martes, 18 de marzo de 2025

Actos Humanos, Han Kang

Hace unas semanas terminé el libro de Han Kang, premio Nóbel 2024, Actos Humanos.  Trata sobre la violenta represión  ejercida por el ejército contra la población de una ciudad al sur de Corea que tuvo la osadía de protestar contra el gobierno, una dictadura, en ese entonces. La orden, al parecer, era no tener ninguna piedad, es decir, disparar directamente a los manifestantes. Y a juzgar por lo que relata el libro – y alguna información extra que me he procurado – lo hicieron a conciencia. Se habla de miles de muertos, que el gobierno dividió por cien. También se habla en el libro del escamoteamiento de cadáveres por parte del ejército. Esta información es menos fiable, porque quien la relata es un fantasma que describe cómo son transportados a zonas no habitadas, acumulados y quemados a conciencia hasta hacerlos desaparecer. La crudeza del libro es bastante bruta, uno siente la necesidad de parar de leer de vez en cuando para aliviar toda la tensión que se va acumulando  y para para que todas esas imágenes no se le metan en la cabeza por la noche. 

No hay sentimentalismo. Hay una objetividad narrativa exasperante, a veces, por parte de los personajes narradores, que uno tiene que atribuir al carisma oriental. No solo te habla del periodo preciso de la rebelión sino de la época posterior donde los que sufrieron todo aquel horror arrastran una vida hundida en el recuerdo y la enorme culpa de haber sobrevivido a tantos y tantos que vieron morir. 

La novela está estructurada en torno a un grupo muy concreto de personas, en realidad, aunque está narrada de una manera que despista, y que parecen escenas y personajes aislados para darnos una idea de conjunto. Con esto de los nombres orientales es fácil que uno: yo,  más en concreto, me despiste. Fue hacia el medio del libro en que empecé a darme cuenta de que aquella muchacha era la hermana de aquel chico que aquel otro chico buscaba entre los cadáveres. Que aquella madre era la madre de aquel chico que buscaba entre los cadáveres y que la chica y el chico buscado eran inquilinos de la familia. Los dos chicos murieron en el momento. La chica sobrevivió pero después de sufrir terribles torturas. La madre casi se había vuelto loca por la pérdida de su hijo, etc. 

Más tarde vi una película, El taxista. Que trataba del tema. Un periodista alemán se colaba en el país para documentar directamente los sucesos a pesar de que el gobierno había implantado un toque de queda, e impedía a los medios informativos acceder al lugar. Lo llevaba un taxista de Seúl que como todos lo que no vivían en aquella zona, desconocía completamente lo que estaba sucediendo allí. Tal era el apagón informativo. Apenas se hablaba de manifestantes comunistas organizando algaradas. Para él era inconcebible que el ejército, que los defendía valerosamente de las amenazas de los terribles monstruos del norte, pudieran disparar contra su propia gente desarmada. Precisamente la excusa infaltable para tal operación de purga era que todos esos revolucionarios eran comunistas que pretendían abrirles las puertas a esos terribles norcoreanos.

Pocos después de estos hechos cayó la última dictadura de Corea. Esto ocurrió a finales de los años ochenta, concretamente 1986, en Gwangju. Corea había encadenado una dictadura tras otra desde el final de la guerra en los años cincuenta. Siempre dictaduras amigas del Mundo Libre, por supuesto. 

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