viernes, 24 de mayo de 2013

El tonto

¿No tienes a veces la sensación de que todos saben algo que tú no sabes. No de que te ocultan, sino, simplemente, que lo dan por sabido y nadie habla de ello pero todo el mundo lo asume en sus actos. Todos menos tú, claro, que notas que algo falla, pero eres incapaz de precisar qué. Y todos lo saben pero no te lo dicen, porque, cómo no vas a saberlo tú también, y si no obras en consecuencia, si obras mal, es porque quieres y entonces allá tú. Y así tienes la sensación de dar tumbos que se podrían corregir si supieras lo que ellos saben y tú no, y no tienes manera de averiguarlo porque si lo preguntas  todos piensan que bromeas o que te haces el tonto, o incluso ni siquiera sabrían explicártelo porque  es algo con lo que han vivido siempre y ni siquiera son conscientes de ello?
-No, ¿y tú?
-No, yo tampoco, era solo por iniciar un tema de conversación.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Una aventura sexual

Cuando venía de desayunar, pasé fumando por delante de una señora, unos setenta años o más, que se asomaba a la puerta de su casa, a pié de acera. La señora me llama, me detengo y retrocedo hasta ella. Me pide un cigarrillo. Saco la caja del bolsillo y extraigo uno que le ofrezco. Ella se lo lleva inmediatamente a los labios lo que me impele a buscar en el otro bolsillo el mechero. Se lo enciendo. Ella me mira fijamente. Yo sonrío con condescendencia, una cierta suficiencia jactanciosa desde mi juventud de casi cincuenta años frente a su ancianidad veinte años mayor. Pero su mirada es intimidatoria y bajo la vista. No dejo de percibir la turgencia de sus pechos que atribuí a alguna suerte de ingenio cosmético. Ella exhala una larga bocanada tras retirarse el cigarrillo de los labios y, sin apartar la mirada: –Gracias. ¿No querrías echar un polvo con una pobre vieja?. La propuesta me deja helado por un momento. Luego me recupero, y en un tono falsamente desenvuelto respondo: –Se lo agradezco, pero no estoy seguro de que mi cuerpo supiera responder adecuadamente. Y no crea que son prejuicios –miento, en realidad los tengo–, ya hace tiempo que se manifiestan los síntomas. Esta respuesta me situaba, creía yo, fuera de peligro, por lo que arriesgué en afinar más la explicación para dejar a salvo la dignidad de la mujer: –Como no sea que pueda usted proporcionarme una pastillita mágica, no podría cumplir... No me dejó terminar, se le iluminó el semblante que cambió a una expresión sorprendentemente infantil, creo que así puedo describirla: –¡Tengo!, mi marido, al morir, dejó toda una caja sin usar. No creo que hayan caducado en dos años. No supe qué decir, pero de pronto su rostro me pareció atractivo y la dureza de su mirada se había ablandado hasta un tono muy cercano a la súplica. Alguien en mí apartó al pusilánime hacia un lado y tomó a la señora por la cintura casi arrastrándola hacia la casa: –¡Pues vamos adentro!

martes, 21 de mayo de 2013

Mentiras



Pocas sensaciones más desagradables conozco que la de descubrir una mentira. Esa sensación de ver desaparecer todo un universo que te habías creado detrás de una falsa verdad y que te deja como desnudo -una desnudez metafísica si se quiere. Naturalmente, esto me ocurre cuando el asunto es relevante y me afecta directamente. Soy muy crédulo y generalmente aplico una máxima de indiferencia, en cuanto no tenga que ver conmigo no veo en que pueda afectarme una verdad o una mentira, así que si alguien afirma que es verdad yo me lo creo. Me contrapongo a quienes andan a la caza de una falsedad detrás de cada afirmación, les afecte o no, lo cual les toma un trabajo constante de estar poniéndolo todo en duda; agotador. En un cuento de Ray Bradbury un personaje se presentaba como Charles Dickens, y en verdad vestía con ropas anticuadas, y cargaba con libros y manuscritos. Pero la historia transcurría en una época en la que ya don Carlos hacía muchos años que había muerto. El muchacho presentaba al personaje a su abuelo, “Abuelo, este es Charles Dickens”, el abuelo, sin inmutarse estiraba la mano para apretar la del hombre y replicaba: “los amigos de Nicolas Nickleby(*) son mis amigos”. Esa es la actitud a la que me refiero. Sintéticamente el abuelo expuso en esa amigable frase, que no desconocía al célebre autor, ni su obra, y que probablemente estaba al tanto de su biografía, y que sin embargo aceptaba perfectamente que alguien tuviera el capricho de querer ser Charles Dickens. Al mismo tiempo preservaba con delicadeza la credulidad inocente del muchacho.

*Personaje de La vida y aventuras de Nicholas Nickleby de Charles Dickens

NOTA: Vaya, descubro que hay precisamente una película que desarrolla este cuento de Bradbury, y cuyo título es precisamente la expresión del abuelo: Any friend of Nicholas Nickelby is a friend of mine.

De castillos y cosas


Tú hablas de infierno y de horror y yo te hablo de flores y mariposas.

Yo estoy siempre tratando de entrar y tú haces desaparecer puertas.
En este baile que me traigo, yo asedio tu castillo y tú le prendes fuego desde dentro.
Cuando hay fiesta no se oyen mis llamadas, otras veces las ventanas permanecen oscuras, y el castillo parece abandonado, ni eco devuelve de mis gritos.
Hay días en que despierto y nada de esto es verdad, las ventanas están abiertas, hay flores en el alféizar, los gritos de los niños alegran el aire y hasta se oye la televisión. Son los menos, pero suceden. Es cuando único siento el impulso de marcharme.
Siempre me siento de sobra en la normalidad.