Todos los que entraron en un bar de la calle Obispo Rama, en el barrio del Cementerio de nuestra ciudad, entre la ocho de la mañana y las ocho de la noche del día veinticuatro de noviembre del año 2010, murieron en el curso del mes siguiente. Ninguno llegó a ver el año nuevo.
El primero fue el viejito medio ciego que vende cupones junto a la puerta del bar.
Lo acompañaba cada mañana una hija para ayudarle a instalar el puesto. Cuando la hija se marchaba el viejito se metía en el bar y se tomaba un carajillo con mucha cazalla, lo que le traía recuerdos de juventud, de cuando trabajaba en el camión para la Bonny.
Un accidente le afectó la vista y ya no volvieron a contratarlo.
Estuvo dando tumbos por los bares hasta que la hija, con mucho cariño y obstinación, logró recuperarlo de su abandono, y más tarde le consiguió un puesto de vendedor en la ONCE.
Hace veinte años que se aposta en el lateral de la puerta del bar y todos lo conocen en el barrio. Apenas ha dado uno o dos premios pequeños en ese tiempo, pero tiene hecha una clientela fija entre los asiduos al bar y los que pasan de largo hacia el mercado que está mitad de la calle.
En la puerta del mercado hay una señora, también con ceguera parcial, que le hace la competencia. Cada semana tienen serios enfrentamientos, con denuncias por medio en la Organización, que no termina de resolver cuales son los límites de las zonas de distribución asignadas a cada uno.
Esa mañana del veinticuatro de noviembre, una enorme mariposa de muchos colores se posó en el tinglado del viejo. El vió la sombra brillante y alargó la mano en un impulso precipitado que tiró al suelo todo el entramado. Sin embargo el viejo no hizo caso del estropicio; se levantó, pero para seguir la sombra que volaba dando saltitos en el aire en dirección a la calzada.
El viejo estaba como hipnotizado y el conductor del autobús venía sumido en la rutina del trayecto matutino prácticamente sin obstáculos. Prácticamente sin obstáculos cada mañana a esa hora tan temprana. Tan temprana.
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