lunes, 24 de abril de 2017

Sobre la timidez

Es curioso lo que ronda entorno al asunto de la timidez.

Creo que la reticencia de una persona tímida a hablar con gente, sobre todo gente desconocida, tiene dos vertientes. Por un lado teme que le descubran nuevos defectos que él o ella no sabía que tuviera. Tal vez teme no conocerse lo suficiente y que los demás sepan más de ellos que ellos mismo, y que lo que sepan sea la parte mala. Así, los evitan para eludir la oportunidad de que se lo hagan saber.

Por otro lado temen defraudar las posibles expectativas que se hayan formado de ellos los demás. Así que se mantienen apartados sin mostrarse demasiado, sin comprometerse, lo que significa adoptar una estrategia del misterio antes que desvelar el fraude que son.

No todos los que se declaran tímidos lo son. Hay pues la timidez natural del ser humano, la que Gandhi, que estoy leyendo ahora su autobiografía, declara tener y la timidez patológica. La timidez de Gandhi no es más que timidez de novato, de recién ingresado y de prudente, pero luego, en sus actos demuestra una resolución absolutamente envidiable. En cambio, el tímido patológico es una persona encerrada dentro, sin el impulso, sin la resolución para salir –tal vez desactivada por la cobardía, pero también alimentada, esta inmovilidad, por las respuestas del cuerpo (el cuerpo más que el mundo, el cuerpo reaccionando pésimamente ante las respuestas del mundo) a experiencias pasadas de intentar salir; porque si uno no recibe recompensas sino esporádicamente, termina por dejar de actuar; si cada paso que da le significa un enorme esfuerzo cuando a su alrededor los demás actúan, en las mismas circunstancias, con perfecta indiferencia, termina por desalentarse–.

Claro que sale. Pero tan poquito a poco que para cuando empieza a notarse semejante a los otros, cuando empieza a creer que es uno entre todos, poco más o menos, ya han pasado todas las oportunidades y se encuentra viviendo en el páramo que llega después de haberse tomado todas las decisiones. Y, sobre todo, se encuentra con una construcción sobre sí mismo que le inhabilita para la resolución, para la acción, para el compromiso, ahora férreamente razonada tras largos años de autojustificación.

La pregunta constante es ¿soy tímido o soy simplemente cobarde? Y el tímido patológico siempre cree saber que la respuesta es la segunda, aunque se agarra a la posibilidad de la primera para no culparse demasiado. Pero se culpa, y eso le hace esconderse para ocultar esta verdad a los otros y ocultarse a sí mismo que los otros ya lo saben.

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Escribí este texto en primera persona y luego lo cambié a la tercera por vergüenza de que supieran que trataba de mí. Pero luego lo he releído y me he dicho que exagero, que las cosas no son, ni han sido, tan «patológicas» como de aquí se deja traslucir. Y luego me digo que lo digo porque he olvidado momentos verdaderamente «patológicos» del pasado, afortunadamente.  Y luego me digo que no importa una cosa u otra porque de todas maneras no voy a atreverme a publicar este texto. Y luego me digo que sí que me voy a atrever porque precisamente es uno de esos actos que yo nunca haría y que me he comprometido vagamente a hacer de vez en cuando si es que me atrevo. Y luego me digo, tranquilizadoramente, que no me voy a atrever. Y luego que sí. Y luego que no. Y ya ven, este es el tipo de estupideces que decía que para los demás resulta una somera estupidez y para los tímidos resulta de severa trascendencia.

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