La anécdota es que un hombre se acuesta cada noche con una mujer distinta. A la mañana siguiente la asesina para evitarse el dolor de ser traicionado por ella. El hombre, desde luego, debe ser muy atractivo o muy rico o ambas cosas, para llevarse una mujer distinta cada noche a la cama. También se deben disponer de amplios recursos o amplios poderes para hacer desaparecer esos cadáveres sin que nadie pregunte, indague, se incomode y le afecte su incomodidad a nuestro hombre. Todo eso se resolverá haciéndolo rey o sultán en una época remota, tal vez ficticia también, o no, quién sabe lo que sucedía en la realidad de los tiempos remotos, donde esos cargos dirigentes tenían amplísimos poderes. En los tiempos actuales, ese hombre necesariamente es muy rico y está muy conectado con las redes del mal, pudiendo pagar los carísimos servicios de empresas dedicadas a la desaparición discreta de cuerpos, generalmente humanos que son los que despiertan alguna inquietud cuando sobreviene su desaparición.
¿Qué lleva al hombre a esta situación?, es decir, a esa criminal desconfianza de la fidelidad de las mujeres. Naturalmente una traición de una mujer. El hombre, es necesario, tuvo una esposa. También tuvo un hermano que tuvo una esposa y que fue, sin él saberlo, la causa indirecta de la anécdota de esta historia. Estos hermanos eran muy bien avenidos. Tras heredar a partes iguales de sus padres, cada uno fue a vivir a una ciudad distinta, pero con frecuencia se convocaban uno al otro cuando la necesidad de verse y hablarse los urgía.
Sucedió que un día nuestro hombre solicitó la presencia de su hermano. Y aquel se puso en camino, pero cuando ya estaba a punto de tomar el tren, o bien, cuando ya iniciaba la travesía con la caravana, o justo de camino hacia el aeropuerto, el hermano recordó que olvidaba el presente que deseaba entregarle a su hermano y regresó a casa para buscarlo. Al llegar inopinadamente a la casa sorprendió a la mujer con su amante en su propia cama. O tal vez solo era una de las más apreciadas concubinas con uno de los más apuestos esclavos, lo cierto es que el hombre sufrió un tremendo shock porque hasta ese momento creía que su relación con la esposa era de altísima confianza y que ninguno de los dos había manifestado una queja o insatisfacción que conminara al otro a corregirse. Así que los mató a ambos, y allí los dejó muertos, retomando, una vez recuperado el presente que quería llevar a su hermano, el camino hacia su casa.
Al llegar a la casa de su hermano, nuestro hombre, este lo encontró muy abatido. Y, pese a que lo exhortaba insistentemente a que le explicara cuáles eran las razones de su abatimiento, el hermano se negaba a exponerlas por no implicar, tal vez, a su hermano en el crimen, o simplemente por no transferirle su abatimiento. Así que el anfitrión decidió organizar una excursión nocturna por la ciudad, o tal vez una cacería, propia de los reyes de aquellos tiempos remotos, a las que, por otra parte era muy aficionado, con el propósito de levantarle el ánimo a su hermano y que olvidara las razones de su abatimiento. Este no estaba muy convencido de que tales actividades lo fueran a animar y se negaba reiteradamente a tales distracciones. Pero insitió en que su hermano, ya que se había preocupado de preparar todo un sarao, o la comitiva, los animales, los asistentes de caza, los ojeadores, etc, y sabiendo que era tan aficionado a ello, se fuera y lo dejara reposar, prometiéndole que en cuanto descansara un par de días saldría con él a despejar su tinieblas.
Ahora bien, el anfitrión había olvidado comunicar a su esposa la llegada de su hermano, y mientras este dormía en el cuarto de invitados, ella, ignorante de su presencia, y sabiendo que su marido estaba perdido en una de sus habituales francachelas, o sus larguísimas jornadas de caza, hizo pasar a su amante, tal vez su esclavo preferido. El cuñando, despertando en medio de la noche y oyendo ruidos confusos entre violentos y gozosos, se acercó sin ser advertido, presto a defender el honor de la casa de su hermano si fuera necesario, y pudo observar las las actividades de los amantes. Esto, aparte de apenarle por su hermano, le llevó a relativizar sus propias angustias y parte de sus tinieblas se aclararon.
Cuando su hermano regresó de la cacería o de la excursión nocturna o del viaje a exóticas islas, nuestro hombre inicial, lo vino a saludar, notó desde un principio que aquel estaba de mucho mejor humor y le preguntó cuál era la razón por la que había estado tan preocupado y por qué causa esa preocupación había cesado, al menos en parte, de agraviarle. El hermano le respondió que a lo segundo no podía responderle por el momento, pero le contó con todo detalle las circunstancias que lo llevaron a asesinar a su mujer y a su amante en la misma cama en la que estaban yaciendo. El hermano comprendió, naturalmente, la causa de sus angustias, pero insistió en que le explicara cómo es que había conseguido recuperarse de tal tragedia. Pero este reiteró su negativa a aclararlo. A cambio le propuso que preparada otra salida a la cual, esta vez sí, le acompañaría. Y así lo hizo su hermano. A los pocos días se prepararon para pasar una noche de diversión o bien un viaje a algún lugar exótico, o un simple paseo por la montaña, pero en el último momento, aquel le dijo que, sin avisar a nadie, ni siquiera a su esposa, ambos se quedasen en casa, encerrados en el cuarto de invitados. Así lo aceptó, el anfitrión, sin comprender las razones, pero sin poner reparos, curioso de saber qué tramaba su hermano.
Ya de madrugada oyeron que alguien se movía por la casa, y al poco tiempo asistieron al mismo espectáculo ya descrito en la propia alcoba conyugal, sin que los amantes se apercibieran de ser observados. El hermano se llevó una mayúscula sorpresa pues tampoco había notado indicios en su esposa de que se sintiera insatisfecha en algún aspecto de su matrimonio. Sin embargo, su reacción fue menos violenta, más bien avergonzada tras haber sufrido tamaña afrenta y con su hermano como testigo y tirando de él huyeron ambos de casa.
Ahora tenemos a los dos hermanos afrentados, pero en cierto modo consolados, porque a ambos les ha sucedido lo mismo. ¿Qué sucedió a continuación?
La historia dice que atravesaron un desierto, quizás, y que cruzaron un bosque, tal vez, y que a la orilla del mar se echaron a descansar. Y que vieron, obviamente con sus propios ojos, cada uno con los suyos, una misteriosa columna que surgía del mar y que se aproximaba a la tierra, justo por el lado en el que ellos estaban. Por lo que huyeron y se subieron a un árbol.
Desde arriba pudieron observar que la misteriosa columna de humo tomaba pie cerca del árbol y se reintegraba en la forma de un ser enorme y horrendo. Este ser se echaba a la sombra del árbol y de sus ropas extraía un cofrecillo. Después de abrirlo con una llavecita, naturalmente de oro, del cobrecillo extraía una bolsa con toda su parafernalia de adornos recamados sobre una lujosísima tela, joyas engastadas en los propios bordados, etc, y de dentro de la bolsa salía una jovencita muy hermosa. El ser la acariciaba durante un buen rato y por fin terminaba durmiéndose con la cabeza sobre los muslos de la muchacha.
Estando el ser profundamente dormido, la muchacha le levantó la cabeza y la apoyó sobre la tierra, luego ella se incorporó y llamó a los dos hermanos. Estos se sintieron muy sorprendidos de que los hubiera descubierto, pues habían tenido mucho cuidado de no hacer ningún ruido por miedo al extraño y poderoso ser, pero ella los conminó a descender del árbol. Les exigió a ambos que yacieran con ella o de lo contrario despertaría a su amo que los machacaría con la misma facilidad con que ellos podían aplastar a una hormiga. Y a ambos no les quedó más remedio que aceptar. Luego ella extrajo de sus ropas una cadena compuesta de una larga ristra de anillos y les pidió a cada uno el suyo, pues, les explicó, esa cadena estaba formada por los anillos de todos sus amantes y era la prueba de su venganza contra el ser, que era un mago que la tenía retenida contra su voluntad.
Pues bien, dice la historia que este suceso hizo comprender a los hermanos la relatividad moral de las mujeres en general. Y la historia ya está escrita. Así que los hermanos volvieron a casa. El primero, el más joven se deshizo de los cuerpos de su mujer y su amante que todavía adornaban su tálamo nupcial y tal vez nunca volvió a hacer nada relevante en su vida porque nadie se preocupó de narrarlo.
En cuanto al otro hermano, es nuestro personaje, el que decidió volver a casa, vengar la afrenta de su cónyuge asesinándola junto a su amante, y no volviendo a contraer matrimonio sino gozar de las primicias venales de las mujeres y no dándoles opción a que lo traicionaran, asesinándolas al día siguiente.
Hasta que dio con una que lo tuvo suficientemente entretenido durante mil y una noches.
¿Es necesario, me pregunto de manera abierta, como esas cartas en los periódicos, volver a contar estás obsoletas historias con sus degradantes ejemplos de costumbres denigrantes?
ResponderEliminarEs necesario, rotundamente, para tomar conciencia de cuánto hemos cambiado y cuánto nos hace falta cambiar todavía para alcanzar la cima de nuestras propias pretensiones de ser.
ResponderEliminarYo hubia sacao la mimma conclusion, la muhere son mala
ResponderEliminarCreo que la frase clave es "la tenía retenida contra su voluntad".
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