, de la medición, de la competición.
Hay que conseguir despegarse de la valoración como objetivo principal de toda acción. El objetivo principal de toda acción es la acción misma y la enseñanza, la experiencia, que aporta haber hecho.

lunes, 10 de abril de 2017

Breve investigación sobre Boabdil, el supuesto rey llorón de Granada

a cuenta de la lectura, en curso, de los Cuentos de la Alhambra, de Washington Irving


Pues de mi última y única visita a Granada me traje, ¿quién no?, un volumen de los Cuentos de la Alhambra para hacerme perdonar mi negativa a visitar el complejo monumental en cuestión.  Me lo traje en inglés para hacerme perdonar la vulgaridad de comprar un volumen de los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving en Granada y que al menos me sirva para algo la lectura, que ya se sabe que leer  no sirve para nada bueno y, para colmo, seca el cerebro y hace que uno le pierda gusto a la vida real de pan y queso de ahí fuera. En cambio el inglés es muy útil. Muchas carreras laborales se han visto impulsadas gracias a la adquisición de esta habilidad. “How are you? My taylor is my friend, but my girlfriend is not my taylor. I have an uncle in América”, etc.

Estaba leyendo un pasaje de la narración de don Washington, ese en el que relata cómo Boabdil, desde el llamado monte del Último Suspiro del Moro, se despedía de Granada y su madre, hurgándole bien en la herida, le decía: “eso, llorón, llora como membrillo los que no has sabido conservar como melón”, o algo así y me pregunté: ¿Qué fue de este chaval? ¿Dónde acabaron sus días?

Pues, sus días acabaron en Fez, en la Barbaría, o Berbería, lo que actualmente es Marruecos. Y no se murió joven, no, que ya el hombre se había gozado una vida: 69 años. Me pareció extraño que un personaje histórico que soporta una carga tan simbólicamente enorme como haber perdido el reino de Granada y padecer hasta el llanto esta pérdida, hubiera vivido tanto tiempo. Parece que pega más que estos tíos se mueran en medio de terrible compunción, arrojándose a un precipicio o enterrándose su propia espada (alfanje queda más propio) para calmar tanto dolor. Pues no, entre los muchos que mató en su vida no se contó a sí mismo.

Nació este hombre mismamente en Granada en 1459 y murió en 1533. Su padre Muley Hacen era, a la sazón, el emir, con sus más y sus menos,  que luego veremos, porque la cosa es complicada.  Su madre, la de tan tiernos consuelos, Aixa, estaba justamente cabreada, aunque tal vez utilizaba la cabeza de su hijo a falta de la de su cónyuge o la de la preferida de este, Isabel de Solís, alias la Zoraida, una cristiana conversa. Ya se sabe cómo funcionaban, llega un juguete nuevo y los demás se arriman en el trastero. Solo que Aixa ya tenía hijos y pretensiones para estos. Confabuló con su hijo cuanto pudo para que este fuera el legítimo heredero y se defendió y defendió a su hijo para que entre su padre y su preferida no le quitaran el cargo. Se dice que la tal Aixa era una mujer de armas tomar, "mujer varonil, intrigante, despechada, cruel y vengativa".

Todos eran miembros de la dinastía nazarí. Una dinastía es una familia cuyos descendientes se van sucediendo en la corona. Esta fue, obviamente, la última dinastía musulmana en España. Dominó Granada desde 1238 hasta 1492 (254 años y 20 sultanes nazaríes).  Pero una cosa es una dinastía y otra cosa es un linaje o un bando. Vamos a ver si desentrañamos esto.

Al parecer, todos los que fueron gobernando Granada individual o colectivamente, es decir, peleándose entre ellos y repartiéndose las zonas, pertenecían a una misma familia o eran descendientes de aquel primer Abu Nasr de 1238 que da nombre a su dinastía. Pero dentro de estos existían como dos clanes, los Abencerrajes y los Bannagas. Cuando un muchacho quería alzarse para ocupar su “legítimo” lugar en el trono acudía al bando que estaba en desgracia con el actual emir; si a este lo apoyaban los Abencerrajes, pues se hacía ayudar por los Bannagas, si eran los Bannagas los que apoyaban a actual emir, pues entonces eran los Abencerrajes los que ayudaban al “delfín”. Ambos, según conviniera, se hacían ayudar de los Cristianos, que siempre estaban ahí fuera intentando darle una nueva dentellada a un cacho de provincia mora. Y, por supuesto, estaban los alfaquíes, que eran los sabios, o sacerdotes, que interpretaban la ley y dictaminaban qué era lo que estaba de acuerdo con las escrituras y qué no. Pues estos siempre apoyaban a los que no se hacían ayudar de los cristianos, que unas veces eran unos y otras veces eran otros.

Boabdil era llamado Muhammad XII.  O más bien, Muhammad XII era llamado Boabdil por los cristianos, una forma de pronunci
La forma en que llegó al trono o como se llame eso donde se sientan los emires  – el cojín?–  seguía en cierto modo la tradición. Veamos primero cuál fue esta tradición y luego nos ocuparemos de sus actuaciones.

Todo empieza con un tal Yusuf III (1417), al que le sucede su hijo, Muhammad VIII (solo tenía ocho años, así que era llamado “El Corto”); reinaba en su nombre un visir Al-Amín. Pues los Abencerrajes se le sublevan y alzan al trono a Muhammad IX (“El Zurdo”). Muhammad VIII, apoyado por los Bannigas, intentó recuperar el trono, pero, lo que perdió fue la cabeza. En esta fase, fama tenían los Bannigas de ser amiguitos de los cristianos, asi que con la ayuda de Juan II, los Bannigas “expulsan” a Muhammad IX y ponen en su lugar a Yusuf IV, nieto de Muhammad VI (vaya por dios, ya he perdido al séptimo). No sé cual de los dos, si Yusuf IV o Muhammad VI era el famoso Abenamar de los romances.

—¡Abenámar, Abenámar,   moro de la morería,
el día que tú naciste   grandes señales había!
Estaba la mar en calma,   la luna estaba crecida,
moro que en tal signo nace   no debe decir mentira.

Allí respondiera el moro,   bien oiréis lo que diría:
—Yo te lo diré, señor,   aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro   y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho   mi madre me lo decía
que mentira no dijese,   que era grande villanía:
por tanto, pregunta, rey,   que la verdad te diría.
—Yo te agradezco, Abenámar,   aquesa tu cortesía.
¿Qué castillos son aquéllos?   ¡Altos son y relucían!

—El Alhambra era, señor,   y la otra la mezquita,
los otros los Alixares,   labrados a maravilla.
El moro que los labraba   cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra,   otras tantas se perdía.
El otro es Generalife,   huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas,   castillo de gran valía.
Allí habló el rey don Juan,   bien oiréis lo que decía:
—Si tú quisieses, Granada,   contigo me casaría;
daréte en arras y dote   a Córdoba y a Sevilla.
—Casada soy, rey don Juan,   casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene   muy grande bien me quería.

Así tenemos el reino dividido entre Yusuf IV, apoyado por los Bannigas y los cristianos, y Muhammad IX, apoyado por los Abencerrajes. Entonces intervienen los Alfaquíes, cuya palabra es ley; ellos apoyaron a Muhammad IX, así que Yusuf IV perdió el habla, (años después, nuestro bien considerado Muhammad XIII, Boabdil, “El Valiente”, se casaría con su hija de precioso nombre, Esquivila)

Ya estamos en 1445 y me aparece el Muhammad X, “El Cojo”, enfrascado en una contienda con Muhammad IX, “El Zurdo”. Se conoce que fue menos relevante con qué brazo te limpias la sangre que tener la mitad de probabilidad de meter la pata. Ganó “El Zurdo”, pero duró poco, porque poco después estaba Yusuf V que ni se enteró de que estaba gobernando cuando vuelve a aparecer Muhammad IX, el cual tuvo la precaución de hacer matar a Muhammad X, como ya había hecho con Muhammad VIII y Yusuf IV, todos ellos del bando de los Bannigas.

A este le sucede el siguiente en orden numérico, Muhammad XI, “El Chiquito”, que era hijo de Muhammad VIII (“El Chico”,  aquel que solo tenía ocho años cuando le endilgaron el marrón). Este era de los Bannigas y persiguió con saña a los Abencerrajes. Se le atribuye la famosa matanza.
(Una de las estancias de la Alhambra se llama la de los Abencerrajes y viene tal nombre desde una masacre que se hizo allí de unos treinta y seis miembros de esta familia. ("oigan, vengan a comer, que tenemos un cordero buenísimo y un hachis recién traído de marruecos que te lleva al paraíso en dos caladas, tráiganse a toda la familia que hay para todos") No está muy claro quien, ni si ocurrió una sola vez, ordenó esa matanza. Lo mismo no eran treinta y seis, sino tres, y lo mismo no eran propiamente Abencerrajes puros, puros, sino unos mensajeros suyos. Y lo mismo no solo fue “El Chiquito”, sino que era costumbre citar a los Abencerrajes en la Alhambra y darles muerte, en lugar de darles de comer)

A Muhammad XI le sucede Abu Nars Saad, Ciriza para los cristianos, padre de Muley Hacen y hermano de Muhammad V. Curiosamente era respaldado por los abencerrajes, tal vez estos estaban vengando aquella supuesta matanza.

Pero la cosa sigue y no es tan fácil. Si no matas al predecesor nunca estás seguro de que en la próxima primavera te florezca una daga en la espalda o se te abra un canal en la garganta: ahora habían tres zonas con sus respectivos gobernadores: Muhammad XI, Abu Nars y Muhammad IX, cada uno con su parte del pastel granadino.

Ciriza, osea Abu Nasr, perdió el favor de los Abencerrajes, así que se cargó a un par de cabezas relevantes de ese clan –otra matanza de Abencerrajes en la Alhambra, aquí menciona el Patio de los Leones, pero debe ser la misma porque la famosa sala está ahí detrás–. Los Abencerrajes se juntaron con Yusuf V, que les duró un año, y luego convencieron a Muley Hacen, el padre de Boabdil, para sublevarse contra su propio padre.

Y así llegamos hasta Boabdil que siguió la tradición.

Por lo que parece o consigo deducir, Boabdil, antes de “alzarse”, al emirato, quiso hacer méritos e intentó atacar una fortaleza cristiana en Lucena. La cosa estaba hecha, le dijeron, todos distraídos y sin posibilidad de recibir refuerzos, le dijeron. Lo tomaron prisionero. Para liberarlo, el padre, Muley Hacen, intentó negociar un trato, pero la madre, Aixa, que no se fiaba de las intenciones del padre, quien por lo visto favorecía a un hijo de la Zoraida, un tal Yusuf, realizó sus negociaciones por su lado.

Esto fue en 1482. Al año siguiente, y apoyado por los Abencerrajes, Boabdil derrocaba a su padre Muley Hacen.  Por ahí estaba su tio, Boabdil “El Valiente”, o El Zagal, que al parecer había estado en lucha con Muley en algún momento. Y que en esta ocasión se puso de su lado.

Parece que en 1485 o 1486, Boabdil volvió a estar preso de los cristianos. Esta vez porque los cristianos estaban enfadados porque “El Chico” no les tributaba como correspondía. Entonces fue cuando se alzó con el trono El Zagal, su tío, con elnombre de Mohammed XIII. Pero Boabdil, “El Chico”, pactó con los cristianos la cesión de algunos terrenos, precisamente los que correspondían a su tío, en la banda de Almería, y, dejando como rehén, a su propio hijo, lo que no le debió sentar muy bien a la Morayma, su esposa, consiguió el apoyo cristiano para recuperar el trono.

Más tarde ocurriría la toma de posesión definitiva de Granada por parte de los cristiano tras un pacto bastante más que dudoso con Boabdil. A este le permitieron ocupar los terrenos  que habían sido de su tío, Laujar de Andarax en Almería, en la Apujarra Almeriense. A sesenta y nueve kilómetros de la capital, propiamente Almería. Parece que Laujar era la capital de una taha, que es como se llama a una circunscripción o división administrativa. La taha de Laujar comprendía, además de esta capital:  Fondón, Bayarcal, Paterna, Guarros, Fuente Victoria y Alcolea.

No estuvo en su "señorío" de las Alpujarras más que un año. Después vendió sus derechos a los RRCC y se marchó a Fez, Marruecos o Berberia o Barbaria, en 1493. Por lo visto, en las Alpujarras murió su esposa, Morayma. Nada se dice de su madre. La de "llora como mujer lo que no has sabido preservar como hombre", que obviamente, no tuvo lugar salvo en la imaginación de un tal Padre Echevarría que publicó un "Paseos por Granada", donde se inventaba esta patética historia, ¿quién se va a creer que una madre puede ser tan hijadeputa?

Las infamia de Boabdil no acaba en tierras peninsulares. Parece que también el Valiente Zagal, su tío, se pudo retirar de Granada con sus piernas en vertical, y que también lo hizo a Fez, algo tendría de bonito esta ciudad en aquel tiempo. Pues, puestos a elegir, el que gobernaba Fez en ese momento se decantó por Boabdil que, por lo que se cuenta, aunque es leyenda, cuando llegó Zagal a Fez lo encerró en una torre y le quemó los ojos, vaya capricho, todo por hacerle las gracias al amiguito Boabdil. Digo yo que su poder tendría Boabdil que el propio anfitrión de la casa donde se hospeda se siente obligado a homenajearle de esta espantosa manera. En aquel tiempo, los de Fez estaban ocupados defendiéndose de los Portugueses y por esta razón siempre dejaban esperando a los granaínos una ayuda que Muley Hasen y Zagal, el Valiente, se hartaron de esperar. Además la retirada de Boabdil de tierras peninsulares tuvo muy poco de huída y mucho de traslado, pues recibió toda la colaboración de los cristianos. Es más probable que si huía de alguien fuera de sus propios correligionarios a los que traicionó miserablemente.

Me parece a mí que Boabdil el desdichado más bien es una mala traducción de lo que en árabe sería  Boabdil el malnacido. Estos últimos párrafos tratan de exculparlo en cierta medida con aquello de que sus circunstancias moldean al hombre, es decir, que en aquellos tiempos todos eran una panda de salvajes egomaníacos, cabrones, asesinos, y este muchacho no hizo sino seguir el camino señalado por el comportamiento de sus predecesores ("oh, yo creía que esto es lo que tenía que hacer, como ellos hicieron lo mismo")

Pero la verdad es que entre sus correligionarios no tenía, ni tuvo para la historia, buena fama. En lo que los alfaquíes dejaron escritos al parecer no defendían ni una pizca al bueno de Boabdil “El Chico”, ensalzando mejor a su padre o a su tío, justamente llamado “El Valiente”. En cambio, y resulta sospechoso, los cristianos siempre describieron a Boabdil con laudatorios adjetivos, y hasta lo decoraron con rasgos que lo volvían en extremo atractivo (alto, rubio y con los ojos azules) a los ojos cristianos.

Conclusión:

El año de cuatrocientos- que noventa y dos corría,
el rey Chico de Granada – perdió el reino que tenía,
Salióse de la ciudad – un lunes a mediodía,
cercado de caballeros – la flor de la morería.
Su madre lleva consigo – que la tiene compañía.
Por ese Genil abajo – que el rey Chico se salía,
los estribos se han mojado – que eran de gran valía.
Por mostrar más su dolor – que en el corazón tenía,
y aquesa áspera Alpujarra – era su jornada y vía;
desde una cuesta muy alta – Granada se parecía;
volvió a mirar a Granada, - desta manera decía:
“¡Oh Granada la famosa, - mi consuleo y alegría!
¡oh mi alto Albaicín – y mi rica Alcaicería!,
¡oh mi Alhambra y Akijares – y mezquita de valía!,
¡mis baños, huertas y ríos, - donde holgar me solía!;
¿quién os ha de mí apartado – que jamás yo os vería?
Ahora de estoy mirando – desde lejos, ciudad mía;
más presto no te veré, - pues ya de ti me partía.
¡Oh rueda de la fortuna, - loco es quien en ti fía,
que ayer era rey famoso – y hoy no tengo cosa mía!”
Siempre el triste corazón – lloraba su cobardía,
y estas palabras diciendo – de desmayo se caía.
Iba su madre delante – con otra caballería;
viendo la gente parada, - la reina se detenía,
y la causa preguntaba – porque ella no lo sabía.
Respondióle un moro viejo – con honesta cortesía:
“Tu hijo mira Granada – y la pena le afligía”.
Respondido había la madre, - desta manera decía:
“Bien es que como mujer – llore con grande agonía
el que como caballero – su estado no defendía”.

Paginografía

https://es.wikipedia.org/wiki/Boabdil
https://es.wikipedia.org/wiki/Laujar_de_Andarax
https://es.wikipedia.org/wiki/Alfaqu%C3%AD
https://es.wikipedia.org/wiki/Fez_(Marruecos)
http://www.culturandalucia.com/BOABDIL/Boabdil_Victima_o_sicario.htm
libros citados en estas páginas
Ginés Pérez de Hita "Historia de los bandos de los zegríes y abencerrajes, caballeros moros de Granada, de las civiles guerras que hubo en ella... hasta que el rey don Fernando el quinto la ganó (Zaragoza, 1595)
Camilo Álvarez de Morales, en su libro Muley Hacén, El Zagal y Boabdil: Los últimos reyes de Granada publicado por Editorial Comares (Granada, 2000)
Romance de Abenamar: http://www.poesi.as/indx0033.htm
Romance de Boabdil: http://antoniojosecerdan.blogspot.com.es/2011/08/las-lagrimas-del-rey-boabdil.html




miércoles, 5 de abril de 2017

Las cosas que NO me pasan cuando voy al cine.

Está en marcha en Las Palmas el 17 Festival Internacional de Cine. Voy procurando algún hallazgo, como en ediciones anteriores he tenido la suerte de encontrar: Sion Sonno, o Raul Perrone. Por el momento, nada que me haya impresionado hasta ese extremo. Sin embargo mi imaginación solitaria, se dispara con sorpresas inesperadas.

Al encenderse las luces de la sala observé que la chica que estaba sentada a mi lado – entró tarde, a oscuras, y me había obligado a levantarme para dejarle paso – era la misma que en la sesión de ayer se había sentado delante; antes de sentarse se giró hacia mí mientras se quitaba el abrigo y como nuestras miradas se cruzaron nos saludamos, ella sonrió acogedoramente.
Tratando de pasar desapercibido la miré de reojo, pero me pilló el gesto y me saludó:
– Hola. Otra vez coincidimos.
– Hola. Sí, va a ser que tenemos los mismos gustos cinematográficos.
– O que estamos igual de locos, porque mira que era raro esto que nos acabamos de tragar.
– Yo vengo buscando precisamente eso. Para ver normalidad salgo a la calle que me resulta más barato.
– Tienes razón.
Y, claro, salimos juntos de la sala. Al principio en silencio, pero luego noté que quería decir algo y como que no se decidía. Al fin arrancó.
– La verdad es que te he observado. Vas siempre leyendo mientras caminas. Y cuando llegas a algún sitio y levantas la vista, tu mirada parece velada, como si aún siguieras dentro.
– Dentro de qué.
– No sé, donde quiera que andes. En esa otra dimensión a la que te llevan las páginas del libro. Por cierto, ¿qué lees?
– Todo lo que pillo. No soy muy selectivo.
– Me refiero a ahora mismo.
– Ah, esto es un libro de … poemas, serán.
– ¿No lo sabes?
– No muy bien. ¿Frases cortadas a mitad que siguen debajo son necesariamente poemas?
– No soy experta en arquitectura literaria.
– Yo tampoco. En cualquier caso, se trata de un poeta, por lo visto, canario, exiliado y enterrado ya en Costa Rica. Me gustan las cosas acerca de las que reflexiona y la manera de hacerlo.
– ¿Y qué cosas son?
– Pues... el ser, la identidad... lo típico.
– Ajá. Lo típico.
– Pues aunque lo parezca no me considero despistado. Estoy muy atento a lo que pasa, no te creas. Aunque, a decir verdad, no me había percatado de que me estuvieran observando.
– Soy muy discreta. ¿Vas a la siguiente sesión?
– Hoy  no tenía previsto nada más, pero si me sugieres alguna otra película rara, lo puedo reconsiderar, no hay que desdeñar los consejos del azar.
– Estefanía.
– ¿Qué?
– Mi nombre, que no es Azahar, sino Estefanía.
– Dije az... Vale. Una manera muy astuta de introducir la cuestión de las presentaciones. Yo soy Riforfo.
– No podía ser menos, tipo raro, nombre raro.
– Eh, que mis padres lo eligieron con un cuidado exquisito.
– Suerte que no fueron también mis padres o a estas alturas yo me llamaría Estofado.
– Pobres viejitos, están quedando fatal. Discúlpalos, ellos no tuvieron la culpa  de vivir en unos tiempos tan oscuros.
– Pues volviendo a lo de antes, yo tampoco tenía previsto ver otra. La siguiente sesión termina ya demasiado tarde para mí, al menos entre semana.
– Pues, nada, hasta que coincidamos de nuevo... Yo me voy a tomar una cervecita antes de regresar a casa, que tengo la boca seca del paseo lector.
– A eso me apunto. Vamos, si no tienes inconveniente.
– Al contrario, has picado el anzuelo tan sabiamente tendido.
– Es que el engode estaba muy bien elegido.
– No puedo decir que sea un veterano pescador.
– Ni yo que sea una inocente pescadilla.
– Entonces encajamos bien, mi falta de experiencia la suple tu sobra de malicia.
– Tampoco me sobra tanto.
– Me estaba haciendo ilusiones.
– No te cortes.
– Tanta predisposición me hace sospechar. ¿No serás una de esas psicópatas que seducen a hombres maduros con sus juveniles encantos para acabar asesinándolos follando hasta matarlos?
– No. Solo soy lo que aparento.
– Si me permites, el que debe decidir lo que aparentas, en este caso concreto, al menos, soy yo, y soy una persona con una imaginación exuberante.
– Pues para concretar, me temo que no soy ninguna psicópata, por el momento.
– Vaya. Soy un hombre sin suerte.
– Ahora que... si no te importa quedar simplemente herido.
– Eso despliega nuevas posibilidades nada desdeñables, como que debas intentarlo todas las veces que haga falta hasta lograr tu maléfico objetivo.
– Tengo una voluntad de hierro. Cuando me empeño en algo puedo ser muy persistente.
– Yo soy una víctima fácil. Me entrego sin lucha.
– Eso le quita emoción a la aventura del crimen.
– Pues lucharé, lucharé.
– Pues arreglado, ¿firmamos un contrato o algo?
– Un beso bastará, somos personas honorables.