lunes, 26 de mayo de 2014

Dia de Elecciones

Ha ocurrido algo que os tengo que comentar: la guardia civil ha perdido las elecciones; las ha ganado la secreta. Eso sí, la secreta somos nosotros mismos. 
(Elecciones en Amanece, que no es poco, de José Luis Cuerda)


El Día de Elecciones, todas las elecciones no solo estas últimas, son un poco como el Día de Reyes: uno, que ya es mayor, se hace el duro, el indiferente, el desdeñoso, pero comprensivo con la ilusión de los más pequeños; uno ya sabe el secreto y lo mantiene oculto por conservar la ilusión de los niños; uno recuerda su propia infancia y echa de menos esas emociones, los nervios de la noche anterior, las tan mentadas ilusiones con los regalos soñados.
Pero se descubre ya sin ilusiones, sin esperanza, sin emoción.
Y sin embargo, esa noche, algo bulle: una cierta, indefinida inquietud, una tontería que te hace reír tontamente mientras te bebes el anís de los Reyes, una secreta expectativa de que tu mujer te haya comprado algo a escondidas, un anhelo de que lo que le has comprado a tu hija la haga, por una vez, si no saltar de alegría -no pidamos imposibles- al menos lagrimear de emoción contenida.
Uno, si es sincero, se descubre nervioso porque esa noche es Noche de Reyes.
Y llega el día, “con su fusil a ciegas preparado”(*), para restaurar el desequilibrio de la realidad: Han vuelto a ganar los mismos, entre destructores de la nación y nacionalistas. Algunas voces disidentes, pero sin gran credibilidad, han asomado la cabecita. Pero sigue sin advertirse ese rumor de rabia mascullada que todos creemos escuchar el resto del tiempo. Que deberíamos escuchar con casi un 30 por ciento de paro y un 90 por ciento de desaguisados en sanidad, educación, política energética, etc.
Ellos tienen razón, lo están haciendo bien.



(*)Carlos Alvares poema Alguna vez

domingo, 25 de mayo de 2014

El caballero sin miedo.


El caballero sin miedo es la historia de un caballero cuya fama de imbatible es tan grande que nunca consigue enfrentarse con ningún contrincante. Su escudero era tan ingenioso e inventaba tales calificativos para ensalzar sus méritos, que nadie osaba presentarse ante él para retarle.  Buscando poder acreditar su renombre se dirige a las cruzadas, junto con Godofredo de Bullón y el mismísimo Pedro el Ermitaño. Pero en aquellos parajes su fama le precede y los sarracenos huyen ante él sin permitirle herirles con su temible espada. Se aburre y se regresa a casa.
Por el camino le resulta imposible pararse a descansar, su reputación de terrible hace que todos huyan ante él, llevándose los alimentos, y no encuentra lugar para cobijarse. Avanzan penosamente –lo acompaña su escudero, el culpable de la divulgación tan eficaz de sus méritos– pues han tenido que comerse sus caballos.
Llegan hasta una zona montañosa, es invierno y deben atravesarla para alcanzar su destino y estar por fin en casa. Los pies se les hunden en la nieve, pero ascienden paso a paso, el hambre les ruge en el estómago, pero siguen ascendiendo. Están a punto de sucumbir y entonces vislumbran un tenue resplandor.
Se acercan hasta una cueva muy estrecha en donde un ermitaño cuece en el fuego un guiso de hierbas. El escudero se adelanta para presentar a su amo: “Acoge en tu cueva al más famoso caballero de occidente y también de oriente, el más terrible, cuya espada nunca ha sido batida”. El ermitaño no se deja impresionar, le informa de que el recinto es muy estrecho y que solo cabe uno y ya está dentro. El escudero se irrita y quiere repetir su anuncio utilizando más aterradores calificativos que amedrenten a aquel anciano, pero es tal su fatiga que cae al suelo y muere.
Entonces entra el caballero y le exige al anciano que comparta con él cueva y comida. El anciano, sin dejar de revolver el caldero, y apenas sin mirar al caballero, se excusa de la estrechez de su cueva y de la escasez de su comida; le informa de que hay más cuevas y si busca un poco encontrará hierbas olorosas que añadir a un sabroso potaje, incluso con sus armas podrá cazar alguna alimaña. El caballero se irrita muchísimo, agarra al anciano por los pelos. Está tan pobremente vestido que entre las costuras y los rotos puede apreciar su extrema delgadez. El anciano no se queja cuando el caballero, a pesar de su debilidad a causa del hambre y el cansancio del viaje, lo alza como una pluma y lo estrella contra las rocas. Muere sin emitir un gemido. Entonces el caballero corre hacia el caldero. Casi no cabe su enorme mole en aquel hueco. El contenido del caldero apenas le da para un bocado. Esa era toda la comida que tenía el anciano y aquel estrecho agujero era donde vivía.
Entonces lo observa allí tirado, ante la cueva, y se da cuenta de que fue el único contrincante que pudo batir. Porque aquel anciano fue el único que no tuvo miedo de enfrentarse a él. Precisamente el único que no podría presumir de tener ninguna probabilidad de vencerlo. Le pareció una ironía. Reflexionó sobre ello toda la noche. Y a la mañana se despojó de sus armaduras y las lanzó por el precipicio. Luego cavó con sus manos un hoyo para enterrar al anciano y otro para enterrar a su escudero. Y por fin se introdujo en la cueva dispuesto a llevar una vida de ermitaño el resto del tiempo que el buen señor le concediese de vida.

sábado, 24 de mayo de 2014

lunes, 19 de mayo de 2014

Hago oídos sordos a tu silencio



Teme que el barro crezca en un momento,
teme que crezca y suba y cubra tierna,
tierna y celosamente
tu tobillo de junco, mi tormento,
teme que inunde el nardo de tu pierna
y crezca más y ascienda hasta tu frente.

Teme que se levante huracanado
del blando territorio del invierno
y estalle y truene y caiga diluviado
sobre tu sangre duramente tierno.

Teme un asalto de ofendida espuma
y teme un amoroso cataclismo.

Antes que la sequía lo consuma
el barro ha de volverte de lo mismo.

autógrafo
 

domingo, 18 de mayo de 2014

Pensamientos y Palabras

Atrapar los pensamientos libres y enjaularlos en cárceles de palabras. Eso es escribir. Los pensamientos no son palabras, son una mezcla indisoluble de imágenes, palabras, sensaciones, emociones, no es tan fácil atraparlos simplemente en palabras, no es posible hacer una simple traducción,  lo que equivale a la proyección de la sombra en el suelo de un objeto tridimensional en donde se pierden todos los detalles y nos quedamos únicamente con el dibujo del perfil del objeto original.
 En todo caso, si persistimos en querer expresarlos en ese medio inferior, restringido, en comparación,  que son las palabras, habría que hacer una recreación de ellos en este limitado ámbito. Esta recreación amplía y ejercita para una nueva expansión las capacidades de expresión verbales y prepara, tal vez, al ser humano, para conseguir un nuevo modo de expresión de sus pensamientos.
Las palabras son un instrumento muy básico de expresión que inventaron los seres humanos para servir a sus necesidades perentorias de comunicación de supervivencia. Pero tras las palabras surgió, estabilizadas ya las sociedades, logrado algún tiempo de ocio, el mundo infinito de la imaginación, de la fantasía, de los sueños. Entonces el Hombre trató de expresar ese mundo fantásticamente complejo por medio del único instrumento objetivo de comunicación de que disponía, las palabras, y ese fue el origen de la literatura. Pero muy pronto las palabras se mostraron excesivamente pragmáticas para conseguir traducir toda esa complejidad.
Traducir es trasladar una expresión de un lenguaje a otro lenguaje, pero el lenguaje de la imaginación, del pensamiento, es inabordable por el limitado número de combinaciones de letras de que disponemos, y algunos convinieron en que la única manera de afrontar esa imposible tarea era eludir la traducción y emprender una recreación de aquella expresión del pensamiento en el estrecho ámbito de las palabras, esto es, la poesía.
La poesía es, pues, según esto, un ejercicio, una prueba de la elasticidad de las palabras, una violentación de sus modestos propósitos originales y una búsqueda de una nueva forma de expresión que se ajuste mejor a ese nuevo ámbito de la realidad que ha surgido en el ser humano, que es la imaginación, el pensamiento: la mente, en suma.

Lo mismo que la literatura, el resto de las artes, desde la escultura y la pintura hasta la música y la danza, son lenguajes que se han ido desarrollando como medio de expresión de todo eso que transcurre en nuestra mente, y, al igual que las palabras, cada una de ellas se muestra desalentadoramente limitada para ofrecer una expresión totalizadora. Pero persistir en el desarrollo de estas, sin estancarnos en las formas actuales, satisfechos del goce que obtenemos de ellas; integrarlas y afinarlas para que se ajusten cada vez más a la expresión que pretenden comunicar, esa es la labor de los artistas.
 Así, el arte no resulta un simple entretenimiento sino una búsqueda de la expresión del Ser del futuro, el ideal de Hombre que debe trascender de este lastimoso ser animal en que nos hemos atorado, y que, a mi juicio, debe ser un Ser esencialmente Mental, más que racional, que, al fin y al cabo, la razón, es una instrumentalización muy pobre de las capacidades mentales.






Restos que no encajaron

Canciones

Una canción es una mezcla de palabras y música, cada uno de esos elementos aislados resulta, en muchos casos, muy pobre por sí solo, sin embargo, entrelazados como una unidad, la canción mantienen un gran poder de evocación y captación que cada uno de sus elementos, aisladamente, no acaba de conseguir.

Cine y literatura

Lo mismo que ocurre con muchas películas que tratan de reflejar el contenido de una novela, el esfuerzo resulta frustrado porque intentan una simple traducción –y encima un resumen– de la inabordable complejidad de una novela, que no se limita simplemente a la narración de una historia, que, dependiendo de la pericia del autor, ya puede presentar, de por sí, una gran dificultad de traducir a meras imágenes, sino a la cantidad de evocaciones, emociones, relaciones con diferentes aspectos de nuestra propia vida, que despierta en nosotros la lectura de esa novela, aspectos que ningún guionista o director va a conseguir abordar en su conjunto, simplemente porque cada uno tenemos nuestras propias claves.

Es por ello que la única forma de trasladar una novela al lenguaje cinematográfico es la recreación, la reelaboración en imágenes de la lectura que el propio creador cinematográfico hizo de la novela. Cualquier otro intento de traducción plano queda simplemente como una banalización del original, como copiar las letras sin saber leer.

La vida es fácil con los ojos cerrados de David Trueba


Es de una canción de John Lenon, Strawberry fields. En la película, Lennon se la canta al personaje de Javier Cámara, el profesor de inglés –siempre olvido los nombres–,  cuando por fin tiene una entrevista con él. Nosotros no lo vemos, nos quedamos con los chicos, esperando en el coche.
El profesor de inglés consigue su propósito, que Lennon le complete las letras de sus canciones y la promesa de que en los discos van a incluirlas (y ha prometido que irá a verme a Albacete). Los chicos cumplen su propósito, huir. La vida es fácil si cierras los ojos, es decir si no andas tan preocupado por lo que pueda pasar, por si es posible o no es posible lograr lo que aspiras a lograr, simplemente te lanzas a la carretera con la plena confianza –los ojos cerrados– de que algo pasará. El profesor de inglés parece un tipo bastante cuerdo, no se va a volver loco si no hubiera ocurrido. Pero ocurrió, no se puede vivir con miedo, les dice. Y se despidió a lo grande del tipo aquel que rapó al chico. No, tampoco se había hecho ilusiones con la chica, pero acarició la posibilidad, por qué no, jugaba a cerrar los ojos, y bueno, yo creo que los abría de vez en cuando para no perderse.
El cantinero, el lugar perdido que es aquella playa de Almería, y su hijo, siempre esperando. Antes lo contaba con lágrimas en los ojos, pero ya no, y aún sigue esperando a la italiana, ya no llora, es el sarcoma. Mientras, cultiva fresas: strawberry fields, la arena es para conservar la humedad, la fresa se alimenta del calor.

Vivir es fácil con los ojos cerrados, como no se puede vivir es siempre con los ojos abiertos, como el padre, como todos los padres, con los ojos abiertos y fijos en el futuro, en el futuro de los hijos, en el futuro del país, del mundo. Nada es real y nada hay de qué preocuparse. Volvemos a casa, a las clases de inglés, a una vida nueva en Madrid, a la vida que nos espera.
Me ha gustado, claro. Un tono melancólico, me parece a mi. Esa melancolía de un tiempo pasado, un tiempo asqueroso, por cierto, pero que ya se puede contemplar con melancolía, con la melancolía que provoca la rabia de observar,por ejemplo, esos paisajes hoy. La esperanza de ayer siempre parece mejor que las consecuencias del hoy. Vi esa película (Cómo gané la guerra, 1967) de John Lennon,por cierto; no recordaba saber que había sido rodada en Almería. Ese tono melancólico pero con cierta amargura de D. Trueba me recuerda al de Garci. El acento de la chica es muy natural, nada forzado, Malagueña tenía que ser. El rostro del pibe es fascinante. Y Cámara está fantástico, pero esto ya es repetirse. La dirección de D Trueba me parece perfectamente sobria, sin ciertos excesos o más bien contrastes mal contrastados que percibí en la anterior (Madrid 1987) Tal vez la mezcla de Sacristán y María Valverde no fue bien allí, me pareció forzado ese antagonismo generacional. Aquí, nada me incomodó. Hasta se me humedecieron los ojos, será el sarcoma. O que yo nunca me escapé de casa.

viernes, 16 de mayo de 2014

Tren nocturno a Lisboa


Ayer vi la película Tren nocturno a Lisboa No puedo decir que me gustara, me pareció tópica, torpe o infantil. La impresión que me da es que ha sido escrita a partir de una lectura superficial de un libro, de un subrayado meramente anecdótico que al final resulta muy pobre narrativamente. Es muy tópico el tratamiento de la cuestión política, la “resistencia”, la “PIDE”, los policías malísimos, etc. Tampoco el tema romántico me pareció bien desarrollado, a pesar de que se apuntan algunos temas se prestaban a mayor intensidad emocional. En cuanto a los personajes, pues igual impresión, muy tópica, apuntando solo superficialmente unos caracteres. Lo mejor, algunos exteriores de una presunta Liboa que todos amamos, y la sospecha de que detrás de esa película subyace un posible buen libro que queda injustamente menoscabado. No es una película que haya surgido de un deseo de reflexionar o participar de una creación que nos ha impresionado, sino una de esos fallidos -todos los casos son fallidos- intentos de traducir a las excesivamente sobrevaloradas imágenes las complejidades de una narración literaria. Un resumen visual que se deja detrás todo el alimento y solo nos proporciona los sabores logrados por medios químicos (¿una salsa barbacoa?¿un refresco espumoso?) (En cuanto a los “sabores químicos”, soy incapaz de valorar las cualidades técnicas de la película o la habilidad interpretativa de los actores: supongo que parte de la pobre impresión que he recibido proviene de estas cuestiones, pero yo solo soy capaz de juzgar la película en su conjunto narrativo)
La novela, que no conocía y que ahora se me apetecería leer, trata de un profesor de literatura que evita que una muchacha se tire de un puente. La muchacha desaparece, pero se deja un libro y dentro del libro un billete de tren a Lisboa. En un impulso, digno de mucho mayor desarrollo, y que sería uno de los centros clave de la novela, a mi juicio, el profesor toma ese tren y ya en Lisboa comienza una investigación sobre el autor del libro y las circunstancias que lo rodearon. Este es otro de los elementos clave de la novela, sospecho, el contraste entre la vida corriente y aburrida del profesor y la intensidad de las vidas que va descubriendo; lo que le llevará, supongo, a cuestionarse su propia vida. Hay, o habrá, o debería haber en la novela un tercer elemento clave que subyacería a todo, que es el amor a los libros, y a sus contenidos. Creo comprender por algún post que he leído, que la novela de Pascal Mercier contiene íntegramente el libro que el personaje encuentra en el bolsillo de la suicida frustrada. El personaje se siente impactado por ese libro y la intensidad y emoción de sus reflexiones.
En fin, como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga, una mediocre película me ha dado a conocer un posible buen libro.

martes, 13 de mayo de 2014

Una historia de condes y gente así en tierras de moros

 Pues ahora estoy leyendo El conde Lucanor, de don Juan Manuel. Y descubro que uno de los relatos que allí se cuentan fue fusilado por Borges, como historia, pues Borges lo adapta con su singular maestría. Y porque yo no soy menos que Borges, y encima no estoy ciego, pues hago lo mismo con esta historia que me ha llamado la atención.


 UNA HISTORIA DE CONDES Y GENTE ASÍ EN TIERRAS DE MOROS



 Era un Señor del tiempo de los moros, que después de asegurado su patrimonio y sus tierras, no encontrándose tan satisfecho del estado de su alma, decidió rendir cuentas con Dios embarcándose para tierras de moros, a matarlos para mayor gloria de la Religión Verdadera, esperando con ello congraciarse con el Altísimo, y que tales hazañas en Su Alabado Nombre Le hicieran olvidar los pecadillos que cometiera en la distracción de los tiempos de hacerse un hombre de provecho.

Dispuesto a ello preparó una flota, preñó a su mujer y fuese allá a combatir a los infieles. Y le fue mal, pues quedó preso del más famoso de los musulmanes de aquel tiempo, el Sultán Saladino, que imperaba en toda Argel.

Era Saladino un hombre instruido y curioso, y gustaba tanto de la buena conversación como de una buena batalla. Cruel con los crueles y compasivo con los compasivos, y con los sabios, sabio. Y bondadoso con los mejores. Por alguna razón vio en nuestro Señor, el Conde, tales cualidades para tomarlo por amigo que lo retuvo a su lado durante muchos años.

De nada sirvieron los denodados esfuerzos de su familia por rescatarlo, los ruegos y los muchos dineros que enviaron, rogando por su vuelta. Todo lo retornaba Saladino con su negativa y aún acrecentado para que se supiese que no quedaba como recluso, aunque para el Conde no hubiera otra elección. Andaba el Conde libre por su palacio, en el cual lo retenían, no barrotes, sino promesa, pues, confiando en su honestidad, y siendo ésta tan verdadera como una cárcel, Saladino había hecho jurar al Conde que no regresaría a sus tierras en tanto el Sultán no le liberase de ella.

Y así transcurrieron los años. El Conde mantenía frecuentes contactos a través de mensajeros con su familia en la Cristiandad y llevaba tan al punto sus negocios de allá como si estuviera allá mismo presente. El sultán Saladino le consultaba frecuentemente de sus negocios de acá y el Conde le aconsejaba tan sabiamente como sabía, aún a costa de acrecentar el aprecio que Saladino le profesaba y con ello disminuir las posibilidades de retorno al hogar.

Un día el Conde recibió una carta particular, en la que su esposa, la Señora Condesa, le informaba que su hija había llegado a la mayoría de edad y era tiempo de ir buscándole marido. En la misma carta le enumeraba la serie de candidatos que podían ser considerados, cada uno detallado con sus atributos y posesiones, intereses y afecciones.

El Conde se puso a considerar cual de aquellos candidatos sería el más idóneo para casar a su hija. Uno era muy adecuado, pues estaba emparentado con el rey, y siempre convenía tener a la familia real del lado de la propia familia, sobretodo en tierras donde era frecuente que los reyes diesen y tomasen saltándose derechos y tradiciones. Otros eran herederos de tierras lindantes con las del Conde, lo cual convenía, pues acrecentar la tierra equivalía a acrecentar el poder y el prestigio. Otros eran hijos de poderosos comerciantes, con los cuales siempre era provechoso emparentar pues, acabadas las contiendas con los moros, se haría necesario buscar fortunas en otras batallas que las guerreras. Y así saltaba el Conde de uno al siguiente valorando sus posibilidades y viendo en el anterior algo menos que en el siguiente y en el siguiente menos razones que el posterior.

Observó Saladino las meditadas cavilaciones que hacía su forzado amigo y le preguntó que cual era la razón de su congoja, y le explicó el Conde en qué andaban metidas sus mientes y por que iba haciendo cábalas como sabio loco. Entonces Saladino se permitió un consejo, aunque poco sabía de las costumbres bárbaras en cuanto a asuntos de hogar.

-Señor Conde, he de deciros que para casar a vuestra hija, yo os aconsejo que no escojáis a uno u otro candidato sino por ser un hombre, y nada más que un hombre.

Oído el breve consejo del Sultán, y tal vez movido por él, el Conde envió un correo de vuelta a su casa exigiendo que no sólo se describieran las características familiares de los candidatos, sino que también se hiciera una detallada exposición de sus atributos físicos y sus cualidades morales.

Así supo que el candidato próximo a la corona, con toda su conveniencia, también era un personaje irascible y orgulloso; que el heredero de las tierras lindantes no era más que un tontorrón, con tan pocas luces como un bebé; que los hijos de los comerciantes, con su prosperidad, también acarreaban buenas dosis de avaricia. Tan sólo de un candidato, el de menos posibilidades por ser de familia menos que preciada, que se vería muy beneficiado con este matrimonio, pero que apenas aportaría un apellido más al escudo de la familia, se hablaba, como hombre, en términos gratos y amables.  El consejo tan prudente emitido por Saladino saltó a la mente del Conde mientras leía estas referencias y este fue el pretendiente que seleccionó como prometido para su hija.



Saltamos ahora a las Tierras Cristianas y hablamos de los preparativos de la boda que  ordenó y gobernó la Señora Condesa, aun sin comprender las razones de su lejano esposo, pero acatándolas como fiel servidora que era. Y como primer acto de esta ceremonia, se acordó el encuentro de ambos contrayentes, informándosele al joven agraciado de cuales habían sido las razones para aceptar su solicitud. Se le explicó que  de entre todos los candidatos, cada cual más rico e influyente que él mismo, el Conde había tenido en mayor consideración su fama de prudente, generoso, amable y bondadoso.  Ante esta exposición el joven, aunque muy agradecido, quedó también harto pensativo o perplejo, y nada más, pues nada dijo de relevancia al respecto, durante todo el tiempo que duraron las ceremonias.  Se celebraron las bodas, y había llegado el momento en que la pareja de recién casados debía retirarse a sus aposentos cuando el joven, llevando de la mano a sus esposa hasta donde se encontraba su suegra, les dijo lo siguiente:

-Señoras, os ruego que no os extrañéis ni os alarméis de  lo que os voy a decir. Tened en mente siempre la confianza que vuestro esposo ha puesto en mí, y confiad en su buen juicio. Debo pediros que me dejéis disponer de vuestro dinero, y no me preguntéis más, solo confiad.

No quiso explicar, el muchacho, las razones que tenía para tan sospechoso comportamiento. Retiráronse los esposos a sus aposentos, preñó el muchacho a su mujer y al día siguiente partió dispuesto a emprender sus enigmáticos designios.

Enigmáticos para su insaciada esposa y su confusa suegra, pero nosotros, privilegiados lectores, sabremos que con esos dineros formó una flota que colmó cuanto pudo de riquezas, dispuesto a llegarse hasta Argel, donde estaba preso su suegro, el Señor Conde, con la intención de lograr su rescate. Pero como era sabido de los infructuosos intentos que anteriormente habían sido realizados por la familia, no hizo esto de forma directa y descarada sino que ideo un plan que detallaremos a continuación.

En primer lugar desembarcó haciéndose pasar por comerciante, en unas costas próximas a dónde sabía que quedaba preso el Señor Conde. Allí aprendió la lengua del lugar y moró durante algunos años hasta ser confundido con un lugareño y que sus actividades de comerciante llegaran hasta los oídos del propio Saladino.

Se enteró de cuales eran las principales aficiones del Sultán y procuraba especializarse en traer de lejanos países los productos más exóticos que pudieran reclamar su atención. Así consiguió atraerse su amistad hasta el punto que el Sultán  lo invitaba a sus partidas de caza, en las cuales, naturalmente, también participaba el Señor Conde, su suegro, sin saber que compartía arco y flechas con su propio hijo político.

La amistad entre el muchacho y el Sultán se hizo tan íntima que se perdían juntos por los caminos durante largas horas, alejándose de la guardia del Sultán sin cuidado, inmersos de lleno en medio de graves o ligeras conversaciones que mucho regocijaban a ambos. En una de estas ocasiones llegaron hasta el puerto en donde el muchacho había ordenado atracar a algunas de sus galeras y, en cuanto se vio en la ocasión, ordenó a sus hombres, que permanecían constantemente vigilantes a la espera de la señal, que retuvieran al Sultán y lo trasladaran a la bodega del barco.

Saladino se vio sorprendido y sin posibilidades de defenderse de esta flagrante traición pero, confiando en su certero instinto para conocer a las personas en las que ponía toda su confianza, decidió que no había nada de qué preocuparse y se dejó llevar a donde fuere en espera de que se aclarasen las razones que habían llevado al muchacho a actuar de aquella manera.

No se hicieron esperar aquellas razones. El muchacho se presentó ante él y le explicó con detalle cual era su identidad y cuales eran los motivos que le habían traído a Argel. Que si se había atrevido a ofender su dignidad de aquella manera era por el deseo que tenía de rescatar a su Suegro, para que regresara a su hogar y pudiera ver crecer a los nietos que sin duda ya habrían brotado del vientre de su esposa.

Saladino comprendió que su consejo había dado sus frutos y lejos de sentirse agraviado consideró aquellos hechos como la conclusión de una sabia decisión a la que había contribuido a gestar. Prometió no tomar represalias contra el muchacho. Regresaron juntos a palacio y contaron al Conde lo sucedido, el cual, después de recuperarse de la sorpresa, se alegró enormemente de haber acertado en la elección de un marido para su hija y un heredero para su fortuna.

Poco tiempo después partieron ambos de regreso a casa en donde encontraron a las mujeres que los esperaban con más hijos que los que sus cuentas les daban. Pero no encontrándose con ánimos ni razones para discutir sobre ello preñáronlas de nuevo para acallar maledicencias y vivieron en paz y armonía cuanto pudieron, que no eran tiempos serenos aquellos para confiar en que mucho duraran.

domingo, 11 de mayo de 2014

Lo que escribía

Luchando contra que el alcohol no derrote mi auto estima.
No soy la esperanza de nadie, ni la mía.
No puedo ayudarte, pero puedo acompañarte en la derrota.
Y sin embargo morirse es tan delicioso.
No me he perdido nada: sigo deseando no haber vivido,no haber estado aquí, no haber sido ahora.
Nunca he sabido ser gente. Y tienes razón, cerrarse es morir y morir es no haber sido, que también está bien, pero siendo ya imposible.

lunes, 5 de mayo de 2014

Lánguidos enamoradizos

Las palabras no tienen términos medios. Las palabras se clavan como flechas. Las palabras exhiben sus sentidos como pancartas irrefutables. Las palabras reflejan mundos mentirosos. Las palabras, sin embargo, dicen las verdades, las terribles, amorosas crueldades. Y uno se las tiene que comer. Me las como, pues. Eso, y algunas cosas más. Pero eso también, como una culpa. Como un castigo. Como una carga inexcusable. Me gustan las verdades. Soy timorato. O la verdad o el silencio, no los engaños de la mentira, de la verdad esquinada, de la alusión esquiva. La verdad o el silencio –y el silencio es una mentira, tal vez excusable, tal vez no. Ahora, porque tú. Pero cuando no se tiene otra cosa, cuando hay tanta vaca suelta sin anillo en la nariz, cuando hay que nadar entre tanta mierda, cuando no le pides nada a serlo, cuando, sobre todo, miras, y no hay nada, lánguido enamoradizo, no es peor que algunas otras cosas. Quiero creer. Me va la vida en ello. No. No es serlo. Es no merecerlo. Eso es lo peor.

sábado, 3 de mayo de 2014

Hastío


Con incierta periodicidad me sobreviene un asco por las palabras. Asco es muy exagerado, llamémosle hastío. Pero hastío suena muy… ¡eh, miradme, estoy ahíto de palabras! De cualquier manera que lo diga suena esnob, –hasta esnob suena esnob, ¿qué coños significará esnob?–. Y más teniendo en cuenta que lo estoy escribiendo: ¿Si estuviera hastiado de palabras no debería callarme?, ¿dejar de leer?, ¿de escribir?, ¿de escribir esto? No, todo suena falso, es falso todo esto, y más teniendo en cuenta que mientras escribo estoy pensando cómo va a quedar en el blog; estoy, digamos, imaginándome a un lector –hipotético, hipopótamo, hipoglúcido, hipocrítico– reaccionando a mis palabras, eligiéndolas para provocar esas reacciones más que para intentar hallar la expresión exacta de lo que quiero decir, que realmente no es nada más que que las palabra me hartan, y ya está dicho en la primera frase. Eso, el darme cuenta de todo eso, es lo que de pronto me hace sentir hastío por las palabras (¿hastío por o hastío de o hastío con?, a lo mejor ninguna, simplemente hastío, cansancio, empalago, fastidio). Y entonces pienso en escribir que estoy hastiado –¡oh, cuán hastiado estoy!, y me llevo una mano a la frente mientras la otra la estiro como alejando el mal que intenta seducirme, pero, a la manera de esas lánguidas señoras decimonónicas que tengo en la mente ahora mismo, una de cuyas fotografías buscaré en internet para que usted, lector hipotético –hipoalergénico, hipocondríaco, hipócrita–, no tenga que imaginársela y entonces meta la pata, porque se imaginará otra cosa de lo que yo me estoy imaginando y quiero que usted se imagine, y entonces todo se irá al carajo porque la interpretación de este texto, en el que trato de comunicarle mi hastío de las palabras –¡vive Dios que me fastidiáis cuanto más os menciono viles palabras!–, se volverá una mera acumulación, un amontonamiento, un apelotonamiento de palabras –¿no hay sinónimos para palabra?– Y eso es lo que me hastía –¡aagh!– de las palabras, su falta real de contenidos la mayor parte del tiempo, su levedad intolerable, su inutilidad efectiva salvo para las cosas cotidianas: quiero tres panes, de esos no, de aquellos que parecen más tostaditos, ¿cuánto es?

Cenizas

Creía que me habías olvidado.
No es fácil, dame tiempo: unos siglos más y te habré borrado completamente de mi memoria.
¿Y qué va a ser de mí entonces?
Polvo de estrellas.
¿Y de ti?
Sólo ceniza.