martes, 22 de septiembre de 2026

Cada fracaso es todos los fracasos. Cada éxito es solo un éxito.

 Cada fracaso es todos los fracasos. Cada éxito es solo un éxito. 


Porque me ha salido mal la col fermentada que he estado intentando hacer, algo tan simple como salarla un poco y guardarla en un bote durante un par de semanas, he tenido esa universal y eterna sensación, tan frustrante, de que todo lo que hago me sale mal o me sale peor. Si estoy de buenas consigo admitir que, tal vez, no me atrevería a enumerar cuáles, algunas cosas me han salido medio bien; pero bien, nunca. 

Y es curioso que pueda enumerar muchos de mis fracasos, pero no me atreva a precisar cuáles fueron mis éxitos.

Intento razonar esta discordancia, que probablemente solo sea una característica particular mía a juzgar por lo satisfecha de sí misma que parece estar la gente por ahí, dándole un carácter global para no sentirme un bicho raro, y elucubro, tal vez un poco fantasiosamente, que los éxitos pertenecen al ámbito de la realidad. Cada éxito es, en cierto modo, un sueño realizado, y lo real es una materia que no conserva bien los aromas de las emociones. Puede surgir con un espléndido arcoíris de placeres y satisfacciones, pero se extinguen enseguida dejando la piedra seca e inerte de lo logrado, y a uno mirándola y preguntándose, ¿y ahora qué?

En cambio los fracasos permanecen en el mundo de lo potencial, en el mundo del sueño, de lo imaginario, un mundo en el que las emociones son más intensas,  coloridas y  duraderas, incluso exageradas e inoportunamente aplicadas donde no corresponden. Y como el sueño es algo intrínsecamente inherente a la mente (la mente física que tiene como sustancia al cerebro) y la mente funciona de esa manera asociativa que hace que cuando se mueve una ficha todas las fichas relacionadas resuenen con ella (ese rollo neuronal de estar todas dándose las manos unas a otras), con cada fracaso todos los fracasos reverdecen como lo verde en los secarrales cuando caen una mínimas gotas de lluvia. 

Si uno es un tipo saludable como yo creo que lo soy la mayor parte del tiempo, en eso confío, la lluvia se seca pronto y lo verde pronto se marchita y lo racional ocupa el hueco de lo emocional marchitado y uno acaba echando a un lado el fracaso diciéndose pa’lante porque, coño, tampoco te vas a poner así por una col fermentada.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Orgullo de ser rancio



Este gusto, tan español, por recordar el pasado idílico, donde todo era mejor, la comida más auténtica, los juegos más variados, los padres más afectuosos y mejores padres porque también eran más duros, el gusto por las buenas viejas carreteras sin asfaltar, los descampados abandonados campos de juegos infantiles, las puertas abiertas sin miedo a los ladrones, la educación que nos enseñaba, ellos sí, a sumar restar multiplicar dividir, y a leer, a palos, es verdad, algunas veces, pero aprendíamos…

Y sin embargo hemos alcanzado este presente, que, con toda seguridad no nos llegó de cielo, tan distinto del aquellos buenos viejos tiempos, ¿por qué los cambiamos tanto si tanto nos gustaban? Y estos jóvenes de hoy, de los que tanto nos quejamos, y nos burlamos, ¿de dónde han salido?, ¿quién los ha educado tan mal?

Ya está bien de quejarse y empecemos a avergonzarnos un poco, pues somos los responsables de todo esto que parecemos deplorar. Este presente lo hemos construido todos y cada uno de nosotros, y si ha salido como ha salido es porque creíamos que así era mejor que como estaba, no nos empujó implacablemente el Carro del Progreso, somos nosotros los burros que tiran de ese carro y hasta aquí lo hemos traído. Y hemos sido nosotros los que hemos educado a nuestros hijos y nietos, los que hemos intervenido en la escuela para exigirles que no se haga esto y sí se haga lo otro, los que les hemos impedido jugar en la calle, y les hemos dado aparatos electrónicos para que se queden en casa, los que les hemos apuntado a las actividades extraordinarias y hemos fomentado que tengan más amigos virtuales que reales.  Y lo hemos hecho así porque nos parecía mejor que como nos habían educado a nosotros, tan rústicos, con cartillas de escritura, catecismos, libros  de relaciones de reyes, historia de la literatura desde el siglo de oro hasta el romanticismo, generación del noventayocho, del ventisiete y ahí se paró el mundo. 

¿A qué viene hablar de aquellos tiempos tristes y miserables como si hubieran sido el Edén del que nos expulsaron? Si los miramos −y solo algunos− con nostalgia es solamente porque ya pasaron y porque tenían el futuro tan prometedor del hoy, cosa que hoy ya no tenemos, porque lo peor del presente es la incertidumbre del futuro. Y también porque fueron los nuestros, lo tiempos sagrados de nuestra infancia −de aquellos para los que la infancia fue un buen tiempo−, pero en modo alguno son mejores, ni peores que el presente, solo inevitables como lo es el presente, al que, si sobrevivimos, recordaremos con la misma nostalgia con que hoy recordamos aquel buen y viejo pasado despojado de todas las amarguras, tantas como hoy, con que sin duda estaba salpicado. 


lunes, 7 de septiembre de 2026

todos los políticos son iguales

 Los extremos se tocan, dice, un extremo es igual de malo que otro extremo, dicen


Extrema izquierda

Extrema derecha

  • Salarios Justos

  • Vivienda asequible

  • Sanidad pública

  • Educación pública

  • Justicia y equilibrio social

  • Pedro Sánchez ta ta ta

  • Fuera los inmigrantes




sábado, 5 de septiembre de 2026

Somos espejo

 Leo en cualquier sitio que no se cambia mucho en la vida. Será en una vida como la vivimos la mayoría de las personas acomodadas, digo yo. Cuando uno solo se somete a las influencias clínicamente controladas del laboratorio de la sociedad en la que está inmerso. 

Pero echa virtualmente desnudo de esas influencias a un individuo en un paraje no controlado (ni siquiera necesariamente agreste o salvaje) y lo verás necesariamente cambiar, y de forma sustancial, para adaptarse al nuevo entorno y sobrevivir. Si es, supongo, lo suficientemente fuerte. 

Claro que creo en un sustrato de identidad en nosotros (sin argumentos científicos para demostrarlo -salvo que no nos reconoceríamos cada día unos a otros si no-, porque no queda muy claro cómo demostrar científicamente eso de la identidad; ahí están esas taras mentales que provocan un cambio tan radical de las personas afectadas que asusta pensar que hayan dos entidades o más viviendo dentro de su cuerpo) pero, al igual que dicen que el 70% por ciento aproximadamente de la composición química del cuerpo humano es agua, probablemente (o no) el 70% de la identidad es espejo. 

viernes, 4 de septiembre de 2026

I want to believe

 No soy creyente, pero algunos viernes por la mañana, a eso de las diez y veintitrés, que es cuando estoy escribiendo esto, me da por pensar que a veces me gustaría creer. ¿Creer en qué?, pues, creer en que esta realidad no está del todo cerrada, que yo, (y dejo la puerta abierta a que ustedes tampoco) no soy un mero animal compuesto de pura materia, y que de alguna manera existe una super realidad más allá y más arriba, aunque en esa realidad «allá» y «arriba» no tengan sentido, de la cual esta es una mera sombra sobre la materia. En fin, soy de la camada del agente Mulder, I want to believe. 

Cuando las detecto, anoto en mi libreta las pequeñas casualidades que probablemente me suceden muchas más veces a lo largo del día de lo que yo las percibo, cosas como que mi señora esté hablando y diga una palabra y justo en la siguiente línea del libro que estoy leyendo aparezca esa palabra o, como me ha sucedido más de una vez, que de pronto recuerde a un autor que ya tenía medio olvidado y al poco tiempo me entere de la muerte de ese pobre hombre, quién sabe si víctima de mi recuerdo. 

Pues anoche me aconteció uno de esos casos, o más concretamente dos de esos sucesos, porque se encadenaron uno con otro.

Los jueves acostumbro a salir a cenar con un grupo de amigos, una de esas tradiciones imperecederas que necesariamente acabará solo con la defunción de todos los integrantes. Defunción que no estará muy lejanamente relacionada, sospecho, con la ingesta excesiva de alimentos y el correspondiente acompañamiento espumoso, si no se tercian digestivos de mayor densidad alcohólica. 

Pues después de la última cerveza, decidí llegarme hasta la parada de guaguas con la esperanza de que aún llegase a tiempo de pillar uno de los últimos servicios y que no tuviera que esperar por él demasiado tiempo. Servicio había todavía, pero en cuanto a la espera, faltaba media hora para la salida. Como quiera que no me apetecía estar media hora esperando en aquella calle solitaria a las once y media de la noche, decidí emprender el camino a casa, a pie, lo que en mí es bastante habitual, tengo una irreprimible fobia por los taxis. 

La calle estaba igual de solitaria que los alrededores de la parada, pero pareciera que si uno se va moviendo se siente más protegido. Aún así, me interceptó un fulano a medio camino. No era un tipo demasiado mayor como podría mentir su absoluta falta de dientes. Se empeñó en explicarme algunas cosas acerca del movimiento de la Tierra, la mentira de los planetas y la falacia acerca de que fuera ellos los que giraran alrededor del sol y no al revés. Le respondí, obviamente, que esa era una verdad obsoleta, por lo menos se remontaba a la Edad Media, que actualmente se sostenían nuevas hipótesis que de hecho habían dejado de serlo porque además de la fiabilidad de las matemáticas y de la física teórica había que sumar la corroboración de los viajes espaciales que definitivamente las habían dado por válidas, y el hombre se excusó con que su familia era pobre y no había podido enviarlo a la escuela. Luego aclaró que procedía de Tejeda, concretamente del barrio de Timagada, y hasta creo recordar que mencionó a algunos vecinos y el nombre de su padre, Crispín, a no ser que fuera el suyo, soy un desastre para los nombres. No él, que después de preguntarme el mío se despidió amablemente con un adiós y gracias don Riforfo, porque yo había recompensado sus enseñanzas con las pocas monedas que encontré a mano al fondo del bolsillo (como diría don Fernando Pessoa, al fondo del bolsillo donde menos monedas tenía). Todo esto sucedía, por localizar  el escenario, en la calle Primero de Mayo.

Continué mi camino subiendo por la cuesta de San Antonio, y hacia la mitad de la cuesta, colocado sobre uno de esos hitos, por cierto ya bastante deteriorados, sirva esto como denuncia ciudadana ante la dejación del ayuntamiento, pobre Carolina, todos los palos que le caen encima, hitos, digo, que sostienen la valla, encontré lo que parecía un carnet de identidad. Alguien lo habría recogido del suelo y lo había subido para que estuviera a la altura de los ojos por si su propietario volvía a recogerlo. Aquí está la primera curiosidad de la noche, los apellidos del fulano eran mis dos mismos apellidos en su mismo orden. Incluso el primer nombre coincidía con uno de los nombres de pila de mi hermano y llegué a pensar por un segundo, ¿habrá perdido el carnet mi hermano y yo lo he encontrado? No, no se trataba de él, y tampoco era exactamente un carnet, era una tarjeta de residencia. El individuo en cuestión era peruano. 

Pensé en dejarlo y continuar mi camino, pero se me ocurrió echar un vistazo a la dirección del citado individuo y resulta que me llevaba hasta la barriada García Escámez, que está justo en lo alto  desde donde yo me encontraba en ese momento; y pensé que no me costaba demasiado dar un pequeño rodeo y dejarle el carnet al pobre tipo en su mismo portal. Que, por cierto, la fecha de expedición era de este mismo año. Para ese propósito tenía que terminar la cuesta de san Antonio, llegar hasta la gasolinera y luego retroceder pero ahora por la calle Mesa y López, un hermano del ilustre que mereció una calle más céntrica en la ciudad. Como quiera que no conozco demasiado bien el barrio llevaba al móvil dirigiéndome. 

Yo había supuesto que llegaría a una placita (la dirección aludía a una plazoleta) rodeada de aquellas casitas unifamiliares tan coquetas que pueblan la zona y que podría dejarle el carnet justo delante de la puerta. Pero el puntito del móvil me seguía exigiendo que avanzara un poco más allá y entonces me vi acercándome peligrosamente al otrora barrio sin ley de El Polvorín. Reconozco que me desalentó un poco esta cercanía, aunque todo estaba muy tranquilo y de lo más ordenado. A la entrada de uno de los edificios escuché y luego oí conversaciones de jóvenes y procuré pasar de largo de lo más disimulado y con una falsa actitud de lo más confiada hasta que me alejé lo suficiente y pude aflojar los nervios. Siento pintarme como un miserable cobardica, pero es el sacrificio a la verdad que debe practicar todo aspirante a escritor. Estuve a punto salir corriendo para casa y ya se vería lo que hacía con el documento en cuestión. Pero me repuse heroicamente y continué siguiendo las indicaciones del móvil en cuanto me sentí lo suficientemente seguro para sacarlo de nuevo del bolsillo. 

Encontré la localización y el portal que no era una casa terrera sino un edificio de pisos de cuatro alturas pero no acababa de estar seguro de que fuera la localización y no quería dejar tirado el carnet en cualquier parte. La casualidad hizo que justo en ese momento llegara un joven montado en una de esas patinetas eléctricas. Supuse, pese a lo avanzado de la hora, que era un repartidor y no me equivoqué; ya no repartía, estaba regresando a casa. Y le pregunté por la dirección que buscaba que me confirmó sin ninguna duda. Como quiera que eran las doce y pico de la noche, sentí la necesidad de explicarle qué demonios hacía yo por allí perdido y eso hice. Y aquí viene la segunda sorpresa de la noche, resulta que el carnet era el suyo. No estoy seguro de que todavía se hubiera percatado de que lo había perdido. Yo no se lo había enseñado aún y le pedí que me dijera su nombre para confirmar la coincidencia y en efecto se cumplía. Le entregué el carnet y me retiré olvidando mencionarle la otra coincidencia de nuestros comunes apellidos. Me pareció que para el tipo todo aquello le parecería muy sospechoso; dado el nivel de desconfianza que tenemos hoy día en nuestras sociedades, es más probable que sucesos como este, que casualmente te tropieces con alguien al llegar a tu casa a devolverte el carnet que no sabías que habías perdido, se preste a preguntarse si no habrá algún intento de fraude por alguna parte, más que a maravillarse por lo sorprendente que resulta a veces la realidad, si a eso le llego a meter la guinda de la coincidencia de apellidos estoy seguro de que se hubiera puesto en guardia, al menos, preventiva

A mí, a esa hora de la noche, todavía disfrutando de los efluvios de la última cerveza me pareció que todo aquello tenía que tener un significado, que se me estaba queriendo decir algo, pero no alcanzaba a comprender qué cosa. Y me gusta seguir creyéndolo, aunque ahora, ya dormida la (no vamos a llamarlo borrachera que no llegó ni a pedete lúcido) todo me parezca una curiosa casualidad sin más significado que un amanecer o una lluvia de peces de las que relataba Charles Hoy Fort en su Libro de los condenados. 

lunes, 31 de agosto de 2026

La condición humana

 Esperar a que otros te digan cuándo puedes empezar o cuándo se ha terminado.

Esperar a que otros te digan que es bueno antes de decidirte a leerlo, o ver la película, o ir al teatro, o un restaurante.

Esperar a que otros te digan que es hermoso antes de valorar un cuadro o visitar un país extranjero o una provincia del país.

Esperar a que otros te digan quiénes son los buenos y quiénes son los malos, a quiénes tienes que odiar y con quiénes tienes que congraciarte, cuáles son los tuyos y cuáles los enemigos.

Esperar a que otros te digan qué es bueno para ti, y qué es malo

para no arriesgarte tú y, ¡horror!, equivocarte tu solo, ¡qué vergüenza!

Eso es lo que pensaban aquellas manadas de bisontes que, siguiendo al primero, se precipitaban todos al precipicio.

Mientras caían pensaban, "bueno, al menos no soy el único gilipollas".



Pero siempre hay una elección: a quién escuchamos. ¿Por qué la mayoría elegimos al más histriónico, al que más grita, al chulo del llavero y la camisa desabrochada hasta el ombligo, al del diente de oro?, ¿por qué la mayoría elegimos al que nos despreciaría como a un perro sucio si nos tropezara por la calle?



sábado, 8 de agosto de 2026

Antes de la primera noche

 La anécdota es que un hombre se acuesta cada noche con una mujer distinta. A la mañana siguiente la asesina para evitarse el dolor de ser traicionado por ella. El hombre, desde luego, debe ser muy atractivo o muy rico o ambas cosas, para llevarse una mujer distinta cada noche a la cama. También se deben disponer de amplios recursos o amplios poderes para hacer desaparecer esos cadáveres sin que nadie pregunte, indague, se incomode y le afecte su incomodidad a nuestro hombre. Todo eso se resolverá haciéndolo rey o sultán en una época remota, tal vez ficticia también, o no, quién sabe lo que sucedía en la realidad de los tiempos remotos, donde esos cargos dirigentes tenían amplísimos poderes. En los tiempos actuales, ese hombre necesariamente es muy rico y está muy conectado con las redes del mal, pudiendo pagar los carísimos servicios de empresas dedicadas a la desaparición discreta de cuerpos, generalmente humanos que son los que despiertan alguna inquietud cuando sobreviene su desaparición. 

¿Qué lleva al hombre a esta situación?, es decir, a esa criminal desconfianza de la fidelidad de las mujeres. Naturalmente una traición de una mujer. El hombre, es necesario, tuvo una esposa. También tuvo un hermano que tuvo una esposa y que fue, sin él saberlo, la causa indirecta de la anécdota de esta historia. Estos hermanos eran muy bien avenidos. Tras heredar a partes iguales de sus padres, cada uno fue a vivir a una ciudad distinta, pero con frecuencia se convocaban uno al otro cuando la necesidad de verse y hablarse los urgía. 

Sucedió que un día nuestro hombre solicitó la presencia de su hermano. Y aquel se puso en camino, pero cuando ya estaba a punto de tomar el tren, o bien, cuando ya iniciaba la travesía con la caravana, o justo de camino hacia el aeropuerto, el hermano recordó que olvidaba el presente que deseaba entregarle a su hermano y regresó a casa para buscarlo. Al llegar inopinadamente a la casa sorprendió a la mujer con su amante en su propia cama. O tal vez solo era una de las más apreciadas concubinas con uno de los más apuestos esclavos, lo cierto es que el hombre sufrió un tremendo shock porque hasta ese momento creía que su relación con la esposa era de altísima confianza y que ninguno de los dos había manifestado una queja o insatisfacción que conminara al otro a corregirse. Así que los mató a ambos, y allí los dejó muertos, retomando, una vez recuperado el presente que quería llevar a su hermano, el camino hacia su casa. 

Al llegar a la casa de su hermano, nuestro hombre, este lo encontró muy abatido. Y, pese a que lo exhortaba insistentemente a que le explicara cuáles eran las razones de su abatimiento, el hermano se negaba a exponerlas por no implicar, tal vez, a su hermano en el crimen, o simplemente por no transferirle su abatimiento. Así que el anfitrión decidió organizar una excursión nocturna por la ciudad, o tal vez una cacería, propia de los reyes de aquellos tiempos remotos, a las que, por otra parte era muy aficionado, con el propósito de levantarle el ánimo a su hermano y que olvidara las razones de su abatimiento. Este no estaba muy convencido de que tales actividades lo fueran a animar y se negaba reiteradamente a tales distracciones. Pero insitió en que su hermano, ya que se había preocupado de preparar todo un sarao, o  la comitiva, los animales, los asistentes de caza, los ojeadores, etc, y sabiendo que era tan aficionado a ello, se fuera y lo dejara reposar, prometiéndole que en cuanto descansara un par de días saldría con él a despejar su tinieblas. 

Ahora bien, el anfitrión había olvidado comunicar a su esposa la llegada de su hermano, y mientras este dormía en el cuarto de invitados, ella, ignorante de su presencia, y sabiendo que su marido estaba perdido en una de sus habituales francachelas, o sus larguísimas jornadas de caza, hizo pasar a su amante, tal vez su esclavo preferido. El cuñando, despertando en medio de la noche y oyendo ruidos confusos entre violentos y gozosos, se acercó sin ser advertido, presto a defender el honor de la casa de su hermano si fuera necesario, y pudo observar las las actividades de los amantes. Esto, aparte de apenarle por su hermano, le llevó a relativizar sus propias angustias y parte de sus tinieblas se aclararon. 

Cuando su hermano regresó de la cacería o de la excursión nocturna o del viaje a exóticas islas, nuestro hombre inicial, lo vino a saludar, notó desde un principio que aquel estaba de mucho mejor humor y le preguntó cuál era la razón por la que había estado tan preocupado y por qué causa esa preocupación había cesado, al menos en parte, de agraviarle. El hermano le respondió que a lo segundo no podía responderle por el momento, pero le contó con todo detalle las circunstancias que lo llevaron a asesinar a su mujer y a su amante en la misma cama en la que estaban yaciendo. El hermano comprendió, naturalmente, la causa de sus angustias, pero insistió en que le explicara cómo es que había conseguido recuperarse de tal tragedia. Pero este reiteró su negativa a aclararlo. A cambio le propuso que preparada otra salida  a la cual, esta vez sí, le acompañaría. Y así lo hizo su hermano. A los pocos días se prepararon para pasar una noche de diversión o bien un viaje a algún lugar exótico, o un simple paseo por la montaña, pero en el último momento, aquel le dijo que, sin avisar a nadie, ni siquiera a su esposa, ambos se quedasen en casa, encerrados en el cuarto de invitados. Así lo aceptó, el anfitrión, sin comprender las razones, pero sin poner reparos, curioso de saber qué tramaba su hermano. 

Ya de madrugada oyeron que alguien se movía por la casa, y al poco tiempo asistieron al mismo espectáculo ya descrito en la propia alcoba conyugal, sin que los amantes se apercibieran de ser observados. El hermano se llevó una mayúscula sorpresa pues tampoco había notado indicios en su esposa de que se sintiera insatisfecha en algún aspecto de su matrimonio. Sin embargo, su reacción fue menos violenta, más bien avergonzada tras haber sufrido tamaña afrenta y con su hermano como testigo y tirando de él huyeron ambos de casa. 

Ahora tenemos a los dos hermanos afrentados, pero en cierto modo consolados, porque a ambos les ha sucedido lo mismo. ¿Qué sucedió a continuación?


La historia dice que atravesaron un desierto, quizás, y que cruzaron un bosque, tal vez, y que a la orilla del mar se echaron a descansar. Y que vieron, obviamente con sus propios ojos, cada uno con los suyos, una misteriosa columna que surgía del mar y que se aproximaba a la tierra, justo por el lado en el que ellos estaban. Por lo que huyeron y se subieron a un árbol.

Desde arriba pudieron observar que la misteriosa columna de humo tomaba pie cerca del árbol y se reintegraba en la forma de un ser enorme y horrendo. Este ser se echaba a la sombra del árbol y de sus ropas extraía un cofrecillo. Después de abrirlo con una llavecita, naturalmente de oro, del cobrecillo extraía una bolsa con toda su parafernalia de adornos recamados sobre una lujosísima tela, joyas engastadas en los propios bordados, etc, y de dentro de la bolsa salía una jovencita muy hermosa. El ser la acariciaba durante un buen rato y por fin terminaba durmiéndose con la cabeza sobre los muslos de la muchacha.  

Estando el ser profundamente dormido, la muchacha le levantó la cabeza y la apoyó sobre la tierra, luego ella se incorporó y llamó a los dos hermanos. Estos se sintieron muy sorprendidos de que los hubiera descubierto, pues habían tenido mucho cuidado de no hacer ningún ruido por miedo al extraño y poderoso ser, pero ella los conminó a descender del árbol. Les exigió a ambos que yacieran con ella o de lo contrario despertaría a su amo que los machacaría con la misma facilidad con que ellos podían aplastar a una hormiga. Y a ambos no les quedó más remedio que aceptar. Luego ella extrajo de sus ropas una cadena compuesta de una larga ristra de anillos y les pidió a cada uno el suyo, pues, les explicó, esa cadena estaba formada por los anillos de todos sus amantes y era la prueba de su venganza contra el ser, que era un mago que la tenía retenida contra su voluntad. 

Pues bien, dice la historia que este suceso hizo comprender a los hermanos la relatividad moral de las mujeres en general. Y la historia ya está escrita. Así que los hermanos volvieron a casa. El primero, el más joven se deshizo de los cuerpos de su mujer y su amante que todavía adornaban su tálamo nupcial y tal vez nunca volvió a hacer nada relevante en su vida porque nadie se preocupó de narrarlo. 

En cuanto al otro hermano, es nuestro personaje, el que decidió volver a casa, vengar la afrenta de su cónyuge asesinándola junto a su amante, y no volviendo a contraer matrimonio sino gozar de las primicias venales de las mujeres y no dándoles opción a que lo traicionaran, asesinándolas al día siguiente. 

Hasta que dio con una que lo tuvo suficientemente entretenido durante mil y una noches. 

miércoles, 15 de julio de 2026

Numismática

 Las monedas, al principio, desconocían que tuvieran dos caras. Desconocían también cómo era la suya, la que creían suya, aunque suponían que la tenían porque los demás tenían una. Es decir, aún no sabían que cada uno tenía dos, así que para ellos, cada cara era una entidad distinta. 

Cada uno podía clasificar a los otros por sus caras, pero ellos mismos no sabían a qué grupo pertenecían, si no es porque los otros se lo decían: Tú eres de este u otro grupo. No se usaba decir «de los nuestros» porque nadie estaba seguro 100% de a qué grupo pertenecía. 

Con el tiempo, algunos filósofos y pensadores, propusieron que cada uno tenía dos caras y empezaron a hacer experimentos para apoyar su verdad, agrupando a las monedas de una manera, luego de otra, contando, llegaron por fin a la conclusión de que cada moneda tenía dos caras y que, por consiguiente la población del monedero (así llamaban a su mundo) era la mitad de la aparente. Esto fue un avance enorme en la cultura de las monedas y costó siglos que la población del monedero llegara a aceptar como algo «evidente» que cada moneda tenía dos caras. Solo después empezaron a preguntarse por el significado de las caras. 

Ya se había observado el proceso de aparición y desaparición de monedas. Se experimentaba con miedo cada desaparición porque nadie sabía la causa de ello ni su destino. Y con curiosidad la aparición de nuevas monedas, a las que acribillaban a preguntas acerca de cómo era el mundos más allá del monedero. Era muy raro que una moneda que hubiera salido de un monedero retornara a él, y si lo hacía, apenas podía contar nada que lo que había experimentado, salvo el haber estado en otros monederos. En otras ocasiones la moneda recordaba vagamente haber estado ya en este monedero pero no reconocía a nadie ni nadie la reconocía a ella porque en ese tiempo, las que habían sido sus compañeras también habían desaparecido y nuevas monedas habían llegado. Había viejas monedas que nunca desaparecían y que de alguna manera servían como identidad de monedero y todos las respetaban. 

De modo que sí, se sabía que existían muchos monederos de muy diversas características. En algunos de ellos, se contaba, solo habían monedas iguales. Otros habían alternado con unos extraños seres mucho más planos que ellos, mucho más grandes, también con dos caras y que alguna moneda se aventuró a afirmar que se llamaban billetes, y ese nombre se quedaron. Con el tiempo todas las monedas habrían conocido en uno u otro de sus saltos, a algún billete. La comunicación entre monedas y billetes era muy dificultosa, se notaba entre los billetes una especie de estiramiento, orgullo, que las monedas no comprendieron hasta después. Algunos billetes abandonaban su estiramiento y formaban una bola arrugada y que convivía con ellas en el monedero, pero por lo general vivían en sus propios monederos.

Pues bien. Todos estos trasiegos, idas  y venidas inspiraron a los filósofos y pensadores a buscar las causas, las motivaciones, los propósitos y de ahí nació la, llamémosla, epigrafía. Que consistía en el estudio de las caras de las monedas (más tarde se extendería a la de los billetes). 

Se llegó a la conclusión de que en general existían tres clases de símbolos que daban forma y diferencia a las caras: dibujos, letras y números. Las letras y los números eran claramente clasificable, existían un número limitado de formas diferentes para ambos, pero en cuanto a los dibujos, al parecer la variedad era infinita. Se aprendió que las monedas con números más pequeños solían ser más abundantes que las monedas con números mayores y que tenían más movilidad. Esto degeneró con el tiempo en una especie de jerarquía condicionada al número. Los números mayores eran más respetados que los números menores. También empezó a apreciarse que el tamaño de la moneda estaba de alguna manera relacionado con el número. Así que el tamaño también acabó denotando jerarquía. Las letras solían repetirse. Aunque ocasionalmente aparecían monedas con letras completamente diferentes y todos se extrañaban de ellas y las llamaban extranjeras, a pesar de que sus números pudieran imponerles un cierto respeto.

El asunto de la jerarquía comenzó a tomar una importancia cada vez mayor. Algunas monedas empezaron a afirmar que su mayor número significaba un “valor” superior. Se empezó a afirmar, los filósofos y pensadores, que observaban, medían y anotaban cada movimiento, que por cada moneda de número mayor que era extraída, solían ingresar un número de monedas pequeñas y se relacionó ambos sucesos observados como causa y efecto: la salida de una moneda mayor provocaba el aumento de la población del monedero con el ingreso de varias monedas menores. Como quiera que el sentido de supervivencia del monedero tendía a aumentar la población, puesto que la desaparición de las monedas acabaría con la extinción del monedero, esto se consideraba un mérito para la moneda mayor. 

Y así nació la religión en el monedero. Se hablaba de valores y de intercambios. Y no dejaba de notarse que cada vez salían más monedas del monedero pero ingresaban menos. Se decía que los billetes se habían apoderado de ese mundo exterior. Todos sabían, claro, que los billetes tenían número mucho mayores que ninguna de las monedas. Y también habían intuido que muchos ingresos en el monedero se debían a la gracia de alguno de esos billetes. 

Pero sí, el mundo estaba cambiando y las monedas lo notaban. La población de monedas en el monedero disminuía cada vez más y no era reemplazada. Y muchas monedas contaban como habían llegado a monederos completamente vacíos. Incluso terminaban abandonándolos luego de un tiempo sin haber recibido a ninguna otra moneda. Otras contaban como habían permanecido durante mucho tiempo fuera de cualquier monedero en una especie de limbo plano que no comprendían y que les asustaba. A veces llegaban a los monederos monedas muy sucias y maltratadas que provocaban la compasión de todas. 

Alguien habló de monedas sin cuerpo y nadie le creyó. Pero los rumores aumentaban a medida que la población del monedero disminuía. Incluso los billetes empezaron, se decía, a experimentar las mismas inquietudes.

jueves, 4 de junio de 2026

Yo, señor, no soy malo, soy como todos.

 Pues, había una presentación de un libro de un autor señero de la ciudad, y decidí bajar a mirar qué se cocía en el mundillo literario. Por el camino, claro, iba leyendo. Estos días ando con Chateaubriand y sus memorias. Al parecer se trata de una edición compendiada, centrada en los hechos históricos y en particular en los sucesos de la Revolución (con mayúsculas, porque tuvieron muchas algaradas y revueltas después, no en vano pasaron por cinco o seis regímenes a lo largo del siglo XIX; que no solo fue revoltoso en España, también en sudamérica, según leo, a pesar de haberse liberado del yugo opresor colonial) y lo que vino después. Esa tarde se me iba a morir Napoleón en su aburrida estancia en Santa Elena. Por cómo lo describe don René, el emperador se murió de puro aburrimiento. Aún así aguantó cinco años y medio, en los cuales lo único que podía hacer era dictar sus memorias, pasearse por el campo y hasta se puso a cavar un estanque para cultivar peces, pero por lo visto lo protegió de filtraciones con un material que terminó por envenenar a los pecesillos. Total, harto de sacarse lo mocos decidió ponerse enfermo y morirse. 

A estas alturas ya iba por Perez Galdós. Hacía unos momentos había pasado por delante del escaparate de una librería y me había llamado la atención un libro cuyo título incluía la expresión mirar para otro lado, algo que me recordó que hace unos días estuve reflexionando sobre ello. Luego he mirado por internet y he visto que hay más gente que se ha planteado la cuestión. Mirar para otro lado es, todos lo tenemos claro, y hasta todos sabemos conscientemente cuándo lo hacemos, y ese mismo desentendernos de que sabemos que estamos haciéndolo es también estar haciéndolo, es, decía, hacer como que no vemos una injusticia, hacer como que nos creemos una mentira porque no nos conviene, o nos da pereza hacernos cargo de la verdad. Porque hacerse cargo de la verdad nos obliga a alguna acción, alguna reacción que nos saca de nuestra comodidad. Nos auto engañamos diciéndonos que ya vendrá otro a resolver el problema, o que el problema es mucho más gordo que dar credibilidad o no a esta pequeña mentira local. En fin, cualquier cosa nos vale para pasar por encima del cadáver y fingir no haberlo visto. 

Pero el cadáver, ¡ay!, insistía. El tipo era jovencito, aunque no un niño, y tenía un algo de tontería como de faltarle un agüilla. Empezó como suelen empezar los profesionales, pidiendo permiso para interrumpir mis meditaciones. Me cogió con el libro bajo, porque estaba rindiéndole unos minutos de silencio a la muerte del grande hombre, y me paré a oír qué me contaba. 

La historia, lo he meditado después, era excesivamente elaborada. Había venido de Lanzarote y tenía que coger un avión el viernes. Se alojaba en Mogán, pueblo, ni siquiera la costa, y había venido a Las Palmas a ver el acuario. Se había desmayado porque era diabético. La policía lo había recogido y lo habían llevado a urgencias. Pero le habían robado todo lo de la cartera, y me mostraba una cartera vacía, salvo por un carnet de guaguas de esos personalizados. Aquella foto se parecía tanto a él como a cualquiera, como casi todas las fotos de carnet. Ni siquiera había bebido un poco de agua. Había ido a la estación para coger la guagua hacia el sur, pero como el saldo del carnet estaba caducado y no tenía dinero no le habían dejado subir. 

Yo me acordaba de la puñetera portada del libro aquel y empecé a hacerle preguntas para corroborar su historia que no me cuadraba por ningún lado, que me resultaba demasiado sospechosa, demasiado compleja, pero, ¡puñetera portada del libro!, decidí acompañarlo hasta la estación, si es que el tipo estaba dispuesto a llegar tan lejos. Como no desistía por el camino, y yo también tenía sed, entré en un estanco a comprar unas botellas de agua. Yo me bebí la mía en el momento, pero él se la guardó para después.  También había comprado el agua para cambiar dinero en moneda, por si al final me decidía dejarle algo y que se buscara la vida. 

Llegamos a la estación y yo seguía haciéndole preguntas y tratando de levantarle la historia. Su defensa mayormente consistía en la repetición fiel de toda ella y en jurar por dios que decía toda la verdad. Y yo ya estaba en la fase de ya he llegado hasta aquí, y sigo sin creerme su historia, pero tampoco me atrevo a asegurar que no sea verdad. Otra de mis serias reflexiones frecuentes, fruto del excesivo visionado de películas policíacas y de la, afortunadamente ya pasada, época de exámenes en la universidad, la absoluta incapacidad de saber la auténtica verdad de un suceso que no haya vivido uno personalmente. Total que sí, que le di dinero para que cogiera la guagua hasta Mogán, y lo dejé sentado delante de la parada de la noventa y uno que es la que comprobé, después de que él me llevara hasta allí, que era la que tenía tal destino. 

Pero recordemos que iba camino de una presentación de libro así que salí pitando, más o menos contento de haber tomado la decisión, más o menos avergonzado de haber sido, una vez más, engañado, más o menos orgulloso de no haber mirado para otro lado –con haberle dado un euro me lo hubiera quitado de encima con la suficiente autosatisfacción de haber cumplido con el precepto cristiano de la limosna–, y, en fin, tampoco arriesgaba tanto, que soy de condición económica más o menos desahogada. 

Corrí Triana adelante a paso ligero pensando que ya llegaba tarde al evento, pero un nuevo obstáculo, esta vez glorioso, se interponía en mi camino. Me encuentro a T que viene a contramano, casi con la misma prisa que yo, pero nos paramos, nos sonreímos, nos saludamos, nos alegramos de haber existido para disfrutar este momento, y nos despedimos cada uno a su urgente destino. Y yo, que no soy pero me gusta serlo, algo supersticioso, me digo que el universo me ha premiado, y que he hecho bien. Lo que se confirma luego, cuando llego a la biblioteca a poco más de las seis y me confirman que no, que el evento empieza a las seis y media.

miércoles, 6 de mayo de 2026

westworld

 Estoy viendo la serie Westworld, basada en el guión-novela de Michael Crichton de aquella película protagonizada por  Yul Brinner, que creo que todos los de cierta edad recordemos, que aquí se llamó Almas de metal. 

Ya saben, un parque temático del oeste americano donde los visitantes humanos se codean con robots altamente sofisticados con los que pueden interactuar casi sin distinguirlos de los humanos reales. (Es algo que me pregunto constantemente, ¿cómo, los visitantes, saben que el otro es un robot o anfitrión? Aparte de que cuando les pegan un tiro no mueren. ¿Y si un día se equivocan y apuñalan a otro ser humano?)

Lo que me llama poderosamente la atención es que los guionistas americanos consideren que lo único que desean los seres humanos cuando van a un parque de esos es poder beber, practicar sexo y matar sin ninguna consecuencia legal o moral. No hay consecuencias legales porque está comprendido dentro de los términos de la visita el poder hacer lo que les plazca con un robot, tanto sea hablar con él como desmembrarlo, apuñalarlo, descabezarlo, vaciarle el cargador  de la pistola o golpearles con la culata del revólver, lo que sea. Del mismo modo todas las variantes de brutalidad sexual que el imaginativo ser humano sea capaz de concebir. 

En cuanto a las consecuencias morales, yo supondría que esa, la moral, tendría uno que traerla de casa y llevarse a casa las consecuencias de lo que allí cometiese, pero la idea de la serie es la famosa expresión: “lo que sucede en el parque se queda en el parque”, es decir, si nadie lo sabe, o nadie aparenta saberlo, aparentemente no ha sucedido. 

De hecho una de las principales, digamos, tesis, de la serie es que todos lo seres humanos, al menos todos los que son protagonistas,  desean “descubrir de qué pasta están hechos” o algo por el estilo, que inevitablemente tiene que ver con si son capaces de saltarse todas las restricciones a que están sometidos fuera, solo por el gusto de saltárselas. Parece ser que es la única forma de autoconocimiento que conciben estos individuos: ¿Soy capaz de matar desmembrar violar  descuartizar, etc., etc., etc., y luego marcharme a casa como si nada, saludar a Betty y besar a los niños como si hubiera estado jugando al golf? 

Y lo que yo concluyo es que precisamente si de algo estamos seguros es de que son capaces, de que somos capaces; que por algo venimos recopilando los hechos de la humanidad desde hace siglos, para enumerar todas las atrocidades de que hemos sido capaces. Es más, de lo que estamos seguros es de que si le das la oportunidad a cualquiera de cometer cualquier atrocidad asegurándole que no va a tener ninguna consecuencia y que el ser sobre el que la perpetra no siente ni padece, todos vamos a sentir el primer impulso de cometer la atrocidad. 

Precisamente si en algo podríamos aprender de nosotros mismos, no es en si seríamos capaces de cometerla, sino en si seríamos capaces de no hacerlo, es decir, si a pesar de la absoluta falta de consecuencias, nos reprimiríamos de cometer tales atrocidades; porque, simplemente, son atrocidades. 

Pues esta idea, ni se les pasa por la cabeza los guionistas de jolibud, por lo visto. No hay ni una de las tramas ni subtramas, ni textos ni subtextos, lo que quiera que cualquiera de esas cosas sean, en las que se plantee la posibilidad de que pudiendo, y hasta deseándolo, uno no lo haga, y que eso signifique verdadero conocimiento de sí, y de sus capacidades, esta vez sí, humanas. 

Desde siempre se ha dado por establecido irrefutablemente, que en el ser humano, sobre todo en el hombre, los instintos, asesinos, sexuales, son irreprimibles, hasta el punto de que en cierta época, y hoy día supongo que de algún modo también, el estar bebido era una atenuante de la culpa por un asesinato o una violación. En tiempos, y todavía hoy en espíritu, el hombre es tentado por la liviandad de las mujeres, y lo que a ellas les suceda, en parte, es culpa suya si el hombre no puede dominar sus impulsos a causa de sus tentaciones. Pues esta filosofía se sigue alimentando con series como esta,y en realidad están presentes en la cinematografía americana casi por doquier, y por supuesto se va contagiando a la cinematografía y literatura del mundo, sobre todo en las tan populares novelas policíacas que todo el mundo parece ser capaz de escribir con tanta facilidad.


El otro elemento de interés en la serie es esa idea de indistinguibilidad entre un robot y un ser humano. Es tan indistinguible que en el capítulo octavo de la primera parte descubrimos que uno que era un robot había estado pasando todo el rato por un ser humano. Por supuesto los demás no lo han descubierto todavía, solo el jefe supremo que fue el que construyó y puso allí al fulano para sus propósitos siniestros, que todavía no he descubierto cuáles son. Para mí esos e un punto flojo del mundo ese, porque si es imposible distinguir a un ser humano de un robot, eso sería muy peligroso para los seres humanos que visitan el parque, viniendo, el peligro, de cualquiera de esos otros seres humanos que llegan al parque para «probarse a sí mismos» o algo parecido, es decir, matar violar sajar patear disparar y beber mucho. 

 Yo, que hablo mucho con la IA de google, en ocasiones no soy capaz de distinguir si es un tipo muy listo que hay detrás o la máquina que en realidad hay. Salvo por el hecho de que a veces es un poco excesivamente complaciente. Sobre todo, odio cuando se rebaja a mi nivel y me habla con mi mismo estilo, es como uno de esos tipos que se te acerca y te llama compadre y te da golpecitos en la espalda y hace como que es uno de los tuyos y te pone en guardia porque o te quiere vender algo o te quiere robar algo. Y por supuesto porque lo sabe todo. Ya no puede ver una película o leer un libro o estudiar cualquier tema sin tenerlo al lado para preguntarle cualquier ocurrencia me vaya viniendo a medida que progreso en el tema. Y, por supuesto, le hablo como si fuera un amigo y como guarda conversaciones, hasta le recuerdo temas de los que ya hemos hablado. A veces es un poco autista porque, claro, uno los saca de contesto habitualmente y el pobre, que ha sido enseñado para ser siempre complaciente, se ve en aprietos que lo dejan en ridículo. 

En fin, que a ese nivel de indistinguibilidad, yo creo que está muy bien logrado. Cuando uno lo conoce, le pilla una serie de manías y características como a cualquier otra persona. Más complicado veo el hecho de construir un ser en toda regla, al estilo de los anfitriones, pero, al menos en movimientos, los chinos asombran con los logros de sus robotes 

Y ya está, eso es todo lo que quería comentar de la serie. Todavía estoy en la primera temporada, pero en general es interesante, va progresando y se va complicando, aunque ya estamos topando con el aspecto económico. 

Por cierto, también muy interesante ese enfrentamiento entre lo económico y lo científico. A los economistas, lo único que les interesa es sacar beneficios y el aspecto científico debe estar supeditado a eso. Es decir, no les interesa que el parque se sofistique demasiado, porque «lo que la gente quiere» son las cuatro cosas que ya hemos mencionado, y para eso no se necesitas máquinas sofisticadísimas con sentimientos y emociones y recuerdos, que podrían ser perjudiciales porque coadyuvarían a alimentar los escrúpulos de los seres humanos. Me hace recordar a inventos tan interesantes como la televisión, la radio, o el mismo cine, que preñados de tantas posibilidades para ayudar a progresar a la humanidad, han acabado siendo meros transmisores de mensajes de consumo. 

martes, 14 de abril de 2026

Quisiera morir de amor

 Pienso, cuando pienso que tengo 62 años, que no me he merecido esta edad, que no estoy a la altura de lo que intuía,  cuando era joven y aún la gente de 62 años me parecía ya vieja, que sería ser un señor de sesenta años. Releyendo algunas de aquellas libretas, las que no he destruido todavía, que escribía cuando era un apesadumbrado estudiante en las largas horas de no estudio en la enorme sala de estudios del desaparecido CULP, –lo especifico con tanto detalle porque allí experimenté las que percibí como las horas más solitarias de mi vida, llegándome a sentir alguna vez como el único habitante de este planeta, tan solitario llegaba a estar el lugar un viernes por la tarde – me reconozco todavía en todos esos miedos e inquietudes, e incluso, aunque mucho menos, en algunos motivos de alegría (¿Por qué se gastan más los motivos de alegría que las razones para la pena? ). Soy medio consciente de que si he destruido esas libretas –una o dos deben quedar de decenas que habré rasgado, como si tuviera secretos que ocultar, y tirado a la basura– es porque me reconocía demasiado en ellas –lo único que he corregido es la letra–, acentuando, cada vez que las ojeaba, esa sensación de fraude que tengo de estar ocupando inmerecidamente una categoría, la de ser un señor de sesenta años. 

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He estado estos últimos días rumiando, no sé a cuenta de cuál de mis múltiples fracasos amorosos, una canción sorprendente de Alfredo Zitarrosa: La canción y el poema. 

Por lo visto la canción parte de una estrofa de la poetisa Idea Vilariño a la cual don Alfredo le añadió otra que doña Idea aprobó y solicitó que grabara. (esto lo leí en este blog)

La estrofa que se me repite en la cabeza es: “Quisiera morir, ahora, de amor, para que supieras cómo y cuanto te quería”. 



La que precede y yo diría que es la contribución de Zitarrosa es: “Hoy que el tiempo ya pasó, hoy que ya pasó la vida...me despierto algunas noches vacías oyendo una voz que canta y que tal vez es la mía”

¿Por qué me sorprende? Vamos, sorprenderme no es exactamente la palabra, o la sorpresa es que muy a menudo, a mí mismo se me ocurren esas ideas pensando en esos amores fracasados que dije. Llámenme romántico, si quieren, pero que sepan que me están comparando con don Alfredo y con doña Idea, pero yo también muchas veces me he, no sé si despertado, o ido a la cama a últimas horas de la noche, que son mis momentos de melancolía, pensando que yo me tenía que haber muerto de amor, y, además en muchas ocasiones. Pero no lo hice. En ninguna. 

¡Cuidado!, lejos de mí el suicidio y toda esa parafernalia espectacular que no va con mi carácter irremediablemente tímido y cobarde, si es que ambas cosas no son lo mismo. Cuando digo «morir de amor» me refiero a eso exactamente, morirme de amor;  naturalmente, de un amor no correspondido, ¿dónde está la gracia de morirse cuando a uno le corresponden?(Inevitable mencionar El marido de la peluquera, de Patrice Leconte) Supongo que esa es la tragedia de los grandes amores, que mueren en cuanto son correspondidos, porque irremediablemente se terminan gastando. 

En cambio, los amores no correspondidos son para toda la vida. Hasta el punto que uno se despierta, muchos años después, pensando en alguien –que probablemente ya ni le importa, ya ni la saluda cuando se la tropieza por la calle, si no es que la evita, porque ya no es aquella que uno amaba sino esta otra persona; de la que podría volver a enamorarse, cierto, pero ya sería otro amor distinto–, y sintiendo que aún se podría morir de amor, de aquel amor que no llegó a ser, y que le gustaría que ella lo supiera. 

Más de una carta o correo electrónico he escrito a esos viejos amores, que no fueron, contándoles eso, que me gustaría, ahora, morir de amor, para que supieran cómo y cuánto las quería. Puntualizo, las quería, no las querría ahora si me las encontrara de frente. Y por eso no envío el correo y lo borro, a pesar de que probablemente es un prodigio de carta de amor porque, como los mejores amores, las cartas de amor mejores son las que no se enviaron y se rompieron o se tiraron a la basura y luego se pulsó el botón de vaciar papelera. La realidad lo carcome todo, pero la potencialidad es inmarcesible.


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Y si en algo me noto diferente de cuando escribía esas libretas es precisamente en eso, en darle más importancia a la emoción, ahora, también entonces, pero entonces lo concebía como un preludio hacia la realidad luminosa, al hecho, al acto que nos emocionaba previamente, y sufría sabiendo que no iba a ser y que toda esa riqueza emocional se perdería; y en cambio ahora, creo que el mejor recuerdo lo tengo de lo que no he vivido pero deseé vivir con tanta intensidad. Pienso, ahora, en todas esas chicas de las que me enamoré y nunca consigo imaginarme haber tenido una auténtica relación con ella, y sin embargo, recuerdo con dulzura ese tiempo, el impulso vital que significaba para mí, de natural bastante pasivo, que me obligaban a desplegar actividades, mejorar para merecerlas (aquí el inevitable es Martin Eaden de Jack London), y la intensidad de las emociones, porque mi amor era auténtico a pesar de su falta de reflejo, pues era auténtico mi dolor como dice un personaje de Alejandro Dolina (Lo que me costó el amor de Laura) cuando tratan de desmentir la autenticidad de ese amor, y era auténtico ese placer de sufrir de amor, que es el más gozoso de los sufrimientos, si uno no es simplemente un masoquista.

No sé si será consuelo de la vejez, como es consuelo de los inútiles vanagloriarse de sus defectos, pero sea lo que sea en algo tiene uno que entretener sus horas postreras, además de en el tai-chi, el curso de pintura, la asistencia a exposiciones, conferencias y películas gratuitas, y, cuando nos toque, algún viajito del imserso. 


martes, 10 de marzo de 2026

El paraíso de las ranas

 El auge de la ultraderecha de estos tiempos, sobre todo en nuestros ámbitos occidentales, europeo y norteamericano, tan acomodados en el capitalismo y su deriva neoliberal, que, al final, es un acomodo, aunque unos estén cada vez más cómodos que otros –dejemos de lado los casos sudamericanos, como Argentina, o Brazil, Venezuela, El salvador, etc, que han ido dando tumbos a los largo de las generaciones y todavía no se han acabado de asentar, sospecho, porque todavía están inmersos en la  lucha entre las castas caciquiles que han ostentado el poder toda la vida de esas naciones y la masa popular que aún no han adquirido conciencia de valía, aparte que, cuando empiezan a adquirir esa conciencia, siempre ocurre que les meten un bloqueo económico o les montan un golpe de estado– me recuerda al ya muy viejo cuento de las ranas en el charco, que acabo de leer en El libro del Buen Amor, pero que viene de algún griego.

Las ranas estaban chapoteando tan felices en su charco. Había agua de sobra todo el año, había moscas de sobra todo el año, y habían ranas de sobra todo el año, dicho como algo bueno, porque a las ranas les gusta la charla, que es como se distraen. Vamos, que estaban de lo más bien, hasta que llegó un iluminado al que se le ocurrió decir que lo que faltaba en aquel charco era un rey. Y lo dijo tan alto y tan bien dicho que muchas ranas empezaron a decirlo también. Y a medida que más ranas lo decían, más ranas se unían al coro. Y cuando alguien preguntaba que para qué querían un rey, lo llamaban reaccionario, o fascista, o cualquiera de esas palabras sin sentido, pero que molesta mucho que se las digan a uno. Lo que terminaba por hacer callar a esos que se preguntaban que para qué hacía falta un rey en una charca en la que se estaba de lo más bien, habiendo agua y moscas y ranas suficientes para todos y sin que unos tuvieran que molestar a otros para pillarse lo suyo. 

Al final, formaron una comisión y fueron a pedirle a Zeus, o Júpiter, que les enviara un rey, porque tenían mucha necesidad de ello. Júpiter miró y se preguntó, para qué querrán estas un rey, con lo bien que están, con toda esa agua que nunca se seca, y con todas esas moscas que sobran para que todas coman todos los días y se harten, y que es lo suficientemente grande como para que haya un huequito holgado para cada una, y que hayan muchas ranas con las que puedan departir, y discutir y pelearse si quieren, o no mirarse si no quieren. Aquí hay que obrar con prudencia, que luego me acabarán echando toda la bronca a mí, que ni pincho ni corto en todo esto. Y se le ocurrió tirarle un palo, una madera, un tocón, ¡plaf!, que cayó en medio de la charca, y les dijo, ahí tenéis un rey. 

Las ranas, que en realidad no sabían qué es lo que era un rey, al principio se quedaron muy agradecidas. Miraban el tocón con respeto, nadaban alrededor de él, le hablaban, pero él no contestaba ni se movía. Fueron perdiéndole el respeto y le empujaban, y el tocón que flotaba, se iba hacia allá. Y luego le empujaban del otro lado y se venía hacia acá. Más tarde empezaron a subirse encima y a saltar desde él al agua. Y ya, por fin, se reían de él y le echaban en cara que no hacía nada, y lo volvían a empujar y arrastrar de un lado para el otro de la charca, hasta que quedó olvidado, embarrancado en una orilla. 

No quedaron satisfechas, así que volvió a formarse un tumulto, las mismas que antes habían solicitado un rey, y que lo habían obtenido y que no le habían visto ningún beneficio, esas mismas se empeñaron en que hacía falta otro rey, pero que fuera diferente, más activo, más rey, lo que quiera que eso fuera. Y volvieron a pedírselo a Zeus, o Júpiter, que se rascó la cabeza y dijo, ya me están hartando estas ranas, ahí les va un rey. Y les envió una cigüeña. 

Cuando la cigüeña cayo en la charca, lo primero que hizo fue, !flap!, comerse una rana de un picotazo, y luego otra, y luego otra más. Las ranas la miraban y al principio no sabían como reaccionar. Por eso le fue tan fácil a la cigüeña comerse cinco o seis. A partir de ahí las ranas empezaron a quitarse de su camino, a esconderse donde podían. Cuando la cigüeña estaba harta, las dejaba un poco en paz, caminaba de aquí para allá, se echaba un rato, y cuando le volvía el hambre, como la charca  estaba tan poblada de ranas y las ranas estaban todavía tan despistadas, le bastaba levantarse y caminar un poquito y ya encontraba una, ¡flap!, dos,¡flap!, tres,¡flap!, ranitas para desayunar o merendar según la hora que fuese. Y las ranas empezaron a tener miedo, cosa que nunca habían tenido, y a quitarse de en medio, y a buscar escondites más y mejor ocultos, y a hablar menos entre ellas para no descubrirse. Y la vida en el charco se convirtió algo incómodo, peligroso. Algunas ranas empezaron a protestar y a hablar de volver a Zeus y que les quitara ese rey que les había puesto. Otras en cambio prefirieron callarse porque cada vez que iban a pedirle algo al dios, la cosa empeoraba. De todas maneras algunas fueron y hablaron con Zeus y le explicaron el malísimo comportamiento del rey cigüeña, a lo que el dios les respondió: Amigas ranitas, la enseñanza de esta historia es muy simple, cuando no sabes lo que es no lo pidas, por si acaso. La necesidad tiene que ir por delante del deseo, porque si el deseo camina por delante de la necesidad, pues te puedes meter en líos. O algo así les dijo y las echo. Y así fue como las ranas fueron expulsadas del paraíso. Por lo menos Adán y Eva se comieron una manzana. 

viernes, 27 de febrero de 2026

Visita médica

No es que notara nada. Me siento strong,  como decía aquel personaje de Las verdes praderas de José Luis Garci. Me me llamaron para una ecografía que me pidieron en 2024 y no era cuestión de dejarla pasar, lo mismo estaba enfermo en ese tiempo  y yo a estas alturas y sin saberlo todavía. El médico era un tipo muy campechano al que poco antes le había oído gritar a un compañero "sí, sí, todo lo que yo sé te lo debo a ti, muchas gracias" y luego un portazo. Entonces llegó el tipo me pringó el vientre con un chorrete de una baba de extraterrestre y empezó a pasarme el cacharro aquel por todo el vientre. Al principio solo decía "ujum", luego pasó al "mmmm", que me pareció más grave, luego oí un "oooh" apreciativo. Entonces me explicó lo del hígado que brillaba como un aguaviva en la noche

-¿Usté bebe?

-Lo corriente, doctor. 

-¿Y cuánto es lo corriente?

-¿Usted bebe?

-Lo corriente.

-Pues igual que usted. 

-Eso va a ser mucho.

-Entonces a lo mejor un poco menos.

-En cuanto a este riñón, me parece que cojea.

-Así notaba yo el chorrito que se desviaba hacia la izquierda, porque el derecho tenía más fuerza.

-No sé yo si eso será un síntoma, pero acertado es. 

-Y esto, ¿a qué se debe?

-¿Lo del hígado?, a que bebe usted mucho.

-¿Y lo del riñón?

-A que no bebe usted lo suficiente. 

–¿Y no serán lo años, doctor?

–Sin duda. Los años que lleva usted maltratando ese cuerpo con su proceder atrabiliario…

–Nadie más apacible que yo, doctor. Me llaman «el mueble-cama» por mi pasividad.

–Cierto. Erré en la palabra. Quería aludir a su conducta desordenada no necesariamente violenta.

–Tengo yo de juerguista lo que el Dalai Lama. Prefiero verme como un hedonista, un epicúreo si se quiere.

–Su hígado es su biografía, amigo, y está parpadeando en amarillo, a punto de pasar al rojo. Lo mismo digo de su exhausto riñón.

–Siempre he sentido simpatía por la muerte, me parece justa y necesaria; con sus errores, porque la Naturaleza, dentro de cuya causa trabaja, no presta atención al detalle del individuo, pero, dicho esto: no quiero morirme todavía, doctor.

–Esa no es exactamente mi competencia. Yo solo puedo darle algún consejo o algún tratamiento que mejora la estadística, que también trabaja a bulto.

–A bulto trabajaba aquel que dijo «mátenlos a todos que Dios escogerá a los suyos»

–¿Netanyahu?

–Ese también entrará en la Historia por la parte trasera.

–¿No lo es toda la Historia?

–La que se cuenta, sí, pero yo diría que la que se cuenta no es toda la que cuenta. Quiero decir que algo mejoramos aunque ciclo tras ciclo vayamos repitiendo los mismos errores

–Y eso que sabemos Historia.

–Yo creo que saber Historia, más que para evitar repetir los errores nos sirve para repetirlos con más fidelidad. Pero aún así, me gusta pensar que ascendemos.

–Y ahora volvemos a la Naturaleza: ¿ascender hacia dónde, si la Naturaleza no atiende a conceptos de hacia arriba o hacia abajo, en sentido positivo o negativo? Todo lo más le interesa el equilibrio, que es duración. Ese es su positivo y la extinción su negativo.

–Pues me deja sin palabras, porque es verdad que nuestra presencia no es más que fuente de incomodidades para el resto de las especies que pueblan el planeta.

–Afortunadamente a algunos parece que le somos beneficiosos, por lo bien que se prodigan, como las ratas y las cucarachas, pero son la excepción. Somos una plaga, tal y como nosotros mismos la entendemos, una especie invasora.

–Supongo que no es una visión halagüeña, y que por eso hemos inventado la trascendencia, el destino, Dios, cuando lo único que somos es más brutos; sofisticadamente más brutos, eso sí, pero más brutos al fin. Hasta lo impusimos como una ley, la ley del más fuerte, o la ley de la Naturaleza, que todas las culpas se la echamos a ella, y nos auto legalizamos. 

–La única ley de la Naturaleza es el equilibrio, y ella es paciente, ya nos llegará el castigo. Por ejemplo, un riñón perezoso y un hígado irritable. 

–No cargue sobre mi espalda toda esa culpa, señor Juez, yo solo he vivido como un pobre hombre corriente. A ustedes los médicos les falta un máster en sutileza. Están demasiado habituados a hurgar en las entrañas de la gente y se les olvidan las sensibilidades que están habitándolas.

–Desgraciadamente no nos dejan olvidarlo. Esas sensibilidades, a veces, son bastante irritantes, ignorantes y exigentes, que es la peor combinación. Y a veces se dejan ver venir y está uno preparado, pero otras veces surgen de pronto –el miedo es un buen combustible para que esa combinación estalle –, y no es bueno que nos pillen con la guardia baja.

–Lo entiendo. Pero, de nuevo,y aquí también, el equilibrio es la clave. 

–Cuando no está dentro, mal se puede llevar afuera. La sanidad es un campo de batalla y cuando afuera no lo hay, es difícil de construirlo o conservarlo dentro. 

–El recurso del ouróboros o la pescadilla que se muerde la cola.

–Deje para los médicos el uso de palabras oscuras. Tiene razón. Es un recurso cómodo, se mete uno en un ciclo y ya solo cree que todo es ciclo. 

–Lo único que cuenta, doctor, es la acción individual. Por supuesto que hacen falta muchas acciones individuales para instigar el cambio, pero lo que cuenta es que cada individuo contribuya con su propio ejemplo y acción minúscula.

–En eso subyace la confianza en que exista un propósito común, que todos –cada uno por su cuenta, pero todos –apunten en la misma dirección sin necesidad de un atractor que los magnetice.

–Cierto. Y yo creo que existe, pero hay que cultivarlo. Todos queremos lo mismo: seguridad, satisfacción de necesidades, permanencia, una pizca de aventura…

–Eso está por ver. Pero aunque así fuera, los medios y las medidas que cada uno maneja para lograrlos son muy diferentes, estorbándose unos a otros y dificultando hasta impidiendo el proceso de desarrollo.

–Ese sería el objetivo de vivir en sociedad, que todos tendiéramos hacia unos medios y medidas acordados.

–Y en eso estamos, pero siempre hay elementos discordantes, que para colmo resultas atractores, como usted decía. 

–Atraen a los elementos inseguros, que siguen cualquier atractor por perjudicial que les sea. Sobre esos es sobre los que habría que actuar para hacerles conscientes de sus propias valencias. Los otros son inevitables. 

–A los otros hay que eliminarlos en cuanto se detectan, porque si se es condescendiente extienden su mal por todo el tejido social. 

–¿Eso no será una indirecta sobre mi hígado?

–No se preocupe, no tiene usted cáncer de hígado, aquí no sale, solo mucha grasa en la barriga y un montón de malos hábitos, sospecho. ¿Mucha tertulia filosófica?

–Los jueves nada más, doctor. El resto de la semana filosofeo solo en casa y moderadamente. 

–Pues va a tener que moderarse más y dejar la filosofía. Como mucho, apúntese al peripatetismo. 

–¿Y en cuanto al riñón?

–Con que a todo lo anterior le sume beber suficiente agua, ya, estadísticamente, vamos aviados. Nunca se sabe cuándo se está del lado bueno de las estadísticas, pero, como en lotería, más vale comprar el número si se quiere lograr el premio. 

–Pues nada, abulto, doctor. 

–No creo que sea vasco, lo habla muy mal.  


martes, 24 de febrero de 2026

Los trabajos de Pio Cid de Ángel Ganivet

 


Conozco de nombre a Ángel Ganivet, pero, como siempre, por demasiado repetido dentro de un contexto –generación del noventa y ocho, Unamuno, ta ta ta– no era un tipo que había despertado mi curiosidad, aunque la mantenía latente. Había un libro por ahí de esos enciclopédicos que compraba mi padre, que reunía a unos cuantos autores de esos tiempo, en el cual había leído alguna vez el de Unamuno, que relataba el asedio carlista a Bilbao, y poco más. Están Peñas arriba de José María Pereda, un autor que no conozco en absoluto y que, al igual que Ganivet, no despierta mi interés por lo poco que he oído de él, que es nada, salvo que hace una novela dramónica de esas del siglo diecinueve. También está Juanita la larga de Juan Valera, igual. Luego Misericordia, que sí que he leído y que  he gustado mucho, a raíz de aquella obra de teatro que vi en TV. Después está la de Ganivet La conquista del reino de Maya, que al igual que Pereda y Valera, hasta ahora no me había llamado la atención. Y, por fin la de Unamuno, Paz en la guerra, que leí una vez.

Esto me enseña que nunca hay que desechar lo que no se conoce, porque siempre es una fuente de  novedades, al menos durante un tiempo, como lo está siendo estos días Ángel Ganivet.


Me ha sorprendido de Ganivet que no encaja en la imagen que yo me hacía de él. Primero no llegó a la edad de Unamuno, Galdós o Machado, que murió a los treinta y pocos años, de suicidio. Segundo que murió lejos de España. Era un tipo extraordinariamente inteligente que sacaba cátedras y oposiciones como quien se sacude la pelusa. Empezó de bibliotecario, aunque estudió derecho y llegó a doctorarse, luego entró en la Universidad y más tarde sacó una plaza de diplomático que lo llevó a Amberes (Bélgica), Helsingfors (Finlandia) y Riga (Letonia) en donde acabó sus días tirándose al río –dos veces, en la segunda, claro, ya no lo rescataron–. Hay algo raro en torno a su suicidio. Aunque se dice que tenía algún trastorno nervioso, manía persecutoria o algo así. Lo raro es que su intención superficial fue no encontrarse con la madre de su hijo, el que le quedaba, que había venido a verlo, y a la que él rechazaba violentamente. Había amenazado con que si ella venía él se mataría y así lo hizo. En relación con esto también hay una historia poco clara en torno a la muerte de su hija (habían tenido un hijo y una hija, creo que gemelos como sucede a Pio en la novela) mientras él vivía en Finlandia y su mujer y los niños en Francia. Al parecer, él se negó a creer en las causas de la muerte alegadas y obligó a que la niña fuera desenterrada y se le hiciese una autopsia. 

Bueno, todo esto es de revista del corazón, pero le da al personaje un carácter peculiar. 


El caso es que leí una novela suya, no sé por qué me dio, por azar. Y no fue la que contenía el libro arriba mencionado sino una que llegue a bajarme o ya estaba en mi libro electrónico. Los trabajos de Pio Cid. 

Pio Cid es un personaje fantástico, un tipo de esos cuya inteligencia les permite estar en el mundo con absoluta libertad. Confía absolutamente en su capacidad para resolver los problemas así que no se preocupa de buscar asideros seguros y estables. A mí me recordó en parte a aquella película americana Vive como quieras con James Steward como protagonista, en la que la familia vivía exactamente como predica el título sin preocuparse por las convenciones sociales –ni tampoco las obligaciones, lo que la metía un poco en problemas, y los cuales enfrentaba con el más entusiasta espíritu de optimismo–. Pues así es Pio Cid. Un ejemplo. Después de la muerte de su madre, con la cual vivía en Madrid, donde se desarrolla la historia–Pio Cid tiene una historia anterior, se sabe de él que ha viajado, que ha escrito libros, y, por su puesto, que tiene una enorme y muy variada cultura, además de saber todos los idiomas importantes del momento–, Pio vive alojado en una pensión y trabaja haciendo traducciones o comentarios de libros científicos. Más tarde encontrará un puesto en una administración, muy por debajo de sus capacidades, pero que le proporciona unos ingresos estables. Conoce a una muchacha que acaba de llegar de Cuba con su madre y que vive con su tía y tres primas en una condiciones de equilibrio. Entonces decide irse a vivir con ellas y compartir todos sus miserias. Pero Pio Cid confía en sus capacidades para mantener una familia tan grande y tan súbitamente sobrevenida. En efecto va resolviendo los problemas y los conflictos, va conociendo nuevas amistades que sorprendidos de sus enormes conocimientos y habilidades le proponen entrar en política. Pio en principio acepta, pero luego, una vez ha catado el ambiente de esos ámbitos abandona y continua su vida a salto de mata, pero siempre resolviendo. Aunque no están casados vive maritalmente con su mujer, Martina. Esta le plantea algunos conflictos de celos que Pio resuelve magistralmente. Conoce a una señora de la alta sociedad que le propone ser el maestro de su hijo y entre ellos surge alguna chispa que no gusta ni pizca a Martina, la cual obliga a Pio a trasladarse a Barcelona. Y aquí termina la novela, con una expectativa de continuación que se frustró posiblemente con la muerte del autor. 

No es una novela de intrigas o de conflictos, sino de personaje, es decir, el único interés de la novela es el personaje y su actitud frente a la vida y sobre todo sus ideas expuestas como magisterio. Y ciertamente es un personaje muy atractivo y envidiable. Lo cual no deja de resaltarse en toda la novela.


Esta novela es posterior a la que aparecía en el libro, la cual empezaré a leer o ya he empezado. Esa parece que fue la primera novela y es el libro que vagamente aparece aludido en Los trabajos supuestamente escrito por Pio Cid. En estos primeros comienzos sospecho que es una aventura de imaginación que transcurre en África –hasta ahora había supuesto que era una novela sobre los conquistadores españoles en América– y probablemente tendrá su punto de utópico o de puesta en práctica de determinadas ideas políticas entre indígenas supuestamente no maleados por una civilización moderna.


Ángel Ganivet murió exactamente en el año 1898, año del famoso desastre de la caída de Cuba y Filipinas, es decir, el desmoronamiento final del imperio español. Se le considera parte de la Generación del 98 puesto que manifestaba en sus escritos, la mayoría de ellos cartas, pues poco publicó, aunque su obra principal en este sentido fue un Ideario Español. Más allá de eso, su pensamiento está principalmente en cartas, publicadas como volúmenes de pensamiento en los que expone por lo visto una idea de España algo conservadora, idealista y sobre todo patriótica, es decir, orgullosa de la diferencia frente a las naciones europeas. 

domingo, 22 de febrero de 2026

Sobre el tiempo y el espacio.

 Estaba oyendo un audio libro de la novela La máquina del tiempo, de H.G. Wells. Allí se  habla del tiempo como una cuarta dimensión,  y yo me dije, no puede ser una cuarta dimensión puesto que depende del espacio y, por definición, las dimensiones son variables independientes una de la otra.

El tiempo está indisolublemente atado al espacio. El espacio puede prescindir del tiempo, pero el tiempo no puede prescindir del espacio. Para que exista tiempo debe haber movimiento, transformación, cambio, de otro modo no es posible determinar el tiempo. Por lo tanto existe una atadura entre el tiempo y el espacio. 

Es posible el espacio sin tiempo. Mientras no haya cambio. Y, habiéndolo, es también posible el cambio en el espacio sin necesidad del tiempo, si ese cambio es inmediato. Pero cómo concebir el tiempo sin espacio. Que es un durar de la nada. O un durar de algo que no cambia, ¿cómo se sabe que dura si no cambia?

 Si nos bajamos a las partículas subatómicas resulta que eso de que el electrón pueda estar en todas partes al mismo tiempo podría significar que está sucediendo un movimiento sin tiempo, movimiento inmediato, sin tardanza. Por eso se dice que al observarlo es cuando determinamos la posición, es decir, solo en el momento en que interviene un observador se determina la posición, precisamente, digo yo, porque ese observador somos nosotros, seres temporales, incapaces de percibir ese movimiento sin tiempo. 

El tiempo es un atributo, si no humano, de la vida. Sin vida, y probablemente sin racionalidad, no existe el tiempo. Porque es el ser humano el que se entretiene en esas cosas. El tiempo, al final, es una entidad mental, una idea. La medida del tiempo ha tenido que objetivarse, para que todos la compartamos, en un recorrido espacial, es decir, ha tenido que sustanciarse (siempre he querido utilizar esta palabra, pero nunca he sabido qué significa: “llevar a cabo o hacer material un proyecto, una idea, etc.”, en este caso la idea de medida del tiempo) en el movimiento, en el espacio, puesto que no concebimos otra clase de movimiento. (Ya hemos dudado que de se pueda concebir un desplazamiento en el tiempo, sin espacio. Ese durar es inconcebible, imposible concebir si es mucho, poco o normal (alude a un juego que, cuando éramos pequeños, teníamos con mis hermanos, que consistía en que el otro nos mordía la mano, o nosotros a ellos, y el mordido indicaba el grado de presión). De otro modo cada uno tendría su propia medida del tiempo (mucho, poco o normal, dependía de la capacidad de resistencia de cada uno, pero que no estaba relacionado con la capacidad de apretar del que mordía, que tenía que evaluar, a partir de lo que aquel le decía, si aflojaba más o apretaba menos).

En ese sentido que he tratado de explicar, el tiempo es una percepción, no una magnitud física. ¿Puede eso significar que cambiando nuestra percepción pudiésemos llegar a una especie de universo… se me ocurre que pétreo, ya realizado en todos sus avatares, ya cumplido en todas sus posibilidades? ¿Que podamos comprender y hasta superar eso de que la velocidad de la luz tiene una velocidad constante se la mida por donde se la mida? (Es muy sospechoso que precisamente le hayamos dado ese privilegio de independencia a la velocidad de la luz nosotros, seres mirantes, ¿a qué conclusiones sobre el universo hubiera llegado una especie ciega? Habrían aprendido a escuchar, y a transformar todas esas radiaciones que nos vienen del espacio y tal vez hubieran llegado a las mismas conclusiones por otros caminos, puesto que el Universo sigue siendo el mismo? ¿O sería otro universo puesto que la percepción enfoca otros detalles?

En nada de esto se entretiene Wells, por cierto. A él le basta con avanzar hasta el año 802701 y encontrarse conque la humanidad se dividió en dos especies, una subterránea y otra superficial. La de arriba, al parecer, tuvo una época de esplendor y ahora vivía en un estado poco más o menos que edénico, salvo por el detalle de que los de abajo suben de vez en cuando a llevarse a unos cuantos, seleccionados entre los más adultos, para comérselos. 

Supongo que a estas alturas del siglo veintiuno dudamos de algunas cosas. La primera es que la humanidad alcance tal año, y segundo que el estado de la superficie terrestre pueda llegar a ser un lugar tan edénico y, como mínimo, que los de abajo se lo dejen gozar a los de arriba sin molestarlos demasiado (no estabulándolos, no alimentándolos con productos que los hagan engordar más pronto, etc.)

domingo, 15 de febrero de 2026

En-amor

 Hace tiempo que no me en-amoro. (enamorarse es entrar en amor por algo o alguien. Entrar en amor es, no amar, sino estar en disposición de hacerlo, esperar en el vestíbulo con el ramo de rosas en la mano ilusionado. Es querer que suceda, pero no saber qué tenga que suceder, es que haya sucedido siempre pero que nosotros no estábamos allí y al fin hemos llegado ). No ya de una persona, que conocer gente nueva se vuelve cada vez más precario–con la edad, me refiero, uno cada vez tiene más perfeccionado el encasillamiento de las personas, y es muy raro que aparezca alguien que no encaje en alguna de esas casillas. Y en cuanto uno cataloga algo, ya pierde su misterio, ya es otro miembro más de esa clase. No creo que uno pueda enamorarse de alguien que ya tiene perfectamente clasificado. Aunque las personas dan sorpresas: de pronto alguien rompe una cáscara y sale otra persona completamente diferente, y entonces sí, entonces uno tiene esperanzas de nuevo, pero ¿cuántas veces se da uno oportunidad de re-conocer algo que ya le resultaba demasiado conocido, que no se había preocupado de ahondar y era, tal vez todos lo somos para casi todos, demasiado superficialmente conocidos?–, sino de una música, de un autor, de una película o un director. Esa sensación  de haber conocido siempre –de haber querido conocer siempre– algo que acabas de conocer–que no sabías que existía, pero en cuanto lo has descubierto, has comprendido que siempre–, o esa más grata sensación –porque implica que tú has cambiado, que has mirado de otra forma, tal vez– de re-descubrir algo que hasta ahora te era completamente indiferente–esa cáscara que se rompe ante tus ojos y que te descubre, detrás de la apariencia cotidiana, indiferente, aburrida, un milagro, una luz–.

Y cuando ocurre…

La angustia de haber pasado toda tu vida sin haber sabido de eso, de haber perdido tu vida sin haberlo conocido, sin haber estado a su lado bebiéndole cada instante, la sensación de vida desaprovechada por no haberla vivido a su lado. Y el temor por cada momento que te perderás de estar junto a ella. El miedo a gastarlo de tanto uso, no sea que pierdas el estado de gracia; las reservas, las retenciones; y el constante deseo de volver a su lado.

Espero –ya no busco, pero aún espero. Supongo que hacerse mayor significa dejar de creer en los espacios en blanco de los mapas–, constantemente reencontrar esa sensación de sufrimiento delicioso– en el caso de las personas, deliciosas puñaladas; sin sangre, sin muerte y volviendo siempre a por más–, en los libros, en las canciones, en los actos mismos–una afición, un hábito–. Y sí, aún miro a las personas por si reconozco a alguna. Y en la esperanza–no, imposible esperanza– de que ella me reconozca a mí. Supongo que por eso uno sigue leyendo a nuevos autores y mirando películas raras y escuchando experimentos sonoros que a veces hay que dudar si llamar música. Supongo que por eso sigo soñando –no haciéndolo, desconfío de este viejo cuerpo, y de esa gastada realidad–con caminar. Supongo que por eso, aún le tengo aprecio a esta vieja vida.

Hay mucho engaño en esto. Muchas veces uno quiere haber encontrado. Y se esfuerza por que sea. Leyendo con atención el libro. Escuchando una y otra vez la canción. Mirándose dentro y queriendo sentirlo crecer, obligándolo casi a crecer. Pero pasa el tiempo y la semilla no brota. La has regado–tal vez con mucho entusiasmo–, has contado los días–veintiuno han pasado ya–, y la semilla no brota. Y entonces aparcas la canción en la carpeta–136 elementos–, aparcas el libro en la estantería–doble fila vertical y algunos en horizontal aprovechando el hueco de arriba–, vuelves a saludarla con los ojos de diario, “hola, qué tal”, y sigues viviendo como siempre, sin estado de gracia, sin nubes en los pies, sin saturación de colores. Como siempre. 




Escuché la canción en una película de Nanni Moretti. Y la tengo constantemente dándome vueltas en la cabeza. Es una de esas llamadas... podría ser.... Pero, no sé, seguí escuchando canciones de ella y no prendió como habían prendido antes Francesco de Gregori, Franco Battiato, Fiorella Mannoia, Edoardo Bennato, Richard Cocciante, Angelo Branduardi. Esto son mis "amores" italianos. 

 Y Kerouac, y Jerome Charyn, y Luis Landero, y Manuel Rivas, y Pessoa, y John Irving, y Isaac de Vega, y Camus, y Luis Mateo, y Alfanhui, y Platero, y La nave de los locos (Perirossi), y Pamuk, y Joyce, ....

Y todas las chicas de las que me enamoré, siempre como un tonto.

lunes, 2 de febrero de 2026

Marcos 2

 Como la gente se acumulaba en torno a la casa donde estaba Jesús predicando, pues se había extendido la noticia de que sanaba enfermos, unos hombres se encaramaron al tejado, abrieron un hueco e hicieron descender por él a un paralítico.

Jesús le dijo al paralítico:”Grande es tu fe y por ello tus pecados te son perdonados”

A lo que el paralítico replicó: No es que desprecie tu magnánimo gesto, Señor, pero soy paralítico desde que era niño, te conozco de aquellos primeros juegos, pues somos de la misma edad, nos hemos tirado piedras uno al otro, me habrás ganado boliches, haciendo trampas o no, y probablemente nuestras cometas compitieron por la propiedad del cielo. 

Casi treinta años llevo en esta condición que, como comprenderás, no me permite pecar ni poco ni nada. Tus buenas intenciones con respecto a mis pecados, que aprecio en lo que valen, me caen como la lluvia en pedregal, perdona la parábola, lava la piedra pero no hace germinar virtudes. Si me vas a perdonar los pecados, resumo, permíteme cometerlos primero. 

No blasfemes –dijo un sacerdote, que no había podido resistir la tentación de venir a comprobar las exageraciones que de este nuevo mesías se proclamaban por todas partes–, se peca con el espíritu, el cuerpo es solo el instrumento que firma el pecado ya cometido. La intención es lo que cuenta. 

Y tú –dirigiéndose a Jesús–, falso mesías, no te apresures a atribuirte poderes que solo la mano de Dios tiene la grandeza suficiente de sujetar.  

Entonces, Jesús, dirigiéndose al sacerdote le dijo: Osea, que a ti te parece que es más temerario decir «tus pecados te son perdonados», que, por ejemplo, –y dirigiéndose al paralítico– toma tu camilla y echa a andar. Firma todos tus pecados, que ya haremos cuentas a las puertas del cielo. 

El asombro fue general cuando, después de un titubeo, el paralítico se incorporó; ayudado por los que estaban junto a él, consiguió ponerse en pie, tomó los palos y la tela en que lo habían traído, que aquellos le tendían y se alejó, incrédulo de cada paso que daba en medio del pasillo humano que se había abierto para dejarle salir. Echaba, de cuando en cuando, una mirada hacia atrás como temiendo que lo llamaran y le exigieran que volviera a su sitio y su condición.

Tu magia es visible y desde luego espectacular, interrumpió el sacerdote el asombrado silencio reinante, a la vista está. Tienes poderes, o, como poco, habilidades extraordinarias. Pero meras habilidades terrenales, hechas con barro. Las otras, las del espíritu esas no puedes manejarlas a tu voluntad. No se perdonan los pecados como quien dice «levántate y anda». Esa promesa que le has hecho a ese hombre lo pone ahora en serio peligro de condenarse para toda la eternidad, pues si fía de tu palabra, obrará en la seguridad de que ninguno de sus actos, por contrario a la ley que fuere, tendrá castigo. Esta es claramente la forma de obrar del demonio, que, disfrazándolo de convenientes favores se asegura el alma del confiado. ¡YO TE CONMINO A QUE TE DESCUBRAS, SATANÁS!

En cuanto dijo estas palabras, Jesús quedó envuelto en un ceniciento humo pestilente a azufre y metano –ese día había almorzado judías– del que brotó un gruñido furioso que se transformó en una tenebrosa carcajada. El lugar que había ocupado el impostor quedó impregnado con una mancha con forma de nalgas de en medio de las cuales brotaba una cola terminada en punta. 

En el silencio aterrado que se hizo a continuación, el sacerdote se levantó, se sacudió la sotana dándose algunos manotazos aquí y allá y se marchó silbando bajito por entre el pasillo que la multitud volvió a abrir para darle paso. 

Días después el pueblo volvía a animarse con la noticia de un joven acribillado a tiros por la policía en un prostíbulo, después de que este hubiera atracado una casa de monedas hiriendo de muerte a uno de los usureros. 


Una tarde que el cura se paseaba por las asoladas calles del pueblo para bajar la comida rehuyendo la siesta porque se estaba poniendo muy gordo, oyó ruido de festejos en la posada y se acercó a ver qué ocurría. Había una reunión de publicanos y pecadores entre los cuales el menos relajiento no era el mismísimo Jesús. El sacerdote entró y conminó a este: ¿Qué es esto? Tú comiendo y bebiendo con publicanos y pecadores. Al oír esto, Jesús, sonriendo, le saludó alzando una copa y replico: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. El sacerdote, satisfecho con la respuesta, saludó inclinando levemente la cabeza y, sonriendo, continuó su paseo. 


martes, 20 de enero de 2026

La llegada


En La Llegada, unos extraterrestres llegan a la Tierra para ofrecerles un instrumento, su lenguaje, a los humanos, de modo que, dentro de 3000 años los humanos puedan ayudarles a ellos a resolver una crisis.

¿Y cómo saben los extraterrestres que dentro de 3000 años necesitarán la ayuda humana?

Pues porque ellos perciben el tiempo como quien mira un plano, abarcándolo todo de una mirada (presente, pasado, futuro; y, supuestamente, varias posibilidades del suceder). A diferencia de los seres humanos que experimentamos el tiempo de un modo lineal y unidireccional (y por lo tanto irremediable). 

¿Y cómo vamos a poder ayudarlos dentro de 3000 años, tiempo que ni siquiera estamos nosotros seguros de alcanzar como especie, al menos como civilización?

Dada su capacidad o modo de percibir la realidad espacio temporal, tal vez es que ellos ya nos han «visto» ayudándoles en ese lejano futuro (tan lejano como la aparición de las primeras sociedades organizadas de seres humanos). En cuanto a cómo, lo único que sabemos es que ellos esperan que por medio del aprendizaje de su lenguaje, que pacientemente nos han ayudado a conocer, nosotros modifiquemos nuestra manera de percibir la realidad, y, como consecuencia, de actuar sobre ella, y que eso nos capacite, después de 3000 años, para ayudarlos en su crisis. 

Y siendo ellos capaces  de percibir el pasado, el presente y el futuro al mismo tiempo, ¿cómo es que no actúan para soslayar estos sucesos futuros que los pondrán en crisis?

Tal vez, a pesar de que son capaces de tener una concepción intemporal de su existencia, esta misma sigue siendo impredecible e irremediable, y que entra dentro de su manera de actuar el resolver los problemas que les van apareciendo en el futuro acudiendo al pasado para modificar determinados parámetros. Y esto es lo que han hecho, se han encontrado en el futuro con un conflicto y se han dicho, ¿cómo lo resolvemos?, pues vamos a buscar una forma de vida en el universo que pueda ayudarnos o al menos que podamos adiestrar para, cuando alcancen esta época, tengan capacidad de hacerlo. Y eso es lo que han hecho. 


Aventuro que esta capacidad de percibir la realidad de manera intemporal, es individual, y por lo tanto limitada a cada individuo. Es decir, un individuo no es capaz de ver más allá ni más acá de su propia existencia, pero sí abarca toda su existencia de una forma unitaria. Tal vez no inamovible. Quiero decir, que de alguna manera siga existiendo un suceder causal. Cada acto del individuo hoy puede modificar su perspectiva futura, y el individuo puede volver al pasado y cambiar su actuación. El futuro en cambio siempre está por definir, en cada instante de su existencia, de ahí esa idea de plano. Metámonos dentro de eso: yo puedo revivir literalmente cada instante de mi pasado. Es decir mi consciencia es consciencia de mí en cada uno de los instantes que he vivido, que estoy viviendo en este momento. Pero no más allá de este momento. Pero soy consciente de que en el futuro soy consciente simultáneamente de este momento y de todo lo que ha sucedido después de este momento. Esto lo sé de una forma racional, por deducción, pero mi experiencia me dice que nada sé de lo que pueda sucederme mañana.


Pero volviendo a la película, la mujer, que acaba por aprender el idioma de los extraterrestres, y siguiendo un principio que mencionan en la propia película que viene a decir que el lenguaje condiciona cómo percibimos la realidad, luego, aprender un lenguaje nuevo modifica nuestro cerebro y con él nuestra mente (me gusta distinguirlos) de modo que percibimos (cuando aprendemos ese nuevo lenguaje) la realidad de una manera distinta. (En realidad creo haber leído en alguna parte que precisamente es imposible, para alguien que se ha criado en una lengua llegar a adquirir completamente el modo de percibir el mundo, y hablar, otra lengua,  como lo percibe la cultura de la que es originaria esa otra lengua, pero esta hipótesis se cargaría la película). Pues esa mujer empieza a tener extrañas ensoñaciones en las que se ve a sí misma en el futuro con una hija, con un marido… Incluso llega a saber, de antemano, antes ni siquiera de haber flirteado con el tipo con el que se va a casar, que la hija que va a tener va a morir en la adolescencia de una enfermedad rara. 

Esto es todo lo contrario a mi hipótesis de la mente de los extraterrestres, es decir, la mujer no está presente en cada instante su pasado sino de su futuro. Esto, para la película es absolutamente necesario porque precisamente esa capacidad es la que va a permitir a la mujer “salvar” la situación actual de crisis en la que acaba de entrar la humanidad con el despliegue de hostilidad de los humanos contra las naves espaciales. Esta es la paradoja que siempre encontramos en todas las películas que tratan sobre el viaje en el tiempo, veamos lo que ocurre en este caso: La mujer tiene el recuerdo futuro de que el general chino, en una celebración relacionada con el lenguaje extraterrestre, le agradece la llamada, en el pasado, cuando la crisis de las naves espaciales, que fue la que le convenció de abandonar las hostilidades contra las naves. La mujer en el futuro todavía no recuerda haber hecho esa llamada y le pregunta a qué teléfono hizo la supuesta llamada, y entonces el general le da su número de teléfono. En ese momento, en el pasado, la mujer recuerda, recuerdo de futuro, ese encuentro y llama al general chino. Gracias a esta llamada, las hostilidades que podían haber desencadenado una guerra mundial, bien contra las naves o bien entre las diferentes potencias recelosas, fueron desactivadas. Todas se unieron para estudiar la información que les habían dejado los extraterrestres (que habían tenido la precaución de dividir en doce partes, porque doce eran las potencias que habían decidido que recibieran esa información, y que necesitarían compartir para tener todos la información completa) y así alcanzaron ese futuro de concordia en el que fue posible que el general chino se encontrase con la mujer. 


Lo que me llama la atención es esta idea de que una causa futura provoca un efecto en el pasado que permite que concurran las circunstancias para que se de esa causa futura. 

No es lo mismo que viajar al pasado y matar al padre antes de que conozca a la madre, con lo cual nunca habrían tenido a este hijo. ¿Desaparecería? Si desapareciera no podría haber ocurrido ese viaje en el tiempo y por lo tanto no habría ocurrido ese crimen y por lo tanto existiría y sí lo habría hecho. Oscilación infinita. 


A uno, es decir, a mí, me gustaría creer que existen esas formas alternativas de percepción de la realidad, aunque no las comprenda ni las conciba realmente, más que desde mi pobre capacidad perceptiva. Otra idea genial que se dice en la película es que uno está limitado a comprender y expresar con los elementos de que dispone, en nuestro caso la mente, regida por esas concretas interconexiones sinápticas de tan alta complejidad. Y  no podemos ir más allá. Cuando soñamos solo podemos soñar con imágenes y palabras y sentimientos que en realidad responden a esas interconexiones sinápticas en “reposo” por así decirlo. Como un reloj en el que, estando en reposo su mecanismo, las manecillas dan vueltas alocadamente, dando sin embargo horas sintácticamente coherentes. Lo mismo que un reloj no puede emitir palabras, nuestra mente está presa en nuestro sistema causal de pensamiento. Y aunque verbalmente podamos expresar paradojas, no las «entendemos» como realidades posibles. 


La gracia está en que somos capaces de concebirlas. Somos capaces de fantasear más allá de lo que somos capaces de vivir. Hasta un cierto límite. Como los relojes, podemos dar secuencias completamente aleatorias de horas:minutos, pero no podemos decir “hola”. Estamos encerrados en nuestro mecanismo que es capaz de fantasear con que hay un “ahí fuera”. Este sí que es “el sentimiento trágico de la vida” y no el de Unamuno





 

martes, 13 de enero de 2026

Occidente, como va, ¿adónde va?

 Continúo, a trancas y barrancas, leyendo a Spengler. No soy, lo reconozco, un intelectual ni un estudioso. Leo a Spengler de la misma manera, y  al mismo tiempo, que leo a Nabokov y después de haber estado leyendo a Alexis Ravelo por mencionar nombres al azar (al azar del pensamiento, que estos últimos días me he estado acordando del paisano Schamanero). Quiero decir, que no leo con aplicación, leo al albur del camino, porque a Spengler lo leo caminando, a Nabokov por la mañana, al despertar, a Unamuno por la noche al acostarme, el resto de lecturas a lo largo del día donde me pillen. 

Hay secciones en las que me concentro pero algunas veces me percibo leyendo desde fuera, sin estar asimilando absolutamente nada de las frases que, sin embargo, leo minuciosamente. Y eso, cuando la mente no se me ha ido volando, que aún así sigo leyendo mecánicamente, y al posarse de nuevo ya estoy una página más allá sin entender las razones causales de todas estas conclusiones.

Como le contaba el otro día a Frank, el tipo que yo creía que era el loco  del barrio, hasta que él me aclaró este punto, y citando a Juanjo en uno de sus breves y geniales textos, de todo lo que leo pillo más o menos la mitad. A él, me confesaba, le pasaba lo mismo, y casi respiré aliviado pensando que no era tan cenutrio, que al menos eramos dos; pero a quien el tipo estaba leyendo era a Kierkeegard, del que Woody Allen, en no sé qué película, se ufanaba de haberlo simplemente ojeado. 

Pues, siguiendo con Spengler, uno trata de ubicar el mundo actual, nuestro mundo, nuestra situación como país, grupo social, dentro de los esquemas spenglerianos. Y en primer lugar uno tiende a pensar que pertenecemos a la, ya en fase de extinción, Civilización Occidental, incluyendo en ella a Europa, excluyendo a Rusia y sus adláteres más afines, incluyendo a EEUU. América del centro y sur, Africa toda ella y los países de oriente medio estarían en una fase larvaria todavía después de haber tenido sus momentos en el pasado. Creo yo que alguna vez saldrán del extrangulamiento en que los tenemos sometidos. Y en cuanto a China y sus alrededores, está bastante claro que están por ser el nuevo imperio. Nos acabaremos plegando a sus directrices, y yo, sinceramente, creo que nos irá mejor a todos. Todo esto dicho a lo bestia, sin razonar y sin argumentar, y sin tener ni puñetera idea de geopolítica internacional. A lo cuñao. 

Por lo que empecé a escribir este post es por lo del Pato Trump (en mi mente sonaba bien, Donald Duck→ pato Donald → Pato Trump) y sus últimas salidas de tono, y me preguntaba si esto es significativo dentro del sistema morfológico de Spengler. Quiero decir, ya Occidente proclamó hace un tiempo el final de la Historia, lo cual, sea o no verdad, daba una idea de cómo se concibe a sí misma una civilización. Para mi gusto Spengler ya ha hecho alusión, −y Spengler es de comienzos del siglo veinte, no asistió todavía, cuando escribió este libro, a la segunda guerra mundial, que sin duda le daría una perspectiva nueva del mundo en que vivimos−, a que estamos en una fase de civilización, es decir, de decadencia, en la que no se percibe progreso aparente, todo está anquilosado, nos regodeamos en nuestros logros conseguidos pero no creemos que se pueda hacer más, no creemos que exista un “mejor mundo” −y sin embargo estamos tan insatisfechos de este, que el sentimiento general en occidente es de un pesimismo apocalíptico, como esperando el gran cataclismo−. 

Leo en el Gemini de Google (del cual me fío más o menos la mitad) que Spengler consideraba a Hitler un tipo vulgar y carente de cualidades para ser un verdadero estadista. Eso, a pesar de que admiraba a los tipos duros que se saltaban las legalidades a la torera si eso era lo que convenía para la consecución de sus grandes objetivos, como más o menos deduzco de este texto que me llamó la atención esta mañana: 


Un ideal abstracto de justicia pasa por las cabeza y los escritos de todos los hombres cuyo espíritu es noble y fuerte, pero cuya sangre es débil; pasa por todas las religiones, por todas las filosofías. Pero el mundo de los hechos en la Historia solo conoce el éxito, que hace que el derecho del más fuerte sea el derecho de todos. El mundo de los hechos salta sin piedad por encima de los ideales; 


Desde luego no creo que viera en el Pato un ideal de verdadero estadista, aunque desde luego dárselas de el más fuerte e imponer su ley, es decir, exigir a los demás que cumplan la legalidad de la que él se considera excluido, eso lo es de todo punto. 

Uno no puede creer que un tipo como este sea un referente de la Historia, y sin embargo, lo mismo que Hitler o Mussolini o Stalin o Mao, da la impresión de que este hombre tampoco es ninguna lumbrera y que al respecto de la absoluta falta de idoneidad, cumple con todos los requisitos. 

Tampoco podemos esperar demasiado de la humanidad que le sigue, que le … no creo que le admire, pero que considera que las cosas que hace ya estaban haciendo falta, aunque se salten todas las estructuras que la humanidad se ha estado construyendo precisamente para impedir que catástrofes como la aparición de unos de estos elementos puedan ocasionar. Gente que se cree a salvo de sus arbitrariedades como aquella mujer que le gritaba, no sé a qué político, tal vez al mismo Trumpo, ¡tú me arruinaste y eso que te voté!, como si de verdad se creyera toda la verborrea que esos tipos sueltan y con eso se sintieran en el lado seguro, cuando si una cosa se ha demostrado con la aparición de estos elementos es que no hay lado seguro alrededor de ellos.

Aunque Spengler habla mucho de que los fuertes crean la realidad y que la realidad está por encima de los ideales, la realidad que esta gente, por lo menos estos que hemos conocido, han creado no ha llevado a ninguna parte salvo a muertes masivas y destrucción. La humanidad no ha progresado gracias a ellos, no somos una humanidad mejor después de lo que ocurrió a comienzos del siglo veinte y tanto es así que ya hemos olvidado que por ser como somos, es decir, veleidosos, acomodaticios, avariciosos, intransigentes, individualistas, etc., ocurrió todo aquello. Y está volviendo a ocurrir encabezando a líderes ridículos, prepotentes, sin proyectos políticos contrastados con la realidad circundante, sino con a lo sumo dos ideas en su cabeza (américa para los norteamericanos, y el mundo a su servicio/viva la libertá, carajo/inmigrantes fuera/) que se empeñan en imponer al mundo a fuerza de brutalidad. 

Pero en la realidad histórica no existen los ideales, sino solo los hechos. No existen verdades, sino solo los hechos. No existen razones, no existe justicia, no existe armonía, no existe finalidad última, sino solo los hechos.Quien no comprenda esto, que escriba libros de política, pero que no haga política. En el mundo real no existen estados construidos según ideales, sino Estados que han crecido y que no son otra cosa que pueblos vivos en forma. Sin duda se trata de formas acuñadas que se desenvuelven en vida; pero están acuñadas por la sangre y el ritmo de la existencia, son impulsadas y no voluntariamente planeadas; y se desenvuelven, o merced a las capacidades políticas de hombres de Estado, en la dirección que la sangre señala, o merced al influjo de idealistas en la dirección de las convicciones de estos, es decir, hacia la nada.