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martes, 14 de abril de 2026

Quisiera morir de amor

 Pienso, cuando pienso que tengo 62 años, que no me he merecido esta edad, que no estoy a la altura de lo que intuía,  cuando era joven y aún la gente de 62 años me parecía ya vieja, que sería ser un señor de sesenta años. Releyendo algunas de aquellas libretas, las que no he destruido todavía, que escribía cuando era un apesadumbrado estudiante en las largas horas de no estudio en la enorme sala de estudios del desaparecido CULP, –lo especifico con tanto detalle porque allí experimenté las que percibí como las horas más solitarias de mi vida, llegándome a sentir alguna vez como el único habitante de este planeta, tan solitario llegaba a estar el lugar un viernes por la tarde – me reconozco todavía en todos esos miedos e inquietudes, e incluso, aunque mucho menos, en algunos motivos de alegría (¿Por qué se gastan más los motivos de alegría que las razones para la pena? ). Soy medio consciente de que si he destruido esas libretas –una o dos deben quedar de decenas que habré rasgado, como si tuviera secretos que ocultar, y tirado a la basura– es porque me reconocía demasiado en ellas –lo único que he corregido es la letra–, acentuando, cada vez que las ojeaba, esa sensación de fraude que tengo de estar ocupando inmerecidamente una categoría, la de ser un señor de sesenta años. 

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He estado estos últimos días rumiando, no sé a cuenta de cuál de mis múltiples fracasos amorosos, una canción sorprendente de Alfredo Zitarrosa: La canción y el poema. 

Por lo visto la canción parte de una estrofa de la poetisa Idea Vilariño a la cual don Alfredo le añadió otra que doña Idea aprobó y solicitó que grabara. (esto lo leí en este blog)

La estrofa que se me repite en la cabeza es: “Quisiera morir, ahora, de amor, para que supieras cómo y cuanto te quería”. 



La que precede y yo diría que es la contribución de Zitarrosa es: “Hoy que el tiempo ya pasó, hoy que ya pasó la vida...me despierto algunas noches vacías oyendo una voz que canta y que tal vez es la mía”

¿Por qué me sorprende? Vamos, sorprenderme no es exactamente la palabra, o la sorpresa es que muy a menudo, a mí mismo se me ocurren esas ideas pensando en esos amores fracasados que dije. Llámenme romántico, si quieren, pero que sepan que me están comparando con don Alfredo y con doña Idea, pero yo también muchas veces me he, no sé si despertado, o ido a la cama a últimas horas de la noche, que son mis momentos de melancolía, pensando que yo me tenía que haber muerto de amor, y, además en muchas ocasiones. Pero no lo hice. En ninguna. 

¡Cuidado!, lejos de mí el suicidio y toda esa parafernalia espectacular que no va con mi carácter irremediablemente tímido y cobarde, si es que ambas cosas no son lo mismo. Cuando digo «morir de amor» me refiero a eso exactamente, morirme de amor;  naturalmente, de un amor no correspondido, ¿dónde está la gracia de morirse cuando a uno le corresponden?(Inevitable mencionar El marido de la peluquera, de Patrice Leconte) Supongo que esa es la tragedia de los grandes amores, que mueren en cuanto son correspondidos, porque irremediablemente se terminan gastando. 

En cambio, los amores no correspondidos son para toda la vida. Hasta el punto que uno se despierta, muchos años después, pensando en alguien –que probablemente ya ni le importa, ya ni la saluda cuando se la tropieza por la calle, si no es que la evita, porque ya no es aquella que uno amaba sino esta otra persona; de la que podría volver a enamorarse, cierto, pero ya sería otro amor distinto–, y sintiendo que aún se podría morir de amor, de aquel amor que no llegó a ser, y que le gustaría que ella lo supiera. 

Más de una carta o correo electrónico he escrito a esos viejos amores, que no fueron, contándoles eso, que me gustaría, ahora, morir de amor, para que supieran cómo y cuánto las quería. Puntualizo, las quería, no las querría ahora si me las encontrara de frente. Y por eso no envío el correo y lo borro, a pesar de que probablemente es un prodigio de carta de amor porque, como los mejores amores, las cartas de amor mejores son las que no se enviaron y se rompieron o se tiraron a la basura y luego se pulsó el botón de vaciar papelera. La realidad lo carcome todo, pero la potencialidad es inmarcesible.


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Y si en algo me noto diferente de cuando escribía esas libretas es precisamente en eso, en darle más importancia a la emoción, ahora, también entonces, pero entonces lo concebía como un preludio hacia la realidad luminosa, al hecho, al acto que nos emocionaba previamente, y sufría sabiendo que no iba a ser y que toda esa riqueza emocional se perdería; y en cambio ahora, creo que el mejor recuerdo lo tengo de lo que no he vivido pero deseé vivir con tanta intensidad. Pienso, ahora, en todas esas chicas de las que me enamoré y nunca consigo imaginarme haber tenido una auténtica relación con ella, y sin embargo, recuerdo con dulzura ese tiempo, el impulso vital que significaba para mí, de natural bastante pasivo, que me obligaban a desplegar actividades, mejorar para merecerlas (aquí el inevitable es Martin Eaden de Jack London), y la intensidad de las emociones, porque mi amor era auténtico a pesar de su falta de reflejo, pues era auténtico mi dolor como dice un personaje de Alejandro Dolina (Lo que me costó el amor de Laura) cuando tratan de desmentir la autenticidad de ese amor, y era auténtico ese placer de sufrir de amor, que es el más gozoso de los sufrimientos, si uno no es simplemente un masoquista.

No sé si será consuelo de la vejez, como es consuelo de los inútiles vanagloriarse de sus defectos, pero sea lo que sea en algo tiene uno que entretener sus horas postreras, además de en el tai-chi, el curso de pintura, la asistencia a exposiciones, conferencias y películas gratuitas, y, cuando nos toque, algún viajito del imserso. 


jueves, 7 de agosto de 2025

La decadencia de un occidental

 Bajaba yo por unas escaleras que, desde Schamann, ayudan a descender hasta el cauce del Barranquillo don Zoylo, como siempre, distraído en mi lectura; esta vez tratando de comprender a Spengler y su morfología de la Historia, que él remite humildemente , al menos la idea embrionaria, a Goethe; cuando al llegar abajo del todo de las escaleras, que desembocan a una pequeña calle sin salida (a Poncho, curioso, le gustaba llegar hasta el final y olisquear qué novedades se meaban por allí), cuando, pasando bajo una balconada muy coqueta en su sobriedad, oigo una voz femenina que saluda: «Hola, precioso».Aunque soy consciente de que el calificativo no se me aplica ni con poxipol, no habiendo nadie más en la calle, alcé la mirada interrumpiendo a don Oswald, y dos flechas ardientes se clavaron en mis pupilas; no cabía duda, el saludo me iba dirigido. 

Como yo he sido muy tímido y la edad no me ha curado tampoco de eso, respondí, por no hacerle un feo a la amable dama, que pese al saludo no parecía ciega en absoluto: «hola, preciosa». Y como actor en prácticas esperé su réplica que, seguro, ya había ensayado en otras ocasiones, porque la expresó sin ningún titubeo, con un tono claramente insinuante, algo sobre actuado: «¿No quieres subir un rato y jugamos a algo?» 

La propuesta despertó en mí el recuerdo de lejanas fantasías de adolescencia, y el cuerpo reaccionó con ya casi olvidadas señales de alarma que mi refinada prudencia había conseguido relegar al desván de los instintos improbables. Las clásicas mariposas empezaron a revolotearme por el estómago, solo que en mi caso solían ser negras y me provocaban descomposición. Sea porque la edad también ha limado mi cobardía o sea porque las mariposas envejecen con uno y pierden eficacia, el sorprendente resultado fue que no perdí aplomo y acerté a responder con prudente audacia: «como no sea jugar a una mano de cartas, me parece a mí que...» Pero ella estaba allí para abofetear mi prudencia y no se dejó regatear: «Con una mano me basta». 

Y la mujer, bien mirada, no carecía de atractivos y desde luego estaba lejos de alcanzarme en edad, el sueño del pibe, que diría un argentino. Del ensoñamiento o marasmo fantasioso me sacó un golpe en la cabeza que resultaron ser unas llaves unidas a una réplica diminuta de un casco de bombero (profesión del difunto cónyuge, que padeció un irremediable cáncer de colon por negarse a pinchar cacas con un palito; que no le parecía suficientemente viril, decía. Pero a lo que en verdad temía es a una colonoscopia: había visto vídeos en YouTube y decía que era el colmo de la indecencia mostrar al público el interior de sus intestinos) y subí sin dejar que mi funesta imaginación me aguara la experiencia.

Se subía porque la  planta baja, la de ras de suelo, eran un almacén o garaje usado como almacén, y la planta alta la vivienda. Había una tercera planta, también cubierta y compartimentada para futura vivienda que por el momento estaba vacía. La mujer me explicó, como si estuviera mostrando el piso a unos futuros compradores, que había pensado tener hijos y para ellos sería la planta alta, pero que el marido, por causa de la peligrosa profesión que ejercía, decía él, aunque ella creía que más bien porque de joven había sido muy casquivano y ya había dado todo de sí cuando la desposó, no podía tener hijos. Para colmo el hombre amaba su profesión y su profesión se lo había llevado dejándola a ella con piso y sin descendencia. Todas estas explicaciones me las daba haciendo el tour por la vivienda: cocina, baño, salón, todo muy recogido y muy limpio; el balcón mediador de nuestro encuentro, y, por fin, el dormitorio.

Era un dormitorio clásico: lampara aparatosa en el techo, armario ropero en madera noble, tocador con espejo, una enorme cama cubierta con una colcha de punto y un peluche de gatito plantado en medio. Resultó no ser un peluche y en cuanto invadí su territorio saltó a lo alto del armario desde donde estuvo vigilándome todo el tiempo que permanecí en el cuarto. Cuando le miraba yo cerraba los ojos y desaparecía en la oscuridad, pero nunca llegó a sonreír. Ella no se molestó en presentarnos, en cuanto entró en la habitación se despojó de la bata, lanzó las zapatillas al aire y quedó en pelotas. «A ver esa mano», dijo, y se lanzó sobre la cama mirándome fijamente y con una sonrisa pícara como si hubiera estado representando un papel y de pronto se hubiera sacado la máscara. Yo, claro, quedé paralizado.  Y ella lo notó. «No te quedes en el dintel que hay corriente», avancé un paso sin saber qué hacer. No había esperado llegar a este punto tan de sopetón. No soy de hacer planes por adelantado, me gusta meter la pata de manera improvisada para así no tener nada que reprocharme. La actitud de la mujer me parecía extraordinariamente extravagante y me resultaba imposible elaborar una estrategia. Mi proverbial prudencia nunca me había traído por estos barrios de la improvisación audaz, y al parecer me había llegado el momento de decidir si saltaba al lado de Cruz o salía corriendo. 

Salté. Por decirlo de alguna manera. Quiero decir que reprimí mi impulso de salir corriendo, me acerqué por el otro lado de la cama donde estaba ella y me senté tímidamente sobre la colcha, haciendo amago de sacarme la camiseta. «¿Qué haces?», me lo temía. La cosa no iba a resultar tan fácil. «Pues pensaba desnudarme para igualar posiciones», le repliqué. Pero ella, haciendo un gesto de negación con el dedo índice, dijo «Aquí solo habíamos hablado de una mano; todo lo más, de dos» y eso, quieras que no, me tranquilizó. «Eso sí, los zapatos te los quitas» y me aflojé alegremente las sandalias. 

Nuestro acto amoroso consistió, en rápida descripción, en que ella se acurrucó en mis brazos, nos besamos, la acaricié por todo el cuerpo y ella se durmió. Ahí la estuve acunando durante cerca de una hora. No descarto haberme traspuesto yo también en algún momento, pero como ronco con mucho entusiasmo tengo la consideración de no dormir en público. Cuando ella despertó abrió plácidamente los ojos y sonrió. Aquella sonrisa se me clavó literalmente en el alma. Supongo que es algo atávico el estar en permanente desconfianza, en esperar el golpe a cada momento y permanecer en algún nivel de la consciencia siempre en alerta. Aquella sonrisa disolvió toda prevención. En ese instante de su despertar me sentí aceptado, es todo lo que se me ocurre decir, pero responde a una sensación de reposo, saber que uno está protegido y en lugar seguro. Duró poco, porque la realidad se coló enseguida, «Como te llamas» me peguntó su sonrisa. Le dije mi nombre. Ella no me dijo el suyo ni yo se lo pregunté. Es un defecto que tengo el no prestar atención a los nombre y olvidarlos en cuanto me los mencionan. Luego, ya de vuelta a casa me maldeciría por mi descortesía. «Pues bueno, riforfo, que se nos echa encima la mañana. Tú tendrás cosas que hacer y yo, bueno, ya buscaré algo» dijo mientras se levantaba, recuperaba su bata del suelo y perseguía sus zapatillas. El gato abrió los ojos y pareció despedirme también. Yo, algo desconcertado, me até las sandalias mientras ellas me miraba sonriendo, ya la sonrisa era otra, no sé, distinta, desde la puerta. Estiró la mano como llamándome y yo me levanté caminé hacia ella y cogí su mano. Ella tiró de mí hacia la puerta de la calle, me dio un piquito en los labios para despedirme; me miró, siempre sonriendo, bajar las escaleras. Al llegar al portal de la calle me giré y con un gesto de la mano la saludé. 

Ya en la calle, subiendo por la cuesta del Barranquillo hacia Escaleritas, me di cuenta de que me había dejado el libro de Spengler en su casa. No me importó. 

martes, 16 de febrero de 2021

Un poquito

 “Dice que no le importa. Pero miente. Miente bajito. Para no herir mintiendo. Evitando los ojos. Como con dolor de mentir porque no tiene hábito. Dice que no le importa importándole, pero no queriendo. Que le importe. Le importa, pero miente. Para no herir. Y porque querría que no le importase. ¿Te importa?. No. Mentirosa. Y aparta los ojos para que no lea en ellos la verdad. Medio sonríe y se aleja. Triste. La miro marchar. Espero que, como un Charlot precioso, a medio camino de la lejanía, recomponga su figura y continúe avanzando con ese paso resuelto, gracioso, seductor que llevaba el día que la vi llegar. También a contraluz, como ahora, que se marcha. Desde el horizonte donde termina la carretera y empieza el sol. Pero se pierde en su luz como cayendo”. 


Está bien. Muy bonito. Hay una historia antes de eso, que no sé cuál es. Y tal vez hay una historia después. ¿Qué es lo que anda importando ahí? No lo sé. ¿Qué relación tienen ellos? Hay una ella. ¿El que narra es un él? No lo sé. Supongo que no puedo pensar en ella, puesto que lo he escrito yo.  Es un él, pues. Eso que importa es algo grave. Se ve en que a ella le duele. A él, menos. Él es, pues, el que ha tomado la decisión. Es una decisión razonable, quizá. Por eso a ella no debería importarle. Pero es una decisión grave. Por eso a ella sí que le importa. Pero es una decisión razonable. Por eso ella se marcha sin luchar. Importándole. Y él se queda. Algo triste por cómo se aleja ella, pero sabiendo que es lo que debe hacer. Espera que ella comprenda, que reflexione a medio camino y diga, “bueno, a otra cosa, esto ya ha pasado”, pero la esperanza no se cumple. No tiene buenos presagios para ella con esa caída en el sol.


Así empieza todo. Con cuatro frases. Menos. Con una. Una sola frase que he pensado paseando al perro. Luego llego aquí y escribo. Y eso que escribo sigue escribiéndose. Lastimosamente se acaba pronto. Unas veces no llega a definirse, como ahora. Otras veces se define, a la velocidad del rayo, casi siempre, y a mitad de página ya todo está concluido y la misa está hecha y en tus manos encomiendo mi espíritu. Casi nunca da tiempo a un inspiración, por qué me has abandonado porque la impresión es de que la historia está hecha. Media página es, a menudo, suficiente para contar cualquier historia. Todo lo que pase de eso es ya novelar, rellenar, crear ambiente, abusar de la paciencia del lector que lo que quiere es enterarse y a otra cosa. Abusar de la paciencia del escritor que lo que quiere es soltar lastre, limpiarse y lavarse las manos escrupulosamente. Y hasta la vez siguiente en que vuelva a apretar. Nada de cumplir con un esquema, un protocolo, cincuenta páginas mínimo (¡uf!, ¿quién las ha visto?) Esto es una necesidad fisiológica como otra cualquiera. 


Ella escribe a menudo. No tanto. Escribe alguna vez. El también escribe, pero ella nunca responde. Solo escribe. Escribe como clamando. Como lamentándose de su soledad. De su miedo. Él lee como desde otro mundo. Como excluido. Queriendo creer que ella le echa de menos. Que en verdad, en verdad, podía haber sido. Pero sabiendo que la verdad es que no. Que todo está como debe estar y que siga en el sueño. Ella le olvida largas temporadas, como los volcanes dormidos. De pronto, un día despierta y escribe. “te echo de menos”. Y él sabe que es verdad. Que en ese preciso instante es verdad. Que no lo era antes y no lo será después, pero ahí, sí, justo ahí cuando estaba escribiendo, sí. Y se siente profundamente agradecido. Humillantemente agradecido. Y se complace en su pequeño amor que no se consume porque no se gasta... Y cuando deja de leer se pellizca y se dice. Bueno, ya estoy despierto, mejor que friegue estos platos que si no las cucarachas me montan una rave.


Todo tiene un sentido. Lo que pasa es que a veces tiene más sentido de lo que uno quisiera. Entonces busca la manera de ocultarle el sentido et voilá, nace la literatura. El sentido de todo esto es que quiero escribirte sin que lo parezca, pero no sé no parecerlo. Se me resbala la mentira como un jabón húmedo con las manos mojadas. Como un pez mojado con las manos húmedas. Como unas manos húmedas entre unas manos húmedas. Bueno no. También sé mentir. Algunas veces. Pero con mentiras de azúcar. Y también sé mentirme. Todo el tiempo sé mentirme para sobrevivir. Eso lo hago mucho. Como cuando tú escribes los viernes por la noche para conjurar el frío y la soledad y la muerte. Pero solo porque estás un poquito borracha. Y es viernes. Y estás sola. Y hace frío, no sé si por dentro o por fuera o por ambos lados. Yo aquí estoy calentito. Y con culpa, un poco, de no tener frío. Y no estar tan solo. Y con ganas de estar contigo. Un poquito. 

No hay nada que hacer. 

Claro que puedo hacer cosas, pero sería inútil y hasta lo fastidiaría todo, aunque todo sea nada. Si todo fuera algo, ¡ay!, entonces sería diferente: sería peor. Así que, como siempre, me llevo la mejor parte de lo peor que podría pasar: que no pase nada. 

¡Ay esta mansedumbre de buey con que arrastro la vida!

sábado, 15 de agosto de 2020

Pedazos

 Siempre me gustó este ¿poema? de este minoritariamente apreciado autor, apenas por las mentes  más agudas que han llegado a conocerlo, que soy yo.

Está escrito en una época de juventud tardía, pero es que a mí todo me pasa tarde y mal, cuando ya no tengo el cuerpo para reaccionar como conviene a la situación. Es lo que les pasa a los que no toman las decisiones a tiempo, que de todas maneras les llega luego lo que tenía que suceder y los coge fuera de época, cuando ya no son capaces de valorar adecuadamente la experiencia.

No. No es que a mí me haya pasado, pero tengo un amigo que ...

En cuanto al poema. No sé. A veces me parece ridículo, pero otras veces creo de verdad que es sublime (esto también le pasaba a Onetti, lo vi en una entrevista). Esas frases que me parecen tan bien acabadas, esa melancolía que se te prende a los ojillos (no, no, es solo el aire que me ha metido algo en el ojo... el otro es solidario con su compañero) y el recuerdo de la juventud que, a toro pasado, siempre es un buen recuerdo (otra cosa son las ganas que teníamos de crecer ya, que todo aquello era un puto coñazo, los padres, los maestros, los guardias, los mocolindos, no nos dejaban tranquilos, y en cambio las chiquillas, esas sí que pasaban de nosotros).

Son pedazos de tu corazón

que tú envuelves en papel de plata

para ofrecerlos a las chicas del paseo

los jueves por la tarde.

Ellas los recogen indiferentes

y los van comiendo pellizquito

a pellizquito mientras hablan

de sus cosas y sonríen a los niños

que pasan mirándoles sus cortas falditas.

Luego se limpian sus manitas

ensangrentadas en blancas servilletas

que roban de los bares

y se sientan a soñar

frente a los escaparates. Cruzan

sus piernecitas mostrándoles

los estrechos muslos a los chicos

ansiosos que las miran, y se van

sacudiéndose las faldas, que revolotean

sobre su lívida piel, como los ojos

de los muchachos tristes que las ven

marchar.

(Postdata: esto salió publicado una vez, se lo crean o no. Cierto que tuve que pagar por ello, pero ese es un detalle menor)

miércoles, 12 de febrero de 2020

Gatito, gatito

Si me dijeran «pide un deseo», te pediría a ti. Como quien pide un gatito u otro animal de compañía. Ya sé que no está bien desear poseer un alma. No te poseería, solo te tendría. Te amansaría hasta que te acostumbrases a mí y luego nos ignoraríamos mutuamente, pero sabiendo que estamos ahí, que si estiro la mano encontraré tu lomo, que si necesitas rebujarte encontrarás mi vientre.
Nada te extrañará. Si entras en mi interior encontrarás casa amueblada. Te sentirás cómoda como si ya hubieras vivido antes aquí, aunque nunca hayas estado.
Eres la ilusión de cada día, como los números de la once, pero, como decía mi abuela, yo no tengo suerte. Supongo que la vida sabe a quién le reparte y cómo y que ese premio gordo no me está destinado. Al fin y al cabo yo ya soy funcionario de carrera, y me basta con un reintegrillo de vez en cuando para sentirme afortunado. Soy afortunado, qué caray, tengo recuerdos, tengo sueños. Y un amor imposible que los alimenta. Mira tú por dónde, soy auto sostenible. ¿Qué más se puede pedir?

martes, 28 de mayo de 2019

siempre



Como decía Silvio en aquella canción,
gasto muchos papeles recordándote.
No sé exactamente a qué se refería él,
siempre fue –no, no siempre– muy críptico en sus canciones;
en cuanto a mi sistema de referencias,
tú has sido siempre –no, no siempre–  mi sistema de pesas y medidas,
mi metro fundamental, la medida de todas las cosas.
Siendo así y que tú vives y reinas
por los siglos de los siglos en el páramo de mi corazón,
no entiendo por qué demonios me encuentro siempre –sí, siempre–
tan perdido.  

viernes, 29 de marzo de 2019

Feliz Cumpleaños

Feliz cumpleaños.
Hoy se ha cumplido un año más desde este día cualquiera del año pasado.
Cualquier día es bueno para recordar que es una victoria haber nacido. Tal vez la única.
Y que durar un año más al menos es tener bastante suerte.
Tal y como andan las cosas por ahí.
Feliz cumpleaños.

viernes, 22 de marzo de 2019

En resumen

Por azar he escogido el CD de homenaje a Aute, un disco magnífico que no me canso –ya debe hacer más de diez años que lo tengo– de escuchar. Entre unas canciones y otras, y que no necesito excusas, me vienes a la memoria. Y que hoy es el día de la poesía y si me preguntas acerca de eso, en efecto, te diré que no otra cosa que tú es poesía. Sin pupilas y sin nada que medie, y cualquier otra cosa que pueda ser la poesía, simplemente no me interesa.
Poesía es la apariencia de unas simples letras, que forman palabras corrientes con unos significados estándares que pueden encontrarse en el diccionario. Digamos una persona que trabaja duro, que paga su hipoteca, que cuida de sus hijos, y algo menos de sí, aunque también se da sus homenajes de vez en cuando, que padece y disfruta a partes desiguales según las épocas. En fin, lo normal. Y entonces alguien va y lee y ocurre un milagro, que nadie puede ver ni apreciar de otra manera que en un raro brillo de los ojos y una sonrisa boba y un mirar hacia dentro y una dejadez desesperante.
Y por dentro está ocurriendo todo. Simplemente todo lo que esta horrible cosa que llamamos existencia debería estar desplegando alrededor nuestro cada segundo, en lugar de este páramo sin solución de continuidad, sin señales, ni caminos, con frío o sol o lluvia estéril porque no hay nada que crezca en estos yermos. Exagero. Es temporada, invierno, por así decir, y me paso los días tratando de encontrar un camino y las noches soñando mundos que con el simple hecho de ser otros me llenan de plenitud. Privilegio de perezosos, supongo. Es ridículo, pero sigo perdido. ¿Cómo hace la gente para tomar un rumbo y avanzar?
El resumen es que aún no te merezco. Peor que eso, aún no sé cómo merecerte. No te incomodes, no tiene nada que ver contigo, sino con esta insatisfacción de mí que te tiene como referencia o que le ha puesto tu figura a una referencia imaginada. No sé todavía cómo deshacer este nudo y no quiero emplear el método alejandrino, supongo que por romanticismo –quiero seguir siendo yo, lo que quiera que eso signifique– Y como nunca dejo que me pase nada, que cuido muy bien de mí, me faltan desgracias que tuerzan mi destino. 

miércoles, 30 de enero de 2019

Querida Monique

Querido Juan: 
Te escribo para contarte...
José Agustín Goytisolo
Querida Monique:
sé que ha vuelto a escribir
y por eso te escribo yo,
para que le expliques a Juan
que está como siempre.
A veces lo miro,
sin que él lo sepa,
sentado, como él dice,
«ante el café con leche»
y me dan ganas de salir
y abrazarlo y calentarle el café con leche
otra vez y hablarle de esas cosas simples
para distraerle
y hacerle bajar de las nubes frías
entre las que anda cuando se siente así.
Que no es siempre.
Aunque a veces
me parece que estos periodos
duran cada vez más.
Otros días
juega con Julia, y le cuenta cuentos
al revés, y baja con ella
a comprar golosinas,
que es para lo que quiere la peseta.
Y se la pide a él porque
yo no se la doy.
Porque alguien tiene que encargarse
de esas cosas simples, del colegio
de Julia, de sus dientes, de que se bañe
y de que tenga un vestido
limpio que ponerse.
Él sale cada día
todo desmadejado, como ropa sin lavar.
Y lo imagino andando por esas calles
a paso de sonámbulo, ajeno
a las prisas esas que dice observar en la gente,
pensando en sus cosas, en sus poemas
o sus poetas. Tomándose el carajillo
de por las mañanas.
Ay, el carajillo de por las mañanas,
y el de media mañana y el del medio día,
y el de después del trabajo. Tú sabes.
Si al menos eso matara su tristeza.
Por las tardes regresa, ya muy tarde
muchas veces. De haber estado solo,
o con amigos, por los bares del centro,
trotando de uno al otro y hablando
con desconocidos, de política, y de versos,
y de mujeres, tú sabes. Yo le espero
despierta, o me despierto cuando llega
y le oigo trastabillar en la cocina.
O entrar en la habitación de Julia
y sollozar.
 Entonces me levanto y le ayudo
a desvestirse. Y él me habla
de lo que ha hecho durante el día,
de los proyectos que tiene,
del poema que ha estado pensando.
Se queda dormido hablando.
Y solo entonces lloro tranquila y a gusto.
Porque verlo así día tras día
me provoca una tristeza muy grande
que debo esconder para que él
no la sume a la suya. Y por Julia.
Pero se acabará. No desespero.
Un día regresa pronto, un viernes
por la tarde, por ejemplo. Y me invita
a cenar. Tararea mientras se baña,
dejamos a Julia con la vecina
y nos paseamos por Barcelona
 como dos novios.
Y él no bebe tanto
y me presta toda la atención.
Regresamos pronto, por Julia.
Porque quiere estar con Julia
un rato antes de acostarla
y contarle uno de esos cuentos suyos
que a ella tanto le hacen reír
de los absurdos que son.
Esas noches me ama con serenidad
y con muchas caricias y con mucho silencio.
Porque todo en él es al revés, parece,
cuando menos habla es cuando más feliz está,
y no escribe tanto.
No quiero alargarlo. Solo te escribía
para que supieras, y que le digas a Juan,
que ya sabes cómo se preocupa.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Pero tú ya lo sabes


Los recuerdos no cansan.
Cansa recordar.
Un cansancio de dioses, como dicen que dice Kafka, que hasta las heridas cierra de cansancio.

martes, 20 de noviembre de 2018

Lo que va de la indiferencia a la soberbia

Lo que va de la indiferencia al desatino, usándolo también como sustantivo, esa es la medida del ser al que ninguno estamos ajenos, salvo los que nunca han sido, que no tienen acceso, y los que no serán, que serán expulsados. Midámonos como nos midamos, con hombres o con mujeres, seamos cosas o razones, nunca damos la altura, por eso acudimos a los grados, y nos degradamos unos a otros, unos ante otros, yo ante ti, que no lo merezco, ni tú lo merecías, que te debía entero o ninguno, y tú, sola tu, y no toda, que te crecía como inmensa nube a la que se entra y nunca se está –y hace frío y tiemblas por su presencia pero nunca la ves–; y tú saludando hola con la manita y la carita sonriente soy una persona qué vas a ser tú menos que TODO sin alternativa; y me quedé sin nada, sin ti. Me lo merecía. Y sé que es pura soberbia.

jueves, 21 de diciembre de 2017

Todo mentira

Todo tiene que ser mentira
porque después de tanto soñado
sigo aquí inclinado sobre el papel
consignando que al final, en efecto,
nada, solo tú, ha pasado



Me temo que lo mejor de la literatura es que es mentira. Que todos esos versos que hemos disfrutado, todas esas declaraciones de amor que leímos y soñamos decir o que nos fueran dichas, todas esas aventuras, peligros, batallas, crímenes, crueles o sofisticados: todo lo gozamos porque era falso.
Lo sé por los incontables textos que te escribí y que tú despreciaste porque era cierto lo que contaban. Ahora los leo y vuelvo a soñar ser aquel que los  dice a una aquella, hipotética, tan maravillosa como tú eras entonces. Y no dudo, tal vez poca modestia, que si tú los leyeras ahora, te harían soñar ser la real receptora del ficticio autor que ya no seré yo.

¿No es verdad, ángel de amor?

sábado, 6 de mayo de 2017

Una semana

Ya hace solo una semana
y fue hace tanto tiempo
que parece que fue ayer
y apenas recuerdo cuándo

Y puede que nunca ocurriera
o que vaya a ocurrir y ya
lo sepa de antemano no sé
parece que no ha sido y ya fue

esperaré mientras me aclaro
a ver que pasa si será
o si está siendo o si fue
o no ha sido nunca ni lo espero

  ---o---

esperar se me da bien
he esperado tanto que ni espero
lo que espero solo espero
y ya ni sueño que lo tengo

y tenerlo para qué es olvidarlo
esperarlo es soñarlo y es tenerlo
mas tenerlo es poseerlo y olvidarlo
quiero querer no tener recordarlo

esa es la verdadera posesión
ahí está el valor del tesoro
que no se puede tener
que tenerlo es perderlo


"Pero era un verdadero tesoro porque no se podía vender. La gente cree que es tesoro todo lo que vale mucho, pero el verdadero tesoro es lo que no se puede vender. Tesoro es lo que vale tanto que no vale nada. Sí, él podía vender su tesoro a peso de marfíl, pero el tesoro se perdería, vendería nada más que marfil. El verdadero tesoro vale más que la vida, porque se muere sin venderlo. No sirve para salvar la vida. El tesoro vale mucho y no vale nada. En eso está el tesoro, en que no se puede vender". (de Industrias y Andanzas de Alfanhui de Rafael Sánchez Ferlosio)

viernes, 10 de marzo de 2017

Exijo

Exijo que esta vida no sea solo material, que haya una vía de escape. Aunque cueste mucho encontrarla, aunque sea casi imposible alcanzarla, aunque solo unos pocos de toda la Humanidad de Todos los Tiempos vayan a conseguir atravesarla y ninguno sea yo, exijo que exista, y exijo saberlo.
(¿o sería mejor que no?)

martes, 20 de diciembre de 2016

Paraíso

Si la muerte fuera ese instante eterno
que algunos imaginan, yo querría
morir en algunos libros -en las sensaciones
que me provocó leerlos-
(Industrias y andanzas de Alfanhuí,
La nave de los locos de Cristina Peri Rosi,
On the road, de Kerouac,
o El Libro del Desasosiego),
algunos domingos por la mañana,
de regreso de pasear al perro y después del café,
en unos tangos de [cantados por] Goyeneche
y unos poquitos recuerdos ya moldeados
por el olvido. A eso
lo llamaría Paraíso.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Madre e hijo

¡Qué miedo tengo, mamá!
Nada temas, hijo mío; nada temas.
¿Por qué?
¿Por qué, qué?
Por qué no he de temer nada.
Porque yo estoy aquí.
¿Y eso cómo me va a quitar el miedo?
Te protegeré de todo peligro.
Y si el peligro es muy grande.
También.
¿Tú no tienes miedo?
Cuando estoy sola, sí. Pero no cuando estoy contigo.

martes, 23 de agosto de 2016

Qué tontería, si nunca vas a volver

Cuando uno escribe "ya no te espero", 
es que sigue esperando. Cuando escribe 
"ya te olvidé", es que aún recuerda. 
Cuando dice, "todavía", es que nunca. 
Porque todavía no cabe en siempre. 

Pero nada es como se dice y esto tampoco,
y aunque espero, ya no es tu regreso
y aunque recuerdo, ya no eres tú.
Y aunque aún me niego al todavía,
mi siempre es muy distinto al de antes.

Cuando vuelvas me encontrarás,
pero, como la Penélope de aquella canción,
me costará reconocerte, encajar tu fantasma
en la figura que me muestres tras los años
de silencio y de ausencia, de otra vida.

viernes, 10 de junio de 2016

Memoria

tengo memoria de mito. no sé si lo que recuerdo es lo que quería que sucediera, lo que sucedió o lo que temía que sucediera. tampoco recuerdo cuándo ocurrió lo que ocurriese. cada vez que recuerdo invento una historia nueva. a veces es amable, a veces es triste, a veces angustiosa y preferiría olvidarla. pero afortunadamente no olvido. porque no recuerdo, invento.

lunes, 18 de abril de 2016

Cerrar sin guardar

La necesidad de que nadie te olvide
y la esperanza de que alguien te recuerde.
El fastidio de que nadie te recuerde
y la atrocidad de que alguien te olvide.

lunes, 8 de febrero de 2016

No sería extraño



¿Y el día que alguien me diga que tú has muerto?
Nah. No hay nadie en común que pueda hacerlo.
Tus amigos nunca fueron mis amigos.
Y mis amigos apenas te conocieron por mí.
O que alguien te diga a ti que el muerto fui yo
–que tanto te insistí en que moriría,
que lo mismo ya me creías difunto hace mucho tiempo–.
No, insisto. Ninguno sabremos por nadie
que al fin la vida le cobró al otro su deuda.
Para el caso, igual podríamos morir el mismo día,
hora, minuto, segundo. Tal vez nuestros espíritus
se crucen en el tránsito y no se reconozcan.
No sería extraño.