Mostrando entradas con la etiqueta fábulas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fábulas. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de marzo de 2026

El paraíso de las ranas

 El auge de la ultraderecha de estos tiempos, sobre todo en nuestros ámbitos occidentales, europeo y norteamericano, tan acomodados en el capitalismo y su deriva neoliberal, que, al final, es un acomodo, aunque unos estén cada vez más cómodos que otros –dejemos de lado los casos sudamericanos, como Argentina, o Brazil, Venezuela, El salvador, etc, que han ido dando tumbos a los largo de las generaciones y todavía no se han acabado de asentar, sospecho, porque todavía están inmersos en la  lucha entre las castas caciquiles que han ostentado el poder toda la vida de esas naciones y la masa popular que aún no han adquirido conciencia de valía, aparte que, cuando empiezan a adquirir esa conciencia, siempre ocurre que les meten un bloqueo económico o les montan un golpe de estado– me recuerda al ya muy viejo cuento de las ranas en el charco, que acabo de leer en El libro del Buen Amor, pero que viene de algún griego.

Las ranas estaban chapoteando tan felices en su charco. Había agua de sobra todo el año, había moscas de sobra todo el año, y habían ranas de sobra todo el año, dicho como algo bueno, porque a las ranas les gusta la charla, que es como se distraen. Vamos, que estaban de lo más bien, hasta que llegó un iluminado al que se le ocurrió decir que lo que faltaba en aquel charco era un rey. Y lo dijo tan alto y tan bien dicho que muchas ranas empezaron a decirlo también. Y a medida que más ranas lo decían, más ranas se unían al coro. Y cuando alguien preguntaba que para qué querían un rey, lo llamaban reaccionario, o fascista, o cualquiera de esas palabras sin sentido, pero que molesta mucho que se las digan a uno. Lo que terminaba por hacer callar a esos que se preguntaban que para qué hacía falta un rey en una charca en la que se estaba de lo más bien, habiendo agua y moscas y ranas suficientes para todos y sin que unos tuvieran que molestar a otros para pillarse lo suyo. 

Al final, formaron una comisión y fueron a pedirle a Zeus, o Júpiter, que les enviara un rey, porque tenían mucha necesidad de ello. Júpiter miró y se preguntó, para qué querrán estas un rey, con lo bien que están, con toda esa agua que nunca se seca, y con todas esas moscas que sobran para que todas coman todos los días y se harten, y que es lo suficientemente grande como para que haya un huequito holgado para cada una, y que hayan muchas ranas con las que puedan departir, y discutir y pelearse si quieren, o no mirarse si no quieren. Aquí hay que obrar con prudencia, que luego me acabarán echando toda la bronca a mí, que ni pincho ni corto en todo esto. Y se le ocurrió tirarle un palo, una madera, un tocón, ¡plaf!, que cayó en medio de la charca, y les dijo, ahí tenéis un rey. 

Las ranas, que en realidad no sabían qué es lo que era un rey, al principio se quedaron muy agradecidas. Miraban el tocón con respeto, nadaban alrededor de él, le hablaban, pero él no contestaba ni se movía. Fueron perdiéndole el respeto y le empujaban, y el tocón que flotaba, se iba hacia allá. Y luego le empujaban del otro lado y se venía hacia acá. Más tarde empezaron a subirse encima y a saltar desde él al agua. Y ya, por fin, se reían de él y le echaban en cara que no hacía nada, y lo volvían a empujar y arrastrar de un lado para el otro de la charca, hasta que quedó olvidado, embarrancado en una orilla. 

No quedaron satisfechas, así que volvió a formarse un tumulto, las mismas que antes habían solicitado un rey, y que lo habían obtenido y que no le habían visto ningún beneficio, esas mismas se empeñaron en que hacía falta otro rey, pero que fuera diferente, más activo, más rey, lo que quiera que eso fuera. Y volvieron a pedírselo a Zeus, o Júpiter, que se rascó la cabeza y dijo, ya me están hartando estas ranas, ahí les va un rey. Y les envió una cigüeña. 

Cuando la cigüeña cayo en la charca, lo primero que hizo fue, !flap!, comerse una rana de un picotazo, y luego otra, y luego otra más. Las ranas la miraban y al principio no sabían como reaccionar. Por eso le fue tan fácil a la cigüeña comerse cinco o seis. A partir de ahí las ranas empezaron a quitarse de su camino, a esconderse donde podían. Cuando la cigüeña estaba harta, las dejaba un poco en paz, caminaba de aquí para allá, se echaba un rato, y cuando le volvía el hambre, como la charca  estaba tan poblada de ranas y las ranas estaban todavía tan despistadas, le bastaba levantarse y caminar un poquito y ya encontraba una, ¡flap!, dos,¡flap!, tres,¡flap!, ranitas para desayunar o merendar según la hora que fuese. Y las ranas empezaron a tener miedo, cosa que nunca habían tenido, y a quitarse de en medio, y a buscar escondites más y mejor ocultos, y a hablar menos entre ellas para no descubrirse. Y la vida en el charco se convirtió algo incómodo, peligroso. Algunas ranas empezaron a protestar y a hablar de volver a Zeus y que les quitara ese rey que les había puesto. Otras en cambio prefirieron callarse porque cada vez que iban a pedirle algo al dios, la cosa empeoraba. De todas maneras algunas fueron y hablaron con Zeus y le explicaron el malísimo comportamiento del rey cigüeña, a lo que el dios les respondió: Amigas ranitas, la enseñanza de esta historia es muy simple, cuando no sabes lo que es no lo pidas, por si acaso. La necesidad tiene que ir por delante del deseo, porque si el deseo camina por delante de la necesidad, pues te puedes meter en líos. O algo así les dijo y las echo. Y así fue como las ranas fueron expulsadas del paraíso. Por lo menos Adán y Eva se comieron una manzana. 

viernes, 4 de septiembre de 2020

Ovejaciones

Yo no sé nada, es verdad. Digo tan solo lo que he visto (León Felipe)

 ¿Y qué has visto? 


He visto que la gente somos inocentes, pero idiotas. 
Y que estamos dispuestos a dejarnos asustar con cualquier pretexto. 
Y correr de un lado para otro según nos ladren los perros. 
Y que todos queremos salvarnos los primeros. 
Y que ninguno admitimos hacer el gilipollas; pero si lo hacemos con todos, entonces sí, entonces está bien. 
Y que hay muchos perros porque hay muchos aspirantes a pastores. 
Y también, también hay lobos entre las ovejas, pero más entre los pastores. 
Y que las ovejas negras no son tantas, aunque todos nos creamos una. 
Y que de tanto correr al silbido y los ladridos, de un lado para otro, nadie sabe ya por qué corremos, adónde vamos, dónde está el pasto y dónde está el peligro.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Jesús y el zapatero, relato que cuenta Facundo Cabral

Me gusta la historia que cuenta Facundo Cabral acerca de un zapatero que es visitado por Jesús para que le arregle una sandalia.
Pero, no voy a poder pagarle, dice Jesús, porque no tengo con qué. Y el zapatero responde que él no trabaja por entretenimiento sino para comer, y que si lo que hace no le da de comer no le vale la pena hacerlo. Entonces Jesús le responde que él puede concederle, a cambio de su trabajo, lo que desee. El zapatero le responde, con sorna, que si podría, por ejemplo, concederle el millón que necesitaría para ser feliz y no tener que volver a trabajar.  Jesús le pregunta que si es tan pobre que no le alcanza para ser feliz, y el zapatero le responde que ser feliz es un vicio muy caro.
Entonces Jesús le promete que le concederá ese millón y dos más si a cambio está dispuesto a renunciar a sus piernas. El zapatero se espanta y, con un gesto de rechazo, contesta que para qué quiere él esos millones si no va a poder disfrutarlos viajando, paseando, corriendo por el campo entre las flores y los árboles, sintiendo la arena en sus pies descalzos, nadando en el mar.
Jesús le insiste, lo multiplica por diez si a cambio renuncia también a sus brazos. El zapatero se horroriza, cómo va a vivir sin brazos y sin piernas, cómo va a acariciar, cómo va a comer, cómo va a abrazar, qué clase de felicidad se consigue sin esas cosas.
Jesús insiste una vez más, lo multiplica por cien si a cambio está dispuesto a desprenderse también de los ojos. Y sin ojos, sin piernas, sin brazos, para qué vivir, dice el zapatero. No volveré a ver a mis hijos, a mi mujer, no disfrutaré de la belleza de los atardeceres, al cerrar la tienda y volver a casa. No podré leerle cuentos a mis hijos.
¡Qué afortunado y qué ignorante eres!, dice Jesús, vives con cientos de millones y ni siquiera te das cuenta.

Años después, el zapatero se acordaba todavía de aquel mendigo que le pagó un arreglo con una buena historia.



miércoles, 24 de abril de 2019

Parábola de los diez talentos.

Si oficio es la  ocupación habitual, mi oficio es la no ocupación habitual, interrumpida por necesidad por breves lapsos de ocupación a que me obliga el tener un cuerpo con necesidades. Mi buena suerte me ha permitido acceder a un puesto de trabajo sin una excesivamente celosa cadena de mando, aunque cada vez se ponen más coñones, a lo que se suma una prodigiosa capacidad innata a pasar desapercibido, a desaparecer de la atención y de las memorias de las gentes que me rodean con una facilidad que en ocasiones me hace dudar de mi propia existencia física.

Curiosamente officio en latín significa yo estorbo, yo obstaculizo, yo impido. Es intransitivo por lo que no lleva objeto directo, es decir, no se aplica sobre nada concreto, es, por así decirlo, un estado; el oficio, en una traducción de principiante es molestar a los demás, y puesto que mi oficio es la negación de esto, resulta que mi no oficiar deviene en un no molestar.

Si algún oficio siento tener, desde luego no viene de facio sino de somnio. Mi oficio es soñar, esa es en verdad la única obligación que siento, que es eso lo que significa la palabra que da origen, ahora sí, a esta de ahora: officium: deber, obligación.

Soñar, pero no hacer soñar, que también es un oficio que obliga a mucho trabajo y a mucho molestar, y para el que, está claro  – cincuenta y pico años fracasando me avalan –, no reúno ni el equivalente de un grano de mostaza de predisposición.

Soy eso que siempre se ha llamado un soñador y que ya casi no se oye porque probablemente es un no oficio demasiado desprestigiado y nadie quiere atribuírselo. En una sociedad capitalista, proactiva, económica, un soñador es precisamente un estorbo, un lastre, que no aporta conocimiento, que no aporta recursos, que no incrementa beneficios, que no consume. Hasta han tratado de prestigiar la palabra, sobre todo los americanos en sus películas, haciéndole corresponder con un fulano que se esfuerza muchísimo para conseguir alcanzar un objetivo grandioso en su existencia y que es capaz de sobrepasar por encima de cualquier obstáculo o cabeza para llegar a instalarse en una posición privilegiada.

Me da pereza solo escribirlo. Todo lo que espera de la vida un soñador ya lo ha conseguido y no lo tendrá nunca. Es esperarlo todo de la vida y saber que nada llega, por eso lo sueña. Conseguir, nunca le ha satisfecho, al contrario, conseguir es la peor de las desgracias porque es confirmar que no era eso, que tiene que haber más y que solo está al principio de un camino infinito. El soñar del soñador no es un querer, sino un querer seguir soñando. Por eso el soñador nunca tendrá un oficio. Hacer es solo comprender la banalidad de la existencia, lo efímero que es la realidad…

Algo como esto es lo que espero decirme a mí mismo al final de mis días en la Tierra para justificar tanta ineficacia, tanta falta de resultado, tan poco beneficio como le entrego al amo a su retorno, al devolverle los diez talentos que me dejó al partir
— ¿Ni un solo talento? –me preguntará, enojado.
— Ni uno –responderé, bajando la mirada humillado.
— Has sido un mal siervo –sentenciará.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

¡Cuidado, Shane!

Eso ahí fuera es el salvaje oeste. Está lleno de tipos perfectamente armados verbal e intelectualmente y siempre dispuestos a enfrentarse en duelo por un quítame allá esas críticas, y demostrar así quién tiene la palabra más rápida, la respuesta más afilada o las alforjas más llenas de nombres raros-pero-de-mucho-prestigio-en-su-campo.
Yo llegué al saloom con una cierta fanfarronería no del todo fundada en una perfecta confianza. Era joven, por así decirlo, un campesino que se compra su propio revólver, practica con unos cuantos cacharros y botellas detrás del cobertizo y en cuanto consigue dar tres veces seguidas en el blanco sale disparado a lucir cartucheras.
Todas las miradas se clavaron en mí cuando pedí un güiski con vocecilla temblorosa. Nadie me advirtió de las muescas que aquel tipo lucía en su culata. 

miércoles, 16 de marzo de 2016

El monasterio de Taizán

Un monje joven supo que existía un Templo en Taizán, lugar que desconocía, el cual se suponía que concedía la sabiduría a aquellos que se acercaran a visitarlo, y se lanzó al camino en su busca.
En una encrucijada encontró a una anciana que descansaba y le preguntó si conocía el camino para llegar a Taizán. La anciana, sin levantar la cabeza de su postura de reposo, le respondió: “Siga recto”.
El joven continuó su camino. Anduvo durante años. En ese tiempo no perdió oportunidad de aprender y crecer espiritualmente, y nunca abandonó su empeño de alcanzar el monasterio.  Ya habían pasado muchos años y se encontró de nuevo en aquel cruce, esta vez en sentido contrario. Y allí estaba la anciana, en la misma postura, a la que volvió a preguntarle por la dirección del monasterio de Taizán. La anciana le respondió nuevamente: “Siga recto”, y el monje continuó su camino.
Transcurrieron más años, durante los cuales no dejó de aprender y crecer espiritualmente. Aún así no perdía el deseo de alcanzar el Templo de Taizán. Era su voluntad. Recorrió todos los caminos en todos los sentidos sin encontrarlo. Un día se halló de frente con la anciana en aquel mismo cruce de siempre que él ya había olvidado. Y de nuevo le preguntó si podía indicarle el camino hacia el Templo de Taizán. La anciana respondió: “Siga recto”.


Nota: la anécdota que inspiró este cuento viene del libro: Gödel Escher Bach: Un eterno y grácil bucle. De Douglas R. Hofstadter. Tusquet Editores 1987. Colección Booket 2015 [pag. 269]

jueves, 8 de enero de 2015

El bosque de Babel

¿Me quieres, Dios?


Sí, hija mía, te quiero... comeerr, ¡Groouarrrs!, soy un terrible lobo feroz que me había disfrazado de Dios para comerteeee... Pero entonces, oh, amiguitos, llegó el cazador Ateo y ¡pum!, de un disparo dejó seco al maldito Dios-lobo feroz. Luego, tomando a la aterrada doncella en brazos, la alejó de aquella horrorosa visión de carne y sangre y vísceras de Dios esparcidas por el techo, colgajos de tripas bailando al ritmo del ventilador de aspas y trozos de sesos reptando pared abajo.
Y estaba tan bella la doncella y el bosque tan idílico y silencioso que el cazador, portando aquella dulce carga, se puso cachondo y así se los expresó inocentemente a la ya más apaciguada muchacha: ¡come! Y ella, glotona, comió del fruto prohibido y ahí se entregaron al pecado de la lujuria y al de la injuria, porque también blasfemaban acordándose de Dios, y al de la perjuria porque juraban y maldecían por lo bien que se lo estaban pasando. Y armaron tal alboroto que despertaron a todas las bestias oscuras del bosque con los gemidos y gruñidos y humedades y aromas que esparcía en tan frenéticos ejercicios impudorosos, pues habéis de saber, niños, que estaban desnudos. Y, decíamos, con aquel alboroto mayúsculo el bosque se fue despertando de su letargo -que termina en el nombre de una película horrible que vi una vez acompañado de una chica tan borracha como yo y es prácticamente el último recuerdo que tengo de ella, pues fue nuestra última cita y de la película solo recuerdo que a cada rato yo le pedía que me besara y ella lo hacía y también que alguien en la película puso un tema de Led Zeppelin, y no sé por qué me acuerdo de esto ahora, si no es porque esa noche en el hotel, donde trataba de olvidarla, una pareja en la habitación de al lado me la recordaba a rítmicos y frenéticos golpeteos acompañados de un canto gutural que no se resolvía nunca, igualito que mis personajes -y se fueron contagiando del humor festivo de nuestra feliz pareja de tal modo que comenzaron a reír y a gozar unos con otros sin distinción de especies ni sexos que hasta hoy se recuerda el barullo que se armó en aquel bosque de Babel. Y este fue seguramente el origen de otras historias que, si os portáis bien, tal vez algún día también os contaremos.
Y a mí que me parece que tú no eres un lobo, ¿no será una abuelita?

viernes, 14 de febrero de 2014

Dragones, unicornios y un agujero en la arena


Un experto en técnicas de caza de dragones discutía con otro experto, esta vez en técnicas de caza de unicornios. Aunque el experto en cazar dragones se enorgullecía de sus conocimientos acerca de cómo evitar las quemaduras, y se burlaba del otro cuyo mayor peligro consistía, según él, en ser ensartado por un cuerno fácilmente evitable, este otro no se dejaba humillar y replicaba que no debía ser demasiado complicado atrapar a un animal tan pesado y de difícil movimiento, mientras que el escurridizo unicornio requería emplear técnica mucho más sutiles.
Andaban ambos por la playa completamente inmersos en estas profundas discusiones cuando observaron a lo lejos la figura de un niño que jugaba en la arena. Al aproximarse, comprobaron que el niño se ocupaba en acarrear, incansablemente, cubos de agua desde la orilla del mar hasta un agujero que había practicado en la arena, en cuyo seno lo vertía. Interesados en esta labor, estuvieron contemplándolo durante largo rato, sin que el niño les prestara mayor atención. Transcurrido un tiempo uno de los hombres se atrevió a preguntarle al chico cual era su propósito con aquella interminable actividad, a lo que el niño respondió que pretendía vaciar completamente el mar en aquel hoyo.
Ambos hombres se miraron intrigados. Contemplaron largamente el mar y la actividad que el muchacho, indiferente a ellos, había reanudado. No necesitaron intercambiar palabras, pues en los ojos de ambos se reflejó de inmediato la humillación que aquel niño les infligía sobre su sobrevalorado orgullo. Ambos se retiraron discretamente dejando al muchacho enfrascado en su tarea.
Instantes más tarde, ambos regresaron portando un cubo. En los ojos de cada uno se mostraba una velada admiración por el otro, que había sabido reconocer en el ejemplo de aquel inocente muchacho una magistral lección de humildad.

martes, 11 de febrero de 2014

El error de los pajarillos

Se dice que los pájaros y las aves en general viven en el error científico de creer que la noche es una enorme tela vieja cubriendo la inmensa jaula que es la Tierra. Creen nuestros más avezados investigadores que este error lo han heredado desde los primeros pájaros cautivos que consiguieron huir de sus amos, que, con el prestigio de haber tomado contacto con otras civilizaciones, gozaban de mucho predicamento cualquiera que fuera la estrafalaria opinión que emitieran.

domingo, 15 de julio de 2012

Mitología

-->
Yo quiero estar de ese lado, definitivamente. Ese es el lado en el que no nací, en el que no he vivido, del que he sido desgajado por un error monstruoso. O un castigo tal vez. Ixion, Sísifo, Tántalo, Prometeo y yo. Codo con codo. Está bien esto de verse como un habitante del Tártaro “más profundo incluso que el Hades”. Me hace grande, merecedor de unas páginas en la Mitología. ¡Toc!¡Toc!¡Toc! No hay respuesta. ¡Toc!¡Toc!¡Toc! No hay respuesta. No estamos llevando bien el mito, señores. Alguien cambió la narración oral al escribirla. Se olvidaron de mi nombre. Represento a un pueblo extraviado, que vivió siempre en el mismo lugar. Extraviado de sí mismo. Un día ese pueblo se aventuró más allá, un poquito más allá, no demasiado, ni tampoco demasiado poco. Una patita más allá. A un tiro de piedra, se decía antes. Y conoció la gloria. Pero la gloria no quería nada con él. Ninguna gloria quería nada con un pueblo tan falto de propósitos, de impulso guerrero, de vitalidad, de seguridad, tan sobrado de placidez y autocomplacencia. Y el pueblo se replegó sobre sí mismo y se convirtió en árbol. Y todo el mundo lo olvidó. Como pueblo, pero no como árbol. Y algunos descansaban a su sombra y estaba bien la sombra esta, era fresca y plácida. Y tal. ¿Cuál era el lado del que quería estar? Este es el enigma que debe tener toda narración oral. Muchas generaciones después alguien descubrirá una marca en la corteza. Y más tarde, pero mucho más tarde, la marca se desvelará como un nombre. Y todos especularán sobre la razón de ese nombre en ese árbol. En ese bosque que nunca fue suelo de ningún hecho grandioso. Y lo llamarán así: El Bosque en donde Nunca Pasó Nada. Y esa falta de información, porque en efecto, allí no había ocurrido nunca nada, unida a ese nombre misterioso, se convertirá en un acicate para los investigadores. Y sacando de aquí y sacando de allí, papeles irreconocibles, que nadie pudo atribuir a otros lugares u otras historias, dirán, “encaja aquí”, en el Bosque donde Nunca Pasó Nada. Y empezarán a construir la historia que nunca ocurrió allí. Y sí, entonces esa historia habrá ocurrido y se desvelarán cada vez más detalles. Y será una hermosa historia. Y la gloria más auténtica, la auténtica gloria agasajará la memoria de ese árbol y su historia que no fue. Y las jovencitas suspirarán cuando la lean y los muchachos, esos del futuro, volverán a sentir en su pecho el ansia de aventura, la sed de vida que yo tenía que haber tenido pero no tuve. Y se formará una comunidad entorno a esta Gran Mentira, pero a partir de entonces ya no será mentira. O, vale, sí, será mentira, pero a quién le importa, si lo que importa son los hechos y estos muchachos hicieron grandes cosas, gracias a esa mentira. Conquistaron otros mundos, hicieron felices a personas, generaron multitud de leyendas derivadas de aquella. Sí, saldrán muchos listillos intentando, desactivar la inmensa ola hacia el futuro que se formará, pero todo inútil. La quinta, la sexta, la octava generación seguirá aún hablando de aquel árbol y del nombre que estaba escrito y de todas las leyendas que a partir de ahí se fueron elaborando. Ya lo veo. Desde aquí, lo veo cómo se despliega el futuro ante mí, ante este pobre yo que se lamenta de su nonadería. Y me voy sintiendo cada vez más orgulloso de mí, humilde semillita cuyos brotes terminaron por inundar el universo entero. Poderosa imaginación, la ingente avalancha reserva asombrosos hechos todavía. No está nada dicho aún. Tú crees que no has sido nada. Que todo el tiempo estuviste del lado equivocado pero la Historia, la Mitología, se encargará de restaurar este error, de revisar esta catastrófica desviación de la Verdad, y con el paso de los siglos todo será corregido. ¡Ah!, ¡Qué orgulloso me siento!

jueves, 19 de mayo de 2011

Tres piedras

Tres piedras. El político/economista las coloca una sobre otra y luego te dice: tienes libertad para escoger, pero ten cuidado cual escoges porque si lo haces mal todo puede desmoronarse. Tú, precavido, escoges la de arriba. El economista asiente satisfecho: has hecho lo que debías.

Ahora discutimos en el bar. Un loco piensa que tenía que haber cogido la primera de abajo. Y otro algo más cuerdo, pero aún con un punto de rebeldía hubiera optado por la de en medio. Los razonables no ven otra opción que la que tú tomaste.

La noticia sale en televisión. Los telediarios muestran aterradoras infografías demostrando el desmoronamiento que hubiera sobrevenido si, dejándote llevar por un falso idealismo, hubiera escogido alguna de las otras dos piedras.

El punto central de todo esto es que nadie discute por qué el político/economista colocó las tres piedras una encima de la otra y no una al lado de la otra.

jueves, 31 de marzo de 2011

Fábula de Esopo

Fábula de Esopo

Había un pastor que estaba siempre de broma. Una de sus gracias consistía, ya a última hora y después de haber encerrado a sus ovejas, en entrar gritando en la aldea alertando de que venía el temible lobo. Cuando conseguía que todo el mundo se levantara y se echara al monte con palos y hoces para espantar el ficticio peligro, él se volvía a su casa y se echaba a dormir, regocijándose gratamente de que los demás estuvieran dando inútiles batidas por el monte.
Repitió este juego varias veces, siempre con la misma respuesta de los ingenuos aldeanos, hasta que poco a poco estos fueron sospechando el engaño.
Y llegó la ocasión en que, bajando del monte, se encontró de boca con el auténtico lobo. Sin pensárselo dos veces, confiando en la colaboración de sus paisanos, corrió por toda la aldea gritando: ¡que viene el lobo!, ¡el lobo! Pero nadie le creyó, y más de uno le exigió que callase de una vez.
El lobo se dio un festín con las ovejas y, dado que nadie llegaba de la aldea para interrumpirle, se tomó su tiempo masticando bien y mondando los huesos uno por uno.
El asunto es que la gente de la aldea se había acostumbrado tanto a los avisos de socorro del pastor que no solo no atendía a estos, sino que tampoco prestaba atención a los de los demás aldeanos. Así que el lobo, cuando se hartó de ovejas, se le ocurrió bajar a la aldea a ver qué había por allí. Y por cambiar de dieta se comió a un lugareño, que intentó alertar a los vecinos de lo que le estaba pasando, sin ningún éxito. Nadie creía verdaderamente que hubiera ningún peligro, e incluso más de uno, por entretenerse mientras iba del establo a la cocina, gritaba: ¡que viene el lobo!, ¡el lobo!, en lugar de silvar o cantar bajito. Así, poco a poco, el lobo se fue comiendo impunemente a todos los habitantes de la aldea, que quedó despoblada. Y como ya no había nada más que hacer allí, se fue a otra parte a buscar una fortuna parecida.


Moraleja. Entre unos que nos llaman idiotas a los ciudadanos y otros que nos tratan directamente como idiotas, hemos acabado como estos pobres aldeanos.