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lunes, 20 de octubre de 2025

La ocasión, de Juan José Saer

 


Siempre que leo a Juan José Saer me hago la misma pregunta. ¿Por qué escribe este hombre esta historia? Supongo que esa pregunta es la que me hago siempre cuando leo cualquier cosa, pero con muchos autores la pregunta parece que se responde sola a medida que uno va leyendo. La respuesta está en la historia que se cuenta, en algún problema que plantea, en alguna moraleja que la concluye. Otras veces es simplemente una historia. Acabo de leer mil páginas de un libro de John Irving, El último telesilla, y no me he hecho explícitamente esa pregunta. ¿Qué me ha contado? La historia de una familia. No importa mucho el por qué me la ha contado. Me la ha contado por contar una historia. Cada suceso venía a continuación del anterior, digamos que lógicamente,  y así se ha desarrollado hasta el final.  Estoy ahora sumergiéndome en la prosa de Proust, en La fugitiva y tampoco me hago esa pregunta. No sé por qué no me la hago. Me hago otras, como por ejemplo: cómo encaja esta historia en todo lo que ha contado anteriormente. Diré que En busca del tiempo perdido es soportable hasta Sodoma y Gomorra. Después es, recordando lo que alguien decía de la prosa de Juan Benet, «un ocho mil». Es decir, un esfuerzo inconmensurable para llegar a la cima del final del libro. 

No se pregunta uno por qué todos esos desvaríos de don Marcel en torno a la figura de la fugada Albertina, se pregunta otras cosas, como qué sentido tiene todo ese desvarío tan minucioso acerca de sus propios sentimientos con respecto a la fuga de Albertina. Pero, en resumen, no me pregunto, ¿por qué escribió esa historia?, es un estilo, es una forma, en fin, lo acepto. 

No es que no acepte a Saer, al contrario, ya somos casi amigos, después de cuatro o cinco novelas que le llevo leídas. Pero en todas me quedo igualmente perplejo. ¿Adónde quiere llegar? Y solo se responderme que me da la impresión de que Saer escribe por escribir, es decir, se reta a describir unas situaciones, cualesquiera, y eso es lo que sale. Me da la impresión de que las historias de Saer no tienen mayor significado que el éxito  en haber podido escribir una historia que trate sobre esto que se le ocurrió en este momento. Entendiendo que a él se le plantea, no la historia en sí, sino el problema que trata de exponer con esa historia. Y que lo que importa no es el problema en sí, sino el ser capaz de escribir sobre ese problema. Sé que suena proustiano, pero no soy capaz de describirlo de otra manera. Saer escribe por el gusto de escribir. Esta frase me suena a ya haberla escrito. Yo sé que todos los escritores tienen gusto por escribir, pero no es ese el objeto de su escritura. Irving, por ejemplo, es claramente un profesional. Él arma una historia, con sus complejidades y sus peculiaridades, para él la historia es importante, y las características de la historia cumplen con determinados elementos que él sabe que forman parte de su ya reconocible estilo. Claro que le gusta escribir, pero no le gusta menos tener millones de lectores, y ser famoso por su escritura. Me gusta, pero no dejo de descubrirle mecanismos de construcción ya automatizados. Es decir, es ingeniero de la literatura, ya tiene su método de trabajo. Proust es otra cosa. Loco estaría si creyera que Proust tiene grandes esperanzas, sobre todo económicas, de su escritura. Proust tiene un plan, un proyecto, seguramente, que está relacionado necesariamente con la explicitación de la intimidad más profunda del ser humano. Cualquiera que lea a Proust, si tiene algo de paciencia, tiene que reconocerse en todos esos tiras y aflojas de su sensibilidad, aunque algo exagerados. No quiere ocultarnos nada por pesadísimo que el desarrollo sea. El libro de La fugitiva empieza cuando se entera de que Albertina lo ha dejado, páginas y páginas describiéndonos lo intenso del dolor que eso le produce, a pesar de que también no explica que hasta ese mismo día barajaba la idea de dejar marchar a Albertina, pues ya no sentía por ella el antiguo amor. Pero luego se lanza a explicar que es precisamente porque pensaba dejarla por lo que le dolió más que ella lo dejara primero, porque ahora se daba cuenta de que ese pensar dejarla era otra forma en la que afloraba su necesidad de ella. En fin, todo así. 

Pero volvamos a Saer. Esta, de La ocasión, como otras de sus novelas, a mi juicio son o parten de un reto, voy a tratar de escribir una historia que … y lo que se le ocurra. Y cuidado, lo importante es el proceso de escritura. Que la prosa de Saer es casi tan minuciosa como la de Proust, pero mucho, pero mucho, más coherente, mucho mejor medida, mucho mejor trabajada (dios me perdone, que Proust será mucho Proust y más que yo lo leo traducido), y mucho más poética en expresiones e imágenes evocadas. Así como a Proust podemos atribuirle unas comparaciones de lo más extravagantes para tratar de expresar sus emociones. En cuanto a Irving, ya que lo hemos mencionado, simplemente cuenta buenas historias. Punto. 

Y cuál es en este caso la historia de La ocasión. 

Tenemos a Bianco que es un mentalista, un mago, o él lo cree así, que sale rebotado de Europa y llega a Argentina. Tiene la convicción de que el espíritu se impone sobre la materia. Y algunos de sus trucos así lo parecen demostrar, pero los empiristas se han puesto en su contra y han conseguido ridiculizarlo en público, así que ha tenido que huir a Argentina. Estamos en los comienzos de la nación, cuando aún se reclamaban, sobre todo, italianos para poblar aquellas vastas llanuras. Bianco espera hacerse rico en Argentina haciendo uso de sus poderes y de sus capacidades mentales, y al mismo tiempo trabajar sobre su teoría acerca del espíritu y la materia. Su primer conocido en la Argentina es Garay, un médico que ha estudiado en Europa y que está prácticamente recién regresado. Vástago de una familia importante, aunque es su hermano, con el que no se lleva bien, el que se ha encargado de gestionar los bienes. 

Casi como un paso más en su planificación, Bianco se casa con Gina. Y aquí viene el problema: Bianco cree que Garay y Gina lo han traicionado. Pero no está seguro. Y esa inseguridad se vuelve una duda corrosiva cuando Gina queda embarazada. Entonces la obsesión de Bianco es conseguir una confesión de Garay, porque está seguro de que a Gina no va a poder sacarle nada en claro.  Para estropearles el cuento, Garay muere, víctima de una epidemia que probablemente él propagó, sin la esperada confesión.  

Ya está, esta es la historia. No hay nada. Solo esto, aparte de otras historias paralelas, sobre todo la del santito Waldo que augura el futuro en un pareado y que de alguna manera confirma, dentro de la novela, la tesis de Bianco de la superioridad del espíritu sobre la materia. 

Y sin embargo, (y creo que este y sin embargo ya lo he utilizado más veces hablando de Saer, porque uno no se explica la razón), no es un coñazo de novela al estilo de Proust, a pesar de que Saer es también minucioso analizando y describiendo los pensamientos de sus personajes. Pero es que su prosa es muy precisa; si no la insultase diría que es matemática, en el sentido de que no se pierde con florituras intencionadas. Hay floritura, pero resulta tan natural y tan integrada, que uno no la distingue por separado.En la matemática también hay bellas fórmulas. La prosa de Saer no es preciosista, es efectiva y gustosa. Es decir, da gusto leerla. Cada frase está donde debe estar, ni sobra ni falta (lo que no podemos decir de Proust, por ejemplo). Cada situación descrita, parece encajar perfectamente con el conjunto, en ningún momento nota uno un pegote (yo creo que en Irving ya empiezo a notar relleno, de hecho creo que su técnica es fijar los hitos luego rellenar entre ellos) para aumentar grosor. Todo está donde debe estar. Y cuando necesita relleno, lo pone de manera descarada, bien diferenciada: aquí, por ejemplo, la historia de los Reyes magos que no encuentran al niño, que pasa por un intento de relato escrito por Garay, y la historia de Waldo, que solo marginalmente toca a la propia historia de Bianco, Garay y Gina. Este contraste entre las historias, también aporta perplejidad y uno se esfuerza en buscarle elementos en común, con lo cual dimensiona, esponja el sentido (algo mucho más vago que «significado») del libro. 

En resumen, un prodigio me sigue pareciendo Saer, y continúo con mi propósito de leer toda su novela. Hasta ahora no me ha desilusionado ninguna y ya a estas alturas, casi familiares, si lo hiciera lo comprendería perfectamente, nadie es perfecto. 


martes, 14 de enero de 2025

Glosa, de Juan José Sáer y el Método Científico

 En Glosa, de Juan José Saer, dos jóvenes pasean por una calle charlando. Esta es toda la acción. Pasean, sorteando coches y gente, subiendo a la acera o bajando a la calzada cuando es necesario, observando escaparates y, sobre todo, charlando. Uno de ellos, llamado, El Matemático, relata al otro, llamado Leto, una fiesta de cumpleaños a la que ninguno de los dos acudió. Leto, porque no fue invitado ni tuvo conocimiento de esa fiesta con anterioridad, y El Matemático porque estaba de viaje por Europa con una asociación de estudiantes. No hay que olvidar, porque se hace presente en la narración, al narrador, que duda, aclara, e introduce muletillas , ¿no?, esas repeticiones casi inconscientes que probablemente uno intercala cuando habla para darse algún tiempo para pensar lo siguiente que ha de decir, ¿no?

El Matemático sabe de la fiesta porque a él se la narró, el sábado anterior, un asistente a la misma, Botón, que le detalló todo lo sucedido, quiénes fueron, donde ocurrió, de qué se habló, qué se comió. Por el camino se encuentran a otro concurrente a la celebración, Tomatis, que les hace una relación, si bien, semejante en su parte gruesa, diferente en los detalles de comportamiento e interpretación de lo sucedido. 

Ante todo esto, los dos paseantes se van imaginando en su mente unos sucesos que no han experimentado directamente y que deben reconstruir a cuenta del relato o los relatos de aquel suceso que van escuchando. Y esta imaginación se ve, en ocasiones, alterada o interrumpida por sus propias ideas, sus propias interpretaciones acerca de lo que el otro cuenta, o simplemente otros sucesos completamente ajenos a los narrados. Leto por ejemplo piensa en todo lo relativo, un año antes, a la muerte de su padre por suicidio. El Matemático recuerda su estancia en Europa, o razona sobre la existencia tratando de elaborar una formulación matemática que contenga  íntegramente el concepto. 

El narrador abandona ocasionalmente este hilo narrativo para llevarnos a otro tiempo detallando las circunstancias personales de algunos de los presentes, aquí ahora, o participantes en la mencionada celebración, Washington, el homenajeado, por ejemplo, de azarosa vida política, ahora viviendo de una miserable pensión y de traducciones que consigue colocar,  o uno de los Garay con el que El Matemático se encuentra muchos años después en París y, recordando aquella celebración del cumpleaños de Washington, tiene la certeza de que El Matemático estaba presente, pese a que el propio Matemático (que en realidad es químico) le aseguraba que eso era imposible  porque en esa época, debía ser finales de agosto, él se encontraba de viaje por Europa. 

Mi interpretación del texto de Saer es que viene a tratar de la volubilidad de la mente y del concepto que fabricamos con/en ella que llamamos realidad.  Esa construcción mental a la que llamamos realidad,en un principio parte de la propia experiencia, pero una vez la experiencia ha pasado, lo que queda es indistinguible de cualquier otra construcción mental. Quiero decir, mientras el Matemático le cuenta a Leto lo que a él le contó Botón, en la mente de Leto se va construyendo una realidad que antes no existía y que persistirá ya para siempre como parte de lo que él llame realidad sin distinguirla muy bien de aquella parte de su realidad que él mismo experimentó, por ejemplo ese pasear por la calle junto a El Matemático. De hecho incluso confundiéndola y no siendo más veraz una que otra. Como le pasó a Garay creyendo recordar que había visto al mismo Matemático en aquella fiesta a la que él sí acudió y el Matemático no; incluso siéndolo menos. Menos veraz, ¿no?, a pesar de haber vivido personalmente aquella experiencia.

Precisamente a causa de la conciencia clara de esta volubilidad de la mente, de esta falibilidad que tiene nuestra mente para juzgar la realidad, es decir, la falibilidad de la propia realidad que cada uno tiene albergada en su propia imaginación y que, tal vez en un grano grueso coincida con la de los otros, pero vista al detalle desconcierte en muchos aspectos con la de los demás, es por lo que se inventó el llamado Método Científico, hoy tan criticado por aquellos que dudan de la ciencia o al menos ponen en duda sus conclusiones en determinados aspectos.

Teniendo este método conciencia clara de que las mentes individuales son muy volubles en su captación y conservación de una representación de la realidad, es por lo que se decide que la validación de una sola mente no es suficiente para dar por sentado un suceso y es necesario que otras mentes también lo validen, cuantas más mejor. Esto no fija la realidad pero al menos la consensúa que es, dada nuestra naturaleza, a lo más que podemos llegar, dejando siempre la puerta abierta a una refutación y mejor todavía a una expansión de la visión consensuada que permita conservar las ideas previas como aspectos o casos de conceptos más amplios, lo que, de algún modo, confirma la veracidad al menos parcial de aquellas ideas.

"Y para que quede claro: todo esto es más o menos y si se quiere -- y después de todo, ¡qué más da!"


miércoles, 27 de julio de 2022

Un hallazgo

 Bueno. Pues esta mañana, mientras paseaba a Poncho y leía a Juan José Saer (La pesquisa: por ahora no estoy entendiendo nada. Empieza con un tipo contándonos acerca de un policía, Morvan, que está locolacabeza con un asesino que se dedica a matar viejitas, pero a lo bestia, con descuartizamiento y efusión de sangre a tutiplein. Y no tienen pista ninguna por donde tirar para atrapar al tipo. Todo lo más es el tipo el que los tiene a ellos, a Morvan y al equipo especial que se ha formado para investigar los crímenes, acorralados en un barrio determinado en donde han ido concentrándose los últimos crímenes. Y de pronto se interrumpe la narración y cambiamos a otra parte. Aquella ocurría en París y esta ocurre ahora en Argentina. Un fulano, al que llama Pichón, ha regresado, desde París donde reside, a la Argentina, con la excusa de resolver unos asuntos de herencia, pero en realidad, tal vez, deducción mía, para averiguar qué le queda de todo aquello que fue antes su vida. Allí le reciben otros dos amigos, también con nombres raros, Pinocho – a veces llamado Soldi – y Tomatis. Con ellos recorre los paisajes en torno al río Paraná; van a visitar a la hija de un extinto amigo, Washington,  que custodia celosamente sus manuscritos, entre los cuales el principal es una novela de temática clásica – Grecia, la Ilíada y esas cosas – por la que ellos están muy interesados y que no consiguen  que la mujer, con la que hace tiempo se han peleado, les preste para estudiarla en detalle – Pichón sospecha que la novela, que ha podido mirar un instante,  no es de la autoría de Washington, pero por el momento no ha desvelado su sospecha –. Pues esta se interrumpe de nuevo y volvemos a Morvan, pero ahora descubrimos que es Pichón el tipo que les está contando la historia a sus dos amigos, sentados en una terraza de la que nos describen con opulencia de detalles todo  lo que se ve desde allí, desde el color de los ladrillos – rojos – de una pared en frente, hasta la disposición de otras mesas; lo mismo ha hecho, – descripción demorada – mientras paseábamos por el río. Y aquí me he quedado; sin sospechar a estas alturas cual es el destino de este río, hacia qué remotos mares me está llevando. Mi primera impresión de este Saer, al que leo por primera vez, es que es un poco envarado, rígido, intelectual, y que estas historias que cuenta son probablemente una distracción para contar otra cosa que está debajo, tal vez en los detalles que con tanta minucia describe. No descarto tener que releerla para comprender de qué va todo su rollo) cuando de pronto atisbo a lo lejos, al pie del contenedor de basura, al que me dirigía con la caca de mi perro en la mano – no propiamente en la mano sino envuelta en un papel de periódico – una bolsa negra, grande, a un lado de la cual se apoyaba lo que parecía un libro – aún casi no ha amanecido y yo soy medio cegato - . Esta es una zona propicia para este tipo de hallazgos, a la gente ya no le gusta tener libros en casa. Solo son capaces de ver en un libro un depósito de polvo, y prefieren dejar vacía la estantería o sustituirlos por una pieza de cerámica que son mucho más cómodas de limpiar. El libro de fuera era uno de Elvira Lindo, autora que, diosmeperdone, no despierta mi compasión, sin embargo dentro de la bolsa había una serie de tomos de estas ediciones, tan antiguas ya, de Planeta, que contenían toda la obra en varios tomos de autores de mucha fama en aquellos momentos, y que nutrieron mi adolescencia en las aburridas y calurosas tardes de verano, como Frank Yerby, Frank Slaughter, Baronesa d'Arcy o Pearl S. Buck; tampoco despertaron mi compasión pero sí mis recuerdos y con ellos mi melancolía de tiempos idos, mucho más esperanzados, simplemente porque lo que había de venir aún no había llegado. No es que lo que haya llegado sea malo, pero ya llegó y en eso radica su carencia de esperanza. Ver estos libros así es como ver una camada de gatitos y no poder llevárselos uno a casa para salvarlos de las atrocidades del mundo, al menos yo no lo hago porque por encima de mi compasión está mi comodidad pequeño burguesa y un respeto profundo por los ciclos naturales, que no quiero perturbar ni desequilibrar con mi  intervención antropo-sentimental (aunque el sentimiento sea una característica humana en sí, quiero decir con esta conexión que obedece a una de esas actuaciones que son  absurdas, casi perjudiciales o peligrosas, pero que nosotros, como seres humanos, consideramos que hay que realizarlas por cuestiones  sentimentales, es decir, desde una visión egocéntrica e irracional). En fin. Solo sucumbí a llevarme uno de los gatitos, que era tan hermoso que no podía abandonarlo, un primer tomo de las obras completas de Carmen Laforet. Luego, conteniendo las lágrimas me alejé de allí para no escuchar los maullidos de mi corazoncito de lector clamándome por la vida de aquellos pobres libros.

El retorno ya no lo cuento porque no vale la pena. Enseguida, vuelto a zambullirme en la lectura de Saer, olvidé el episodio. Poncho tiró de mí para continuar su propia investigación del mundo y cuando todo estuvo cumplido, como en las escrituras, regresamos a casa.