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martes, 14 de abril de 2026

Quisiera morir de amor

 Pienso, cuando pienso que tengo 62 años, que no me he merecido esta edad, que no estoy a la altura de lo que intuía,  cuando era joven y aún la gente de 62 años me parecía ya vieja, que sería ser un señor de sesenta años. Releyendo algunas de aquellas libretas, las que no he destruido todavía, que escribía cuando era un apesadumbrado estudiante en las largas horas de no estudio en la enorme sala de estudios del desaparecido CULP, –lo especifico con tanto detalle porque allí experimenté las que percibí como las horas más solitarias de mi vida, llegándome a sentir alguna vez como el único habitante de este planeta, tan solitario llegaba a estar el lugar un viernes por la tarde – me reconozco todavía en todos esos miedos e inquietudes, e incluso, aunque mucho menos, en algunos motivos de alegría (¿Por qué se gastan más los motivos de alegría que las razones para la pena? ). Soy medio consciente de que si he destruido esas libretas –una o dos deben quedar de decenas que habré rasgado, como si tuviera secretos que ocultar, y tirado a la basura– es porque me reconocía demasiado en ellas –lo único que he corregido es la letra–, acentuando, cada vez que las ojeaba, esa sensación de fraude que tengo de estar ocupando inmerecidamente una categoría, la de ser un señor de sesenta años. 

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He estado estos últimos días rumiando, no sé a cuenta de cuál de mis múltiples fracasos amorosos, una canción sorprendente de Alfredo Zitarrosa: La canción y el poema. 

Por lo visto la canción parte de una estrofa de la poetisa Idea Vilariño a la cual don Alfredo le añadió otra que doña Idea aprobó y solicitó que grabara. (esto lo leí en este blog)

La estrofa que se me repite en la cabeza es: “Quisiera morir, ahora, de amor, para que supieras cómo y cuanto te quería”. 



La que precede y yo diría que es la contribución de Zitarrosa es: “Hoy que el tiempo ya pasó, hoy que ya pasó la vida...me despierto algunas noches vacías oyendo una voz que canta y que tal vez es la mía”

¿Por qué me sorprende? Vamos, sorprenderme no es exactamente la palabra, o la sorpresa es que muy a menudo, a mí mismo se me ocurren esas ideas pensando en esos amores fracasados que dije. Llámenme romántico, si quieren, pero que sepan que me están comparando con don Alfredo y con doña Idea, pero yo también muchas veces me he, no sé si despertado, o ido a la cama a últimas horas de la noche, que son mis momentos de melancolía, pensando que yo me tenía que haber muerto de amor, y, además en muchas ocasiones. Pero no lo hice. En ninguna. 

¡Cuidado!, lejos de mí el suicidio y toda esa parafernalia espectacular que no va con mi carácter irremediablemente tímido y cobarde, si es que ambas cosas no son lo mismo. Cuando digo «morir de amor» me refiero a eso exactamente, morirme de amor;  naturalmente, de un amor no correspondido, ¿dónde está la gracia de morirse cuando a uno le corresponden?(Inevitable mencionar El marido de la peluquera, de Patrice Leconte) Supongo que esa es la tragedia de los grandes amores, que mueren en cuanto son correspondidos, porque irremediablemente se terminan gastando. 

En cambio, los amores no correspondidos son para toda la vida. Hasta el punto que uno se despierta, muchos años después, pensando en alguien –que probablemente ya ni le importa, ya ni la saluda cuando se la tropieza por la calle, si no es que la evita, porque ya no es aquella que uno amaba sino esta otra persona; de la que podría volver a enamorarse, cierto, pero ya sería otro amor distinto–, y sintiendo que aún se podría morir de amor, de aquel amor que no llegó a ser, y que le gustaría que ella lo supiera. 

Más de una carta o correo electrónico he escrito a esos viejos amores, que no fueron, contándoles eso, que me gustaría, ahora, morir de amor, para que supieran cómo y cuánto las quería. Puntualizo, las quería, no las querría ahora si me las encontrara de frente. Y por eso no envío el correo y lo borro, a pesar de que probablemente es un prodigio de carta de amor porque, como los mejores amores, las cartas de amor mejores son las que no se enviaron y se rompieron o se tiraron a la basura y luego se pulsó el botón de vaciar papelera. La realidad lo carcome todo, pero la potencialidad es inmarcesible.


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Y si en algo me noto diferente de cuando escribía esas libretas es precisamente en eso, en darle más importancia a la emoción, ahora, también entonces, pero entonces lo concebía como un preludio hacia la realidad luminosa, al hecho, al acto que nos emocionaba previamente, y sufría sabiendo que no iba a ser y que toda esa riqueza emocional se perdería; y en cambio ahora, creo que el mejor recuerdo lo tengo de lo que no he vivido pero deseé vivir con tanta intensidad. Pienso, ahora, en todas esas chicas de las que me enamoré y nunca consigo imaginarme haber tenido una auténtica relación con ella, y sin embargo, recuerdo con dulzura ese tiempo, el impulso vital que significaba para mí, de natural bastante pasivo, que me obligaban a desplegar actividades, mejorar para merecerlas (aquí el inevitable es Martin Eaden de Jack London), y la intensidad de las emociones, porque mi amor era auténtico a pesar de su falta de reflejo, pues era auténtico mi dolor como dice un personaje de Alejandro Dolina (Lo que me costó el amor de Laura) cuando tratan de desmentir la autenticidad de ese amor, y era auténtico ese placer de sufrir de amor, que es el más gozoso de los sufrimientos, si uno no es simplemente un masoquista.

No sé si será consuelo de la vejez, como es consuelo de los inútiles vanagloriarse de sus defectos, pero sea lo que sea en algo tiene uno que entretener sus horas postreras, además de en el tai-chi, el curso de pintura, la asistencia a exposiciones, conferencias y películas gratuitas, y, cuando nos toque, algún viajito del imserso. 


domingo, 15 de febrero de 2026

En-amor

 Hace tiempo que no me en-amoro. (enamorarse es entrar en amor por algo o alguien. Entrar en amor es, no amar, sino estar en disposición de hacerlo, esperar en el vestíbulo con el ramo de rosas en la mano ilusionado. Es querer que suceda, pero no saber qué tenga que suceder, es que haya sucedido siempre pero que nosotros no estábamos allí y al fin hemos llegado ). No ya de una persona, que conocer gente nueva se vuelve cada vez más precario–con la edad, me refiero, uno cada vez tiene más perfeccionado el encasillamiento de las personas, y es muy raro que aparezca alguien que no encaje en alguna de esas casillas. Y en cuanto uno cataloga algo, ya pierde su misterio, ya es otro miembro más de esa clase. No creo que uno pueda enamorarse de alguien que ya tiene perfectamente clasificado. Aunque las personas dan sorpresas: de pronto alguien rompe una cáscara y sale otra persona completamente diferente, y entonces sí, entonces uno tiene esperanzas de nuevo, pero ¿cuántas veces se da uno oportunidad de re-conocer algo que ya le resultaba demasiado conocido, que no se había preocupado de ahondar y era, tal vez todos lo somos para casi todos, demasiado superficialmente conocidos?–, sino de una música, de un autor, de una película o un director. Esa sensación  de haber conocido siempre –de haber querido conocer siempre– algo que acabas de conocer–que no sabías que existía, pero en cuanto lo has descubierto, has comprendido que siempre–, o esa más grata sensación –porque implica que tú has cambiado, que has mirado de otra forma, tal vez– de re-descubrir algo que hasta ahora te era completamente indiferente–esa cáscara que se rompe ante tus ojos y que te descubre, detrás de la apariencia cotidiana, indiferente, aburrida, un milagro, una luz–.

Y cuando ocurre…

La angustia de haber pasado toda tu vida sin haber sabido de eso, de haber perdido tu vida sin haberlo conocido, sin haber estado a su lado bebiéndole cada instante, la sensación de vida desaprovechada por no haberla vivido a su lado. Y el temor por cada momento que te perderás de estar junto a ella. El miedo a gastarlo de tanto uso, no sea que pierdas el estado de gracia; las reservas, las retenciones; y el constante deseo de volver a su lado.

Espero –ya no busco, pero aún espero. Supongo que hacerse mayor significa dejar de creer en los espacios en blanco de los mapas–, constantemente reencontrar esa sensación de sufrimiento delicioso– en el caso de las personas, deliciosas puñaladas; sin sangre, sin muerte y volviendo siempre a por más–, en los libros, en las canciones, en los actos mismos–una afición, un hábito–. Y sí, aún miro a las personas por si reconozco a alguna. Y en la esperanza–no, imposible esperanza– de que ella me reconozca a mí. Supongo que por eso uno sigue leyendo a nuevos autores y mirando películas raras y escuchando experimentos sonoros que a veces hay que dudar si llamar música. Supongo que por eso sigo soñando –no haciéndolo, desconfío de este viejo cuerpo, y de esa gastada realidad–con caminar. Supongo que por eso, aún le tengo aprecio a esta vieja vida.

Hay mucho engaño en esto. Muchas veces uno quiere haber encontrado. Y se esfuerza por que sea. Leyendo con atención el libro. Escuchando una y otra vez la canción. Mirándose dentro y queriendo sentirlo crecer, obligándolo casi a crecer. Pero pasa el tiempo y la semilla no brota. La has regado–tal vez con mucho entusiasmo–, has contado los días–veintiuno han pasado ya–, y la semilla no brota. Y entonces aparcas la canción en la carpeta–136 elementos–, aparcas el libro en la estantería–doble fila vertical y algunos en horizontal aprovechando el hueco de arriba–, vuelves a saludarla con los ojos de diario, “hola, qué tal”, y sigues viviendo como siempre, sin estado de gracia, sin nubes en los pies, sin saturación de colores. Como siempre. 




Escuché la canción en una película de Nanni Moretti. Y la tengo constantemente dándome vueltas en la cabeza. Es una de esas llamadas... podría ser.... Pero, no sé, seguí escuchando canciones de ella y no prendió como habían prendido antes Francesco de Gregori, Franco Battiato, Fiorella Mannoia, Edoardo Bennato, Richard Cocciante, Angelo Branduardi. Esto son mis "amores" italianos. 

 Y Kerouac, y Jerome Charyn, y Luis Landero, y Manuel Rivas, y Pessoa, y John Irving, y Isaac de Vega, y Camus, y Luis Mateo, y Alfanhui, y Platero, y La nave de los locos (Perirossi), y Pamuk, y Joyce, ....

Y todas las chicas de las que me enamoré, siempre como un tonto.

lunes, 27 de octubre de 2025

Soñar vs vivir

Es pesao, el amigo Proust. Pero uno llega a identificarse con toda ese arrebato palabrero acerca de sus propias emociones, tan volubles, absurdas, contradictorias. Y, de vez en cuando, cada cuando uno consigue integrar una serie, más o menos discreta, de esos párrafos suyos tan largo que cuando uno llega al final ya ha olvidado cómo empezaban, uno se descubre en todas esas impresiones, ¡coño, soy yo!

De acuerdo: todo acto comienza por vencer la pereza, como todo movimiento comienza por vencer la inercia de la estabilidad. 

Es decir todo estado tiende a que lo dejen tranquilo. 

El error está en definir la pereza como una desgana o falta de motivación. 

No es cierto. 

La gana o la motivación suelen estar, pero uno espera a que su energía, la energía de esa gana o motivación, supere a la de la pereza, para ponerse en marcha, y esto no ocurre a menudo. Solo en limitadas ocasiones, probablemente por una concurrencia de circunstancias favorables; menos frecuentemente por un impulso único (lo tienen solo aquellos que disfrutan de ese a modo de don especial en su carácter), tiene el deseo energía suficiente para superar la pereza de empezar a intentar conseguirlo. 

Aquí es donde interviene el soñar. 

Su principio hipotético sería incrementar esa energía del deseo que nos mortifica, hasta conseguir que empiece a movernos en su consecución. 

Pero los que estamos demasiado acostumbrados a soñar hemos adquirido una maldición acerca de esto, que los sueños nunca se realizan en la misma medida, con los mismos colores, y la misma intensidad emocional con que los soñamos, a menudo son una desilusión que se acumula pesando en las expectativas del próximo sueño que nos sobrevenga. 

Y así, como dice Proust 

“porque, mientras son posible, las vamos aplazando, porque solo pueden adquirir ese poder de seducción y esa aparente facilidad de realización cuando, proyectadas en el vacío de la imaginación, se sustraen a la sumersión gravitante, afeante, del medio vital”, 

vamos aplazando la realización de los sueños y el soñar se convierte en sí mismo en una realización idealizada. 

No tengo a mano citas concretas del Libro del Desasosiego de don Fernando, pero no creo que sea difícil  encontrar una, y ciento, que se resuma en la misma idea: Soñar es mejor que vivir.

Pero a fuerza de soñar uno se acostumbra a mirar el mundo como desde esa atalaya de cristal entintado que le da al mundo unos colores intensos. Y se le olvida que puede abrir la puerta y salir a hacer. 

Porque hay que salir a vivir. 

El cuerpo lo pide. 

Y, en cierto modo, el sueño lo necesita para seguir realimentándose. Perdería eficacia como sueño (cuyo resultado, qué duda cabe, es el placer de soñar, de creer que es posible en las mejores condiciones eso que hipotéticamente deseamos realizar) si tuviéramos la completa certeza de que no lo vamos a realizar nunca. 

Forma parte del sueño la mentira de que es posible tal y como lo soñamos. 

Y por lo tanto de vez en vez, como los disparos de las neuronas después de acumular unos cuántos estímulos, uno abre la puerta y sale, y vive, más o menos, ese sueño que ha estado alimentando. 

Y todo le parece gris, en comparación con lo esperado, y monótono, y hasta aburrido, indiferente. Se vive porque se está. Se camina porque hay camino. Se como porque hay alimentos. Se ama porque hay otro ser. 

Y después de realizado se vuelve a casa y entonces se obra la alquimia de la memoria. 

Al recordar esos intrascendentes momentos el aire se recuerda más limpio, más puro, las sombras tienen matices que uno no sintió importantes en ese momento, la mera sensación de estar, que uno, estando, ni siquiera percibía, ahora, recordándola es en sí misma un placer. El ser que ya no está, Albertina, y que nos empezaba a resultar trivial, se vuelve mítico. 

Y entonces, al arrullo de estos cantos de sirena de la memoria uno empieza a modelar nuevos sueños. Tímidamente al principio, porque ya sabe que allá fuera no es como uno se lo espera. Pero aquí obra también el milagro del olvido y cobra más intensidad cómo uno lo recuerda. Y añora los momentos vividos y engendra, como una semillita, el deseo de repetirlos, esos o unos semejantes, y así se retoma el ciclo de la vida de los sueños, eternamente.

O hasta entrar en el sueño final. 

miércoles, 19 de marzo de 2025

Día del padre

 Hoy es el día del padre.

Cuando venía en el coche escuchando Radio Clásica, porque últimamente no soporto ni cinco minutos de realidad contante y sonante, he escuchado un poema de Tino Barriuso, un poeta al que no conocía, y que se ha muerto ya, que era de Burgos y a mucha honra. Allí era muy conocido. 

El poema me gustó, estaba muy bien recitado e iba acompañado por una guitarra. Se llamaba, lo averigüé después 'Qué pájaro de lluvia'. Se supone que el narrador está recordando a su padre, muchos años después de muerto. Me gustó eso de recordar al padre, de lamentar no haber hablado, como lo haría ahora, de sus cosas, de penas y alegrías, si pudiera. Este padre tendría algún misterio, “quién te dejó en herencia esa derrota que tanto te embellece”, “viejo de alas partidas”. Qué pájaro de lluvia es una frase que repite, refiriéndose al padre, y que no termino de comprender, pero que es de esas frases que tienen resonancia y que parecen tener un significado concreto, pero en otra dimensión.

Yo iba a ver a mi padre y nos estábamos horas enteras sin decir nada. Una frase de saludo -otra de despedida- una pregunta acerca de cómo anda la familia, poco más. Tampoco estábamos, creo yo, incómodos. Yo miraba la tele. El fumaba y rellenaba un crucigrama. Y bebía su wiskito de por la tarde. Que le gustaba tomarse con moderación, pero infaltable. Sé que le agradaba que viniera porque cuando no aparecía, por cualquier circunstancia, a la hora fijada, me lo reprochaba después. Yo soy persona de hábitos. Y con el tiempo me ato a esos hábitos. Alguna vez también he echado de menos esas tardes de nada más que estar ahí, en compañía mutua. Después, cuando ya encamado, ya inconsciente, también me sentaba a su lado, ratos largos. A veces leía en voz alta. La Divina Comedia. Muy adecuado pensaría él sarcásticamente. Alguna vez me atreví a cogerle la mano. Todavía me da mucho pudor decirlo ahora. 

Yo no sé si, como termina el poema, “de haber elegido, también serías tú”. No podría decir cómo podría haberlo hecho mejor. Él alguna vez se lamentó de esa incómoda situación de ser padre. No creo que se acostumbrase nunca. Yo, a estas alturas, miro a mi hija y le comprendo bien. 


jueves, 2 de enero de 2025

Vanguardismo y retraguardismo

 Hoy, leyendo – Los Escorpiones, de Sara Barquinero – me he sentido, no en retaguardia sino en el medio. Como que había un pasado con el que ya no me sentía identificado, como ha habido siempre, claro, y además un pasado muy largo que llamamos… pasado..., no, me refería a Historia, pero no estoy muy seguro de que lo que llamamos Historia sea lo mismo que lo que llamamos pasado…  y luego un presente en el que estaba viviendo. Y de repente, leyendo este libro, por primera vez, al menos por primera vez conscientemente, tal vez ya le haya dado vueltas a esto de quedarse desajustado del presente alguna otra vez de una manera más subrepticia, inconsciente, quiero decir, pues eso, que de pronto no me siento identificado con el presente, es decir, con el presente de algunas personas, que me ha parecido todavía futuro. 

Supongo que si uno sigue viviendo, eso que las vanguardias van descubriendo o desvelando si es que siempre ha estado ahí y solo hacía falta verlo,  se convierte en lo cotidiano, por eso todavía son futuro las vanguardias. 

Pero no es tampoco eso de lo que iba a hablar, sino de que por primera vez me he sentido no identificado con un presente, un supuesto presente que estaba leyendo. Me he quedado atrás.

Supongo que leo poca novela contemporánea. Algunas otras que he leído que también tenían esa componente rabiosamente moderna me parecieron falseadas, construidas precisamente para dar ese efecto, pero en esta ocasión todo lo que se narra, que no es nada extraordinario, por aclarar, gente accediendo a diversas plataformas de las redes sociales y relacionándose a través de ellas, quedando por intermedio de ellas, en fin, actitudes, vocabularios, me han parecido tan ajenos que me he sentido como retrasado y se me ha ocurrido esa idea de que ya no estoy en la vanguardia, me he quedado atrás. 

Es cierto que no tanto como para escuchar solamente éxitos de los ochenta, pero hasta Radio Tres me va quedando ya un poco por delante, con estas nuevas hornadas de cantantes que van saliendo en cuyo lenguaje parece que ya se va asentando para siempre el autotune. 

No es que esté en la retaguardia, creo, que todavía tengo curiosidad por lo que está pasando, pero ya no mantengo el ritmo. No desde ahora, me doy cuenta, que nunca me apunté a tuiter ni me hice un instagrán, y ya esas cosas son obsoletas,  de hecho es ya muy viejuno esto de escribir en blog y todavía mantengo el facebuc, en incluso lo miro todos los días por ver si entre la cada vez más abrumadora cantidad de publicidad que nos mete el algoritmo alguien de los pocos amigos que he aceptado escribe alguna cosa interesante. 

Sin duda me hago viejo. Hacerse viejo es una labor de años de decirse a sí mismo me hago viejo hasta que llega un día en que te das cuenta de que eres viejo y maldices, ¡oh, por qué soy viejo! 

No he sido yo nunca de esos que se hacen un poco más viejos cada día, al contrario soy de los que evitan el tema y llama muchachos a los amigos de los que pocos están por debajo de los cincuenta, y procuro no mencionar los achaques ni listar las pastillas que tomo cada día y hasta soy el loco que todavía se coge sus pedetes lúcidos los jueves por la tarde que los demás habituales ya no beben – bueno, no todos, aún quedan compañeros de cogorzas como dios manda –, y sin embargo por más que uno lucha contra eso parece como que cada vez está más cerca del muro final y que cuanto más cerca más tienes que inclinar el cuello para seguir mirando el cielo, qué metáfora más rara me ha salido, muy pinfloydiana. 

Con respecto a este tema, en mi cabeza se desarrollan conversaciones absurdas que de algún modo tratan el asunto pero de esa manera subrepticia que decía más arriba

—Usted todavía tiene esperanzas.

—¿Lo dice en serio?, no estoy ahora mismo por llamarle a usted sensitivo.

—Es por la alergia, me bloquea todos los sentidos.

—No se ofenda, no quería llamarlo insensible, es que no se ha acercado nada.

—No se preocupe, no me ha molestado. Entonces, ¿no tengo razón?

—Sí, tal vez sí. Aún pienso en hacer cosas. Tonterías todas ellas. Las mismas que he pensado hacer toda la vida y siempre he encontrado excusas para no hacerlas no fuera a ser que se demostrara empíricamente que no tenía capacidades para ello.

—Si eso no es tener esperanzas, que baje Dios y lo vea.

—Yo, como representante de Dios, doy fe de que eso es una forma de esperanza. No la mejor, no la más motivadora, porque es muy veleidosa, muy poco fundamentada en hechos contrastables, pero esperanza al fin y al cabro.

—¡Uy!, el final le ha delatado. Se le ha visto la patita. 

—No sean quisquillosos, mis niños, solo la muerte es una cortina negra, todo lo demás tiene matices.

—Este se ha pasado con la metáfora o metonimia, pero se entiende. Mi abuela decía «todo tiene remedio menos la muelte».

—Se nota que tu abuela no tenía estudios. O que era de origen chino.

—Lo decía así, muelte, intencionadamente porque no le gustaba hablar de ello seriamente.


Al final va a ser verdad que la muerte nos condiciona la vida. Es decir, el hombre es un ser para la muerte no es una frase tan gilipollas. Es decir, el condicionante de que nos vamos a morir es una fuerza constante que modela nuestra vida aunque rechacemos esa influencia, rechazo tan inútil como que exista el aire que respiramos porque no lo vemos. Y esta influencia va pesando más a medida que vamos envejeciendo. (No sé por qué me acuerdo de las fuerzas nucleares: tan relevante como es la fuerza de la gravedad, a medida que profundizamos en las partículas va perdiendo importancia y es sustituida en presencia por las fuerzas electromagnéticas, que, si continuamos profundizando son sustituidas en voluntad de ser por las fuerzas nucleares o algo así. La presencia de la muerte mientras somos jóvenes es muy irrelevante y va adquiriendo densidad a medida que envejecemos. Bueno, no sé, a lo mejor no tiene que ver, pero mira, me ha servido para incrementar en un montón de palabras más este texto) Creo que, y estábamos en que la influencia de la muerte va pesando más en nuestra vida, porque se va acentuando el contraste de nuestra vitalidad con nuestras capacidades físicas para desarrollarla. Uno sigue queriendo hacer cosas pero cuando antes no las hacías por unas razones, yo qué sé, incapacidad moral para la derrota, por ejemplo, ahora que uno ya pierde fuerzas y que le duelen las rodillas al subir escaleras y a veces salta un dolor en articulaciones que uno no sabía que era articulaciones, uno empieza a darse cuenta de que se ha dejado ir calentándose para el salto y ya los juegos olímpicos se están terminando – vaya esta estupidez como homenaje al gran acontecimiento tetranual (por consultar la duda, cuatrianual no es lo mismo que cuatrienal, este último es el que hace referencia a la frecuencia de los juegos olímpicos, mi palabreja es solo por hacerme el listo, pero en realidad escribo lo primero que me sale y luego compruebo el significado, lo voy a dejar así ) Y sin embargo se resiste a abandonar para siempre todo aquello que tenía planeado hacer y todavía ni ha empezado. En mi caso cosas como escribir un libro o dar la vuelta al mundo a pie. 

Ya sé que se van a llevar ustedes las manos a la cabeza diciendo, pero este tío es un imbécil, con lo fácil que es escribir un libro, solo hay que ponerse, mira toda la gente que escribe libros hoy en día y no digamos ponerse a caminar. Para eso no hace falta ni papel ni lápiz, mira ese tío que se ha ido a pie y descalzo desde España, donde era un exitoso muchacho hijo de familia bien con un futuro más que amable, y va el tío y se echa a andar descalzo a través de toda Europa con el propósito de llegar a Pakistán, no sé muy bien qué es lo que espera encontrar allí. Fácil. Ahí está la cuestión. Era tan fácil que siempre lo he pospuesto para empezar después, para prepararme bien y que el salto me saliera perfecto, me entiendes, y se me acabaron los juegos olímpicos. 

Y todo esto a cuenta de que estaba leyendo un libro, muy bueno y tal, tiene mucho predicamento por ahí. Todavía estoy empezándolo apenas, pero ya me ha hecho pensar, ya ven. Qué más se puede pedir. 

Saludos. Feliz año. 


jueves, 19 de diciembre de 2024

Ser gente o no ser gente

 

Yo sé que existo

porque tú me imaginas.

Soy alto porque tú me crees

alto, y limpio porque tú me miras

con buenos ojos,

con mirada limpia.

Tu pensamiento me hace

inteligente, y en tu sencilla

ternura, yo soy también sencillo

y bondadoso.

Pero si tú me olvidas

quedaré muerto sin que nadie

lo sepa. Verán viva

mi carne, pero será otro hombre

—oscuro, torpe, malo— el que la habita…

Ángel González


¿Somos una creación de los otros? Nuestro ser social, es una creación de los otros. O más bien, una creación nuestra por cómo nos vemos en los otros. Si no nos vemos en los otros nos sentimos aislados e indefinidos. Poco importantes, desde luego. Existimos, socialmente,  porque los demás nos imaginan, porque existimos en su imaginación. 

Claro, eso no lo podemos saber si no es por su actitud hacia nosotros. Si nos miran con indiferencia, nos acabamos sintiendo incómodamente indiferenciados, si nos prestan atención nos llenamos de orgullo, de vanidad, pero también de motivaciones, de luces, de intenciones. La actitud de los otros hacia nosotros nos determina en gran parte. Esa actitud a veces se contradice con la presencia de esos otros en nosotros.  Un extra de nuestra película, resulta que nos tiene a nosotros como ídolos centrales. Para nuestros personajes principales, nosotros solo somos personajes marginales.

 Cuando no existen coincidencias  todo se demuestra falso. Una mera subjetividad. No nos creemos a nosotros mismos, nos secamos, incluso nos reviramos con rabia contra esa indiferencia, llegamos al odio, incluso la maldad, saltamos de cualquier modo para que se nos vea, como un fantasma que trata de revelar su presencia generando poltersgeist.  Cuando existen, nuestro cuerpo se adensa, sentimos hasta un  «destino» señalándonos el horizonte. Nos sentimos buenos, altos, limpios, inteligentes y bondadosos, como un Mao Tse Tung o un Kim Jong-un 

En eso consiste la fama. No solo en el poder de que te dota – el poder de decir, “no sabe usted con quién está hablando” y que se te abran puertas –. El famoso es alguien conocido y por lo tanto confiable – hasta que te lo encuentras de frente y resulta que es un gilipollas, o peor, un tipo normal y corriente –. Un cualquiera por la calle  es siempre una potencial amenaza, hasta que hablas con él o ella y resulta que es un tipo simpático, lleno de miedos como tú, deseando, como tú, encontrar a  alguien del que no recelar… muchas veces; otras veces es un gilipollas y hay que salir corriendo. 

Pero, ¡cuidado! También el famoso se hace notar, y es una luz que camina. Todos los gusanos de Arrakis acudirán a devorarlo donde quiera que se encuentren, por vasto que sea el desierto. Arrancarle un cachito – un autógrafo, un saludo, un selfie, un préstamo, un simulacro de amistad, una recomendación, un poco de su luz – Este es el peligro del famoso público. 

La red nos da la otra fama, la que molesta menos. Aspiramos a muchos likes, a muchas visualizaciones, a que todas esas miradas nos adensen, nos concreten socialmente. Si no es por ellos solo somo unos cualquiera, ellos; en cambio para ellos somos yo, el tipo del podcast, el tipo del blog más famoso de Canarias, (osea, yo), el tipo de los vídeos simpáticos de youtube o de tiktok. Solo buscamos ser gente, que se nos vea, que se nos confirme nuestra existencia. Cuantos más, más reales somos. 

Supongo que eso nos compensa de nuestras pobres vidas cotidianas (podres vidas cotidianas) donde no somos más que maridos, padres, amigos, clientes, votantes, víctimas (no verdugos, esos ya tienen su propia forma horrible de sentirse gente) gente corriente, apagados, comunes. 

No, tal vez todos somos estrellas, pero donde hay tantas estrellas, quién distingue a una de otra. La red potencia la tenue luz de cada uno, pocos tienen realmente una luz propia destacable – los que la tienen no sienten la necesidad de destacar porque ese es su medio como el agua para un pez – , pero el foco y la lupa de la red hace que nos veamos un poquito más grandes más luminosos y se nos vea a nosotros en medio de la multitud si se hurga un poquito, como a Wally. Ahí estamos, somos nosotros, salimos en la foto, ese que pasa por detrás con cara de despistado, ese que se lleva la cuchara a la boca, pero ahí estamos. 

Esta es la reflexión que me sugiere el poema de Ángel González. Es verdad que el poema parece referirse a un/a antagonista concreto, una tú o un tú que nos hace sentirnos gente. Sentirse gente, no solo yo. Suena contradictorio con todo lo anterior. Pero me parece que es lo mismo. Uno, siendo yo está muy solo y siente muchas veces necesidad de sentirse gente, sentirse como los otros . Por eso hay tanta imitación de comportamientos. Yo también puedo ser y/o hacer como ese. Y por lo tanto yo soy tanto, tan gente, como ese. 

Sí, parece contradictorio que al mismo tiempo queramos distinguirnos de todos y que lo hagamos porque queremos sentirnos como todos, parte de todos. Todos nos hacemos tatuajes y cada uno buscamos el tatuaje que nos distinga de los otros – claro que, como todos, miramos en el catálogo de los tatuajes más audaces – Y tal vez lo sea y yo esté equivocado y sea solo yo al que le pasan estas cosas absurdas. 

No me he hecho ningún tatuaje, pero sí tengo un blog, pero no recibo muchas visitas, y no me siento muy gente, pese a que diariamente me destaco entre una multitud que me mira – aunque no creo que me escuche –  aburrida.  


Sentirse  «gente» 

No es trivial, eso de sentirse gente, uno como todos. Todos nos sentimos yo. Tal vez no existe  «la gente» sino como una apreciación subjetiva de cada uno. La gente son los otros, pero yo no pertenezco a esa categoría. Y sin embargo uno percibe una uniformidad, clamorosa, en la gente. Se comportan, actúan, de una manera previsible, o imprevisible a veces, pero todos a una. Siempre ha sido verdad que si uno se tira por un barranco todos nos vamos a tirar por el barranco (bueno, yo no, decimos todos) – también ha sido siempre verdad que aquel no llegó a tirarse, todos los demás, sí – También siempre ha sido verdad que donde hay muchos es que no hay mucho peligro – el peligro acaba siendo el que sean muchos. Siempre atracción y repulsión. 

Yo, a veces, echo de menos ser como la gente, es decir, como alguna gente y siempre, siempre, me resisto, siento como una vergüenza, cuando me veo comportándome como la gente, es decir, como alguna gente. 


jueves, 5 de diciembre de 2024

La mentira y la palabra.

Hablar es mentir, dicen los más escépticos. Supongo que por eso leo tanta literatura, porque sé en qué campo me estoy moviendo. En cambio, hablando con cualquiera por ahí, escuchando lo que dicen en el telediario, atendiendo a declaraciones de políticos u oyendo hablar a los obreros durante la hora del bocadillo, siempre pienso, ¿no se dan cuenta de que todo lo que dicen es mentira? Yo creo que sí, que se dan cuenta, pero es una inercia, un hábito, una costumbre, un acuerdo social. Mentir es lo corriente. ¿Cómo estás?, bien. Así empezamos. Desde primera hora de la mañana, con el Buenos días. 

¿En qué va uno a creer en estas circunstancias?

Yo debo ser muy inocente. Todavía me sigo sorprendiendo cuando pillo una mentira flagrante y fragante (una de las dos tiene que ser la buena). Cuando empieza a salir el olor y todos hacen como si no lo olieran. “Yo no miento nunca”, dice el político acosado a preguntas y acusado de falsedad. Y uno se siente apiadado por él, que parece realmente sincero al decir que nunca miente, al sentir humillada su dignidad, y hasta uno trata de matizar creyendo que, bueno, todos mentimos, pero no siempre conscientemente, con mala intención, es solo una forma de hablar. Al rato le sacan el contrato que tenía, de operador de fotocopiadora o algo así, con el empresario al que afirmaba no conocer de nada. Y, bueno,  «olvidé ese pequeño detalle»  (esto, poco más o menos alude a un postcas o poscast o poscas, o documento de audio que oí una vez relatando las circunstancias alrededor del suceso denominado el Tamayazo)  Y uno se siente ridículo, por haber creído que aquel hombre juraba honestamente no mentir nunca. Siempre me siento ridículo ante una mentira. Siempre me siento débil, siempre me siento culpable por haber creído. A veces trato de levantarme el ánimo diciéndome que al menos eso significa que sigo siendo, en alguna medida, inocente. Mucha gente se protege de este dolor simplemente no creyendo nada. Todos mienten, dicen continuamente. “No te creo, tú me dices que vienes de Vladivostock para que yo no te crea y piense que vienes de San Petersburgo, pero en realidad vienes de Vladivostock” Esto es un cuento de Borges para explicar cuál es la manera correcta de jugar al póquer. No sé dónde lo leí, ni si se trataba del póquer o si se trataba de Borges. No me crean. Ya ven. Así van por el mundo. Todos los demás mienten, por qué voy yo a ser el gilipollas que vaya con la verdad por delante. 

Al menos en literatura sabemos a qué atenernos. No hay nada aquí que tengan que creer o no creer. Esto no se lee para firmar al pie sino para divertirse un rato de toda la barahúnda de ahí fuera. Después se arruga y se tira. Esa debería ser la función de la mentira.  

Yo no sé mentir. Le huyo a los mendigos por la calle para no tener que decirles “no tengo”. O peor, salgo sin bolsillos para poder decírselo sin mentir. Es que también soy muy cobarde y pocas veces me atrevo con el NO. A veces son muchos y muy pesados. Y además nunca es un simple gracias adiós, sino que una vez que has cedido tratan de jalar algo más, o ponen malas caras si no es suficiente. Falta mucha humillación entre lo pobres, falta la cerviz subyugada y la mano temblorosa, que nos hace tan fuertes a los potentados. En fin, nada es como antes. El caso es que huyo porque soy débil y no tengo razones para no dar y eso puede ser muy peligroso para cualquier economía. Qué bien me haría mentir en casos como este. No te doy por ayudarte, ve en paz hermano. En un cuento de baudelaire el personaje apaleaba a los pobres, para fomentar en ellos el orgullo y la rebeldía. Qué gran labor. Me he salido de tema. Si es que había tema. Bueno, el tema está claro, la mentira como normalidad. 

Ahora que lo pienso, la mentira como normalidad es una forma de verdad. Un periódico pone un adjetivo, otro periódico pone otro adjetivo y un tercero elude la calificación. Todos cuentan la misma noticia. En el fondo esa es la verdad. Pero para unos es gravísima, para otros es trivial, para unos terceros, mejor no opinar al respecto no sea que nos retiren los anuncios. Y uno solo sabe que la tal Begoña a lo largo de no se cuantos años ha tenido y mantiene hasta once cuentas en bancos con un máximo de veinte o cuarenta euros en cada uno. Sospechoso, ¿no? Algo se trae, seguro que al final algo le vamos a encontrar. Tenemos todo el aparato judicial investigando. Nadie es tan blanco, le pillaremos lo que sea que haya hecho. 

Cada vez que veo un guardia civil o un policía me digo, ya me pilló. No sé en qué, pero seguro que, si miran, algo encuentran: daños prohibidos en la carrocería, las ruedas muy desinfladas o sobre infladas, o con menos huella de la que debiera. Un faro bizco o una cagada ilegal en el parabrisas. ¿Usted se salvaría de una investigación como a la que la están sometiendo? Seguro que miente, seguro, pero ¿en qué?. 

Tengo tantas ganas de creer, a veces. Que creo aunque sea mentira. 

viernes, 27 de septiembre de 2024

No ser perfecto

 Hay que perdonarse no ser perfectos, dice en alguna anotación de mis libretas. Y me suena que no es la primera vez que me lo digo.  De hecho es probable que me lo repita mucho a juzgar por la situación en la que salió esta última vez. 

Comete uno habeses(*) una clase de errores que hacen que se desmorone toda la construcción de palillos en la que basa su propia autoestima. Supongo que cuando uno no dispone de buenos materiales siempre conviene no dejar que la construcción se eleve demasiado porque las caídas resultan más estrepitosas desde más alto, y duelen más. Yo reconozco que apenas llego a dos plantas. Apuntando la tercera siempre ocurre algo que me pone en evidencia ante mí mismo, y ¡pum!, todo abajo de nuevo. 

Y son tonterías, no crean que estoy hablando de grandes tragedias. La última, simplemente confundir una línea por otra. Pero hacerlo después de tres rigurosas comprobaciones. Si por lo menos tuviera un espíritu más supersticioso podría culpar a algún mago Micomicón que me tuviera por enemigo y se empeñara en transformarme los gigantes en molinos justo en medio de la refriega para dejarme en ridículo; pero estudié ciencias, y mi juramento niutoniano (todavía estoy estudiando para alcanzar el grado de einsteniano) no me permite caer en esas tergiversaciones de la realidad. Así que debo afrontar, desnudo de toda vestidura fantasiosa en medio del páramo de la realidad, a mi propia estupidez cara a cara. 

¡Y aquí estoy reprochándome no ser perfecto! No me perdono no ser perfecto. No me perdono no haber sido un gran músico, no haber alcanzado las mayores cotas de la literatura, no me perdono no ser un dibujante fino, no me perdono no haber sido un gran seductor, no me perdono no haber sido el mejor padre, en fin, no me perdono. 

Pero tampoco me culpo. No he sentido nunca ninguna razón para ser ninguna de esas cosas. No he tenido ese impulso de ser el mejor en nada. Ni siquiera bueno.  Me ha faltado el prurito de la autoexigencia. Sí que lo he intentado, he intentado ser todas esas cosas por el simple hecho de que me gustaba hacerlas. Pero los resultado no me han satisfecho y me he desalentado, quizá demasiado pronto. 

Es lo que tiene querer ser perfecto, que uno quiere serlo ahora y sin mucho esfuerzo. De otro modo, empleando muchísimo tesón y tantísimo esfuerzo, ¿quién no va a alcanzar cotas de perfección?, eso no tiene mérito. El mérito está en serlo, no en hacerse. Hacerse puede cualquiera. Eso es lo que no me perdono. No haber sido ya. Nunca me ha parecido mérito suficiente el hacerse uno el mejor  o simplemente bastante bueno. Eso, con mucha práctica y tesón lo consigue cualquiera con tal de quererlo. Yo nunca lo he querido, me bastaba con mis pobres logros si poco lograba y con la constatación de que en esto tampoco era un genio para abandonar. Abandonar con pena, pero, al principio, con la, no certeza, sino seguridad no pensada ni tampoco cuestionada, de que encontraría mi lugar en otra parte.

No es que haya tenido una vida muy inquieta. Confieso que debo provenir más de la rama de los folívoros que de los primates. No he picado tampoco en demasiadas flores del campo de las actividades humanas, en cuanto me acomodé en la lectura ya me pareció suficientemente amplio como para abarcar todas mis expectativas. Los otros afanes a los que me he entregado han sido más bien por obligación – los laborales, principalmente –  y por prescripción médica – “haga usted ejercicios” –  y es en ellos donde siempre me he sentido disminuido, falto de genialidad, imperfecto en suma. 

Así que no he destacado en nada. Ni en mí, como diría Pessoa. Y eso me duele. Es como si no hubiera cumplido mi destino, como si en el libro de los Grandes Hombres de la Humanidad (GHH de ahora en adelante) hubieran tenido que tachar con fastidio, decepcionados, mi nombre. Me sabe mal por ellos, los grandes gestores de los destinos de la humanidad, que ante casos como el mío, que no llegaron a cumplir sus pronósticos, les evidencia que ellos tampoco son perfectos, y probablemente les duele, y les lastra en sus actividades de emancipación de los espíritus o lo que quiera que sea su actividad. Y no se perdonan. No ser perfectos, ellos que sí que deberían serlo ya de por sí. 


(*)lo escribí así, de entrada, y decidí dejarlo a modo de ejemplo de esa clase de errores a que me refiero. 

martes, 7 de mayo de 2024

Espiritualidad, dónde estás

 Ayer mientras paseaba y leía, mi mente se iba, a veces, por otra parte; desconcentrada de la lectura, detrás de otro pensamiento, probablemente sugerido por la propia lectura. 

Alguien, un otro en mí, me preguntaba si yo me consideraba un tipo espiritual.

La pregunta es muy común, pero si uno la considera con detalle tiene que examinar qué significa ser  «espiritual». 

Supongo que espiritual es lo contrario de material. Es decir que uno cree que la vida es algo más que una emanación de la materia. Y no solo eso sino que uno cree que la muerte no termina con todo lo que hemos sido sino que una parte, algo de nosotros, no sucumbe a la muerte, sino que continua existiendo de algún modo cuando la materia desaparece. En el fondo, es también materialista cuando los que hablan de estas cosas mencionan  «una forma de energía», que al final es también materia en su mínima expresión. 

Pero, ¿y si fuera así?, ¿qué?, eso ya no seríamos nosotros. La espiritualidad conlleva necesariamente una forma de conservar la auto conciencia de esto que somos, este que está escribiendo ahora, cuando adopte esa nueva forma energética. 

Pero  «espiritualidad» no solo alude a eso en lo que podríamos convertirnos, sino más propiamente a que somos conscientes aquí y ahora de ese destino y nos preparamos de alguna manera para enfrentarlo. No sé cómo se puede uno preparar para convertirse en un fotón autoconsciente, pero como lo hemos entendido más o menos aquí debajo es en el ámbito de la moral, con nuestro comportamiento en relación con lo otros seres (algunos lo extienden hasta las cosas, otros lo reducen a su propia especie o incluso a su propio grupo social), es decir, ser buenos, tener un comportamiento no reprobable (¿por quién?, principalmente por nosotros mismos). Y pensar en una autoridad superior que nos evaluará, como energía autoconsciente, de alguna manera, implicando esa evaluación una especie de premio o de castigo, todo dicho muy laxamente, teniendo en cuenta que somos algo así como rayos cósmicos pensantes, a ver cómo metes a viaje eso, como no sea encerrándolo en una pila.  

Pues no, no consigo yo ubicarme como un rayo cósmico pensante. En ese sentido no soy espiritual. Sin embargo, echando mano al conocimiento disperso que uno tiene del mundo, se da cuenta de que  el individuo, salvo en nuestro caso, creemos los monosabios, no es que juegue un papel crucial en el concepto de Vida. Quiero decir que si de verdad pensamos en una trascendencia de esto que somos deberíamos ir más allá de nuestros propias soberbias mentales acerca de a lo que podríamos llegar. 

Quiero decir que  si uno observa la Naturaleza, encuentra, sí, individuos, indiferenciados, que forman parte de una superestructura en la cual son seres anónimos cumpliendo un papel; prescindibles como individuos, porque otros muchos cumplen el mismo; importantes en tanto que somos uno de esos que cumplen ese papel y que si no quedara ninguno habría una anomalía. 

En la Naturaleza parece que estas superestructuras son realmente la entidad, lo mismo que nosotros somos la entidad de este montón de células individuales que nos forman, y de las cuales todos los días mueren y nacen un montonazo de ellas ( 330 millones, leo en algún sitio, se crean por segundo, lo que equivale a unos 80 gramos al día, así no hay manera de adelgazar) sin que nosotros, como entidad formada por ellas,  seamos conscientes.

¿Significa eso que perteneceríamos a un organismo espiritual superior lo mismo que cada célula pertenece a un cuerpo – a un órgano, un colectivo de células, que a su vez forman un colectivo de colectivos? ¿Significa que lo que a fin de cuentas podría trascender no son los individuos sino es la propia Humanidad? Como que habría un Dios, no entidad única, sino conformado por muchos individuos diocesillos sin importancia cada uno en sí; de hecho, siendo uno de esos diocesillos esta Humanidad a la que pertenecemos, etc...

Volviendo a nuestro individualismo. ¿Una célula puede  «despertar» y ser consciente de su pertenencia a un colectivo, que a su vez pertenece a una confederación que conforma el cuerpo humano que tiene una conciencia de sí, y querer ponerse en contacto con esa superconciencia para preguntarle cuál es el sentido de su existencia? No sé. Si oigo hablarme a alguna célula ya informaré, cuando me reponga del susto.


Desde luego, como Humanidad, y tal y como la percibimos ahora mismo desde aquí, yo, a la luz de las noticias que van llegando, no puedo ni concebir que la Humanidad esté próxima a ser un ente espiritual.  Puedo concebir que el concepto Vida está conformado por otras  «humanidades», hormigas, abejas, bosques, ratas, cucarachas, clima, suelo… etc. Y no siento que precisamente esta entidad que conformamos sea la parte más saludable de este cuerpo. 

Precisamente la única de todo este entramado que está conformada con individuos que se preguntan si creen en la espiritualidad.  

lunes, 5 de febrero de 2024

Casi un epitafio

 Hoy me duele la articulación del dedo gordo de la mano izquierda. Menos mal, peor sería la derecha que es con la que escribo (mejor para usted, lector). Me siento viejo. En internet leí un poema de una «joven poeta» muy laureada. Me he dicho, mira, esto podría haberlo escrito perfectamente yo, lo que no es muy habitual; me refiero a que no suelo identificarme con los poetas, escriben muy raro y nunca estoy muy seguro de que quieran decir lo que están diciendo. Ni siquiera que estén diciendo algo, muchas veces apenas están diciendo (Me gusta esta repetición porque uno acaba por extrañar esa palabra y preguntarse, qué significa «diciendo» ), lo sé porque les he preguntado y me han respondido: es solo un poema. 

Supongo que envidio a las «jóvenes poetas». Yo nunca fui joven poeta. Mi juventud me dejó mucho que desear. Me aburría ser joven. Me daba vergüenza gritar ¡waooo!, así, en plan inglés, echando los brazos al aire y con un radiante sonrisa en la cara. Nunca tuve un amigo que tuviera un descapotable y/o una casa en la playa de Wanalulú.  No sé, no me sentía así la mayor parte del tiempo. La mayor parte del tiempo me sentía agobiado por los estudios y por el futuro, y por la falta de presente, supongo. Y por no follar. No tenía mucha confianza en mí (en eso sí que sigo siendo joven). Ni en mí ni en nada, como Pessoa. Como ahora; pero ahora está bien que así sea, voy para viejo, ya empiezan a dolerme las articulaciones, y tengo más o menos alguna experiencia: de mí, ya nada espero; de los demás, mejor no presionarlos demasiado. 

Da la impresión de que mi vida fue un fracaso. Bueno, nunca esperé gran cosa ni de mí ni del mundo. Supongo eso reduce la sensación de fracaso y de desilusión. (“Cuando un hombre tiene por sueño comerse una hamburguesa más grande y dormir más los fines de semana, nadie puede robarle su sueño”, esto, poco más o menos, le dijo Margie a Homer una vez que este estaba preocupado por una amenaza del señor Barns). Habité estos años con cordura, mucha cordura, y he vivido bien. No he arriesgado. Mis pérdidas, como en banca, son las que he dejado de ganar. Tampoco deseé. Disfruté lo que me cayó encima y no eché de menos lo que ni sabía que podía haber tenido. 

Me pregunto si podía haber hecho más. Pero por más que trato de imaginarlo, nada se me ocurre. Supongo que hay una forma de ignorancia de vivir que hace que tus horizontes se reduzcan. Si hubiera viajado más, si hubiera conocido a más gente, si hubiera follado más, tal vez sería capaz de percibir nuevos horizontes por conquistar. Yo lo único que he hecho, a mi parecer, ha sido leer. Y eso no me ha llevado muy lejos. Ni se me ha expandido la mente ni nada. Ni me siento más sabio. Al contrario. Tampoco en eso he tenido objetivos, ni pretensiones. Lo que me da el día. Básicamente un cazador recolector de autores. En la edad de piedra de la intelectualidad. En fin. Ni lápida tendré, ya he dejado indicado que prefiero la incineración y el soplido. Y que lleven una caja de zapatos para recoger mis polvorientos restos, no vale la pena invertir en una urna. (¡es verdad, El gran Leboswky!)

jueves, 18 de enero de 2024

Nunca debimos haber abandonado el Mississippi

 Yo creo que nuestra vida, ¡vale, mi vida!, es, o fue, la infancia y que todo lo demás es otra cosa, es el tiempo que se rellena hasta que viene la muerte.  Supongo que uno es pragmático y se dice, ya que estoy en el burro, arre burro. Pero la infancia es lo que  nos construye,  todo lo que somos después se acabó de montar probablemente hacia los trece o catorce años, cuando ya la masturbación es un hábito (antes es un descubrimiento).

Muchos de mis sueños transcurren en la casa de mis abuelos, donde pasé, no la mayor parte, pero sí casi toda la parte lúdica de mi infancia – la mayor parte de nuestra infancia, para la mayoría de los occidentales, al menos,  la pasamos en el colegio –. Y toda la melancolía de hoy me viene de vagos recuerdos de aquellos días, que cuando he querido precisar y se convierten en «historia» me desilusionan. Por eso no soy mucho de volver al pasado, prefiero quedarme aquí y recordarlo cuando toca. 

Ya esto vale como introducción. Es que me estaba acordando de una frase de una película que me gustaba mucho, la frase, desde muy chico. La película era Horizontes lejanos, que en inglés se titulaba Bend of the river  (¿La curva o el recodo del río?).  La frase, naturalmente, que recuerdo es Nunca debimos haber abandonado el Mississippi. A mí me gustaba así, aunque fuera un poco forzado ese “debimos haber abandonado”, pero sonaba adecuadamente retorcida en la voz del viejecillo, creo que el asistente del capitán y  no el capitán mismo, el que la decía, no he vuelto a ver la película. 

Al buscarlo en internet he puesto la frase tal y como la recordaba, y eso sumado a que desconocía el título original de la película, al principio no salía nada. Luego ya he dado con una pista y me ha aparecido la frase, pero de manera más canónica: "Nunca debimos abandonar el Mississippi", quitándole una parte de la gracia a la frase. Así que me he preguntado cómo sería la frase original. 

Me ha costado, porque, como digo, desconocía el título real del película y cómo indicar exactamente que era esa frase la que quería buscar, vaya usted a saber si por ahí fuera le dieron tanta importancia como aquí. En inglés, la frase es más cercana a la primera traducción que a la segunda: We should never have left the Mississippi. Según el google la traducción oficial es “nunca debimos abandonar el Mississippi”, y probablemente sea lo oficial, pero me parece evidente que le quita poesía a la frase. En cambio el “nunca debimos haber abandonado el Mississippi”, tiene un gracejo una forma de hablar que se aparta de lo convencional y que hace que uno se fije y la guarde en la memoria (como aquel "hablando vurgarmente" que solía decir aquel viejito cuando hablaba con mi padre, un poco para disculpar lo que iba a decir a continuación).  A veces, intentando recordarla, no conseguía montarla, y apenas sabía que hacía referencia a haber abandonado el río, pero, dada la anomalía de la construcción, no me salía espontáneamente, y lo de simplemente “abandonar el Mississippi” no me parecía tan espectacular como para no haberlo olvidado.

No sé muy bien si esa organización de los verbos es correcta en español: ¿“nunca debimos haber comido”?, creo que se diría más bien “nunca debimos comer”. Si uno le pone la lupa no es lo mismo un caso que otro. Por un lado lo que nunca debimos hacer es “haber comido” y por el otro “comer”. En la primera hablamos del pasado de un pasado. En aquel momento no debimos haber hecho algo que hicimos anteriormente; en cambio la segunda frase es el pasado de este presente, no debimos comer en aquel momento.  En la película, el personaje se queja, ahora, de haber abandonado el río, y por lo tanto lo que cumple es, probablemente, “nunca debimos abandonar”. 

De todas maneras tal vez en inglés no haya una intención de resaltar ningún gracejo en el personaje y esté hablando, al decir esa frase, de lo más canónicamente.  La otra forma, en inglés, que se me ha ocurrido, sin saber inglés como para dar clases ni mucho menos, que lo he confirmado con google, es: “We should never left the Mississippi”, que, por lo visto, se traduciría con un  condicional: “nunca deberíamos abandonar el Mississipi”.

Así que la primera traducción de la frase, la que me gusta a mí, es una anomalía, un error de traducción, pero es la que a mí me gusta, como la traducción tan rumbosa de la Biblia, Nácar-Columga (no sé, me vino a la memoria aquellos padres nuestros con deuda y deudores y estos nuevos con ofensas y ofensores), mientras que la propiamente correcta es la otra, la que habla en canónico español de calle, como, volviendo a la Biblia, la Latinoamericana.

Supongo que esto es la idea de poesía (en sentido lato): cómo las palabras ponen algo que no está en el mensaje y que matiza el mensaje, incluso llegando, en ocasiones,  a embellecerlo. Y para ello si hay que saltarse alguna regla o algún convenio, se hace, incluido el del buen gusto normativo o las reglas de la lógica aristotélica. 

Pues lo dicho: Nunca debimos haber abandonado la infancia. 

lunes, 20 de noviembre de 2023

Reloj parado

 Se me paró el reloj, pero no se paró el tiempo. Sus piezas detenidas siguieron envejeciendo. Las ocho de ayer marcadas hoy parecían otras, no las mismas. Ningún reloj marca dos veces la misma hora ni aún parado. 

Después de una semana ya no era ni siquiera el mismo reloj y me compré otro reloj, porque este ya era viejo. Un reloj es viejo cuando se para. Mientras anda, va con el tiempo, a su lado y no envejece, pero al pararse se queda atrás, se marchita y a veces muere. Este volvió a funcionar. Lo puse en hora y ahora corre para alcanzar las horas que dejó de dar, pero es inútil. Nunca alcanzará las horas perdidas. Si pudiera mirar miraría con desconsuelo al reloj nuevo allá adelante junto al tiempo, siempre joven. 

Supongo que ahora me pondré uno u otro según me sienta. Si estoy al día me pondré el nuevo, si me siento viejo y cansado me pondré el viejo, que a veces se parará conmigo y juntos dejaremos pasar el tiempo. Sin desconsuelo porque es inútil; sin esperanza tampoco porque también lo es. Simplemente miraremos al reloj nuevo allá adelante sin nosotros y tal vez nos echemos una mirada cómplice. 

Y la gente me verá sonreírle a mi reloj y se atornillará la sien con un dedo. Y pensará este es uno de esos viejos enamorados de sus viejos relojes parados. A veces tendrán razón. 

El tiempo se ha ido


lunes, 6 de noviembre de 2023

Mediocridades, la historia de cada lunes

 Leyendo la autobiografía de Arthur Koestler se me ocurre que hay gente que tiene muy claro lo que quiere hacer de su vida y toma decisiones para conseguirlo, aunque esas decisiones sean dolorosas. La mayoría de los que tienen un cierto éxito social: actores, políticos de relevancia, empresarios de postín, científicos, etc., son de esta clase. Uno los oye hablar en entrevistas o autobiografías y tiene la impresión de que desde la  más tierna infancia ya su flecha – para utilizar el símil que emplea Koestler – había sido disparada y no tenía más que un único destino. 

Hay otra clase de gente que tiene igual de claro lo que no quiere que sea su vida y, sea por huida, por rechazo, por impulso irracional, toma decisiones de las que tal vez momentáneamente se arrepienta, pero que están fundadas en una voluntad interior de, como decía el verso de Benedetti: no hacer lo que no quiere (“Uno no siempre hace lo que quiere pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere”). En esta categoría se incluye, por la descripción que hace de sí mismo, Koestler, que en un impulso irracional del que luego se estuvo arrepintiendo, quemó su cartilla de estudiante que consignaba todos sus progresos en los estudios de ingeniería, a unos pocos meses de culminar su carrera. Esta gente no tiene tan claro su futuro, pero tienen muy claro qué es lo que quieren evitar. Conozco a algunos de ellos y me parece gente que encarna muy bien el sentido de lo que verdaderamente sería la libertad personal. El no dejarse atrapar en redes convencionales que una vez que te envuelven es muy difícil deshacerse de ellas porque las asimilas como inevitables, inalterables y sin alternativa posible. Son gente también que lucha y toma decisiones difíciles y que padece por ello, pero no se arrepiente, a pesar de todo. 

Y luego estamos la mayoría, sospecho, de gente que ni sabemos lo que queremos ni sabemos lo que no queremos ni hemos tenido nunca muy claro que pudiéramos elegir una cosa u otra. Que las cosas nos sobrevenían y habría que ir despejándolas a medida que fueran llegando. Equivocándonos muchas veces, dejándonos llevar muchas veces, más por las circunstancias que por nuestros propios deseos, o al revés. Funcionando a fuerza de hedonismos, de evitar lo malo y tender hacia lo bueno en cada momento cada uno según su horizonte, unos lastimosamente estrechos, otros lastimosamente lejanos y aún otros alternando entre aquí y allá (aludiendo a la Fábula de los tres hermanos, de Silvio Rodríguez), todos sin un rumbo claro. La mayoría sin saber que podía haber escogido, casi todos sin creer que esa elección pudiera ser real (elegir entre lo que nos ofrecen).

No sé si echo de menos cosas en mi vida, a estas alturas, quiero decir. Claro que he echado de menos muchas cosas, pero, a estas alturas, todas me parecen tonterías irrelevantes. No me imagino de otra manera que siendo poco más o menos el que soy ahora y habiendo hecho poco más o menos las mismas cosas que he hecho con pocas variaciones. Pero esto es un tópico: uno no imagina otro camino que el que ya hizo para llegar aquí. Y sin embargo aquí estoy, lamentando, como cada lunes, estar aquí y siendo solamente esto que soy. Que he sido. Preguntándome si podría haber sido más, y qué poquito podría haber sido ese, porque aún sigo sin saber por dónde podría haberme desarrollado mejor. En fin. Como siempre, llego a la única conclusión que encaja en todo esto, la mediocridad. Soy el común, la gran masa, los anónimos que mueren en las películas de catástrofes. Los nadies sacrificables. Los irrelevantes que mueren en todas las guerras y por los que echamos unas lagrimitas mientras nos bebemos una cocacola y nos zampamos una hamburguesa. ¡ay de mí qué poquito he sido!


¿Y qué se puede llegar a ser? ¿Grande hombre? ¿Famoso? ¿Rico? ¿A qué podía haber aspirado? ¿De qué demonios me siento insatisfecho? No lo sé. Por más que pienso no sé de qué me siento insatisfecho. Tal vez solo de mí.


domingo, 8 de octubre de 2023

Autofilosofías

 El pesimismo es una forma de ignorancia, el optimismo es una forma de ausencia de la realidad.

Ambos son cegueras porque ninguno ve el conjunto de la realidad. El optimista simplemente no mira a la realidad, se ausenta de ella y se refugia, tal vez en sí mismo, tal vez en una simple ausencia de sí mismo y del mundo. El pesimista en cambio mira de cerca una realidad concreta y la extrapola a la totalidad. Cree saber porque sabe una cosa. Por eso es una forma de ignorancia. Porque la ignorancia es creer saber, no sabiendo. Otra cosa es no saber no sabiendo que no se sabe. Simplemente no se sabe. Eso no puede tener nombre porque es una ausencia.

La realidad es todo, arriba y abajo, adentro y afuera. La realidad, además, está ausente de cualidades, no es buena ni mala, sucede. Mirarla con tintes pesimistas la vuelve pesimista; mirarla con tintes optimistas la vuelve optimista, pero detrás del cristal es la misma realidad sucediendo, y nuestra mejor actitud para con ella es simplemente observarla, esquivarla cuando se nos vuelve en contra o soportarla cuando no lo conseguimos. Ir más allá de eso es cargar con la pesadez del miedo por lo que vaya a suceder, suceda o no. 

Estar prevenidos no es estar en guardia con las armas en ristre. Estar prevenido es saber que las cosas suceden y no llevarse sorpresas porque lo hagan, buenas o malas.

Pues bien, al parecer esto es tan difícil como mantener en equilibrio un alfiler de punta en la punta de la nariz. (habrá quien lo consiga, se les llama sabios)

A ver si consigo aprender algo de mi propia filosofía. 

martes, 13 de junio de 2023

La cantidad de tiempo que se pierde perdiendo el tiempo. (*)

Boberías sin importancia


Se queda uno – yo – asombrado de cuánto tiempo pierdo. Pero si me paro a pensar no sé muy bien qué estoy diciendo con “perder el tiempo”.  El tiempo no se pierde, pasa, razona mi versión lógica. Perder el tiempo es darle al tiempo o a lo que se hace en él un valor que, como hecho natural, hecho de la naturaleza, no tiene. La salida o la puesta del sol, el girar de la Tierra, son simples sucesos. Un terremoto, una primavera, son simples sucesos. Es mi testimonio, mi conciencia de ellos lo que les asigna un valor, una emoción, un sentido, una carencia o una sobra. Lo mismo pasa con lo de perder el tiempo. La cuestión no es si pierdo o no pierdo el tiempo, sino por qué pienso que estoy perdiendo el tiempo. 

Acabo de leer en la  biografía de Aleister Crowley – no sé si me falta una í por alguna parte – que ha descubierto, en este momento de su vida, que todo es magia, que la vida es un estado de ánimo, una situación espiritual y que cuando actuamos sobre la realidad lo hacemos para cambiar ese estado espiritual, a esto él lo llama acto mágiko. 

Leyendo a Culianu que trata de hacernos comprender el pensamiento medieval, nos habla en los mismos términos. En aquellos tiempos se consideraba que nuestra condición de seres racionales se debía a que el espíritu nos habitaba. El propósito de la mente es el de traducir del lenguaje material al lenguaje del espíritu para hacernos comprender el mundo. Y lo hace convirtiendo la percepciones en fantasías ( Culianu dice fantasmas) de modo que el espíritu lo pueda comprender, pues esas fantasías están más cerca de la naturaleza del espíritu que la propia realidad que traducen. Para esas personas la fantasía era el medio de conocer del espíritu y por lo tanto tenía mucho más predicamento, mucha más credibilidad que el razonamiento lógico. Así que un acto mágico que viene a consistir en que a través de la fantasía se actúe sobre la naturaleza de la realidad no era algo extraordinario. Más bien lo extraordinario era que uno creyese en causas y efectos en el mero ámbito de los natural, de lo material, que no estaban dotados de espíritu y por lo tanto no tenían capacidad de engendrar movimiento, consecuencias. 

Pues yo me preguntaba, decía, por qué considero que pierdo tanto el tiempo. Y desde luego una de las razones es la de que siempre estoy queriendo hacer otra cosa de lo que estoy haciendo, pero no tengo el impulso suficiente para levantarme y ir a hacerla, porque no me parece que hacerla sea en realidad algo satisfactorio. Al contrario, mi contacto con la realidad siempre me resulta desalentador para nuevas experiencias, nunca valió la pena haberlo hecho, por lo menos en comparación con haberlo deseado hacer. Y esta conciencia permanente es la que hace que permamentemente esté deseando hacer otra cosa, estar en otra parte, leer otro libro, viajar a otro lugar distinto al que he viajado ya y no hacerlo. Es la permanente insatisfacción que sin embargo no provoca como uno esperaría un impulso vital de movimiento sino, al contrario una tendencia a alargar la siesta, a permanecer largas horas saltando de un vídeo de youtube a otro, escogiendo libros larguísimo para no sufrir la agonía de tener que escoger un nuevo libro, y en fin, no literalmente pero permanecer horas y horas mirando a la pared soñando con aventuras por el mundo como fantástico marco polo, intrépido indiana jones, obstinado shackelton. Y esto, que en realidad es lo que me produce placer, me incomoda, porque soy contemporáneo de un mundo en el que actuar es lo que da condición de vida, actuar y dejar rastro de haber actuado, evidencias, que se dicen en el ámbito profesional, hasta el punto de que hay quien se contenta con crear falsas evidencias de haber actuado sin haberlo hecho, solo para dejar constancia aun siendo falsa; porque otro de los elementos que da condición de vida es la de hacer saber a los otros sobre uno. Es decir, anunciarse, enunciarse a través de las evidencias de lo que uno ha sido, ha hecho. Como si ya no bastara simplemente ser para uno mismo. Tal vez nunca ha bastado. De ahí que hayamos formado sociedades. Y tal vez todo esto es una manifestación de la deriva que toman nuestras sociedades en las que todos queremos ser individuos destacados y nos inventamos para ello una versión de nosotros que todos puedan admirar. Vamos hacia un modelo de sociedad de individuos aislados que se buscan rehuyéndose.

También yo busco esa admiración que me refuerce mi condición de ser y la repudio porque tengo extrema aversión a, créanselo, exhibirme, hacerme notar.  

Es todo tan contradictorio, tan extraño. Fuerzas que tiran de nosotros hacia afuera deshaciéndonos en lugar de  compactarnos. Noto que todo esto es una enfermedad, que hay un conflicto que tengo que resolver que necesariamente tiene que ver con quedarme aquí, ahora, haciendo esto, algo que parece tan fácil. Porque materialmente lo es, y sin embargo, espiritualmente es tan complicado. 



(*) me pregunto si no será una de las famosas frases de Luis, aquel que dijo “digo tantas tonterías que digo más tonterías en un minuto que en dos”.

jueves, 15 de diciembre de 2022

Una nueva reflexión acerca del sentido de la crítica.

 Me gusta pensar que tengo un estilo literario reconocible y que es imponderable, puesto que hasta ahora nadie ha ponderado nada sobre él. Que mi distribución de signos de puntuación es impecable puesto que nadie le ha señalado nunca un pecado. Que mi vocabulario es correcto y preciso, puesto que nunca nadie me ha señalado imprecisiones ni incorrecciones. Que mis expresiones son ingeniosas, imaginativas, frescas. Y que mis ideas son, si no novedosas, particulares, personales, con un toque de diferenciación respecto a las ideas comunes que flotan en la mente de todos. Si no acertadas, bastante bien orientadas hacia la verdad. En fin, me gusta pensar que puesto que nadie me objeta nada, soy un escritor de entradas de blog de categoría media alta, y que mi blog es uno de los mejores blog que tengo la paciencia de leer.

En lo que no me gusta pensar es en que nadie más lee mi blog.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Salir a ver




Desde dentro solo se comprende con la mente.

El cuerpo comprende de otra manera, que no es una manera lógica, verbalizable. Que a lo peor ni es comprensión sino simple constatación, certeza: esa cosa que no da la mente, por muy bien que sepa argumentarla. 


La foto la saqué en Baeza, Jaén. La casa tenía pinta de estar abandonada, pero en un abandono raro, de esos en que todo se habría quedado como está y simplemente que la gente habría desaparecido. Tenía ganas de entrar a ver, pero no me atreví. De pronto me doy cuenta de que no es salir o entrar, sino cruzar el umbral lo que me atemoriza. Una vez del otro lado simplemente estás ya allí y hay que avanzar o huir.

viernes, 25 de noviembre de 2022

La vida, un resumen.

 Culpar a la vida de lo que hacemos los humanos es humanizar la vida, hacerla creación nuestra, cuando es lo contrario. 

No es la vida lo malo o lo bueno, sino lo que hacemos de la vida los que la vivimos. 

Tampoco es la muerte el gran castigo de la vida, sino una herramienta más de la vida para perdurar. Aunque a nosotros, humanos, nos suene contradictorio. 

No nos resignamos a ser más que lo que somos, unos portadores de esa entidad superior a nosotros como individuos y como especie y que es mucho más compleja que el que nosotros estemos vivos el mayor tiempo posible.

Esto que llamamos «ser conscientes» de ella, de nuestra vida y de nuestra muerte, de nuestra diferencia con respecto a las otras formas de vida, que llamamos «una forma superior», no será más que otro experimento de la vida que saldrá mal o saldrá bien como salió mal probablemente el de los hipopótamos con alas, por eso no hay, y por ahora va saliendo bien el de los escarabajos peloteros, que sí hay. Y que aunque esta sea su forma actual después de muchos siglos de evolución, probablemente no será su forma definitiva, pues los cambios son continuos y las circunstancias variables en el universo, desde meteoritos que revientan contra la tierra y provocan cataclismos hasta ciclos solares que periódicamente nos inundan de radiaciones. Todo eso transforma a los seres vivos y la vida se despliega en muchas formas precisamente para prever cada contingencia y tener diferentes alternativa con que enfrentar las dificultades. Y hasta ahora lo ha hecho bien, que ha sobrevivido a no se cuantas, cinco por lo menos, extinciones masivas. 

Y lo cierto es que la vida obra sin propósito concreto, al menos en apariencia, salvo el de durar. Y el azar y lo que surja, el clima, y las estrategias que van apareciendo y que se van complicando, desde la simple célula que se replicaba a sí misma hasta todo el sistema criptográfico del adn. Siempre bajo la impronta del probar muchos caminos y seguir por aquellos que consigan sobrevivir hasta donde lleguen, como hace el agua cuando fluye cuesta abajo.

Y aquí estamos nosotros, creyéndonos los reyes de la creación, el hito culmen de la vida, su más perfecta creación, porque hemos llegado muy lejos si esto se puede decir cuando uno avanza en una dimensión completamente nueva, y creyéndonos superiores, como las hormigas de la marabunta, porque somos  muchos y podemos comernos todo lo que encontramos a nuestro paso, o como las especies invasoras que se reproducen descontroladamente cuando no tienen depredadores que limiten su expansión. 

Igual que la marabunta, igual que las langostas, o los cangrejos rojos de río, seguiremos hasta que otra cosa superior nos coma a nosotros o nosotros acabemos con todo lo que se podía comer y nos extingamos a nuestra vez. Ahí seguirán después de nosotros otras especies más pacientes, con menos ínfulas de superioridad y con mejor capacidad de adaptación a las circunstancias sobrevenidas. Las preferidas de la vida para cumplir su propósito. 

miércoles, 24 de agosto de 2022

¿Música?

 Estaba escuchando a John McLaughlings, Al di Meola y Paco de Lucía, y me dio por pensar si esos grandes compositores del pasado, no sé, Bach, Beethoven; ellos o la gente de su tiempo, escuchando esto que hoy consideramos «buena» música, pensarían, siquiera, que esto fuera música. 

No cabe duda la habilidad de sus dedos al moverse por los trastes y las cuerdas de la guitarra. Es decir, sí que apreciarían la prestidigitación, la vertiente cirsense de unos tipos que son capaces de sacarle a la guitarra tales sonidos, pero, ¿lo llamarían música?

Había un violinista en esos viejos tiempos, Paganini, que pasaba por ser el tipo más habilidoso tocando el violín, tanto que decían que había llegado a algún acuerdo con el diablo. He escuchado sus composiciones y parecen música al mismo tiempo que – yo no entiendo de eso – parecen complicadas de interpretar por la velocidad de la digitación que requieren. También he escuchado composiciones de guitarra y siempre me han parecido bastante simples – siempre desde mi ignorancia – muy lentas, muy melodiosas, sin abusar de los acordes como se hace hoy. Imaginar a Paco de Lucía haciendo esas florituras en el siglo diecisiete, dieciocho o diecinueve hubiera dejado a Paganini con su violín en ridículo… en cuanto a habilidad, el pacto con el demonio sería poco, pero ¿en cuanto a música?

Aparecen de vez en cuando en FB entradas de esas que dicen algo así como este tío, no sé, David Bowie, o cualquiera de los Rolling Stones, los Beatles mismos, son unos genios, han revolucionado la música, en fin, esas boberías que suelen decir los fanes incondicionales. ¿Llamarían música a eso que canta Bowie, o los Beatles, los Stones, nuestros antepasados, ya no del siglo XV, los de principios del siglo XX? 

Luego vendrían los vanguardistas, tipo Schonberg que se inventa nuevas  formas de organizar los sonidos que luego se van a utilizar para componer. Vendrían los compositores aleatorios, la música electrónica, el ruido de los futuristas. Pero ya en el siglo diecinueve tenían las miras más abiertas y escuchaban músicas orientales, y trataban de comprenderlas, eran muy abiertos los chicos del S XIX. Pero ¿cómo reaccionarían ante Maluma (lo menciono de oídas, no sé ni cómo suena este tío, voy a oírlo por coherencia con este texto, esperen un momento y sigo – ¡coño!, si hasta se le entiende lo que dice, lo cual no me parece precisamente un piropo – )? Supongamos una delegación del siglo veinte, no sé, Schonberg, Stockhausen, Steve Reich, John Thorn, Los Beatles, Led Zeppelin, Sinatra, Sinead O’Connor… elegidos aleatoriamente, y hacen una tourné por los siglos pasados de atrás adelante, XIX, XVIII, XVII, XVI… si consiguen sobrevivir al siglo diecinueve, en el dieciocho los ajustician a todos por entes demoníacos, y eso que es el siglo de la ilustración. 

Como en los computadores, las familias tecnológicas, las versiones de los sistemas operativos y de los procesadores no son compatibles hacia atrás, pero sí hacia adelante. Es decir, la idea de las familias era que aunque se hubieran modificado los procesadores, los programas desarrollados para los procesadores antiguos, aún siguieran pudiendo ejecutarse en lo procesadores nuevos, sin embargo, programas desarrollados para los procesadores nuevos y sus nuevas características no podrían ejecutarse en máquinas antiguas. La idea es que las innovaciones no obligaran a tener que desarrollar de nuevo todo el entramado de programas que ya estaban funcionando, porque si no el mercado se iba a hacer gárgaras. 

Es decir, las innovaciones culturales no son compatibles hacia atrás. A medida que las sociedades evolucionan van dejando un rastro de baba de caracol de elementos comúnmente aceptados al tiempo que se van integrando elementos nuevos que en el pasado no habrían sido aceptables. De algún modo esto inhabilita al arte como un concepto inmanente o absoluto. De algún modo se va construyendo y se va quedando (aunque siempre haya algunos que consideren que Beethoven les suena a pedo) no sé si en los genes pero sí en una especie de arquetipo junguiano. 

Una vez iba en coche escuchando la radio, música, como siempre, y de pronto me di cuenta de que aquello era rarísimo, un señor gritando acompañado de un ruido. ¿Por qué lo hacía?, él creía, sabía, que eso que estaba haciendo agradaba a quienes lo escuchaban, pero ¿por qué les, nos, agradaba escucharlo? De pronto me vi extrañado de que me gustase eso que llamamos música, desconocí el sentido de que un señor cantara, y que lo hicieran en público, unas letras bastante absurdas, generalmente, cuando se entienden, aunque no importaba demasiado. Le pregunté a mi hija que tendría siete, ocho años, ¿por qué nos gusta escuchar esto, porqué les gusta a ellos hacerlo? Mi hija tampoco supo responderme. 

miércoles, 22 de junio de 2022

Sin novedad en el frente

 Sin novedad en el frente. No sé si recuerdan esa novela. Erich María Remarque. Yo, apenas. Pero la he leído tal vez tres o cuatro veces.  Y he visto la película también tantas veces. Trata de unos muchachos, germanos, en la primera guerra mundial. De esa sensación de vivir sabiendo que en cualquier momento te puede pillar una bala, caer un bombazo y destrozarte o, peor, mutilarte. De cómo te acabas habituando a las peores situaciones. De la muerte en general y el horror en particular. 

Es una sensación de muerte, pero no racional, como la tenemos todos, sino física,  sintiéndola cada segundo en el cuerpo mismo, en cada acto, en cada palabra que pronuncias. Se alude poco a la muerte, en esa novela, sin embargo. No se habla de ella. Pero está sobre todo. La muerte y el horror. Tiene una segunda parte, Después, donde los mismos personajes, los que han quedado, regresan a casa tras la guerra. Pero esto aquí no se aplica.

Ayer se celebró el día de hablar mucho de la ELA, ya saben, esa enfermedad degenerativa de las neuronas. Las neuronas se dan de baja, en particular las que se encargan de la movilidad, del estímulo muscular, las otras siguen con su rollo. Ahí está lo terrible. Te permiten ser plenamente consciente de tu deterioro. 

Por lo visto no saben nada de nada. Que te mueres en cinco años, si tienes suerte, poco más. Un testigo hablaba en nombre de los afectados por ella. Tenía cincuenta y ocho años. Una vida normal, aburrida o entretenida, normal, trabajando mucho, qué remedio, la mujer, los hijos. Las copitas con los amigos. Esperando la jubilación. Y ¡pum!, pisas una mina. Y no una de las que te matan del zapatazo, no. Una de las otras que te deja hecho un ocho, para que padezcas durante cinco años pidiendo agua por señas. Este hombre estaba enchufado a una máquina que le permitía respirar. “dependo de la electricidad, para vivir”, decía, ahora que está de moda el asunto de las energías. 

Hace unos meses un compañero cayó fulminado mientras paseaba por la Avenida. Iba charlando, supongo, tranquilamente con su mujer, y de pronto se quedó en el sitio. Un tipo muy valioso, de esos que tienen iniciativas que de algún modo influyen en el destino de la gente, a pequeña o mediana escala, pero que dejan poco más o menos su pequeño legado. De un zapatazo desapareció de nuestras vidas. Ahí lo vi la última vez, dentro del ataúd, empaquetado para la otra vida, la de Después

Yo estoy ahí con mi tensión, mi colesterol, mi azúcar. La médica piensa que bebo mucho y camino poco. A lo mejor es verdad. Que como mucha sal y que fumo como un carretero (¡dos cigarrillos al día, una barbaridad!). Me mido poco la tensión porque cada vez que compruebo esos números me entra el pánico de guerra. 

A algunos tipos, en aquella novela, les entraba ese pánico. Unos acababan, enloquecidos, corriendo contra el enemigo, otros trataban de huir hacia el otro lado y un heroico oficial le pegaba un tiro por cobardes. Otros se quedaban acurrucados en las trincheras o en los huecos de las explosiones tratando de pasar desapercibidos. No. Mejor no pensar en ello. Cuando me toque, que no me avisen mucho, apenas para decir adiós muy buenas. Que sea rápido e indoloro. 

Como si estas cosas uno las pudiera elegir. Nunca se sabe por dónde te va a salir. A mi tío le encantaba caminar así que el azúcar le amputó una pierna. A veces el azar es muy puñetero. El problema, decían los médicos, es que le echaba azúcar al café. De eso se murió. Mi médica lo tiene muy claro, estoy gordo. Todo demás argumento es inútil.

Y mientras, a esperar, a sobrevivir. A ocultarse lo mejor posible de las balas y de las bombas y de los oficiales enloquecidos siempre con el arma en la mano dispuestos a cargarse al que quiera rajarse. Hay oficiales que han matado a más de los suyos que a enemigos, dicen; eso se decía antes –en las novelas del siglo de oro, sobre todo– de los médicos, poco más o menos: que habían matado más enfermos de los que habían curado.  

Es decir, caminar más, bajar algún quilillo, quitar el azúcar del café, fumar un cigarrillo menos, y quitar también el café. Cuando uno lleva una vida de monje cartujo son muy pocas cosas las que pueda hacer para evitar la muerte. Rezar, dormir menos siesta, salir a echar de comer a las palomas. Y que no te pille la mala con los calzoncillos sucios.