lunes, 31 de agosto de 2026

La condición humana

 Esperar a que otros te digan cuándo puedes empezar o cuándo se ha terminado.

Esperar a que otros te digan que es bueno antes de decidirte a leerlo, o ver la película, o ir al teatro, o un restaurante.

Esperar a que otros te digan que es hermoso antes de valorar un cuadro o visitar un país extranjero o una provincia del país.

Esperar a que otros te digan quiénes son los buenos y quiénes son los malos, a quiénes tienes que odiar y con quiénes tienes que congraciarte, cuáles son los tuyos y cuáles los enemigos.

Esperar a que otros te digan qué es bueno para ti, y qué es malo

para no arriesgarte tú y, ¡horror!, equivocarte tu solo, ¡qué vergüenza!

Eso es lo que pensaban aquellas manadas de bisontes que, siguiendo al primero, se precipitaban todos al precipicio.

Mientras caían pensaban, "bueno, al menos no soy el único gilipollas".



Pero siempre hay una elección: a quién escuchamos. ¿Por qué la mayoría elegimos al más histriónico, al que más grita, al chulo del llavero y la camisa desabrochada hasta el ombligo, al del diente de oro?, ¿por qué la mayoría elegimos al que nos despreciaría como a un perro sucio si nos tropezara por la calle?



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