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miércoles, 31 de diciembre de 2025

Memoria

 Esta mañana, a una pregunta he respondido «no, no tengo» y automáticamente he continuado «porque uso nombre de producto». Es un automático que me sale de ver ese anuncio en youtube, señal inequívoca de que el anuncio es efectivo. No solo porque lo pasan una y otra vez, con variantes, pero siempre acudiendo a esa fórmula de preguntarle al tipo y que él responda, «no, no tengo» y a continuación (en algunas variantes más cortas eliminan esta respuesta del todo innecesaria) aclarar «porque uso nombre de producto».

Esta tontería me ha llevado a otra tontería. En una canción de un cantante argentino llamado Iorio Flavio, que he descubierto en estos últimos meses, al final hay un pequeño diálogo que se repite y repite hasta que se va extinguiendo. 

—¡Tómese otra ginebra, paisano!

—No. Ya me voy.







A mí me gusta, sobre todo, el «No. Ya me voy» pronunciado con mucha dignidad y sin el titubeo de quien acabará transigiendo después de mucha insistencia. Y aunque está interpretado como un diálogo, es casi lo único que recuerdo de esa canción y casi no la canción misma.

Esto me hace pensar en la magia de la repetición que acaba por colarse en nuestra mente y que precisamente por eso ha sido durante generaciones la vía de transmisión de conocimiento de padres a hijos o de abuelos a nietos. Una vía de transmisión que era muy fiel a la palabra porque prácticamente se transmitía como una grabación con las exactas palabra y la exacta entonación con que uno había escuchado miles de veces aquella historia, poesía, dicho popular o narración más extensa (o chistes, añado ahora, otra expresión popular que se conserva literalmente generación tras generación). De ahí, supongo, que los textos antiguos se conservaran, por ejemplo, entre los egipcios, de una manera completamente fiel, como si el cambio de una palabra, de una expresión, aunque dijera lo mismo, desvirtuara completamente el texto o lo desacralizara, o le hiciera perder su efectividad o autenticidad. 

Recuerdo que, de niño, teníamos un disco de cuentos, que escuchábamos una y otra vez y no nos cansábamos de oírlo exactamente igual cada vez (piensa uno en lo efímeras que son hoy las canciones, las películas, los libros, que una vez leídos, escuchados, se olvidan porque ya se leyeron, porque ya se escucharon, porque ya vi esa película, y en efecto, muchas de ellas no dejan ni el menor rastro en nuestras mentes). En concreto se trataba de El gato con botas, y Aladino y la lámpara maravillosa. Uno por una cara y otro por la otra del disco. Todavía hoy tengo frases impresas no solo por el significado, sino con el tono y si me apuro, hasta con el sonido con que se pronunciaban en aquel disco. ¡Eh, caravanero!… ¡Hola, mercader!… Eran cuentos no solo leídos sino interpretados, sin las exageraciones interpretativas que usan actualmente, y según mi parecer, los cuenta cuentos, en donde prima más el espectáculo que mantenga la atención que la pura narración. Un único lector cambiaba ligeramente la voz para interpretar a los personajes y a mí me parecía verlos claramente distintos uno de otro al mismo tiempo que comprendía que era uno solo el narrador. Por eso, cuando imitaba esas lecturas, también ponía voces, como había aprendido a hacer: Y, dime, mago, ¿qué hacen los ricos?, le preguntaba el hombre que le había robado la lámpara a Aladino al mago que había salido de ella. Es una frase que me brota, de manera completamente espontánea, cada vez que veo una muestra de ostentación.

Yo creo que más que lo que se dice, lo que importa es el sonido de la frase, cómo se pronuncia, es decir, que lo que recordamos no es una idea, sino una música, y gracias a esa música la expresión queda grabada en nuestra mente, y un día, tal vez, comprendemos lo que significa. Como cuando aprendíamos las tablas de multiplicar cantándolas y por lo tanto aprendimos a multiplicar buscando en esas tablas, hasta que, al menos en mi caso, ya de bastante talludito, yo creo que ya estaría en el instituto o la universidad, vine a comprender que la multiplicación era una suma sucesiva, lo mismo que la división era una resta sucesiva. Hasta entonces nunca se me había ocurrido reflexionar sobre el asunto, simplemente multiplicaba y dividía acudiendo a aquellas tablas. (Dicho sea de paso, desde que me dí cuenta de esto, se me empezó a dificultar el multiplicar o dividir con soltura, porque ahora intervenía mucho más la razón que la memoria automática).

Esto me hace pensar que el conocimiento se transmite primero por memoria y después, cuando la mente de uno está mejor formada, es cuando empieza el razonamiento sobre lo que ya tenemos bien asentado en la memoria.  Lo que se contrapone a las metodologías docentes de hoy día, que, ya desde hace unos cuantos años, desprecian la memorización como si fuera un acto inútil. Aunque más de una voz ha reivindicado la necesidad de la memorización en la formación. 

Mi capacidad memorística voluntaria siempre ha sido muy mala, porque soy muy perezoso para estudiar o porque soy demasiado optimista cuando estoy estudiando y me creo que el trabajo de almacenamiento ya ha sido realizado cuando todavía es demasiado pronto. Recuerdo que a muchos exámenes –en mis tiempos de estudiante– acudía con cierta confianza y cuando me veía ante las preguntas me desmoronaba completamente hasta no sonarme ni referencias de lo que se me estaba solicitando. Hoy mismo soy incapaz de acordarme de un nombre que acabo de leer dos páginas atrás. Y no creo que sea síntoma de alzheimer porque esta dificultad mía con los nombres ya me viene de muy antiguo. Por alguna razón mi mente sostiene que los nombres propios de personas son absolutamente irrelevantes y ha renunciado a almacenarlos, por lo que muchas veces, si quiero ir enterándome de la trama de una película o de un libro, tengo que ir llevando un listado de la nomenclatura de los personajes para entender a quienes se están refiriendo. Por cierto que tampoco se me da muy bien recordar las fechas de los hechos históricos, tan necesarias para ordenar en la mente los sucesos, razones todas por las cuales hice muy bien en no abordar carreras de humanidades, supongo. Y sin embargo podría cantar de memoria muchas de las canciones de Silvio y Pablo, muchas de las de Pablo Guerrero o Luis Pastor, y la mayor parte de los poemas que me he aprendido han sido por las versiones de Paco Ibáñez. Apenas tengo en mi haber independiente el haberme aprendido de memoria el primer capítulo del Industrias y Andanzas de Alfanhuí –intentándolo estoy con el segundo–, que decidí aprenderme alguna vez completo, pensando en aquel libro de Ray Bradbury, para el caso de que, un día, llegara el gran cataclismo y desaparecieran todos los libros. 

domingo, 14 de septiembre de 2025

Utopistas y primitivistas

 Lo que subyace bajo la aparente diferencia política entre ideologías de izquierda e ideologías de derechas es la lucha entre los partidarios de un estado de facto de la humanidad aún sumergida en las aguas de su primitivismo animal y quienes creen que ya es hora y posible saltar a la tierra de la racionalidad más imperante.

Una racionalidad empeñada en una convivencia ordenada y armónica entre los seres humanos y con el mundo que les rodea. Sin privilegios jerárquicos que desestabilicen el equilibrio general del sistema mayor en el que moramos.

Mientras que los partidarios del primitivismo están convencidos de que el único modo de convivencia es uno jerárquico en el que los «más fuertes», en cualquiera de los sentidos adecuados al momento, han de pastorear −unas veces regirlos para que les sirvan a su propósito y otras veces encaminarlos para que no les estorben, y aún otras veces sacrificarlos para que la masa no se vuelva peligrosa para su comodidad − al resto «débil» o debilitado, menos capacitado para imponerse.

La condición humana −el primitivismo aún latente− favorece más a los segundos que a los primeros y hace el objetivo «utopista» mucho más complicado de alcanzar que el plan de los segundos que es prácticamente el statu quo. 

Las utopías se han intentado una y otra vez, delicadas como castillos de naipes y como ellos sometidos al acoso externo, y también al interno, la propia debilidad de los naipes, que provoca la caída del castillo, ante la euforia de los primitivistas que festejan el hecho como si fuera su éxito el seguir manteniendo la condición humana inalterada. La «condición humana» es inconstante, muy variable, veleidosa; capaz de asumir cambios, pero mucho más lentamente de lo que los individuos directores están dispuestos a soportar. Muchos que comienzan utopistas acaban desesperando y mandando a la humanidad a hacer puñetas, trasladándose «con armas y bagaje» al campo contrario y, allí, combatir más ferozmente que antes los defendían, a los que ahora consideran detestables irredentos enemigos maliciosos.

Y sin embargo la humanidad evoluciona. Lenta, muy lentamente, como los procesos geológicos que inadvertidamente van transformándose y solo en la distancia vamos a ser capaces de darnos cuenta de cuan diferentes seremos de lo ridículo que nos parecerá cómo somos hoy. 

Vencerá la razón. Mi utopía está lejos de esas extrapolaciones totalitarias de las películas, y está claro que en el subconsciente de la Humanidad estas extrapolaciones representan el miedo latente a que eso, que prácticamente consideran inevitable, suceda en el futuro, por lo que intrínsecamente hay una resistencia a seguir ese camino incluso en los que más y mejor se aprovecharán de esos estados de poder que esperan heredar. 


miércoles, 10 de septiembre de 2025

Paz y Gloria, balanzas y equilibrios

 Vivimos en un sueño de subjetividad. La realidad no es lo que es ahí fuera sino lo que a nosotros nos parece que es, o nos conviene que sea, o estamos acostumbrados a que sea, o esperamos que sea para nuestro bien y seguridad. Para ello interpretamos los datos que nos vienen del exterior de manera interesada, que confirmen nuestros propósitos, y si los contradicen radicalmente, entonces son falsos. Y si resulta que no son falsos, pues entonces cerramos los ojos y ya no hay datos. 

Así funciona la humanidad. O así por lo menos funciono yo. Acabo de tirar la balanza a la basura porque se ha estropeado. Y eso que era una balanza de esas analógicas, que compré precisamente porque no me fiaba de la precisión de las balanzas nuevas digitales que, al funcionar con pilas y transistores y dieléctricos y condensadores, en cuanto falla un poco la intensidad de corriente ya dan valores aleatorios, falsos claramente, y uno no puede fiarse. 

Me compré la balanza analógica precisamente porque es autosuficiente, no necesita más aporte energético que el peso que tiene que pesar. Y tampoco es que yo sea un maniático del peso. De todas manera las pocas veces que me peso en el año me da un valor aproximado, alto, hay que reconocerlo, estoy gordo, pero estable. Noventa hermosos kilos. Que, al precio de la carne humana estos días no da para nada. Un cochino de mi mismo peso sería más rentable de criar; un ternero, no digamos o una oveja, con su lana de aporte extraordinario. O una cabra que da leche. 

En fin, económicamente no soy rentable, esto ya está establecido, no valgo un euro por la carne, así que al comienzo del verano decidí enmagrar mi cuerpo, llenarlo de fibras y tendones, endurecerlo al tiempo que ejercitaba mi mente. Así que todos los días salvo excepciones, que la vida humana está siempre llena de saltibajos o altisaltos, no sé muy bien como se dice, en fin, de sorpresas que uno debe sortear, el caso es que he salido a caminar todos los días, pero siempre con un libro en la mano, el inefable Spengler, y su universal Decadencia de Occidente, tomo I, que todavía, ya terminado agosto y comenzado septiembre, no he conseguido rematar. Me tomo muy en serio eso de mente sana en cuerpo sano, y desde un principio decidí que entrenar el cuerpo debería ir paralelo a entrenar la mente. 

Me he pasado toda la vida entrenando, por así decirlo, la mente, pues siempre me ha gustado leer ,pero he dejado de lado, un poco, al cuerpo, si no es para caminar. Deportes, lo que se dice deportes no he practicado nunca, desde aquella vez que me dejaron de suplente en el equipo de baloncesto aún cuando en el campo solo habían 4 jugadores de mi equipo. Aquello me dio una pista de la confianza que tenía en mí el míster, y orgullosamente solicité mi dimisión. También tuve una época de bicicleta, y durante algunos años salí a pedalear por ahí. Más que hacer grandes tours lo que hacía era pasearme por diferentes lugares de la ciudad o del campo y sacar fotos. 

Esa etapa terminó porque tuve que ocuparme de un terrenito que tenía la familia medio abandonado y que había que visitar con cierta frecuencia para que se viera que tenía propietarios. Ya que estaba allí me ocupé en aclarar la maleza podar los frutales y, a veces, plantar algún matijo, que se daban feos y tristes. Tal pareciera que uno va contagiando su sombra por donde camina. Viene a cuento porque esto también podía llamarse ejercicio. El sacho es una máquina de gimnasio tan efectiva como la elíptica, la cinta de correr o el remo. Esa etapa también terminó y la siguiente etapa que ya se alarga desde el año de la pandemia por lo menos, ha sido de … nada. Si no fuera por Poncho (que en gloria esté) y la rutina de sacarlo cada mañana el único ejercicio que realizaba es el de los jueves que me bajo caminando a Las Palmas y suelo subir caminando otra vez, solo que el camino se hace un poco más largo, no solo porque es cuesta arriba sino porque voy haciendo eses. 

Así que después de unos años y enfrentando el dulce trance de la jubilación con el temor de convertirme un viejito achacoso, he decido retomar esta disciplina corporal. Desaparecidas las obligaciones impuestas por el estómago, la mente liberada tiene la obligación de someter al cuerpo a nuevas obligaciones, esta vez elegidas, porque de otra manera, el cuerpo, que no es más que nuestra parte animal, regresa a su estado primitivo de bestia descontrolada y suele hacerlo primero por la parte del vientre que se prolapsa hasta impedirle a uno ver el camino por donde pisa. 

Y así todo el verano he estado saliendo tempranito −dentro de un contexto, no vayan a pensar en Rocky desayunando un huevo crudo a las cinco de la mañana y saltando en lo alto de las escaleras del Museo− a darle un paseo al tomo primero del Spengler. Aprovecho también las máquinas que el ayuntamiento nos ha instalado a los jubiletes por los diversos parques de nuestra ciudad para ejercitar también brazos, articulaciones, cintura, etc. En fin que he estado saliendo a hacer ejercicio durante al menos una hora durante todos o casi todos los días del verano. 

Y me veo bien, me veo ágil, y saludable y hasta me miro en el espejo y me parece, a veces, sobre todo por las mañanas, que aún no he empezado a comer, que el barrigón no parece tan orgulloso como al final de la tarde que da la impresión de que se hincha y quiere aparentar más de lo que es. 

El asunto es que no soy de mucho estar midiéndome, porque una vez leí que el ojo del amo engorda el caballo y no quisiera echar a perder todo el esfuerzo por un exceso de curiosidad. 

Poco más o menos yo iba calculando que, bueno, hay días en que me parece que la barriga ya no está tan tensa. Y como que me siento más ligero. Lo que me ha dado a pensar que tal vez algún resultado objetivo podría haber logrado después de un largo mes de trabajos herculinos. Y voy y saco la balanza del armario donde la tenemos escondida porque, como se dice, la herramienta tienta a su uso, aunque sea innecesario, no me voy a extender en esto cuando todos vamos por la calle con el teléfono móvil en la mano (ayer, cuando guardaba el libro −otro, porque cada ocasión tiene su libro, este era On the road, de Kerouac − en el bolso, después de terminar un capítulo, en la guagua, me dí cuenta de esto, porque estaba sentado en uno de esos asientos que están orientados contra el sentido de movimiento y me encaraba con los usuarios que estaban situados al final de la guagua. No había ni uno que no tuviera el móvil en la mano, aunque no lo estuviera consultando; dos o tres que no lo hacían) imaginando ya los dígitos que marcaría, que naturalmente no alcanzarían los noventa porque esta, era supuestamente la cifra de partida y lo natural es que después de mis largos trabajos la cifra se redujera. ¡Pues no! 

La muy traidora va y me informa de que sobrepaso en seis kilogramos, ¡seis!, el peso de partida que imaginaba haber rebajado. Esto, obviamente es imposible. Me bajé rápidamente de la balanza para que no siguiera gritando esta infamia al mundo ya bastante sobrecargado de infamias. Y no volví a subirme porque no soy de esas personas que necesitan que les den cuatro bofetadas para estar seguras de que las están agrediendo, a mí con la primera ya me vale, y si tienen el buen gusto de informarme previamente, puedo hasta darme por agredido sin necesidad de ser afectado por el contacto físico. 

Naturalmente la conclusión es obvia. La balanza está estropeada. Y por eso la he tirado. No he ni consultado a la familia, a pesar de que tenemos una regla de convivencia implícita de no andarnos ocultando decisiones que afectan al conjunto de la unidad familiar. No lo creí necesario porque en este caso era una falla flagrante e irremediable. Así que fue al contenedor directamente. (Cierto, tenía que haberla llevado al punto limpio, pero confieso que en el trayecto, que hubiera requerido coger el coche, me hubiera arrepentido, cuando, superado el shock, comenzara  a desembragar y mi racionalidad retomara el enganche con el motor mental).

Y así fue como, a modo de conclusión, me sobrevino la reflexión con que comienzo esta tralla. Uno se imagina el mundo en el que vive. No vive en el mundo que es, sino en el mundo que imagina vivir. Y cuando el mundo que es nos lanza a la cara su realidad nosotros simplemente la negamos o bien encarcelándola dentro en la fantasía que nos hemos construido, de modo que obedezca a nuestra caprichosa interpretación, o bien cerrando los ojos e ignorándola simplemente como si no estuviera allí o fuera otra cosa. Todo con tal de que nuestra fantasía particular del mundo no se resquebraje y nos veamos obligados a realizar el esfuerzo de reconstruirla, es decir, a entrar en crisis y preguntarnos quienes somos, qué queremos, hacia dónde vamos y si queremos ir hacia allí o hacia otra parte, en fin, esas cosas irresolubles que nos sobrevienen por el simple hecho de tener una mente consciente. 

Esta sería un poco la explicación de por qué hay tantas contradicciones en el mundo. Por qué unos creen que es genocidio y otros creen que es justicia, por qué unos creen que es agresión y otros creen que es defensa, por qué si lo hacen unos está plenamente justificado pero si lo hacen otros la cosa no tiene ninguna justificación, por qué la clase empleada vota con tanto entusiasmo a quienes peor les tratan, por qué la izquierda sigue creyendo que existe la izquierda a pesar de que no hay dos izquierdas que se miren de frente…

Yo tenía la esperanza de que la era de la IA nos salvaría de algún modo de este conflicto entre la Objetividad y la conciencia subjetiva, pero cuanto más hablo con Gemini más me desilusiono. Me recuerda a esas personas que intentan todo el tiempo aparentar que saben más de lo que saben y consiguen dar esa impresión sobre todo porque la mayoría sabemos mucho menos de lo que creemos saber, y nos cuelan las batatas limpiamente y hasta con nuestro agradecimiento. 

Así que me temo que tampoco la IA nos sacará de nada. O salimos solos o nos hundimos. La IA es nosotros a gran escala, que más tentado estoy a creer que es peor a que es mejor. De la humanidad sabemos, por experiencia, que tomados de uno en uno, la mayoría somos cojonudos o poco menos, pero tomados en conjunto siempre damos miedo. 

Y, bueno, no voy a parar. Voy a seguir ejercitándome, sin tomármelo muy a pecho. Voy a pensar que el objetivo, más que bajar la barriga, será acabarme a Spengler, y así me olvidaré del trauma de la balanza. Al fin y al cabo, el asunto de la barriga es algo estético, lo importante es que me ejercite, cuerpo y mente en paralelo, en equilibrio, lo demás que sea lo que viniere. Aquí Paz y en el cielo Gloria, que a los que somos enamoradizos nos da mucha esperanza. 

miércoles, 16 de julio de 2025

Inteligencia

 La inteligencia es un don. Me refiero a la inteligencia en grado superior. También, a veces, es una maldición, una condena si se quiere. Conan Doyle lo reflejaba bien en Sherlock Holmes: cuando no tenía casos difíciles en que ocuparse se ponía melancólico, se aburría, y ¡horror!, se ponía a arañar el violín, para desesperación de Watson. Lo de drogarse ya no recuerdo bien si pertenece propiamente a las novelas de Doyle o a las películas que construyeron un Holmes atormentado, castigado por su propia inteligencia. Un día tengo que aburrirme leyendo todo Sherlock Holmes, es un personaje que me atrae. Sobre todo su racionalismo y su falta de sentimentalismo, si no está una cosa íntimamente atada a la otra. 

Ahora leo Maniac de Benjamín Labatut que me ha descubierto otro genio incomparable, esta vez uno real: von Neumann. Yo lo conozco por el inventor del modelo de computador moderno, pero su herramienta fue la lógica y la matemática. Su aspiración, según el libro de Labatut, era llegar a matematizarlo todo, hasta la vida. Un tipo absolutamente racional que, siempre según el libro, sin embargo, al final de su vida empezó a pensar en la divinidad. Si en el ámbito racional era un monstruo – no tenía rival, y no había genio de su época que no se sintiera algo incómodo a su lado, como creerse una persona alta y que de repente se tropiece con un gigante de cinco metros – en el ámbito de las relaciones sociales era muy infantil. Y, desde luego, emociones como empatía, o hermandad con el resto de la humanidad, tenía muy poca. En general la inteligencia, al menos en el ser humano, cuando es mucha, siente una especie de pasión por sí misma. Quiero decir, y puede que sea un mito creado en torno a eso, que nos han metido en la cabeza las películas y libros como este mismo, las personas inteligentísimas, entregadas a sus labores racionales, se muestras bastante ajenas a todo lo que les rodea y que no tenga alguna relación con su trabajo,y se sienten fascinados por sus logros, son muy conscientes de su  «superioridad» . Es la típica idea del científico despistado. El conjunto de científicos que trabajó en la primera bomba atómica estaban tan fascinados en el reto tecnológico y científico que aquello significaba que no se les ocurría pensar en las consecuencias de todo ello. Solo cuando la vieron estallar empezaron a pensar en el ¡qué hemos hecho! Y sin embargo los más deslumbrantes de ellos eran genios de las matemáticas, ciencia como ninguna para prever lo que podría llegar a suceder.  Me hizo gracia, una gracia negra, un comentario que hay en el libro cuando uno de los científico comentaba, ya después del estallido, que no estaban seguros al cien por cien que el estallido de la bomba, no sé si la atómica o la posterior, muchísimo más devastadora, la bomba de hidrógeno, no fuera a quemar toda la atmósfera, es decir, a consumir todo el oxígeno de la atmósfera terrestre. Y aún así la detonaron. 

Son trabajadores incansables, los tipos muy inteligentes, así se les pinta siempre. Siempre ideando cosas nuevas, siempre planteándose nuevos retos. Von Neuman transformó una máquina de cálculo en el primer computador de programa almacenado, porque ya desde niño le asombraban las máquinas. Pero su verdadero objetivo era multiplicar la velocidad de los cálculos para alcanzar más rápido la solución para construir una bomba. Pero también se interesó por matematizar el surgimiento de la vida y la reproducción y pensó en máquinas autoreproductoras, y pensó en una teoría de juegos que modelizara el comportamiento humano a la hora de tomar decisiones en situaciones de confrontación con otro – lo que le llevó a plantearle a gobierno de los Estados Unidos que bombardeara la URSS antes de que estos llegaran a construir la bomba –. Pero, a diferencia de una persona normal, con inteligencia normal, que tienen que empujarse a sí mismas para conseguir logros, en estos genios da la impresión de que su inteligencia es la que tira de ellos y ni ellos mismos pueden frenarla. Su inteligencia procede como en avalancha y ellos solo pueden ir detrás satisfaciéndola. 

Yo me pregunto y he pensado mucho en por qué soy tan vago, y tan torpe, sin dejar de considerarme inteligente. Y creo que es porque mi inteligencia no alcanza un punto límite, un borde a partir de el cual empieza a darme satisfacciones, la satisfacción es como el reboso de la inteligencia, la mía siempre se queda por debajo. Conseguir que alcance ese borde es el esfuerzo personal que uno tiene que hacer y ese esfuerzo necesita a su vez una energía que lo impulse, un propósito, una motivación. Por ejemplo, ganar prestigio, o más concretamente ganar más dinero. En el caso de estos genios su inteligencia era ya tal desde el principio que rebosaba todo el rato autosatisfacción. Y esa satisfacción constante provoca una adicción como cualquier droga, como cualquier hábito. Entre los seres normales, a la inteligencia hay que explosionarla, como a la bomba H, con otra bomba, para que se produzca la reacción en cadena, y esta genere satisfacciones suficientes como para realimentar el impulso de seguir explotándola, esta otra bomba es la voluntad, la voluntad de ser, la ambición, cosa de la que carezco absolutamente. Esta es mi respuesta.  

martes, 11 de febrero de 2025

El lado de los buenos


Cuando leímos 1984, la interpretación oficial era que Orwell había intentado representarnos el futuro que se avenía si dejábamos al comunismo campar por el mundo (antes o después, no sé la cronología de su obra, ya había insistido en eso con la sátira de Rebelión en la granja). Ese mundo horrible y siniestro, completamente vigilado, constantemente  «informado» de las atrocidades que ocurrían más allá de las fronteras y que por suerte nos mantenían a salvo de ellos siempre y cuando permaneciéramos leales al sistema, lo que ocurría siempre porque éramos un pueblo obediente y leal (nunca se informaba de deslealtades y desobediencias) y estábamos permanentemente vigilados.

Hace tiempo que hemos salido de aquella especie de guerra acallada entre la Unión Soviética y  «el mundo libre» (Ahora tenemos otra, comercial entre  «el mundo libre» y esos siniestros bárbaros chinos que aún se comen a sus niñitas, seguramente)  y aún seguimos creyendo que estamos del lado bueno (que son ellos los que están vigilados y que su lealtad y obediencia es impuesta mientras que la nuestra es voluntaria, es decir, libre) y que hemos ganado aquella batalla.

Si hay una cosa que nos enseña la Historia, por poco que prestemos atención, es que casi nunca son los buenos los que ganan; como mucho, los que ganan no eran mejores que los que perdieron. 

Todo eso conociendo perfectamente cómo el mundo libre ha fomentado dictaduras en muchos países de latinoamérica, África y Asia, y apoyado a regímenes de acceso ilegítimo al gobierno en Europa (ejem), siempre, supuestamente, en nombre de esa libertad, pero por debajo del suelo y luego abiertamente cuando los recibían con impuesto regocijo (como los japoneses al comercio inglés durante el siglo diecinueve o los chinos al opio poco después) horadando los cimientos de todos esos países con las raíces de ese putrefactor árbol del capitalismo mercantilista que chupa implacablemente todos los recursos que necesita para alimentar el obeso tronco de los beneficios económicos. No dejando crecer en muchos de esos países el raquítico arbolito nacional.

Y mientras, nos han descrito a esos países más allá del “telón de acero”, los del otro lado, como lugares siniestros donde la libertad estaba permanentemente amenazada, donde se vivía en extrema carencia, donde todo era gris, las carreteras no estaban ni asfaltadas y la gente andaba sin afeitar por las calles. Todo lo que sabemos de los países socialistas, de China, de la India, lo sabemos, el común de la gente, no los verdaderamente informados, por disidentes, por el cine de Hollywood y por las noticias de catástrofes siempre atribuidas a la extrema ineficiencia de sus gobernantes. 

No sé. De pronto estaba leyendo los prólogos (que sitúan en la parte de atrás del libro) de la novela de Han Kang , Actos Humanos,  y una frase me hizo pensar en todo esto: 

“Desde su creación en 1945, Corea del Sur ha soportado a cuatro dictadores . Todos recibieron el visto bueno de Estados Unidos -y Japón- (y Europa, por descontado) y todos fueron observados con recelo por la Unión Soviética – y China – pero ninguno se libró del odio en las calles”

Si no han ojeado el libro, trata de una masacre que el último dictador perpetró en una ciudad del sur de Corea del Idem que se atrevió a levantarse en contra del gobierno. 

También he estado leyendo hace un tiempo, con mucha, demasiada paciencia, me temo, una historia de la Iglesia y de cómo el cuerpo institucional oficial ha ido machacando cada una de las iniciativas que intentaba reespiritualizar un poco el despropósito en que se iba convirtiendo la institución, llamándolas herejías, atribuyéndoles las más espantosas prácticas para justificar las atrocidades más espantosas que luego cometían contra ellas hasta hacerlas desaparecer. 

Y si nos fijamos en política, pasa lo mismo cada vez que un grupo o partido nuevo intenta recuperar la vieja idea de la política como un bien común regulador de la convivencia y el equilibrio en las sociedades, los partidos institucionalizados cargan contra ellos llamándolos populistas, comunistas, utopistas descerebrados, etc., etc., y utilizan cualquier medio – por más contrario que sean a las buenas prácticas democráticas que cara al público cacarean todo el tiempo respetar – para derribarlos del caballo de la política activa o como mínimo someterlos a la práctica común de la hipocresía cotidiana. 

En resumen, le surgen a uno muchas dudas de que estemos en el lado de los buenos como siempre hemos creído estar.

miércoles, 29 de enero de 2025

Clepsidras

 Se me ocurren frases estúpidas como : Con la edad, el grano de la arena se va haciendo más fino y con ello la arena cae más rápido en la cazoleta inferior.


Pero como estudié ciencias, se me presenta la objeción científica de si al ser el grano más fino la arena cae más rápido. Y como buen científico busco en wikipedia. Evidentemente si el grano es más fino, me dije, pesará menos y por lo tanto caerá más lento. ¡Toma!, bofetón de Galileo.


Vale, a ver qué más. Lo importante, en este asunto, no parece ser tanto la velocidad de caída como la continuidad del flujo. En esto influye menos el grosor del grano que el tipo de material, y luego la relación entre el grosor del grano y el ancho del cuello del bulbo, que se establece entre los límites 1:12 y 1:20.


Volviendo al símil inicial. El tipo de material es, desde luego la clase de persona que somos, cómo hemos madurado con los años, nuestro carácter, nuestra idiosincrasia, nuestra  «forma de ser», ese es el material, desde luego. La relación “tamaño de grano frente a ancho de cuello” es la parte física es decir, cómo se ha comportado nuestro cuerpo y cómo nos hemos comportado con él. 

Ya se sabe que hay fumadores que han llegado a los noventa y que no hay dios que mate a algunos borrachos, y luego hay otros que desde los veinte están cuidando minuciosamente su alimentación, acudiendo diariamente a clases de yoga sin descuidar el futin de por la mañana, y a los treinta y cinco los funde una apendicitis o un cáncer de narices. Esta es la relación.

 Si uno sabe qué cuerpo tiene y qué le puede hacer y qué no debería descuidarse demasiado, y si uno tiene buena actitud, pues los años no significarán demasiado y el flujo continuará de una manera uniforme.  Pero si uno deja engordar demasiado el cuello o el grano de la arena se vuelve demasiado tumultuoso, lo mismo se van colando más granos de los que corresponde, no olvidar que ya no hay la misma presión de arena que había antes y eso supongo que también tendrá su parte de influencia. 


martes, 28 de enero de 2025

¿Cazar osos?

 Desde mi pacífica vida alejada de riesgos innecesarios y presta a la huida de los necesarios si se da la oportunidad, leyendo la Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, me resulta increíble, aunque me lo creo, que la gente está muy loca, que después de la primera peripecia pasada, un primer salto que hacen un grupo de amiguetes desde la isla de Cuba al continente, es decir México, donde tuvieron que enfrentarse a los indios, atestiguar las prácticas sangrientas que aquellos realizaban en sus ritos religiosos, pasar sed, por la pérdida del agua que llevaban y la imposibilidad de ir a buscar más debido a la hostilidad de los indios, después de todo eso, los pocos que consiguen regresar porque unos cuantos quedaron en el camino, es decir, en el mar, los que no murieron directamente en tierra, durante los enfrentamientos, debido a las heridas, esos pocos vuelven otra vez a embarcarse en una segunda expedición, igual de desastrosa, y luego en una tercera, que fue ya la de Hernán Cortés, la definitiva que ya acabó con la conquista de aquellas tierras. 

Me vinieron a la mente los relatos de las expediciones a los polos, tanto norte como sur, de los ingleses, que sufrían iguales penalidades, aunque no hubieran indios y no pasaran sed, pero son relatos igual de terribles, en donde a menudo terminan con miembros amputados debido a las gangrenas que provoca el frío, etc, y una vez que se han recuperado, van y se presentan voluntarios para ir a la siguiente expedición al polo contrario o al mismo, aún sabiendo con certeza lo que les espera. 

Uno se acuerda del chiste del oso y el cazador novato y se dice, así como con la misma sorna con la que lo dice el oso, esta gente no va exactamente a cazar osos. 

miércoles, 8 de mayo de 2024

A cuentas con lo de la Humanidad y todo eso

 Yo no lo sé con certeza, pero probablemente no hay otra especie en la Naturaleza que pueda acabar con todo, digo toda vida, que el Ser Humano. Otras especies pueden producir mucho daño, pero en la producción de ese daño está implícita su propia extinción mucho antes de que el problema que generan sea cataclísmico. Me vienen a la mente las plagas de langosta, que una vez que se lo han comido todo se extinguen. Lo mismo le pasó a los Hunos aquellos que por donde pasaban no volvía a crecer la hierba; cuando regresaban a casa los caballos no tenían nada que comer y se morían de hambre y ellos mismo, que dependían del caballo para todo, acabaron extinguiéndose. Los propios virus tipo el Ébola, mata tanto y mata tan bien que en poco tiempo acaba con la población cercana y se extingue a falta de más huéspedes a los que chuparle el plasma o lo que sea. 

Con el Ser Humano ocurre que no solo la especie, un solo Ser Humano podría acabar con toda vida en el planeta. A lo mejor esto no es tan cierto como  nos creemos y las bombas atómicas tan solo pueden rascar un poco el tapizado, pero en algún momento estuvimos convencidos de que era posible y, de hecho, en más de algún momento hemos estado a punto de iniciar el proceso. 

Esto necesariamente es una anomalía en el plan de la Naturaleza. El plan de la Naturaleza, probablemente, creo que lo han dicho muchos biólogos, es mantener la vida mientra haya vida. Y cuando no haya vida, pues nada. Mantener los planetas y las estrellas equilibrados unos con otros con fuerzas y contra fuerzas, y cuando haya un desequilibrio pues al carajo y a empezar de nuevo. Ese es el plan de la Naturaleza. Aquí no hay plan. Es el asunto este de los monos escribiendo aleatoriamente en una máquina de escribir, si les damos el tiempo suficiente acabarán reproduciendo todas y cada una de las obras maestras de la literatura mundial de todos los tiempos. Claro que ese  « tiempos suficiente » tiene que ser aproximadamente infinito. (Y además para cuando acaben ya se habrán generado infinitas obras más de literatura etc., etc., etc.) 

Lo bueno que tiene la Naturaleza es que dispone de tiempo. Quién sabe cuántos universos previos se han formado hasta dar con esta fórmula de fuerzas y tabla periódica concreta. Algunos universos durarían una décima de nano segundo y otros durarían eternidades en comparación con lo que llevamos siendo en este. Hasta que se dio tal vez el caso de una anomalía que mandó todo al carajo. 

La vida en la Tierra está llena de eso. Todo iba bien hasta que un pedrusco se coló por el campo magnético, atravesó la atmósfera y ¡cataplúm!, todo lo que habíamos conseguido hasta ahora, para el carajo. Pero siempre quedaba algún ratoncito, alguna semillita enterrada y de ahí volvía a empezar todo. 

Tal vez el Ser Humano no sea peor que cualquiera de estos pedruscos. Después de los de Chernobill ya no le tenemos tanto miedo a los desastres nucleares. Aquello, por lo visto, es un vergel desde el que la gente no pasa por allí más que para hacer videos de youtube. Supongo que dentro de algunos años empezarán a salir monstruos, algo así como gusanos con orejas o patos cantando por Frank Sinatra, pero esto también es Vida y a la Naturaleza tanto le da Frank que Stein.

En fin, no somos tan peligrosos, pero somos peligrosos en extremo.  Cuál es la anomalía. 

La mente, la razón. Esta es la anomalía. Esto que tenemos como nuestra mejor característica, la más definitoria, es la anomalía. El hecho de que por medio de ella creamos que nos salimos del instinto pero no acabemos de quitarnos las cáscara de huevo de una puñetera vez. 

Hay una fuerte mezcla de instinto y razón en todos nuestros comportamientos que es la verdadera anomalía. Porque si bien la razón compensa las debilidades del instinto, también ocurre que bloquea sus bondades. La principal de ellas, me parece, la del someternos al equilibrio natural. Creo que nuestro principal problema es que nuestra razón nos justifica para ir contra la naturaleza incluso cuando esta tiene razón. Creemos que porque podemos debemos. Ya lo decía el divino marqués. Y no es así. Porque eso no es razonable. Lo razonable es que aunque podamos decidimos hacer o no hacer conforme a criterios racionales de supervivencia a largo plazo que es el criterio que le ha funcionado bien a la Naturaleza  durante millones de años. 

Hay que aprender a conjugar ambos criterios, el racional y el instintivo que todavía conservamos. Los prototipos de Ser Humano vivieron durante millones de años ante de decidirse a cuajar en el actual Ser Humano, millones de años. El Ser Humano actual apenas tiene, por lo visto 50000 años. Equivalen a 225 letras de las 4500 y pico que llevo escritas hasta ahora (desde el comienzo de este párrafo hasta el primer punto y seguido). Y en estos últimos dos mil años hemos conjurado El Fin Del Mundo, es decir, el fin nosotros, unas cuatro o cinco veces. Ahora estamos en una de esas etapas milenaristas, con lo del Cambio Climático y las Guerras Mundiales pendientes de desatar. 

No sé. No ha sido tan bueno que adquiriésemos razón. Hay que empezar a ajustar la razón a sus verdaderas dimensiones. O mejor dicho hay que empezar a ser razonables de una vez, porque siendo razonables lo primero que haremos será ajustarnos adecuadamente a los ritmos naturales, sin duda ninguna. Sin que eso signifique dejar de explorar nuevas posibilidades, que es otro de los dictámenes de la Naturaleza, explorar variantes por donde seguir expandiendo y manteniendo la vida. 

Mientras no salgamos de este tránsito en el que nos mantenemos con una racionalidad apenas apuntada, con una mente apenas explorada, seguiremos estando en la categoría de plaga. Podemos salir, pero tenemos que ponernos de una vez a pensar y actuar conforme a esa justa razón. Dejar de someter la razón al instinto (las mentes más  « inteligentes » se dedican a aplicar su inteligencia a actividades como ganar dinero vendiendo cocacolas, hamburguesas, coches y casas, para comprarse coches, casas, hamburguesas y cocacolas. Hay gentes inteligentes que cobran 100 000 euros por día y creen que eso es una compensación por su inteligencia) que es lo que actualmente hacemos y tratar de someter el instinto a la razón.

viernes, 10 de noviembre de 2023

Una reflexión sobre La sociedad del espectáculo, de Guy Debord.

 Estaba curioseando ayer en La sociedad del espectáculo, de Guy Debord y escuchando algunas explicaciones en youtube y como con todos estos movimientos filosóficos que hablan de una sociedad sojuzgada de proletarios y de una élite controladora, siento una incomodidad. No puedo creerme, lo que me parece que no deja de ser una teoría de la conspiración, que un núcleo de individuos privilegiados maneje a las sociedades de modo que mantenga sojuzgado al trabajador para que siga uncido a sus obligaciones laborales de producción sin advertir su esclavitud o, advirtiéndola, entienda que a pesar de esclavitud no hay un «afuera» en donde puedan dejar de ser esclavo.

Aunque los modelos que se describen me parecen correctos: vivimos en una sociedad en la que hemos sustituido los valores y virtudes por sus apariencias, y hasta el robo, la mentira y el mismo crimen se disfrazan de actos virtuosos aunque todos seamos conscientes de su naturaleza esencialmente maligna; se ha desacreditado la verdad, y hasta la objetividad y todo parece interpretable conforme al relato que nos interese desplegar; nos adscribimos a uno un otro escenario, más por apariencia que por verdadero convencimiento: votamos, por ejemplo, por apariencia, o por creernos  parte de una u otra facción, sin haber pensado apenas cuáles son las esencias, los idearios de una u otra; todo los reducimos a titulares y nos dejamos convencer por titulares para opinar circunstancialmente una u otra cosa según los que configuran los titulares decidan. Admitimos la mentira – en la publicidad, por ejemplo – y la adulación como una forma normalizada de relación con los otros, siendo plenamente conscientes en nuestro interior que mentimos o que nos mienten, y que adulamos pese a no estar convencidos de toda la bondad de aquello que alabamos – si es que lo conocemos en absoluto –. 

En fin, lo que no me puede caber en la cabeza es que todo esto sea obra de una élite que desde allá arriba, riéndose a carcajadas con nuestras piruetas ridículas, maneje hábilmente los hilos de nuestra sociedad. Desde luego que hay manipuladores, pero esos manipuladores manipulan porque la manipulación es uno de esos actos espectaculares integrados en nuestra sociedad que forman parte de las herramientas que todos hemos convenido para la convivencia y la construcción de nuestra sociedad. Es decir, esa élite supuesta es una simple abstracción de toda la sociedad, una especie de idea platónica que aúna, en un único espíritu, la élite, todas nuestras consciencias. 

Lo que quiero decir es que no se abordará correctamente el problema de la deriva de nuestras sociedades mientras sigamos planteando sus atolladeros desde una perspectiva de élite controladora de la gran masa, es decir, de teoría de la conspiración, por parte de un estado en la sombra, la conspiración judeo másonica o El priorato se Sión. Somos todos, los que hemos construido este modelo de sociedad del que no estamos satisfechos, al que todos y cada uno de nosotros – la gente de bien y sentido común, y la gente maliciosa que en verdad obtiene todos los beneficios y no desea otra cosa que que nada cambie, porque estos también se dan cuenta de que algo no anda bien aunque a ellos todo les vaya de perlas – consideramos anómalo los que vamos a poder cambiarlo, pero para ello debemos darnos cuenta, debemos comprender la mentira en la que vivimos y destaparla, revelarla ante los demás para que ellos a su vez también se den cuenta.

Es desde este punto de vista global desde el que hay que estudiar a nuestras sociedades, tratar de comprender qué nos ha traído hasta aquí, por qué hemos llegado a este modelo de sociedad que de un modo u otro todos deploramos – al menos todos le ponemos peros – pero somos incapaces de cambiar y en cuyo absurdo a veces parece que profundizamos. Incluso al que defendemos a pesar de saber que es un modelo incorrecto porque somos incapaces de percibir modelos alternativos, salvo el caos y la muerte. 

martes, 7 de junio de 2022

Comentario (demasiado largo) al blog del polillas

La entrada que comento es esta.

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 Yo creo que a usted le falta un poco de "sentido común" en su exceso de mirar con lupa y al detalle para descubrir lo que falla en cada cosa. 


A mí me parece correcto que en el Día de Canarias, se exalte lo canario, lo que quiera que fuere, o lo que quiera que cada exaltador considerare que fuere. Tal vez me parece menos correcto, y en eso convengo, creo, con usted, que cada año las exaltaciones tengan los mismos matices (que ya se están quedando viejos), los mismos enfoques (que apenas iluminan ya esta realidad), y que sean prácticamente las mismas voces las que las expelan. Pero eso solo pueden evitarlo las voces que quedan calladas (bueno, de acuerdo, también los altavoces que las divulgan, es decir, los diarios, las revistas, las radios y las televisiones que escogen las voces que les resultan más afines a lo que quiera que les interese). 

Y también me parece perfectamente normal que muchas coincidan en lo evidente, conservar la parte de la cultura que nos distingue. Si es que la hay, si es que nos distinguimos en algo, si es que que nos distingamos sirve de algo. Yo creo que el sentimiento de pertenencia a algo sigue formando parte de nosotros, quiero decir el ser humano, y creo que es eso lo que se celebra o debería celebrarse en estas conmemoraciones. El sentirnos, no diferentes por mejores, sino distintos por simplemente otros, con nuestras peculiaridades, nuestra variedad. Porque tuvimos un abuelo, y vivimos en un barrio y aún soñamos con la casa en la que transcurrió nuestra infancia.


Nunca acabo de entender el sentido de sus diatribas, sinceramente. ¿Cree usted que no se deberían celebrar "días de canarias", "días del libro", o sí deberían celebrarse pero de otra manera?, ¿y qué otra manera sería?

En fin, que solo percibo que se deleita usted en poner la lupa para descubrir la mancha, pero no acabo de comprender si tiene alguna propuesta para limpiarla. 

Sí, es cierto que al final propone usted algo, sobre la feria. Una especie de evento paralelo a la festividad consumista. ¿no se ha intentando ya, con iguales críticas de uno y de otro lado? Siempre dependiendo de quiénes fueren los organizadores o responsables del evento, la facción contraria (siempre hay una facción contraria) arremetería por no estar incluida una correcta representación de los suyos en correspondiente cuota a su importancia... etc. 

Todos estos eventos siempre están reproduciendo aquella historia del padre y el hijo que fueron a comprar un burro a la feria. Y creo que al final, lo que nos enseñaba aquella historia es que había que escuchar menos las críticas y tomar las decisiones sobre la base de un criterio propio, que ese siempre resiste toda crítica. Y creo que eso han hecho, por ejemplo, los libreros, que celebran una feria del libro para lo que le sirven las ferias del libro a los libreros, para vender libros. Las ferias del ganado sirven para vender ganado y las ferias de alimentación sirven para vender alimentos (locales, preferentemente). Lo demás, si se quiere añadir, que se añada: manifestaciones veganas, coloquios sobre dietética, etc. Los gobiernos financian estas cosas, porque estas cosas sirven para mover la economía, para atraer visitantes que gastan sus dineros, visitan la ciudad y lo comentan a sus amigos que vienen en las siguientes vacaciones. Es un planteamiento a largo, medio plazo y un beneficio distribuido.

Yo me arriesgo a pensar que los escritores, locales y de más allá, y lectores de literatura seria de la buena, esperan con excesiva comodidad a que sean otros, los libreros, el gobierno, los que se molesten en organizarles eventos a ellos, porque para eso pagan sus impuestos y votan, y su voto tiene más calidad que la masa ígnara que compra libros de adolescentes mediáticos, y presentadores de televisión metidos a escritores por vía interpuesta (no sé qué significa, pero me gusta cómo suena, y quiero decir, que no los escriben ellos sino que editores audaces pagan a alguien para que los escriban y ellos lo firman) en muchos casos. Pero lo cierto es que ellos aportan menos, o por lo menos están menos interesados en aportar más de forma voluntariosa. 

Si los escritores locales y los lectores de buena literatura se hubieran empeñado en fomentar sus gustos y sus obras, en crear un clima de cultura más allá de los aspectos económicos, tal vez se les prestaría más atención, si pensaran a más largo plazo y no al plazo pequeño de sus pequeñas urgencias, habría un "clima cultural" que contagiaría a la feria del libro. 

Pero cada uno desde su madriguera hace como aquel topo de la canción solo que al revés, (el topo no salía de su madriguera porque la luna brillaba tanto que le parecía un sol) que solo ven oscuridad por más sol que luzca y para eso, para que no se les vea, a ellos, para que ellos no puedan ver a quienes ellos quieren, no salen. Y por eso no están en la foto. 


viernes, 3 de junio de 2022

Flores raras

 Mi reflexión del día

Soy un pésimo agricultor. O visto desde otro punto de vista soy un magnífico mal agricultor. 

No hay manera de que broten mis semillitas. Por más que esparzo a diestro y siniestro montones de ellas. 

Que no me crece nada. O que lo poquito que me crece lo hace patéticamente, debilucho, resequío. Que no tengo mano para la agricultura. 

No sé escoger los sustratos adecuados, debe ser. Porque toda semillita tiene su sustrato. Y como dice en la Biblia debe caer en su buena tierra. Uno debe buscar buena tierra para sus semillitas y no plantarlas, como hago yo, al tun tún, a donde caigan.

Sí las riego, sí. No sé si mucho o demasiado. Que eso también es malo. No. Más bien soy escaso. Soy de los que quieren que ellas no dependan de mí, sino que crezcan de por sí con mi ayuda.

Por eso, cuando me brota alguna es como al desgaire (no sé si va aquí esta palabra, pero quería emplearla), como dejando claro que yo no tengo nada que ver, que creció porque quería. Yo me siento ridículamente orgulloso de esas pocas macetas. Pero es verdad que fueron ellas las que crecieron porque quisieron. No por mis cuidados; porque de otra manera todas las otras que no crecieron también lo habrían hecho. 

Lo propio es que cada semillita se plantase en su sustrato, aquel que le pertenece o al que ella pertenece. Pero a veces es difícil encontrar esos sustratos. Y que, bueno, uno espera que sus semillitas estén por encima de eso. 

Pero no. No lo están. El mundo es como es. Y cada semillina encuentra acomodo en el lugar al que pertenece. Y si cae en lugar extraño, pues hace lo que puede; pero puede poco. Porque contra el medio no se lucha. Ellas son conscientes, lo intentan a ver si, van creciéndo, como dije, resequías, raquíticas, y de pronto un día ya no pueden más y ¡hala!, a hacer compost.

Sí, es verdad, que hay sustratos universales. Pero esos solo valen para semillas corrientes, plantas comunes. Las mías son flores raras. 

domingo, 27 de marzo de 2022

Jeremías. Un texto piadoso.

 La Biblia es un montón de cosas, una biblioteca temática. El tema es el pueblo judío. Y adelanto que no sale muy bien parado. Uno no se explica cómo un pueblo adora tanto un libro que los pone tan a caldo picante. El día del juicio no va a hacer falta acusación, basta exhibir este documento del que ellos están tan orgullosos. Ese orgullo de haber cometido tantas atrocidades los culpa más que las atrocidades cometidas, que en buena parte eran venganzas y ya se sabe que cuando la ira ciega toda barbaridad queda justificada. 

Ese orgullo y no otro es el que deben haber heredado los cristianos para adoptarlo como fundamento a su, así llamado, asumiendo el antiguo, “Nuevo Testamento”. 

Me he propuesto leerla íntegramente, no por razones teológicas sino literarias. Mi principal defensa es que solo la leo cuando estoy sentado en el retrete, lugar alejado de el lugar de la fe, que, aún siendo un acto primitivo, es ya una manifestación de la racionalidad, o al menos de la funcionalidad mental abstracta. 

Pues ya voy por Jeremías, después del largo camino a través de Isaías. Tenía mis esperanzas puestas en Isaías que es tan mencionado posteriormente como Hegel en la Historia de la Filosofía, pero confieso que me ha resultado muy palabrero. Eso sí, buen palabrero, escogiendo bien la traducción y finalidad del libro, que hay versiones, como esa didáctica que se cargan toda la poesía y hasta destrozan lo que pueda haber de simbología en aras de una pacata explicación completamente sometida a los dictámenes del catecismo (que viene a ser el manual de cómo tiene que comportarse y comprender la religión un buen cristiano sumiso a las admoniciones de Roma). Gran fuente de citas siempre vigentes: 


Yo soy el primero y yo soy el último, fuera de mi no hay dios.


No entienden ni disciernen porque sus ojos están pegados, incapaces de ver; sus mentes, incapaces de comprender.


El corazón engañado extravía a quien se satisface con cenizas.


Cascan huevos de serpientes y tejen telarañas. 


Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz. 

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Bueno, pues le ha llegado el turno al viejo Jeremías, y casi al principio (capítulo 2, versículo 5, el final de este) me encuentro con una frase que me despierta: 


Siguieron vaciedades y acabaron vacíos. 


Me gusta porque tiene todos los elementos de una cita, que se puede aplicar a cualquier contexto. Ahí, a lo que se aplica es a que esos locos que persiguen dioses falsos, dioses vanos que prometen pero no ofrecen, y abandonan al dios verdadero que concede después de prometer y castiga, que es muy castigón, al que le traiciona.


A mí como frase, me gustaría más:  Persiguieron vaciedades y obtuvieron vacío


Aplicado a nuestros tiempos, esas vaciedades o dioses vanos serían muchos y muy claros: el dinero, el consumo, las posesiones, la ostentación; la fama, el éxito, la vanidad, el orgullo; los placeres, los vicios, el sexo, la fiesta. 


Pero cuál es el “Dios Verdadero” al que hay que adorar, en el que se puede confiar que nos protegerá ante los infortunios, que nos dará un sentido a nuestra existencia.  Me temo que ese no está tan claro. Ni siquiera lo tienen tan claro aquellos que afirman rotundamente creerlo así y que muchas veces lo ostentan con excesivo entusiasmo –a veces usándolo como estaca– , y que más me da la impresión de que ese entusiasmo disfraza no la honesta devoción del que tiene una fe sincera, que no necesita apoyos externos, sino la cobarde desesperación del que se agarra a una cuerda en el vacío tal vez por falta de determinación o inconsciencia suficiente para perseguir libremente a los falsos dioses. 


Tal vez esta cobardía, esta falta de libertad interna sea la que nos separa del superhombre nietscheano, que no es el matón hitleriano que todos imaginan con rechazo, sino ese Ser Auténtico, desesperantemente inalcanzable del que hablan Gurdijieff y Ouspenski, un ser con plenas capacidades racionales, con pleno control sobre sí mismo, completamente libre de sus ataduras prerracionales, no liberado de ellas, si su falta puede considerarse una liberación, pero no sometido a ellas, con pleno control racional sobre sí mismo, sobre sus decisiones y actuaciones, no libre de emociones, pero tampoco bajo su dominio, y desde luego no sustituyendo las emociones de solidaridad, compañerismo, por las de tiranía y poder; amor por sadismo y fría crueldad, que es la precisa idea que tenemos, la humanidad, de lo que significa ser un ser superior. 

sábado, 30 de octubre de 2021

La academia y los profetas

 I want to believe (agente mulder)


Uno no tiene la virtud, o peca, según se mire, de ser precisamente muy academicista. Cree, ese uno, entender perfectamente la función de la academia que es la de proteger al conocimiento de los vaivenes cotidianos, fijar unos cánones a los que todos podamos acudir como referencias irrebatibles, mientras no se consigan rebatir oficialmente, es decir, mediante los métodos establecidos por la propia academia como los más objetivos. Que, a su vez, serán los métodos oficiales mientras no sean recusados con suficientes argumentos aceptables por la academia. Y hacer progresar ese conocimiento cuando por medio de esos métodos se demuestra que hay tierra más allá de los límites hasta ahora conocidos. 

Es cierto; al final, el sistema de referencia es siempre la academia y por lo tanto es susceptible de ser acusada de endogamia, pero es que la alternativa es que no haya sistema de referencia y que por lo tanto no haya conocimiento como unidad y única dirección, sino movimiento browniano de múltiples conocimientos que no llevan al sistema a ninguna parte, porque cada uno tira en una dirección diferente y muchos chocan entre ellos anulándose resultando en un progreso mínimo.

Uno, aquel uno al que me refería al principio, entiende también que la academia no es otra cosa que un conjunto de señores (y unas pocas señoras) que cuando se juntan son la academia, pero en su casa son fulano y fulana de tal con determinadas necesidades que en la actualidad son satisfechas por la academia mensualmente en forma de salario, aparte de las otras satisfacciones que proceden del trabajo bien hecho, clarostá; y que muchas veces toman decisiones que tal vez tienen menos que ver con la conservación, pureza y fijación del conocimientos que con asegurarse el garbanzo de fin de mes. Es decir, que la academia, como institución que es, tiene un objetivo principal de existencia, que es ese que hemos comentado de fijar, limpiar de espúreos, expandir el conocimiento de manera estable, y un segundo objetivo principal, tan importante como el primero, que es su propia conservación como institución (principio de supervivencia, todo ser vivo hará siempre lo posible, consciente o inconscientemente, por mantener y asegurar su propia supervivencia) y esto le lleva en muchas ocasiones a, incluso, traicionar sus propios principios primarios, es decir, retraerse de seguir una u otra línea de progreso, o seguir una u otra línea de supuesto progreso en función de una más suculenta financiación.

Es normal que existan profetas que desde fuera de la academia griten contra ella e incluso intenten entrar en ella y desbaratarles el chiringuito, el mercadeo que se traen con los bienes superiores del conocimiento. Y hasta es normal que alguno de esos profetas consiga con el tiempo ingresar en la academia, esa u otra, y acabar imponiendo sus propias consideraciones en el sentir general de la academia y por lo tanto en el sentir general de toda la sociedad, al menos de toda la que confía en esa academia. Es, también, normal, que la mayoría de esos profetas acaben crucificados, porque lo que no es normal es que todos tengan razón y que la academia, que no son uno, como ellos, sino muchos, no se haya dado cuenta de que tienen razón. Y si ellos tenían razón y murieron en la cruz, pues es muy probable que esa razón, más adelante, acabe saltándole al paso a la academia que la redescubrirá y se atribuirá el mérito, lo que es un detalle menor, pero incorporará ese conocimiento al corpus general de conocimientos que conserva que es lo que verdaderamente importa. Mientras que las estupideces de los demás profetas que murieron en la cruz en sacrificio por sus ideas, quedarán enterradas con ellos, o comidas por los pajarracos del pseudocientificismo que también deben tener su huequito en las tierra. 


Y sí, defiendo la academia, aunque me caigan mal todos esos señores, y algunas señoras, gordos y con chaqueta, pero me caen peor esos charlatanes que andan gritando al las multitudes que son idiotas por seguir como borregos a la voz de su amo, la academia, y no seguirlos a ellos en plena libertad, que son mejores aunque todavía no se les note porque las malas artes de la academia no les deja desarrollar con suficiente soltura sus extravagantes ideas y no han adquirido el suficiente poder para hacernos sentir su verdad sobre nuestras cabezas. Y me caen peor, dicho sea de paso, los que les siguen, cambiando de amo y creyendo que eso es un ejercicio de libertad. Y quizá lo sea si la estupidez lo es. 


(me doy cuenta de que hay conservadurismo en este texto, ya he perdido, y ya va siendo hora, ese espíritu rebelde y libertario que nunca tuve en la juventud. Pero se cansa uno de que por un lado unos lo traten como idiota por que no los veneramos como se merecen, y por otro lado los otros lo traten imbécil, a uno, porque no los seguimos a ellos que son los que tienen razón)

miércoles, 4 de agosto de 2021

Hablando del tiempo

 Siempre digo, “perder el tiempo es una de mis actividades favoritas”. Es mentira, a nadie le gusta perder el tiempo, porque el tiempo gasta, aunque él mismo no se desgaste, como el viento. Y uno se siente que cada segundo pierde algo. Y más lo sientes cuanto más atento estás, es decir, cuando no estás haciendo nada, perdiendo el tiempo. 

No me obsesiono con eso, me gusta perder el tiempo cuando no se me ocurre otra cosa mejor que hacer o cuando no me decido a hacer otra cosa de tantas que me gustaría hacer y terminar. Pero son tantas y tantas que me gustaría empezar hasta terminar que no me decido a empezar ninguna por miedo a dejarla a medias. Son tantas y tantas ya las que he dejado a medias por empezar otras nuevas, que me da miedo iniciar una nueva porque dejo a medias otras tantas que no he terminado. 

En momentos  como ese echa uno de menos los milagrillos que nos relatan cuentos como el de Borges, no sé si recuerdan, aquel del señor que va a ser fusilado y pide a su dios un aplazamiento para terminar una obra, y su dios, un poco demoníaco, me parece, se lo concede, congelándole exactamente ese instante, dejando en el aire la bala que está a punto de entrar en su corazón, durante todo el tiempo que necesita para terminar la obra. Eso sí, va a tener que esforzarse mucho porque lo tendrá que hacer todo de memoria mientras está allí, congelado, mirando esa bala, inmovilizado en el gesto de terror de saber su final inminente. 

Más benévolo fue el dios o hado que la tomó con aquel personaje de El día de la marmota que lo dejó congelado en todo un día. Un único día repetido mil veces, tantas que le da tiempo de aprenderse cada detalle de lo que va a suceder a lo largo de ese día. Modificarlo incluso, adelantarse o hacer que suceda poco después. Da lo mismo, al día siguiente todo se va a repetir exactamente igual que el primer y único día que se repite indefinidamente, cambiando cada día en la medida en que el personaje puede cambiarlo, pero sin que afecte, salvo en lo que a sí mismo respecta, al día siguiente y los que vendrán. Este personaje, al principio desconcertado, luego aprovecha el tiempo: aprende a tocar el piano, dando siempre una primera lección con la profesora; creo que también aprende idiomas, igualmente con un profesor que cada día se sorprende de lo que sabe este nuevo alumno que empieza hoy. No me acuerdo cuál era la lección que tenía que aprender en la película, la moraleja, pero muchos hemos envidiado unas vacaciones de la vida exactamente como ahí se describe. A ser posible eligiendo el día, aunque… tal vez no, el mejor día de nuestra vida repetido mil veces acabaría por chafarnos un buen recuerdo. Mejor un día cualquiera, uno de esos destinados al olvido. 

Esto no tiene nada que ver, a mi juicio con la aspiración a la eternidad, el vivir para siempre y todo eso, sino más bien con darse tiempo, con darse un pequeño reposo del transcurrir tan acelerado del tiempo, no sé. 

Lo digo porque enganchando con este pensamiento me vino a la mente un cuento de Mircea Eliade, que creía que coincidía con el de Borges en lo de detener el tiempo, pero luego, tratando de recordar mejor no iba por ahí. El personaje, un anciano a punto de morir, recibía un rayazo en plena cocorota, que en lugar de matarlo empezaba a rejuvenecerlo, algo de eso creo recordar. Lo mezclo con otra historia acerca de un hombre que estudiaba los orígenes del lenguaje y venía a dar con un segundo personaje que sufría una especie de mutación que lo retrotraía hacia los orígenes de la especie o algo así.  Pero aprovechando esta confusión me sobrevino el relato corto de Alejo Carpentier en el que el personaje en lugar de cumplir años descumple años y don Alejo relata minuciosamente ese proceso de retroceder o progreso reversivo de una vida. Lo mismo les pasa, pero ya sin tanto detalle, a los personajes de Cuatro Corazones con Freno y Marcha Atrás, de Jardiel Poncela que es lo mismo que le ocurre al de la película Benjamin Button, protagonizada por Brad Pitt, pero con menos gracia, porque Jardiel es Jardiel. Y eso me lleva, porque estaba buscando dónde había hablado de Eliade y no lo encontré, a la película El infinito (2017) de Justin Benson y Aaron Moorhea. En esta película ocurre lo mismo que en la de la marmota solo que aquí es una fuerza extraterrestre caprichosa la que encierra a diferentes grupos de personas en bucles de tiempo de diferente amplitud que se repite infinitamente, algunos tienen suerte y ese bucle tiene una amplitud suficiente como para hacer cosas distintas y darles la sensación de que tienen cierto control, pero hay uno en particular que es pillado justo en el momento de suicidarse y la amplitud de bucle es apenas ese gesto que el hombre repite y repite sin poder descansar un momento. Lo terrible es que lo que no se reinicia es su conciencia así que el hombre asiste al horror de su propia muerte infinitas veces.  No sé si este u otro de los personajes decía que lo peor que llevaba era no poder soñar, porque el bucle le impedía dormir. 

Dormir es precisamente otra de las cosas que más me gusta hacer en el mundo y precisamente porque sueño mucho y llego a atisbar una pizca de lo que sueño cuando despierto y solo con eso ya me gustaría encontrar la manera de que uno de esos bucles me pillara precisamente dentro de uno de esos mundos oníricos que soy capaz de crear en el interior de mi mente. (no es un deseo, tú, deidad maliciosa, que estás tentada de satisfacerme, es solo por completar la frase). Pero esto ya sería otra historia. 

domingo, 11 de abril de 2021

Un árbol no hace el bosque

 Se dice “Los árboles no te dejan ver el bosque” cuando nos centramos demasiado en los detalles y dejamos de percibir el conjunto. Eso pasa mucho en política, cuando los políticos, y el eco desmesurado de la prensa, nos enfocan los problemas centrándose en lo que dijo uno o dejó escapar otro en una conversación privada, concediendo tenaz atención a los líderes de los partidos ignorando al resto de sus dirigentes o afiliados de base, y dejando de analizar el conjunto completo de lo conseguido o por conseguir, que es obviado en favor del error cometido circunstancialmente.

Pero se usa poco el caso contrario  que diría “de un árbol haces un bosque” o algo así, donde la actuación de un individuo es extrapolada a toda la población, tribu, clase, grupo o partido al que pertenezca el infame personaje, que se convierte en culpable en conjunto de un acto concreto de uno de sus integrantes. Digo infame, porque habitualmente no hacemos lo mismo cuando de lo que se trata es de un acto generoso o admirable; en ese caso no extrapolamos sino que atribuimos el mérito y concedemos la admiración a ese individuo concreto.

Supongo que se trata de un mecanismo primitivo de defensa equiparable a aquel que empleaban en tiempos no tan remotos, cuando para eliminar determinados conflictos que provocaban algunos individuos de cierta comunidad, se procedía a eliminar a todos los miembros de la comunidad. La frase, tan memorable, que representa, cínicamente, esa forma de actuar, y que se atribuye a algún personaje de la Iglesia Romana, referida a los Cátaros y el terrible problema de que querían formar confesión aparte es: “Mátenlos a todos que ya Dios escogerá a los justos”. Tal vez la frase no sea verídica, sino uno de esos bulos históricos, pero desde luego el modo de actuar de matarlos a todos para acabar con el problema es una solución universal que aún hoy día se sigue ensayando. (A mí me parece que es lo que hace Israel con los Palestinos, por ejemplo)

Pensaba en esto mientras leía la historia de Ester, en la Biblia, donde un poderoso se empeña en acabar con toda la judiada porque un tal Mardoqueo, judío él, se negaba a postrarse ante su superior autoridad. También me viene esta reflexión a la mente cada vez que se habla del problema de los inmigrantes, sobre todo en voces de dudosa moralidad política que con facilidad convencen a la población de que existe un problema de seguridad nacional cuando pillan a un inmigrante cometiendo un delito. 

Hay que hacer un esfuerzo constante de desasimiento de estos arcaicos hábitos de defensa que son usados y manipulados por quienes poseen capacidad de difusión, porque todos caemos en ellos constantemente, y ninguno (salvo tú, oh preclaro racional, que estás por encima mediocridad de los mortales en esta y otras muchas bajezas) nos salvamos de la comodidad de atribuir al bosque las culpas del árbol y exigir que lo talen para librarnos del problema.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Una pequeña Historia del mundo (modestamente)

 Yo creo que todos funcionamos con un par o tres de ideas básicas, axiomáticas, que son el fundamento de nuestras acciones, de nuestros pensamientos , de nuestro comportamiento en el mundo. Como digo, esas ideas son axiomáticas, no han sido razonadas. Probablemente implantadas a lo largo de nuestra educación. Ni siquiera somos conscientes de ellas muchas veces. Tal vez llegar a conocerlas nos ayuda precisamente a comprendernos, incluso a modificarlas y empezar a comportarnos y pensar y actuar de otra manera. 

Con respecto al ser humano, yo sospecho que hay dos grandes bloques. Un bloque son los que piensan que el ser humano es de por sí perverso y que es necesario crear leyes, normas, sociedades, en fin, mecanismos que limiten los efectos de esa perversión. Es decir, el Hombre es perverso y la sociedad es un mecanismo de contención. Los que creen en esto enfatizan en la creación de leyes, limitaciones, escuelas. Una sociedad debe ser altamente regulada. Los que cree en esto, sospecho, se saben también ellos mismos perversos y algunos no dudan en influir para que los mecanismos de regulación y control les dejen a ellos un poquito más de holgura que a los demás. Y no se sienten culpables por ellos porque esa es la naturaleza del Hombre y tampoco hay que .

Por el contrario están los que creen que el Hombre es bueno, de natural, todo lo bueno que se puede ser en la Naturaleza, y que son precisamente las sociedades las que lo han pervertido. Y por ello se empeñan en buscar mecanismos que modifiquen a las sociedades con el objetivo de que la naturaleza bondadosa intrínseca del Hombre actúe por sí misma, regulando solamente los elementos estrictamente necesarios: los estados no deben molestar demasiado, las normas no deben ser excesivas ni excesivamente rígidas.

Pero cuando vieron que las cosas empezaban a írseles de las manos a los del primer grupo, se dijeron. Oiga, si las cosas van a ser así, será mejor que saquemos el provecho que podamos. E inventaron el capitalismo. Nada de reglas, nada de estados en lo posible, salvo para defender el derecho a la propiedad y a la libre gestión de las propiedades. Y vieron que habían hecho algo bueno porque precisamente los más avispados de estos eran los que más beneficio sacaban de la nueva situación. Porque si los demás son tontos y se dejan robar, qué culpa tenemos nosotros. Y si nosotros somos más fuertes y podemos imponerles una condición, qué argumentación moralista me van a interponer si sabemos que ellos en nuestro lugar harían lo mismo. Y siempre han habido fuertes y débiles y ricos y pobres, es una condición natural del Hombre. Y esas pobres mujeres qué harían sin nosotros. Además. 

Así que los otros, los que creían que el Hombre era naturalmente bueno y que unos pocos malvados los oprimían a saco aprovechándose de su ingenua bondad, de su ganas de simplemente hacer el trabajo que hubiere que hacer para sobrevivir otro día y tener algo de sobra para divertirse un poco al final de la jornada, y les imponían un ritmo y unas obligaciones a las que o se adaptaban o se quedaban fuera, se dijeron, estos es insostenible, e inventaron el comunismo. Que es una forma de estado en el que este no deja nada al criterio individual sino que todo está sujeto a provecho común. Y se regula desde quien puede hacer qué hasta cuándo puede y cómo debe hacerlo.

Pero el ser humano, convengámoslo, es el que es, no «el que tiene que ser», como Zaratustra, y, se deja ir por la parte de menos esfuerzo y más beneficio, primando lo primero, aunque eso implique  que se joda el otro. Y resultó que el que más éxito tuvo fue el capitalismo y el otro, más por la condición humana que por el error de las ideas, se vino abajo. 

Y ahora tenemos lo que tenemos. Los que creen que el ser humano es vago y perezoso, y además malvado, y que solo unos pocos tienen verdaderas condiciones para sobrevivir y los otros simplemente caen por su propio peso, se hacen cada vez más hueco, no sin la admiración y el deseo de emularles de muchos de esos otros que cada vez están peor. Y que, ¡oh, condición humana!, les apoyan y les defienden cuanto más palos reciben, siempre y cuando crean que es en cabeza de otro, aunque no sepan a ciencia cierta ni dónde tienen la cabeza muchas veces. 

Y ahí andan campando, asegurando que todo va bien, que el tiempo es bueno, que la economía mejorará, que la cocacola es mejor que la pesicola, adónde va a parar, que este pan es muy distinto que este otro porque la parte de afuera se diferencia, que los negratas y los moratas van a quitarnos todo lo que es nuestro, (¡nada!, porque todo es suyo), que lo de las vacas locas, la gripe aviar, la gripe porcina, el ébola, el covid, (todos en los últimos veinte años) son ¡inevitables!…

En fin.

 

viernes, 21 de agosto de 2020

Kafka, Hannah Arendt y el menda

 Unas citas de Hannah Arendt, del artículo Kafka revalorado, que confirman mis impresiones acerca de estilo kafkiano. 

El protagonista descubre que el mundo y la sociedad de la normalidad son, de hecho, anormales, que las sentencias emitidas por los prohombres de prestigio reconocido son, de hecho, demenciales y que los actos que se derivan de esas reglas del juego son, de hecho, desastrosos para todos

A pesar de que todos, más o menos, a juzgar, por ejemplo, con lo que se puede apreciar en FB y con lo que dicen que pasa en otras redes sociales en las que la gente comenta cosas del mundo y no solo soplan pompas de jabón, somos conscientes del absurdo de nuestras modernas sociedades de consumo: imposible continuo progreso, especulación económica, crisis periódicas, polarización económica, destrucción de medio que nos sustenta, economía abusiva, etc., etc., etc. Y sin embargo quien más quien menos, mejor o peor, todos seguimos haciendo lo mismo, cumpliendo con nuestras obligaciones por absurdas y contrarias a nuestras propias ideas que sean, porque es lo que hay que hacer o porque no conocemos una alternativa razonable que no nos deje fuera y despojados o por las razones que sean, en esencia seguimos practicando el fingimiento.

El fingimiento de una competencia universal, la apariencia de una laboriosidad sobrehumana, es el motor oculto que impulsa la maquinaria

Es decir, mientras seguimos observando cómo todo nos parece que se precipita al caos y lo comentamos y nos llevamos las manos a la cabeza, seguimos levantándonos temprano, yendo a trabajar,  cumpliendo mal que bien con lo que tenemos que hacer y por lo que nos pagan, estamos contribuyendo, estamos manteniendo en marcha esa maquinaria que nos destruye. Y volvemos a casa y, los que aún tenemos tiempo para eso, entretenemos la espera de la siguiente jornada, entre otras cosas, comentando en Fb o en el bar de la esquina lo mal que va todo y que esto no hay quien lo arregle. Porque obedecemos a una creencia de necesidad, de que las cosas son como son y poco más se puede hacer para que no sean. Dice ella que hay una común (humanalmente o al menos occidentalmente) sensación de inevitabilidad, o mejor de necesidad, que tal vez habría que superar

La apariencia de necesidad, una apariencia que se hace real gracias a la fascinación del género humano por la necesidad

Yo más bien diría que más que fascinación es como una forma de rellenar esta sensación racional de no saber muy bien por qué ni para qué vivimos. De darle importancia al inexplicable hecho de estar aquí y saberlo, que es, esto último, lo que realmente nos mantiene desasosegados todo el tiempo. Y ese desasosiego es, seguramente, el que nos lleva a pensar en una inminente catástrofe. Otra idea recurrente de la Humanidad, como si aún siguiéramos sin creernos que tenemos derecho a estar aquí o como si fuéramos desde el principio conscientes de la culpabilidad de haber adquirido conciencia, es decir, de haber roto el equilibrio natural

La creencia absurda, tan vigente en los tiempos de Kafka como en los nuestros, de que la Humanidad está destinada a someterse a un proceso determinado a priori por no se sabe qué poderes, solo sirve para acelerar la decadencia natural

Opina ella que esa sensación de inevitabilidad en lo que se refiere a las cosas humanas nos lleva a una permisividad, una inacción que es precisamente la que nos conduce hacia la degradación hacia la que se dirige todo lo que pertenece a la naturaleza cuando se abandona a las fuerza naturales (la erosión, el tiempo, el desgaste). Todo se volverá polvo tarde o temprano, también nosotros. Pero la idea es que precisamente nosotros, como todo lo que tiene vida, podemos luchar contra esa degradación de manera consciente, y sin embargo pareciera como que no somos conscientes de esta capacidad sino que actuamos en contra, es decir, acelerando los procesos destructivos que íntimamente consideramos ineludibles.



viernes, 26 de junio de 2020

El cinco por ciento que no somos... todavía

Vivimos en una burbuja que llamamos «yo». Lo que yo veo, lo que yo pienso, lo que yo acepto y lo que yo rechazo, etc. Esa es la zona de luz.
La zona de penumbra son todas aquellas posibilidades a que me podría llevar  el ser como soy, lo que podría hacer, la gente que podría conocer, los lugares a donde podría ir, lo que podría pensar, en fin todo aquello a lo que me podría llevar el ser como soy y el pensar como pienso. Eso es mi mundo, mi universo, mi esfera o burbuja.
Y después está la oscuridad. O la nada. Hay quien no cree que haya más allá, tal vez porque las paredes de su burbuja se reflejan y le dan la falsa sensación de que se extienden hacia el infinito siempre igual a sí mismas. Hay quien cree que «puede haber otros mundos» que el propio, pero al imaginarlos tiene que acudir a los elementos de construcción que conoce e inventa ese otro mundo  como un reflejo de este más o menos deformado. Ya lo dice la canción de Javier Krahe: en las antípodas todo es idéntico a lo autóctono.
Y probablemente en un noventa o noventa y cinco por ciento sea correcto, pero aún queda un cinco o un diez por ciento por descubrir.
Supongo que ese cinco o diez por ciento es lo que buscamos en los libros los que leemos, y lo que buscan los turistas cuando exigen (lo acabo de leer en un artículo de Eliane Brum) que los científicos no desembarquen en una isla de la Antártida porque ellos quieren experimentar la auténtica sensación de aislamiento que produce el estar allí. Tal vez existan aún en el planeta lugares auténticamente remotos, como esa isla, en las proximidades de la India, donde una tribu lleva viviendo en continuo aislamiento durante 55000 años, eso dice el artículo, hasta que un audaz muchacho (norteamericano, por supuesto), buscando el cinco por ciento, desembarcó allí y se lo comieron (no, simplemente lo mataron a lanzadas).
Tal vez todos tengamos un cinco o un diez por ciento que los demás, qué digo, que nosotros mismos no llegamos ni a sospechar y que por esa razón nunca llegaríamos a descubrirlo por nuestro propio pie mientras sigamos siendo como somos y pensando como pensamos, es decir, mientras seamos nosotros.
Una parte de nosotros está allá, en la oscuridad, y para que esa parte se ilumine tendríamos que dejar de ser como somos y eso no es posible sin ayuda externa y, con frecuencia, traumática. Me refiero a un trance de muerte, a un peligro o un terror espantoso, a sacarnos, como se dice tanto ahora, «de nuestra zona de confort», pero no con tiernos empujoncitos sino de una brutal patada.
Tal vez en otros tiempos más atribulados, en ese pasado que siempre imaginamos atroz, sobre todo para las gentes de base, esos que no hacen Historia, para los que mueren para hacer grande al héroe de turno, con tantas guerras, hambrunas,pestes, catástrofes climáticas o telúricas, sucesos que bajo nuestra percepción de libros de Breve Historia De… parece que ocurrían cada tercer día, las mentes de aquella gente no tenían tiempo de construirse un «yo» estable y tuvieran que andar siempre a la que salta, enfrentando nuevas situaciones cada poco tiempo. Tal vez eso les diera una difusa conciencia de sí mucho más amplia que lo que yo identifico ahora como una esfera o una burbuja, tal vez una neblina dotada de una vaga luz, donde todo, salvo lo muy próximo fuera una temible, en un grado u otro, sombra amenazante. Donde nada estuviera descartado porque no había ninguna seguridad de permanencia. Donde ni siquiera había una conciencia de sí mismos precisa con un yo soy tal que así, sino que se pensaran a sí mismo simplemente como respuesta a lo que les sobrevenía.
No lo sé. Creo que etapa de relativa estabilidad ha contribuido a aclarar y enfocar esa visión de lo que nos rodea y delimitar claramente su horizonte con una mayor precisión o contraste. En aquellos tiempos todo era posible y no eras capaz de intuir por dónde te iba a caer (estoy incurriendo en una ignorante visión catastrófica de la edad media y antigua, más propia de las películas actuales que de algún vago conocimiento documental que pueda tener). En nuestro tiempo todo son certezas; prácticamente, «lo que es es y lo que no es no es» y punto, así parecemos vivir cada uno de nosotros. Hasta los que creen en cosas absurdas lo hacen con una confianza y una pujanza conquistadora y ecuménica que asombra. Y la mayoría creemos saber cómo somos y con qué fuerza somos capaces de pisar.  Hasta que nos da la tos y es un cáncer, o nos acomete una guerra inesperada (¡imposible en una sociedad actual!), o nos invaden los bárbaros que considerábamos que ya no existían. O regresa una de esas plagas medievales. 
No somos solo como creemos ser. Somos solo como nos arriesgamos a ser. Supongo que esa es la conclusión de una reflexión, por llamarla de alguna manera, como esta. Si quieres cambiar debes hacer otras cosas, no las mismas. Si quieres vivir otra vida debes ser otro. No somos nadie de partida, nos construimos, y si sale mal podemos rehacernos.
Pero el tiempo corre. No te dejes estar.
Postdata: lo que vale para mí, vale para el mundo. ¿no estamos hechos todos y todo de apenas 118 elementos? (lo miré en la tabla)

martes, 14 de enero de 2020

Algo sucede: yo

Dice Fernando González Ochoa en Cartas a Simón, su hijo, que el Hombre es como una bola de billar que reacciona a lo externo y va hacia donde la dirigen. Dice que la única libertad se ejerce tras el entendimiento, solo si comprendes eres libre.
Habla de la razón. La razón es la que nos hace libres, si algo nos puede hacer libres. La pasión (el corazón) está sujeta a todo tipo de manipulaciones e influencias que, además, nos negamos a ver porque creemos que en ella, la pasión, las emociones, está nuestra verdadera identidad humana, más que en la razón, que llamamos, despreciativamente, «fría».
Dice FGO “el balance de mi vida de 58 años ha sido aterrador: nada de lo que he hecho lo hice yo, sino que lo hizo mi medio ambiente, la causalidad universal por medio de esta bola llamada FG” (dice pelota pero yo pongo bola porque remite al símil del billar)
Esto me recuerda a un poema de Federico García Lorca, Carta a Regino Sainz de la Maza, “y ninguna de esas horas muertas me pertenecían, porque no era yo el que las había vivido“, “y por un instante lo comprendí todo, yo vivo de prestado, lo que tengo dentro no es mío”.
Creo que obedece a la misma sensación de que no es uno el que vive sino que uno es un instrumento de algo que se vive en uno. Como dice Gurdjieff: el Hombre no ama, no odia, no desea, no construye, todo esto SUCEDE 

lunes, 2 de septiembre de 2019

Esta'spaña nuestra

Del Juan de Mairena LXII Miscelánea apócrifa

Como decía Cantinflas -el sábado echaron por la dos la película biográfica protagonizada magistralmente, a mi prescindible juicio, por Oscar Jaenada- "ahí está el detalle". Escuchando tan habitualmente despotricar de este país y alabar países ajenos me se pregunto siempre cuánta razón tendrán los que lo hacen y sobre todo cuánto de esa razón que puedan tener proviene de un razonamiento fundamentado, metafísico, como dice aquí Juan de Mairena a sus alumnos. Cuántos errores no se habrán cometido por creer que lo del otro es mejor que lo nuestro y traérselo para acá. "Habituados a evaluar mediante una estimativa arbitraria o exótica", tal pareciera que está hablando de interné y sus redes suciales.