viernes, 16 de junio de 2017

A las palabras las caga el diablo

A las palabras las caga el diablo.

(Explicación: es una variante de un dicho que se aplica a las armas y que nos advierte de no descuidarnos nunca con uno de estos instrumentos pues un error en su manejo puede conllevar resultados trágicos. "Las armas las carga el diablo". En tal dicho se han sustituido dos términos clave: «armas» por «palabras» y el verbo «cargar» por otro que alude a la actividad fisiológica humana que consiste en expulsar del cuerpo los residuos sólidos no aprovechados por la digestión de los alimentos. La elección de este verbo se debe principalmente a su concomitancia sonora con el verbo original, a falta de una consonante alveolar vibrante intermedia. La interpretación es posterior a la elección pues el objetivo primero de la construcción es conservar su similitud con la expresión original. La sustitución del sustantivo es más común, la expresión y su sentido permanecen, solo que aplicado a otros objetos y en un sentido figurativo cuando esos objetos no son susceptibles de ser físicamente «disparados». En cambio, al sustituir el verbo hemos conseguido, primero, conservar el recuerdo de la expresión original y además recargarlo con un nuevo sentido)

(Interpretación: el diablo tiene fama de sibilino; cualquier trato con él por muy ventajoso que pueda ser presentado por este siempre se vuelve contra el inocente ser humano que espera recibir una enorme recompensa a cambio de algo de tan poco valor como su alma, una bagatela. Firmado el contrato, y sin modificar los términos del mismo, el diablo siempre se las arregla para que la recompensa prometida se convierta en un castigo descomunal. Las palabras expresadas por el diablo adquirirían esta maldición de aparentar una cosa y, una vez expresadas, resultar con un efecto completamente opuesto al previsto. Si estas son las características de las palabras expresadas por el maligno, peores se habrán de manifestar aquellas que excreta por su venerado (es fama que en las reuniones clandestinas de brujas y hechiceros, una de las ceremonias más importantes consiste en saludar la llegada del demonio besándole el ano a su representación transfigurada en la forma de un macho cabrío) culo.

martes, 6 de junio de 2017

El libro de San Cipriano

Entre los libros que no me compré en la feria del libro, de los muchos que me tentaron, está el Libro de San Cipriano. Un libro de sortilegios Tesoro de la hechicería. Leyendo a Washington Irving voy y me tropiezo, prácticamente en el último capítulo, con una alusión a San Cipriano, confirmándome que debí haberme comprado el puñetero librito.
Tenía, don Cipriano, fama de hechicero a fines del siglo III, allá en Antioquía o Cartago, por África sería. Se convirtió al cristianismo al observar cómo la hermosa Justina, a la que pretendía seducir con sus hechizos enviándole una partida de demonios, los rechazó virtuosamente con el solo gesto de trazar la señal de la cruz. Convenció tanto su conversión que lo nombraron obispo (peores serían los demás).
La estrategia no le iría tan mal que tiempo después, en los de Diocleciano, los atrapan juntos y juntos los martirizan, a ambos los decapitan y ambos son elevados al santoral.
Se cuenta que después de su conversión aún siguió practicando las artes oscuras, pero ahora para el bien. Nadie mejor que él para combatir las huestes del mal, que ya se conocía las mañas del enemigo por haber militado en sus filas.
El tal libro tendría su justificación en esta historia. Pero la historia tiene muchas ramificaciones.
Hay en Salamanca una cripta llamada Cueva de Salamanca, (pertenecía a la iglesia de San Cebrián. Isabel, la reina, mandó tapiar la puerta de la cripta, por motivos evidentes, y parece que estuvo desaparecida mucho tiempo. Actualmente se puede visitar turísticamente) que tiene fama porque la leyenda cuenta que allí daba clases el mismo Demonio. Lo hacía a solo siete iniciados y durante siete años. Al final del curso, al más destacado de ellos le cobraba la matrícula reteniéndolo para que ejerciera con él labores de asistente. Le tocó esta Matrícula de Honor al marqués de Villena (Enrique de Villena, 1270-1460), que en Salamanca tenía fama de interesarse por las artes siniestras, la astrología, la hechicería, la nigromancia. El astuto marqués quiso evitar su destino y se ocultó en una tinaja cuando el Demonio lo reclamaba. Como no acudía a su llamada, estuvo revolviendo y hasta salió a la calle a ver si lo pillaba corriendo, momento en que aprovechó don Enrique para salir de la tinaja y escaparse por la puerta franca con total tranquilidad.
El cabreo del Demonio fue tal que lo castigó borrándole su sombra.
El librito estaba en esa caseta que pretenden ser ediciones facsímil de los originales, donde se pueden encontrar cosas muy interesantes, como, probablemente, aunque todavía no sabía que me interesaba, la fuente de estas historias, entre otras, que nos cuenta don Washington, el Teatro Crítico Universal del P. Feijoo

NOTA: como se observará por la falta de relación de las citas con el texto, aparte de que han sido escogidas al azar, una cosa es La Historia y otra cosa es La Leyenda. Más bonita esta última, dónde va a parar. (En realidad leí las citas después de haber publicado el texto, qué burro)

viernes, 2 de junio de 2017

¡Firme!

Según parece, y no descarto que huya, estaré el sábado en la Feria del Libro de Las Palmas, a eso de las siete y media, alrededor de una mesa en la que se exhiben ejemplares del Inventos... del Riforfo Rex. Llevaré un bolígrafo por si acaso.
Si todo eso ocurre, lo de la mesa, caseta de la librería Fantaseando, lo de los libros, lo de yo por allí, y alguien tuviera la acertadísima idea de comprar uno de mis libros, estaría encantado de exhibir mi absoluta falta de imaginación para redactar dedicatorias.