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viernes, 10 de diciembre de 2021

Pueblo Blanco, de Serrat


Colgado de un barranco
Duerme mi pueblo blanco
Bajo un cielo que, a fuerza
De no ver nunca el mar
Se olvidó de llorar
Por sus callejas de polvo y piedra
Por no pasar, ni pasó la guerra
Sólo el olvido
Camina lento bordeando la cañada
Donde no crece una flor
Ni trashuma un pastor
El sacristán ha visto
Hacerse viejo al cura
El cura ha visto al cabo
Y el cabo al sacristán
Y mi pueblo después
Vio morir a los tres
Y me pregunto por qué nacerá gente
Si nacer o morir es indiferente
De la siega a la siembra
Se vive en la taberna
Las comadres murmuran
Su historia en el umbral
De sus casas de cal
Y las muchachas hacen bolillos
Buscando, ocultas tras los visillos
A ese hombre joven
Que, noche a noche, forjaron en su mente
Fuerte para ser su señor
Tierno para el amor
Ellas sueñan con él
Y él con irse muy lejos
De su pueblo y los viejos
Sueñan morirse en paz
Y morir por morir
Quieren morirse al sol
La boca abierta al calor, como lagartos
Medio ocultos tras un sombrero de esparto
Escapad gente tierna
Que esta tierra está enferma
Y no esperes mañana
Lo que no te dio ayer
Que no hay nada que hacer
Toma tu mula, tu hembra y tu arreo
Sigue el camino del pueblo hebreo
Y busca otra luna
Tal vez mañana sonría la fortuna
Y si te toca llorar
Es mejor frente al mar
Si yo pudiera unirme
A un vuelo de palomas
Y atravesando lomas
Dejar mi pueblo atrás
Os juro por lo que fui
Que me iría de aquí
Pero los muertos están en cautiverio
Y no nos dejan salir del cementerio


La canción Pueblo Blanco, de Serrat, nos muestra una visión muy pesimista del mundo rural. No es tanto a la pobreza a lo que la canción alude sino al aburrimiento, al pasar del tiempo sin que nada suceda, a los días iguales en sucesión infinita hasta que llega la muerte. Una síntesis perfecta del tono de la canción la frase: el sacristán ha visto hacerse viejo al cura, el cura al cabo y el cabo al sacristán, y mi pueblo, después, los ha visto morir a los tres. Y me pregunto por qué nacerá gente si nacer o morir es indiferente.

Los viejos quieren morirse con la boca abierta al sol, como los lagartos, y las mujeres esperan al hombre ideal, duro y blando, amable y rudo, educado y procaz, hermoso siempre, que si existe solo piensa en marcharse lejos. Mención final para el narrador, el poseedor de ese mí que domina la canción, que es un abatido difunto que, los cementerios son prisiones, no puede huir de su pueblo blanco.


No sé, me siento disconforme con el tono amargo de la canción. Tal vez como hombre de ciudad, donde todo transcurre a velocidad y el polvo que se levanta nunca cae en el mismo suelo del que se alzó (qué bonita metáfora, diomio), donde las relaciones personales duran cortísimas eternidades, y hasta las familiares son distantes y desconfiadas. Donde la labor diaria da una sensación de completa inutilidad, de inanez, de noria de burro, donde nadie es imprescindible, y los muertos se velan contando chistes o pactando negocios. A mí que el sacristán, el cura y el cabo se vean envejecer uno al otro me da una sensación de serenidad, de saber que esto es lo que somos. Miro con ternura el hueco mío entre los ancianos que esperan la muerte al sol de la tarde con algún perrito echado a sus pies. Y hasta le reprocho al muerto que no disfrute de su sombra de ciprés y de su tierra húmeda. 

domingo, 22 de agosto de 2021

El mito del eterno retorno

 Según dice Mircea Eliade en El Mito del Eterno Retorno, las ceremonias, las tradiciones, son actos repetitivos que imitan a los actos primigenios realizados por los dioses al comienzo de los tiempos.  Esta repetición no es considerada en sí una imitación sino una verdadera repetición del acto, es decir, que mientras se está realizando se vuelve al comienzo, al mismo momento en que los dioses realizaban aquel acto. Con esto se anula el transcurso del tiempo puesto que se repite incesantemente. Se anula más bien la idea de historia, es decir, de sucesión de actos irrepetibles que se pierden una vez realizados y que nos hace tomar conciencia del transcurso del tiempo y por lo tanto de la aproximación al fin.

Esto explica por qué me siento más cómodo durante el curso, durante mis jornadas laborales con mis días iguales unos a los otros, mis semanas iguales unas a las otras, y cuando llegan las vacaciones esté todo el tiempo con una vaga inquietud, notando cómo se va perdiendo atrás cada segundo porque no hay dos días iguales (unos no hago unas cosas, otros no hago otras, pero nunca pienso por adelantado qué es lo que voy a dejar de no hacer cada día; se aplica verdaderamente esa máxima que me extraña que venga en la Biblia: dejemos que cada día tenga su propio afán). 

Dice también que solo la repetición confiere realidad a las cosas, a los sucesos. Esto está luego corroborado por Hegel, según parece, vaya usted a saber, que quería tratar de explicar en qué consistía la historia. Eliade dice que la historia es esa sucesión de ocurrencias imprevisibles, irrepetibles –por lo tanto, para fijarlas, para darles una cierta eternidad, hemos terminado por inventar la escritura, para poder, al menos, de palabra, repetir  lo que sucedió y que así no se pierda irremisiblemente, de nuevo, haciéndonos plenamente conscientes del transcurso del tiempo –que componen nuestros días cuando no actuamos bajo un patrón previsto sino que vivimos a lo loco respondiendo a los estímulos que nos van acosando a cada instante. Por eso de vez en cuando necesitamos pararnos y hacer algo previsto, una ceremonia, en la que controlemos exactamente qué es lo que vamos a hacer. De ahí las bodas, los bautizos, las fiestas repartidas a lo largo del año en las que ponemos tantas esperanzas, aparentemente porque libramos un día del abuso del trabajo, pero en realidad porque es un día previsible de caos, de interrupción, de fiesta (orgía) que precede a la nueva creación del mundo.

La mentalidad arcaica no tiene historia, tiene mito. Como yo, que apenas recuerdo por fechas o por números o por referencias, lo que sucedió. A partir de un año atrás todo ocurrió en un tiempo mítico,  in illo tempore, que repite Eliade, un tiempo en el que todavía habitaban los dioses; y por eso todo lo que recuerdo despierta esa nostalgia de paraíso perdido, incluso si el recuerdo, mejor razonado, hace sospechar que en el momento, aquello que nos estaba pasando no nos estaba gustando nada. Los sucesos se van acumulando intemporalmente en el mismo saco y cuando se forman patrones que vagamente despiertan el eco de algún suceso inaugurado por los dioses en aquel paraíso, se crea un nuevo mito: ejemplo, vas andando por tu casa despistadamente pensando en qué demonios es lo que querías hacer ahora, que se te ha olvidado, cuando ves una cucaracha en la puerta de la cocina. Plaf, zapatazo, y sigues para adelante. Pero eso queda; y tres días después estás contándole a los colegas cómo aniquilaste a aquel monstruo que te atacó sin sentido y sin provocación alguna y que una vez que acabaste con él, con el caos primigenio, de sus partes derrotadas y separadas construiste una vez más el mundo: las alas formaron el cielo, las patas sostuvieron la tierra, las antenas… pues con esas montamos los rayos cósmicos y con el líquido baboso que sale del cuerpo, el mar original, el cuerpo aplastado el mundo,  etc. Tus amigos no se lo creen, por supuesto, porque son muy escépticos y piensan que estás haciendo toda una cosmogonía de haber simplemente aplastado una cucaracha, pero ellos no saben que yo he purificado mi espíritu de los pecados de la transitoriedad porque he recomenzado de nuevo con el mundo nuevamente creado, mientras que ellos, en el mundo viejo y acabado siguen en el carro de la temporalidad que se dirige cada vez más rápido hacia el caos que precederá, quién sabe cuánto tiempo después, a una nueva creación que yo ya había previsto. 


jueves, 12 de agosto de 2021

Un día en la playa, un percance, una buena lectura, muchas que no llegan

 ¿Por qué suceden las cosas en el orden en que suceden? ¿Por qué pasa tanto tiempo sin que me ocurra nada relevante y de pronto se presentan las ocurrencias –generalmente malas, que son a las que uno le presta esta clase de atención; las buenas, simplemente las disfruta– seguidas unas detrás de otras? ¿Será esto verdad o es simplemente que cuando a uno le pasan cosas malas ya todo lo que le sobreviene lo interpreta con tintes fúnebres atándolo todo en la misma hebra, hasta que no da con una solución de continuidad–una idea que desactiva la cadena o simplemente que se olvida uno después de un tiempo en que nada llama tu atención? 

Tengo la teoría de que hay temporadas en que de algún modo estoy magnetizado negativamente. Me afecta sobre todo en mi relación con las máquinas. Después de trabajar con ellas sin percances, me ocurre que en la misma semana o el mismo día, me falla el computador, se me descompone el móvil y las máquinas expendedoras se tragan las monedas sin devolverme el producto señalado. Después, al día siguiente o al otro, el ordenador vuelve a arrancar sin percances, reseteo el móvil y recupera toda su vitalidad y la máquina expendedora me devuelve dos por uno. 

Estos días ando algo desinquieto porque no pillo un libro con el que me sienta cómodo, voy dejando a medias uno tras otro: el amante lesbiano, de Sampedro, el cónsul, de Lucién Bodard, tierras de occidente, de Burroughs, viaje por marruecos, de Alí Bey, la ciudad de la alegría, de Dominique Lapierre... etc, porque hay más. Todos a medias porque no consiguen arrancarme el espíritu y meterlo dentro de su historia. Me quedo de este lado, esforzándome por avanzar una página tras otra, tratando de eludir la idea de pararme y preguntarme ¿qué necesidad tengo yo de subir esta cuesta? Esto lo considero un signo de mal agüero. El único que me trae un poco de consuelo es Juan Tallón con su mientras haya bares, artículos muy reconfortantes sobre nada en particular, pero que exhiben una vitalidad y una actitud desenfadada y despreocupada que dan mucha envidia. El problema es que solo lo leo cuando voy a la playa, porque yo soy muy militar en esto, las ordenanzas colocan a cada libro a su hora del día y en su lugar, y el libro de Tallón, aunque es prestado, como tengo a bien consignar en la hoja de guarda, desde el 2017 y ya va siendo hora de que devuelva, tiene su lugar en la apenas hora y media que me paso algunas mañanas en la playa. Voy poco a la playa, es verdad, aún tengo el marca páginas por la mitad poco más del libro, pero entre esas sensaciones placenteras que le sobrevienen a uno cuando está en otra cosa, como en medio de una clase, o haciendo cola para entrar al médico, caminando de prisa para llegar a tiempo a un lugar al que no nos importaría que bombardeasen, está esa sensación de lectura medio adormilada tirado en la arena como si no hubiera ninguna obligación ni ninguna preocupación en el mundo, después de haberse dado uno un baño a primero hora sin nadie más en la playa, y con el agua aún fría de la noche, que parece que está uno estrenando el mar.

Pues en esa actitud de éxtasis optimista y relajado, regresamos al coche cuando el sol empezó a picar y me encuentro con que han saboteado mi preciado vehículo. Le han birlado una pieza, poco importante para su funcionamiento general, pero cuya falta da una apariencia de fea herida. Naturalmente me irritó, pero con una irritación, por lo menos al principio, apagada, y lo único que acierto a pensar/decir a mi cónyuga es ¡oosh, qué contrariedad! Vámonos de aquí. Porque en esos momentos tras una agresión, supongo que de cualquier tipo, lo primero que sientes es vergüenza y lo siguiente repulsión por el lugar y las circunstancias en que han ocurrido. Después he conseguido no pensar en el asunto demasiado, aunque no puedo evitar, por momentos, el temor de ser el centro de una conjura siniestra de ladrones de piezas de coche que han pillado el mío por banda y hasta que no lo dejen pelado como los huesos de un pollo asado no se van a sentir satisfechos.  Así que ya hoy no fui a la playa.  Y no pude leer a Tallón para consolarme. La excusa en realidad es otra, más consistente, pero la sensación de alivio por no tener que volver a aparcar el coche en el lugar donde fue ultrajado, es evidente. 

Supongo que estoy sacando las cosas de quicio al comparar la insatisfacción de no encontrar un libro que me colme el ansia lectora con este suceso que me ocurre precisamente después de un rato de lectura gozosa, pero ya se sabe que el azar a veces se manifiesta con una coherencia sospechosa que hace pensar que esa secuencia de localizaciones de la flecha en momentos consecutivos tengan una relación de causa y efecto unas de otras. Absurdo para una mente racional, pero completamente evidente para una mente fantasiosa como la que solemos tener los que perdemos infaustas cantidades de tiempo en esta actividad inútil de desencriptar grafogramas, vulgo leer.  

Releyendo lo que he escrito y sin saber cómo concluirlo, me resulta, sin embargo, evidente, que somos, tal vez solo soy,  mentes emocionales que buscamos alimentarnos de emociones –por supuesto, positivas, gozosas, y no amenazadoras, tengo tan poco espíritu guerrero como un oso perezoso– y que cuando nos falta ese alimento nos sentimos inquietos y amenazados, incómodos e insatisfechos y cualquier suceso por banal que sea –y que te roben una pieza estúpida del coche es una cosa banal, que te roben el coche entero es una cosa banal, que te caiga un piano en la cabeza o te descubran un cáncer terminal en la oreja es una cosa banal, la vida es una cosa banal– nos pilla con los nervios afilados como mis gatos cada vez que pasa el Poncho por su lado, a pesar de que Poncho es más bueno que un perro de porcelana.

Este artículo no es más que un intento poco convincente de imitar el estilo jubiloso y despreocupado de Tallón al mismo tiempo que es una especie de conjuro contra las malas sensaciones que me ha dejado el asunto del latrocinio banal. La escritura tiene como otro de sus grandes beneficios el reinterpretar la realidad, distanciándola, mostrándola como de manera objetiva, explicándola de modo que uno mismo al hacerlo trate de ubicarse en la perspectiva de los otros es decir de la de uno mismo si el suceso fuera ajeno, lo que desactiva en gran parte el veneno que este tipo de picaduras te inficiona que, sin llegar a ser mortal, ciertamente te puede dejar cojeando para unas cuantas semanas si no lo tratas bien. Escupido el veneno, un poquito de betadine, esparadrapo y fin.

miércoles, 4 de agosto de 2021

Hablando del tiempo

 Siempre digo, “perder el tiempo es una de mis actividades favoritas”. Es mentira, a nadie le gusta perder el tiempo, porque el tiempo gasta, aunque él mismo no se desgaste, como el viento. Y uno se siente que cada segundo pierde algo. Y más lo sientes cuanto más atento estás, es decir, cuando no estás haciendo nada, perdiendo el tiempo. 

No me obsesiono con eso, me gusta perder el tiempo cuando no se me ocurre otra cosa mejor que hacer o cuando no me decido a hacer otra cosa de tantas que me gustaría hacer y terminar. Pero son tantas y tantas que me gustaría empezar hasta terminar que no me decido a empezar ninguna por miedo a dejarla a medias. Son tantas y tantas ya las que he dejado a medias por empezar otras nuevas, que me da miedo iniciar una nueva porque dejo a medias otras tantas que no he terminado. 

En momentos  como ese echa uno de menos los milagrillos que nos relatan cuentos como el de Borges, no sé si recuerdan, aquel del señor que va a ser fusilado y pide a su dios un aplazamiento para terminar una obra, y su dios, un poco demoníaco, me parece, se lo concede, congelándole exactamente ese instante, dejando en el aire la bala que está a punto de entrar en su corazón, durante todo el tiempo que necesita para terminar la obra. Eso sí, va a tener que esforzarse mucho porque lo tendrá que hacer todo de memoria mientras está allí, congelado, mirando esa bala, inmovilizado en el gesto de terror de saber su final inminente. 

Más benévolo fue el dios o hado que la tomó con aquel personaje de El día de la marmota que lo dejó congelado en todo un día. Un único día repetido mil veces, tantas que le da tiempo de aprenderse cada detalle de lo que va a suceder a lo largo de ese día. Modificarlo incluso, adelantarse o hacer que suceda poco después. Da lo mismo, al día siguiente todo se va a repetir exactamente igual que el primer y único día que se repite indefinidamente, cambiando cada día en la medida en que el personaje puede cambiarlo, pero sin que afecte, salvo en lo que a sí mismo respecta, al día siguiente y los que vendrán. Este personaje, al principio desconcertado, luego aprovecha el tiempo: aprende a tocar el piano, dando siempre una primera lección con la profesora; creo que también aprende idiomas, igualmente con un profesor que cada día se sorprende de lo que sabe este nuevo alumno que empieza hoy. No me acuerdo cuál era la lección que tenía que aprender en la película, la moraleja, pero muchos hemos envidiado unas vacaciones de la vida exactamente como ahí se describe. A ser posible eligiendo el día, aunque… tal vez no, el mejor día de nuestra vida repetido mil veces acabaría por chafarnos un buen recuerdo. Mejor un día cualquiera, uno de esos destinados al olvido. 

Esto no tiene nada que ver, a mi juicio con la aspiración a la eternidad, el vivir para siempre y todo eso, sino más bien con darse tiempo, con darse un pequeño reposo del transcurrir tan acelerado del tiempo, no sé. 

Lo digo porque enganchando con este pensamiento me vino a la mente un cuento de Mircea Eliade, que creía que coincidía con el de Borges en lo de detener el tiempo, pero luego, tratando de recordar mejor no iba por ahí. El personaje, un anciano a punto de morir, recibía un rayazo en plena cocorota, que en lugar de matarlo empezaba a rejuvenecerlo, algo de eso creo recordar. Lo mezclo con otra historia acerca de un hombre que estudiaba los orígenes del lenguaje y venía a dar con un segundo personaje que sufría una especie de mutación que lo retrotraía hacia los orígenes de la especie o algo así.  Pero aprovechando esta confusión me sobrevino el relato corto de Alejo Carpentier en el que el personaje en lugar de cumplir años descumple años y don Alejo relata minuciosamente ese proceso de retroceder o progreso reversivo de una vida. Lo mismo les pasa, pero ya sin tanto detalle, a los personajes de Cuatro Corazones con Freno y Marcha Atrás, de Jardiel Poncela que es lo mismo que le ocurre al de la película Benjamin Button, protagonizada por Brad Pitt, pero con menos gracia, porque Jardiel es Jardiel. Y eso me lleva, porque estaba buscando dónde había hablado de Eliade y no lo encontré, a la película El infinito (2017) de Justin Benson y Aaron Moorhea. En esta película ocurre lo mismo que en la de la marmota solo que aquí es una fuerza extraterrestre caprichosa la que encierra a diferentes grupos de personas en bucles de tiempo de diferente amplitud que se repite infinitamente, algunos tienen suerte y ese bucle tiene una amplitud suficiente como para hacer cosas distintas y darles la sensación de que tienen cierto control, pero hay uno en particular que es pillado justo en el momento de suicidarse y la amplitud de bucle es apenas ese gesto que el hombre repite y repite sin poder descansar un momento. Lo terrible es que lo que no se reinicia es su conciencia así que el hombre asiste al horror de su propia muerte infinitas veces.  No sé si este u otro de los personajes decía que lo peor que llevaba era no poder soñar, porque el bucle le impedía dormir. 

Dormir es precisamente otra de las cosas que más me gusta hacer en el mundo y precisamente porque sueño mucho y llego a atisbar una pizca de lo que sueño cuando despierto y solo con eso ya me gustaría encontrar la manera de que uno de esos bucles me pillara precisamente dentro de uno de esos mundos oníricos que soy capaz de crear en el interior de mi mente. (no es un deseo, tú, deidad maliciosa, que estás tentada de satisfacerme, es solo por completar la frase). Pero esto ya sería otra historia. 

miércoles, 21 de julio de 2021


Romance del Conde Arnaldos

Romance del Conde Olinos

Quién hubiera tal ventura

sobre las aguas del mar,

como hubo el conde Arnaldos

la mañana de san Juan


yendo a buscar la caza

para su falcón cebar,

vio venir una galera

que a tierra quiere llegar


las velas trae de seda

jarcias de oro torzal

áncoras tiene de plata

tablas de fino coral


marinero que la guía

diciendo viene un cantar

que la mar ponía en calma

los vientos hace amainar


las aves que van volando

al mástil vienen posar

los peces que andan al fondo

arriba los hace andar.


Allí habló el infante Arnaldos

bien oiréis lo que dirá

"Por tu vida el marinero

dígasme ahora ese cantar"


Respondiole el marinero

tal respuesta le fue a dar

"Yo no digo mi canción

sino a quien conmigo va".


Madrugaba el Conde Olinos,

mañanita de San Juan,

a dar agua a su caballo

a las orillas del mar.


Mientras el caballo bebe

canta un hermoso cantar:

las aves que iban volando

se paraban a escuchar;


caminante que camina

detiene su caminar;

navegante que navega

la nave vuelve hacia allá.


Desde la torre más alta

la reina le oyó cantar:

-Mira, hija, cómo canta

la sirenita del mar.


-No es la sirenita, madre,

que esa no tiene cantar;

es la voz del conde Olinos,

que por mí penando está.


-Si por tus amores pena

yo le mandaré matar,

que para casar contigo

le falta sangre real.


-¡No le mande matar, madre;

no le mande usted matar,

que si mata la conde Olinos

juntos nos han de enterrar!


-¡Que lo maten a lanzadas

y su cuerpo echen al mar!

Él murió a la media noche;

ella, a los gallos cantar.


A ella, como hija de reyes,

la entierran en el altar,

y a él, como hijo de condes,

unos pasos más atrás.


De ella nace un rosal blanco;

de él, un espinar albar.

Crece el uno, crece el otro,

los dos se van a juntar.


La reina, llena de envidia,

ambos los mandó cortar;

el galán que los cortaba

no cesaba de llorar.


De ella naciera una garza;

de él, un fuerte gavilán.

Juntos vuelan por el cielo,

juntos vuelan para a par.

Me llama la atención el paralelismo entre estos dos romances y no encontrar nada accesible que hable sobre ello.

La verdad es que yo los he tenido siempre muy confundidos precisamente debido a ese paralelismo, que está centrado en el hecho de que se canta y de manera tan prodigiosa que las aves se posan para escuchar, los peces suben a la superficie, o los vientos se atemperan para no estorbar el canto. Recuerda este prodigioso canto al de Orfeo, que con el suyo era capaz de hacer que los árboles se desplazaran para escucharle.

En ambos la escena transcurre a orillas del mar y el mismo día, la mañana, mágica, de San Juan. Dia en que se dice que los muertos visitan a los vivos, o al menos se abre la puerta entre los dos mundos. Día también en que se cumplen los deseos. También ocurre que ambos llevan un animal con ellos, un halcón, Arnaldos, y un caballo, Olinos. El caballo no tiene una característica especial, tal vez es que era tan común que no se le destacaba. En cambio el halcón está relacionado con la violencia, con el poder. Ambos son atributos de caballeros.

Pero en el Arnaldos es el marinero quien canta y el Conde el que escucha, mientras que en el Olinos el Conde canta y el posible marinero (no se habla de él, solo que "navegante que navega la nave vuelve hacia allá"), escucha. Uno tiende a pensar que una historia es la continuación de la otra.

El de Arnaldos acaba pronto, pues arrebatado por el canto le pide al marinero que se lo enseñe, pero este le replica que para aprenderlo tiene que irse con él. Leen aquí algunos un comienzo de historia, porque saben que en ciertas versiones existe la historia que continúa. El viaje de Arnaldos con el marinero tal vez para acabar convirtiéndose en el Conde Olinos que ya de vuelta ha aprendido el cantar.

Otros lo ven como un corte de mangas, que "solo a los que van conmigo lo enseño" y tú no eres uno de los míos.

El de Olinos se continúa con la historia de amor trágicamente finalizada por la madre evidentemente celosa. A ella le gustó el canto, tanto que lo confundió con el de las Sirenas homéricas. Otra repercusión clásica, que aquellas sirenas tenían también tal encanto en sus voces que atraían a su destrucción a los marineros, bien individualmente bien empaquetados en barco y todo.

Como no admite la unión entre su hija, princesa, y un vulgar conde, manda matar al tipo, pero no sabe que cuando hay prodigio en el canto hay prodigio en lo demás. Los amores de su hija y Olinos se prolongan tras la muerte en forma de árboles, rosal blanco y espinar albar.

En el folclore celta se habla mucho de árboles y asignándoles poderes y propiedades, derivados, supongo, de los dioses o espíritus que representan. Aquí es representarivo el color blanco de ambos, como más evidente.

En la wikipedia, hablando del espino blanco dice "​En el folclore gaélico, el espino (en gaélico, Sgitheach) marca la entrada del Otro Mundo y se asocia con las hadas.​ Es muy desafortunado cortar el árbol salvo cuando ya ha brotado, cuando es decorado como el Arbusto Mayo. Estos árboles se los encuentra en áreas de peregrinación místicas célticas; esos tipos de arbustos sagrados son conocidos como 'árboles rag', por las tiras de ropa tendidas sobre ellos como parte de rituales sagrados"

Aún así la madre los manda cortar (y el leñador llora porque sabe que eso da mala suerte) y esta sería la segunda muerte de la parejita que ahora se transforman en garza, ella, y gavilán, él.

La garza, en egipto estaba relacionada con la muerte y el renacimiento (otra vez la wikipedia) y por lo tanto también se la relaciona con el sol (muerte y renacimiento). Pues al gavilán le pasa lo mismo, entre los griegos estaba consagrado al sol. En la mitología germana, mira tú por dónde, "se posa en la rama de un roble que crece en la tumba de un hombre asesinado".

Pues allá que se vuelan los dos hacia el sol ya juntos para siempre.

miércoles, 6 de enero de 2021

2 Reyes 8:7 ...

 


Me parece un relato muy borgiano. 


El rey de Siria, Ben Haddad, se encontraba muy enfermo. Llamó a su general Jazael y le dijo que fuera en busca de Eliseo, el profeta de Israel, le llevara regalos de su parte y le preguntara si iba a sobrevivir o no a esa enfermedad. 

Jazael aparejó cuarenta camellos con lo mejor de Damasco y se fue al encuentro de Eliseo. Al llegar donde estaba le dijo: Tu siervo Ben Haddad, rey de Siria, me ha enviado para preguntarte si sanará de esta enfermedad. 

Eliseo le respondió: Ve y dile que sanará de su enfermedad; pero morirá. 

El hombre del rey se quedó confundido, intentando comprender la respuesta del profeta. Este permaneció con la mirada perdida durante largo rato, sin hablar, y entonces se echó a llorar. 

¿Por qué lloras, Hombre de Dios?, le preguntó Jazael. Porque, dijo el profeta, he visto lo que le harás a mi pueblo: Incediarás sus fortalezas, pasarás a cuchillo a sus jóvenes, estrellarás contra el suelo a sus niños de pecho y hasta abrirás en canal a las embarazadas. 

Jazael se escandalizó, ¿cómo va a ser que un perro como yo pueda llevar a cabo tales hazañas?. El Señor me ha revelado que tú serás rey de Siria, respondió Eliseo.

Jazael regresó a Damasco. Subió a donde yacía su señor y le comunicó la buena nueva: Sanarás, le dijo. El rey quedó muy reconfortado.

Esa noche, Jazael regresó al cuarto con una manta humedecida que empujó contra el rostro de su señor hasta que murió. Le sucedió en el trono.


martes, 14 de enero de 2020

Algo sucede: yo

Dice Fernando González Ochoa en Cartas a Simón, su hijo, que el Hombre es como una bola de billar que reacciona a lo externo y va hacia donde la dirigen. Dice que la única libertad se ejerce tras el entendimiento, solo si comprendes eres libre.
Habla de la razón. La razón es la que nos hace libres, si algo nos puede hacer libres. La pasión (el corazón) está sujeta a todo tipo de manipulaciones e influencias que, además, nos negamos a ver porque creemos que en ella, la pasión, las emociones, está nuestra verdadera identidad humana, más que en la razón, que llamamos, despreciativamente, «fría».
Dice FGO “el balance de mi vida de 58 años ha sido aterrador: nada de lo que he hecho lo hice yo, sino que lo hizo mi medio ambiente, la causalidad universal por medio de esta bola llamada FG” (dice pelota pero yo pongo bola porque remite al símil del billar)
Esto me recuerda a un poema de Federico García Lorca, Carta a Regino Sainz de la Maza, “y ninguna de esas horas muertas me pertenecían, porque no era yo el que las había vivido“, “y por un instante lo comprendí todo, yo vivo de prestado, lo que tengo dentro no es mío”.
Creo que obedece a la misma sensación de que no es uno el que vive sino que uno es un instrumento de algo que se vive en uno. Como dice Gurdjieff: el Hombre no ama, no odia, no desea, no construye, todo esto SUCEDE 

lunes, 2 de septiembre de 2019

Esta'spaña nuestra

Del Juan de Mairena LXII Miscelánea apócrifa

Como decía Cantinflas -el sábado echaron por la dos la película biográfica protagonizada magistralmente, a mi prescindible juicio, por Oscar Jaenada- "ahí está el detalle". Escuchando tan habitualmente despotricar de este país y alabar países ajenos me se pregunto siempre cuánta razón tendrán los que lo hacen y sobre todo cuánto de esa razón que puedan tener proviene de un razonamiento fundamentado, metafísico, como dice aquí Juan de Mairena a sus alumnos. Cuántos errores no se habrán cometido por creer que lo del otro es mejor que lo nuestro y traérselo para acá. "Habituados a evaluar mediante una estimativa arbitraria o exótica", tal pareciera que está hablando de interné y sus redes suciales.

martes, 9 de abril de 2019

Poema en línea recta, de Fernando Pessoa




Parecía como que la bolsa me estuviera instando a que la siguiera, se movía a unos pasos delante de mí y si yo me paraba ralentizada el movimiento. A la altura del árbol se elevó porque supongo que el aire allí formaba unas turbulencias. La perdí por un momento, pero luego pasados los bancos la volví a ver. Como si me esperara, continuó cuando me acerqué a ella. Siempre unos pasos delante de mí. Se paró y casi que señaló a la entrada de esa casa. Luego se quedó allí como esperando que yo me decidiera a tocar.


miércoles, 12 de septiembre de 2018

Materializaciones

“Los diferentes estímulos sensoriales a que el hombre reacciona –táctil, visual, gustativo, auditivo y olfativo– son producidos por las vibraciones variadas de electrones y protones. Las vibraciones, a su vez, son reguladas por los «vitatrones», fuerzas sutiles de vida más finas que la energía atómica, inteligentemente cargadas con las cinco distintivas ideas-substancias de tipo sensorio. Gandra Baba, poniéndose a tono con las fuerzas cósmicas mediante ciertas prácticas yoguis, era capaz de guiar los vitatrones de manera que coordinasen su estructura vibratoria y objetivaran el resultado que deseaba. Sus perfumes, frutas y otros milagros eran vibraciones actualizadas en términos de percepción mundana y no una sensación interna hipnóticamente producida”.

Esta es la razón que da Paramahansa Yogananda para explicar las materializaciones; en este caso, perfumes, aromas que Gandra Baba era capaz de generar de la nada y colocar donde le diera en gana, la palma del autor, por ejemplo. También he visto en youtube que Sai Baba tenía esa capacidad, esta vez con cosas que extraía de la tierra después de haber juntado un montoncito y rebuscar dentro de él.

Lo que me llama la atención de la explicación no es esa vaga alusión a protones y electrones cuyas vibraciones, según esto, acaban estimulando nuestros sentidos y suministrándonos las percepciones, sino ese misterioso «vitatrón» que recuerda mucho al Polvo de las novelas de Pullman, La materia oscura, que en esa novela cumplía ese papel de despertar a lo que era materia simplemente inerte. Allí la materia oscura era una especie de entidad que dotaba de inteligencia a aquello sobre lo que se posaba, dicho así muy a la ligera. Lo que se sugería es que la aparición de aquel Polvo coincidía con el paso del ser humano desde su estado puramente animal hacia su despertar a la autoconciencia.  Luego se enredaba todo mucho con una gran batalla de entidades superiores entre las que, por cierto, Dios era un viejecito venerable y temeroso que había dejado en manos de su segundo el control de la situación, el cual pretendía acabar de una vez con todo, o algo por el estilo. Al final ganan los buenos. Creo.

martes, 24 de julio de 2018

El Deccal

14 El Deccal otro resumen, a mi manera, de un artículo de Celâl(*)

En el capítulo de hoy de Celâl habla de la curiosa simbiosis que existe entre el Salvador y el Anticristo (el Deccal en el mundo musulmán).
 Viene a decir que esperamos un Salvador que nos libere de nuestras miserias. Juego con la doble intención de «nuestras», porque nos afectan y en gran parte nos las hemos procurado nosotros con nuestro desequilibrado comportamiento; porque esta es la clave, es el desequilibrio con respecto al entorno el que nos sume, a la larga, en las miserias, aunque a la corta parezca, y así sea, que obtenemos una ganancia: actuamos sobre la naturaleza sin prever las consecuencias, creamos o destruimos sistemas financieros o sistemas políticos solo porque a un grupo de nosotros nos conviene para nuestras inversiones, dejamos de pagar a nuestros empleados este mes porque la nueva adquisición en Miami nos ha dejado sin cash, tiramos las colillas al campo porque son chiquititas, etc.
«Nuestras miserias» hacen referencia a todo lo que nos ha traído a esta vida miserable que llevamos, que siempre es por culpa de otros, o de fuera, porque nosotros por nuestro popio pie nunca hubiéramos venido, o al menos eso queremos creer. Y nunca comprendemos que algo falla cuando esperamos un Salvador que redima a los buenos (nosotros) y castigue a los malos (ellos). Y cuando llega uno que dice serlo, solo depende del poder que tengan los que se consideran los buenos, aquellos que reciben el beneficio de las acciones del Salvador, frente a aquellos que reciben el castigo, para decidir si ese Salvador no será más bien el Anticristo o el Deccal; y ni siquiera es un juego de poderes estático, pues dada la liviandad del ser humano, lo que ocurre es que cuando el grueso de los aliviados por el Salvador van dejando de necesitarle, entonces empieza a fastidarles porque el Salvador exige un precio a su salvación, un precio que es fácil de pagar cuando eres de los sufrientes, pero que se vuelve un fastidio cuando formas parte de los aliviados, y empiezas a pensar que es poco lo que has obtenido frente a lo que obtuvo otro, y que seguir pagando es un abuso, y te olvidas de cuando estabas al otro lado donde aún quedan muchos; pero ahora, desde aquí empezamos a comprende que este Salvador no nos salva tanto, que más bien nos desgracia, y así se convierte, siendo el mismo y haciendo lo mismo, en su contrario, que ha venido con el propósito, no de salvar a los buenos (nosotros) sino a desgraciarnos, a situarnos a la infame altura de esos que por sus pecados han sido castigados.

(*)En el Libro Negro de Orhan Pamuk.

miércoles, 17 de enero de 2018

Julio Jurenito y la fe

 Él cree —contestó Jurenito —, y esto es tan raro en vuestra Europa como una virgen bonita o un ministro honrado. Vuestra fe es cobarde, está cubierta por la sombra de la duda, la ironía, la curiosidad infantil y la prudencia de un mercachifle, que teme equivocarse con la mercancía. ¿Qué clérigo no mira sigilosamente en un libro de texto escolar de historia natural la gran faringe de una ballena, y no intenta explicar la Inmaculada Concepción mediante el complejo simbolismo del filósofo de moda? Vuestra incredulidad no es más valiente
que vuestra fe, tras ella se urde la superstición, las conversaciones media hora antes de la muerte, los libritos de Steiner, la eterna mendicidad a las puertas de la sociedad de
seguros. Vuestros ateos, que mientras beben vasitos de vermut se arman de valor y blasfeman, después, cuando recuerdan el tufillo del cementerio en un día de verano, agarran el evangelio bajo el brazo, por si acaso, y deliberan acerca de la inmaterialidad del espíritu (haciendo un gesto vago con los dedos), y no duermen en toda la noche si a sus esposas se les rompe el espejito de tocador. Yo tomo a Aisha porque en él la fe está viva, desnuda, desvergonzada, inspirada, y eso se convertirá en un arma consistente entre mis manos.

(de Julio Jurenito, novela de Ilya Ehrenburg)

martes, 3 de octubre de 2017

Reflexiones mientras leo El Remordimiento de Fernando González Ochoa

Dice Fernando González Ochoa en El Remordimiento


"Parece mi destino vivir en soledad; vivir a la enemiga. Si busco compañía, me convierto en un trapo sucio... Cuando solo, ¡qué bellezas mi alma y mi cuerpo!"

Aunque en el contexto del libro puedan dársele otras interpretaciones (El remordimiento aludido en el título es el que tiene el autor años después por no haber cedido a las lúbricas pretensiones de la Toní. Lejos de considerar ese remordimiento como un castigo, es objeto de exaltación, pues el remordimiento es lo que mantiene a toda alma virtuosa en guerra permanente. Un constante vaivén entre el deseo y el remordimiento) como que por ejemplo "buscar compañía" es muy probable que esté aludiendo a compañía femenina, y sentirse como un trapo sucio a sentirse vencido por las propias bajezas, me siento bastante identificado con esta expresión bajo mi propia condiciones.

Comparto esa diferente percepción de mí mismo cuando estoy en compañía a cuando estoy en soledad. Sin llegar a trapo sucio, sí que me siento bastante incapaz en comparación con cualquiera, es decir, siempre encuentro en cualquier otro una virtud de la que me avergüenzo carecer. Por otra parte, estando solo no digo que viva en plenitud, pero sí en comprensión por esas mismas carencias, incluso en franca indiferencia. Lo que tiene como consecuencia que me esfuerce poco o nada en resolverlas.

Sospecho que sufro una perturbación en la apreciación de mis valores cuando me encuentro en compañía que se restauran a su propia condición cuando me encuentro en soledad, donde soy más capaz de apreciar qué es lo que realmente me importa y qué es lo que no. Lo supongo un defecto de los que tenemos una pronunciada tendencia al sentimentalismo y flojera en algunas habilidades sociales. Pero me alegra encontrar sentimientos semejantes en personas radicalmente opuestas como sospecho que es don Fernando.

Sin embargo también me siento afín a él en este constante estado de incomodidad -que también se menciona en el libro- y deseo permanente de "mejorar" en la propia apreciación con independencia de la consideración ajena. Según él:

1º Cada uno lleva en su carácter la ley que debe cumplir. Si atiende, desarrolla y cultiva eso, será grande como "El Ruiz" -sospecho que un monte.
2º El mal está en desear lo que no somos, lo ajeno, lo propio de otros caracteres.
3º Yo soy genial en soledad, en soberbia, en sinceridad y en angustia. 

¿Por qué digo que vivo a la enemiga?
...
Porque me odio mucho en cuanto soy persona, o sea, odio y lucho contra mis instintos. No he logrado aprobarme un solo día. Nada de lo que hice me parece bien. Es otra vida que quisiera para mí. Quiero ser otro. Padezco, pero medito. Tengo abundancia de instintos. Vivo pues, como un hombre moral, en lucha conmigo mismo, derrotado casi siempre; hace cuarenta años que vivo derrotado en agustia, amando a un santo que yo podría ser y siendo un trapo sucio; llamando a Dios y oliendo las braguitas de Toní. En realidad soy un enamorado de la belleza, pero también un hombre que persigue a las muchachas, que piensa a lo animal, etc., 99% hombre vulgar... etc"

lunes, 27 de julio de 2015

A vueltas con Pessoa

Cartas de un corazón de nadie de Rubén Benítez

Larguísimo artículo de Rubén que he leído con la nariz arrugada del que desconfía del género, como la señora en el cuento de Pepe Monagas que olía las perdices por el culo para verificar el estado de frescura, hasta que Pepe, harto de tantos melindres le dice:"Señora, por donde usté las huele todo el mundo hiei (hiede)".
Es porque siempre me he negado a leer a Pessoa desde una vertiente "humana", buscando una explicación de locura, tristeza vital o alcoholismo a la grandeza de su construcción poética que era él mismo y de la cual él era plenamente consciente, de lo que hace mención en las propias cartas. Tal vez sea esa exactamente su locura, el empeño de vivir físicamente su construcción poética, lo que no deja de ser una locura mirada desde el punto de vista de la "vida normal" que pretendemos llevar la mayoría de nosotros, quienes, a pesar de declarar nuestra pasión por la literatura, no deja de ser, esa pasión, una camisa que nos ponemos y nos quitamos cuando conviene (hablo por mí como caso seguro de esta traición)
Sin devaluar este tipo de estudios que considero perfectamente válidos, y este artículo de Rubén me ha parecido meticuloso, siempre me incomodan, por eso lo de la nariz arrugada, porque me parecen como intentos de encontrar el alma descuartizando un cadáver. Tal vez científicamente acaben teniendo razón y el pobre tipo fuera un infeliz acosado por la locura de la que intentaba escabullirse por medio de la bebida, pero ¿eso explicaría la fascinación que muchos sentimos por la construcción poética que brotó de esas materias fecales?
No es, por supuesto, una crítica al artículo de Rubén, esta reflexión y sí tal vez lo sea a mi propia consideración del hecho literario, que pretendo desligarlo de la vida como si la literatura no fuera una manifestación de ella lo mismo que la mente es una manifestación del cerebro, que en algunas ocasiones nos sorprende con extraordinarias capacidades de los individuos originadas en extrañas malformaciones o daños de su propia estructura (hablaba de eso, creo, Oliver Sacks en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, aunque esté feo que cite libros que no he leído)

Pessoa ha sido para mí siempre un "objeto literario" y no un señor, a pesar de que alguna vez me he interesado por su biografía. Bernardo Soares, el autor de El libro del desasosiego que tengo permanentemente en la mesilla de noche, es para mí un personaje con el que me siento, en muchas ocasiones, absolutamente identificado, supongo que de ahí se deriva algo de esa incomodidad que siento cuando quienes lo leen superficialmente dicen de él, del libro, que destila una profunda tristeza. Superada una lectura superficial, Bernardo Soares, que también será un triste, no hay por qué negarlo, es una persona que ha creado y amueblado un mundo interior en el que se siente incomparablemente más cómodo por haberlo enriquecido con más matices y atractivos que la vida cotidiana que le rodea. Limitar El libro del desasosiego a un simple lamento de tristeza y melancolía me parece una simplificación surgida de la falta de interés. Pero cuando sale uno de Bernardo y se introduce en Alberto Caeiro, el optimista, el materialista espiritual, uno entra en otra dimensión poética, que no deja de tener contactos con la primera, pero con una visión del mundo clara, precisa y luminosa, a mi juicio. Alvaro de Campos es el más realista de sus heterónimos, con razón es el que se inmiscuye en la vida social de Fernando Pessoa. Alvaro de Campos sí que es un triste, porque es un ser humano atado a un cuerpo que no le deja volar -contra lo que ha reaccionado Bernardo Suarez volando por el interior, por ejemplo, o Alvaro, percibiendo una realidad plana, sin sueños, y extrayendo de ella todo el alimento espiritual que necesita-. Alvaro de Campos es un soñador que sabe que los sueños son puro humo, y eso le hace ser cínico.
Solo estos cuatro heterónimos -entre los que está incluido el propio Fernando y nos falta Ricardo Reis que es el que menos frecuento y que me parece un poeta casi al uso, diría que es el más normal de todos, el que sería capaz de llevar una vida normal de poeta tal y como los conocemos- desarrollan cada uno de ellos en tramas complejísimas impulsos que todos sentimos en el desarrollo de nuestras propias vidas, que notamos por momentos, por fases alternantes y que muchas veces, por aquello de conservar la identidad, llamamos cambios de humor.
Yo diría que la "anomalía" de Fernando sería la de haber desarrollado hasta adquirir personalidades diferenciadas esas fases por las que todos vamos pasando en nuestro cotidiano vivir, que en nuestras modestas vidas podemos identificar por actuaciones tan nimias como cambios de opinión -que luego volvemos a recuperar más adelante- cambios de humor que nos llevan a tomar decisiones que luego deploramos, etc.


domingo, 26 de julio de 2015

Ricardo III (resumen)

El artero Ricardo duque de Glóster, hermano del rey Eduardo IV, feo, cojo, segundón, no espera beneficios de la paz lograda recientemente y se dispone a organizar enredos en la corte.
Ha propagado una profecía en la que un tal J. matará a los hijos del rey. Eduardo príncipe de Gales y Ricardo duque de York. Consigue que el rey sospeche de su hermano, y hermano de Ricardo Glóster, Clarence, y lo manda encerrar en la corte. Ricardo Glóster pregona a quien le escuche que la culpable del vil encierro de su inocente hermano es la mujer de Eduardo, Isabel, que intriga para que sus familiares alcancen beneficios en perjuicio de la familia del rey.
La condesa Ana, viuda de Eduardo (Lancaster) que era hijo de Enrique VI (derrotados y muertos en la reciente guerra) acompaña al féretro del suegro cuando se le cruza Ricardo Glóster. Ella sabe que él mató a su esposo y le sospecha implicado en la muerte del suegro. Aún así Ricardo consigue ganársela a base de requiebros y se casará con ella. Cuando ella desaparece por el foro, Ricardo queda tan sorprendido de su hazaña que busca un espejo a ver si por ventura se ha vuelto hermoso sin advertirlo.
El rey, Eduardo IV, agoniza. La reina Isabel teme quedarse sola, pues su hijo Eduardo será el heredero del trono y su otro hijo Ricardo York también se hace mayor y quedará bajo la tutela, precisamente de nuestro Ricardo Glóster. Ella no se lleva bien con Ricardo Glóster que tampoco la aprecia. Sin embargo ella y los suyos hacen esfuerzos para agradar al rey mientras que Ricardo solo maquina provocaciones.
Margarita es la mujer del difunto Enrique VI y madre del también difunto Eduardo (los Lancaster). Odia a Ricardo Gloster, pero tampoco ama a Isabel, ambos son parte del enemigo que los ha derrotado. (La guerra ha permitido a Eduardo IV subir al trono derrocando a Enrique VI) En su intervención lanza maldiciones a diestro y siniestro que serán recordadas por los diversos personajes a medida que van cayendo a manos de Ricardo Glóster.
En la torre, Clarens, retenido por influencia indirecta de Ricardo espera que éste, como ha prometido, interceda por él ante el rey, hermano de ambos. En realidad Ricardo lo que se propone es hacer exactamente lo contrario. Clarens cuenta a su suegro Braquemburio que ha tenido un sueño en el que Ricardo le ahogaba en el mar. De hecho, Ricardo encarga a un sicario que lo asesinen, lo cual hacen ahogándolo en un barril de vino.
El rey convoca a los familiares de su mujer y a sus familiares con el fin de que haya reconciliación entre ellos. Del bando de la reina están Rives (su hermano), Dorset (su hijo) y otros. Del bando contrario están por ejemplo Hastines y Buckingham. Todos son partidarios de Eduardo IV, pero al pertenecer a familias distintas son enemigos entre sí.
Al fin muere el rey Eduardo IV. Ricardo es el hombre de mayor influencia. Eduardo, el heredero, está en Ludlo y se discute quién va a buscarle. Buckingham se alia con Ricardo para atentar contra los parientes de la reina, Rives (hermano) y Grey (hijo de Isabel). Cuando Isabel se entera, teme por su vida y la de su hijo (Ricardo York), por lo que se refugia en la catedral con él. Llega Eduardo y se queja de que no le vengan a saludar el resto de sus tíos, madre y hermano –solo está Ricardo Glóster, su tío–. Ricardo manda a buscar a Ricardo York a la catedral de grado o por la fuerza, para que venga a saludar a su hermano. Cuando llega hace que lleven a los dos hermanos a la Torre, presuntamente por estar allí más seguros, en espera de que se reúnan los consejos para decidir el día de la coronación.
Ricardo y Buckingham ya han pactado no permitir que Eduardo suba al trono y que Ricardo Glóster lo haga en su lugar. Buscan partidarios, como Hastines y Stanley. Estos, aunque enemigos de la reina, no acaban de confiar en Ricardo. Al día siguiente, en la reunión del consejo, Ricardo busca un pretexto tonto para acusar a Hastines de traición y le hace cortar la cabeza. Luego hace que Buckingham hable con el alcalde y los representantes del pueblo desprestigiando a Eduardo, el heredero, a su difunto padre Eduardo,  y ensalzándolo a él, Ricardo, como el verdadero heredero al trono y el más idóneo para regir los destinos de Inglaterra. La respuesta del consejo es fría. No obstante, en otra reunión cuidadosamente preparada, Ricardo aparece con un breviario, rodeado de monjes, rezando humilde, y fingiendo rechazar el ofrecimiento de subirse al trono hasta ceder por responsabilidad y por amor al pueblo, etc., etc., etc.
Isabel, la duquesa de York (madre de Ricardo, Eduardo y Clarenc, abuela de Eduardo y Ricardo York) y Ana, que fue la esposa de Eduardo Lancaster y ahora es la esposa de Ricardo Glócester,  van a la Torre a ver a Eduardo y Ricardo York que están allí en espera, creen ellos, creen ellas, de que el consejo dicte cuándo se celebrará la coronación de Eduardo. Entonces llega Stanley en busca de Ana para que acuda a la coronación de Ricardo Glócester, y es cuando se enteran de como están las cosas. Ana confiesa ser víctima de su propia maldición, pues cuando el encuentro con Ricardo ante el féretro de Enrique VI, ella le maldijo por asesinar a su esposo y a su suegro, y la maldición alcanzaba a una futura esposa de Ricardo. Isabel insta a Dorset, su hijo, que huya a Francia, donde está Ritchmon, hijo de Stanley, partidario suyo, para alejarse del peligro de Ricardo.
Por su parte, Ricardo, ante la indecisión de Buckingham, contrata a unos sicarios para que asesinen a los hijos de Isabel, legítimos herederos al trono, lo cual hacen trágicamente y con posterior remordimiento.
Mientras piensa en sus siguientes pasos, Ricardo se entera de que Ritchmon y Dorset han iniciado un alzamiento contra él, vienen de camino desde Bretaña. Hay un encuentro de Isabel y la Duquesa de York con el propio Ricardo en el que ambas lo maldicen por dentro y por fuera por las muertes de sus familiares (La cuenta es Clarence, Rives, Grey, Eduardo Ricardo, y ya se le ha sumado Ana) No obstante, Ricardo queda a solas con Isabel y consigue convencerla de que él sería un buen marido para su hija Isabel (“Frágil mujer al fin, necia y mudable”) Al casarse con Isabel hija espera frenar la guerra ya que Dorset no lucharía contra su propia hermana si se convierte en reina.
Pero la guerra no se detiene. Buckingham ha pedido los favores prometidos por Ricardo, pero Ricardo se desentiende y Buckingham se alza también contra él. Otros condados se van alzando también. Búckingham se pierde en la niebla y es capturado por lo que pasa también a la funesta cuenta de Ricardo.
La noche antes de la batalla final Ricardo sueña con todos los espíritus de sus víctimas que le pronostican deseperación y muerte para el día siguiente. Al mismo tiempo Ritchmon sueña igualmente con ellos, pero en su caso le auguran la victoria. En efecto, Ricardo, en un momento de desperación, luchando junto a su caballo muerto, reclama un caballo, por su reino. Su muerte es piadosamente oculta detrás de bambalinas.

domingo, 28 de junio de 2015

Ojalá Egidio no vuelva (Antonio Lobo Antúnez)

Ojalá Egidio no vuelva  (Antonio Lobo Antúnez) (Visita el original)

Con el fallecimiento de mi hermano, nuestra vida, la de mi madre y la mía, cambió. Vivíamos los tres desde que, hace cerca de ocho años, el autobús 32 atropelló a mi hermano en la parada, cuando él avanzó un paso, con el brazo extendido, y los frenos fallaron, todavía estuvo unos días entre aquí y allí en el hospital, el médico nos prevenía

—Mas allá que acá, váyanse preparando

a pesar del suero, que es aquello con que se cura a las personas, el allá ganó, vino muchísima gente del trabajo al funeral, lo que agradó a mi madre

—¿A todo el mundo le caía bien, viste?


incluyendo una enamorada que se acabó casando con un primo nuestro y tiene tres hijas, de las cuales la de en medio, por casualidad, es ahijada mía, y, por casualidad, es la más fea, pero no me intereso menos por ella a causa de ese hecho, qué culpa tiene la niña de torcer la mirada, y mi madre y yo nos quedamos uno con la otra, que a mi padre ni llegué a conocerlo, se hundió en Venezuela antes de mi nacimiento y, si continúa en la superficie, debe andar por ahí tocando boleros, más que olvidado de la gente. Lo mismo aparece cualquier día por ahí, pero mi madre ya me juró mil veces que no lo recibe, dado que en todo este tiempo ni una postal de muestra, cuanto más que las venezolanas, como todas las brasileñas, saben amarrar a los hombres con sambas y hechizos. Magia negra, me explicó mi madre, de esa que viene en los periódicos con los retratos de los brujos negros al lado, el profesor Kalumga, o el profesor Karamba, o el profesor Euá, una docena de ellos, que juntan personas, y tratan piedras del riñón con oraciones y danzas, muy serios y de corbata para subrayar la competencia. Por debajo de los nombres, las calles, normalmente del otro lado del Tajo, supongo que llenas de muñecos terribles atravesados por piernas de gallina, que alivian a la gente si no nos morimos antes de miedo, y ellos nos bailan alrededor, desnudos de cintura para arriba, disolviendo las piedras a gritos; cuando el vecino del piso de arriba grita, por ejemplo, a la mujer, mi madre ya me confesó que le hace bien a la gota, y el vecino de arriba no es Profesor ninguno, es jubilado de Compañía del Gas. Por tanto, volviendo al principio, con el fallecimiento de mi hermano, nuestra vida, la de mi madre y la mía, cambió. Ahora solo soy yo el que trabajo en la limpieza, y los fines de mes, a veces, son difíciles, pero, corvina más corvina menos, por ahí vamos aguantando, sin hablar en los desayunos de los domingos en el Centro Parroquial, que ayudan a equilibrar y, de vez en cuando, siendo necesario, una investigacioncita en los contenedores, donde hay siempre alguna cosita que aprovechar, restos de fruta, huesos de pollo, en una ocasión un bebé, pero eso ni pensarlo, pobres criaturas, cerramos la tapa y seguimos, debe haber muchísimos niños creciendo así aquí en el barrio, cuando crecen saltan fuera y comienzan a comerciar con drogas y a robar a los viejos a la salida de misa, que hoy en día la juventud ya no tiene educación ninguna y se ha ido perdiendo el poco respeto que había. Como acabaron con el autobús 32 y nadie es atropellado, las personas crecen como setas. Solo nos entristece que la muerte de mi hermano haya servido para eso, pero siempre vamos quitándole un anillo que otro a algún drogado que ronca en algún portal, y el señor Bienvenido, que negocia con oro, a veces nos da unas monedas por ellos, que la gente transforma en zanahorias en las casas de intercambio de mercancías. Zanahorias, cebollas, tomates, vitaminas diversas que nos prolongan la existencia. Claro que, con mi hermano por aquí, no lo necesitábamos, porque siempre ganaba un sueldo como auxiliar de canalizaciones, pero nos vamos manteniendo. Mi miedo es que los drogadictos cambien de barrio y deje de haber niños en los contenedores. Espero que no, porque este barrio es demasiado pobre para interesar a la policía y no es cosa de llenar los orfanatos del estado, sobre todo con lo cara que está la leche, sin mencionar la ropa, la educación, las vacunas, los chupetes, los pañales. ¿Para qué, si más tarde o más temprano emigran para Venezuela abandonando a las familias, como hizo mi padre? En todo caso, en la eventualidad de un retorno improbable, mi madre y yo tenemos una tranca colgada en la pared, junto a la puerta, y si por casualidad un viejo se aproxima, se va a llevar un palo en la cabeza, y se pondrá a gemir y a protestar a gritos,

—Soy yo Cacilda, soy yo, Cacilda

o sea, el nombre de mi madre, y desaparecerá insultándonos en venezolano, una lengua que los vecinos no entienden. A mí tanto me da, pero a mi madre es de esas personas que se quedan unos minutos en la solana murmurando

—Egidio

con un soplo de melancolía, y después se le sube una furia a la cabeza y tengo que agarrarla con fuerza antes de que se ponga a correr detrás del viejo dispuesta a estrangularlo; supongo que todavía está celosa porque toda la gente sabe que las mujeres son así.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Maximiliano

Vivía dos existencias, la del pan y la de las quimeras. Esta la hacía a veces tan espléndida y tal alta, que cuando caía de ella a la del pan, estaba todo molido y maltrecho



 (Maximiliano es un personaje que acabo de conocer en Fortunata y Jacinta)

domingo, 15 de marzo de 2015

El acordeoncito

Jacinta se entera por Ido del Sagrario de que el niño que tiene José Izquierdo recogido en su casa es un hijo de Fortunata y de su queridísimo Delfín. Este le ha relatado punto por punto su historia con Fortunata, de cómo la abandonó cuando ella le comunicó su estado, así que el cuento de Ido tiene visos de ser verídico. Hablando con Izquierdo, este, en medio del mareante y fantasioso relato de sus andanzas por todos los conatos de rebelión habido por la península, le cuenta que cuando recaló por Barcelona se cruzó con Fortunata. De ahí, dedujo Jacinta, se trajo el niño.
Por mediación de Guillermina, que aprovecha cualquier ocasión para arramblar una dádiva para su obra benéfica, arregla con Izquierdo la compra del niño. Todo ha sido hecho en secreto, aunque a punto ha estado de revelarle la operación a Juan en la intimidad de la alcoba. La primera en saberlo es su hermana Benigna, a cuya  casa lleva al niño mientras prepara a sus suegros y esposo. Después entera a Barbarita, la suegra, que en una primera instancia percibe claramente el parecido del niño con el Juanito de su edad, no cabe duda. Es tal su ilusión que no puede refrenarse en comprarle unas ropitas de marinero y un nacimiento. Pero luego, cuando Barbarita habla con Baldomero y éste se comunica, en conversación secreta, con Juanito, todo el entuerto es deshecho. Juanito se burla de la inocencia de Jacinta, pero no le reprocha nada más que su bondad. El niño no es suyo. Está seguro porque su hijo murió, él mismo vio el cuerpo. Y le relata con pelos y señales la historia.

La última conversación la tiene Jacinta con Baldomero. Este le comunica que el niño no puede quedarse en la casa, pero que desde luego se harán cargo de él. Lo enviarán al hospicio de Guillermina y le pagarán a esta todas las atenciones que hicieren falta. En un último arranque de sinceridad don Baldomero confiesa que también por un momento le hizo ilusión que el niño fuera hijo de Juanito, y para demostrarlo saca del armario un acordeoncito de juguete que pensaba regalarle. Ahí se queda don Baldomero sonando el triste acordeón, que escucha doña Barbarita entrando en el despacho. Le hace tanta gracia su sonido que se va con él sonando, con la intención de llevárselo lo antes posible al gamberrillo.