martes, 13 de enero de 2026

Occidente, como va, ¿adónde va?

 Continúo, a trancas y barrancas, leyendo a Spengler. No soy, lo reconozco, un intelectual ni un estudioso. Leo a Spengler de la misma manera, y  al mismo tiempo, que leo a Nabokov y después de haber estado leyendo a Alexis Ravelo por mencionar nombres al azar (al azar del pensamiento, que estos últimos días me he estado acordando del paisano Schamanero). Quiero decir, que no leo con aplicación, leo al albur del camino, porque a Spengler lo leo caminando, a Nabokov por la mañana, al despertar, a Unamuno por la noche al acostarme, el resto de lecturas a lo largo del día donde me pillen. 

Hay secciones en las que me concentro pero algunas veces me percibo leyendo desde fuera, sin estar asimilando absolutamente nada de las frases que, sin embargo, leo minuciosamente. Y eso, cuando la mente no se me ha ido volando, que aún así sigo leyendo mecánicamente, y al posarse de nuevo ya estoy una página más allá sin entender las razones causales de todas estas conclusiones.

Como le contaba el otro día a Frank, el tipo que yo creía que era el loco  del barrio, hasta que él me aclaró este punto, y citando a Juanjo en uno de sus breves y geniales textos, de todo lo que leo pillo más o menos la mitad. A él, me confesaba, le pasaba lo mismo, y casi respiré aliviado pensando que no era tan cenutrio, que al menos eramos dos; pero a quien el tipo estaba leyendo era a Kierkeegard, del que Woody Allen, en no sé qué película, se ufanaba de haberlo simplemente ojeado. 

Pues, siguiendo con Spengler, uno trata de ubicar el mundo actual, nuestro mundo, nuestra situación como país, grupo social, dentro de los esquemas spenglerianos. Y en primer lugar uno tiende a pensar que pertenecemos a la, ya en fase de extinción, Civilización Occidental, incluyendo en ella a Europa, excluyendo a Rusia y sus adláteres más afines, incluyendo a EEUU. América del centro y sur, Africa toda ella y los países de oriente medio estarían en una fase larvaria todavía después de haber tenido sus momentos en el pasado. Creo yo que alguna vez saldrán del extrangulamiento en que los tenemos sometidos. Y en cuanto a China y sus alrededores, está bastante claro que están por ser el nuevo imperio. Nos acabaremos plegando a sus directrices, y yo, sinceramente, creo que nos irá mejor a todos. Todo esto dicho a lo bestia, sin razonar y sin argumentar, y sin tener ni puñetera idea de geopolítica internacional. A lo cuñao. 

Por lo que empecé a escribir este post es por lo del Pato Trump (en mi mente sonaba bien, Donald Duck→ pato Donald → Pato Trump) y sus últimas salidas de tono, y me preguntaba si esto es significativo dentro del sistema morfológico de Spengler. Quiero decir, ya Occidente proclamó hace un tiempo el final de la Historia, lo cual, sea o no verdad, daba una idea de cómo se concibe a sí misma una civilización. Para mi gusto Spengler ya ha hecho alusión, −y Spengler es de comienzos del siglo veinte, no asistió todavía, cuando escribió este libro, a la segunda guerra mundial, que sin duda le daría una perspectiva nueva del mundo en que vivimos−, a que estamos en una fase de civilización, es decir, de decadencia, en la que no se percibe progreso aparente, todo está anquilosado, nos regodeamos en nuestros logros conseguidos pero no creemos que se pueda hacer más, no creemos que exista un “mejor mundo” −y sin embargo estamos tan insatisfechos de este, que el sentimiento general en occidente es de un pesimismo apocalíptico, como esperando el gran cataclismo−. 

Leo en el Gemini de Google (del cual me fío más o menos la mitad) que Spengler consideraba a Hitler un tipo vulgar y carente de cualidades para ser un verdadero estadista. Eso, a pesar de que admiraba a los tipos duros que se saltaban las legalidades a la torera si eso era lo que convenía para la consecución de sus grandes objetivos, como más o menos deduzco de este texto que me llamó la atención esta mañana: 


Un ideal abstracto de justicia pasa por las cabeza y los escritos de todos los hombres cuyo espíritu es noble y fuerte, pero cuya sangre es débil; pasa por todas las religiones, por todas las filosofías. Pero el mundo de los hechos en la Historia solo conoce el éxito, que hace que el derecho del más fuerte sea el derecho de todos. El mundo de los hechos salta sin piedad por encima de los ideales; 


Desde luego no creo que viera en el Pato un ideal de verdadero estadista, aunque desde luego dárselas de el más fuerte e imponer su ley, es decir, exigir a los demás que cumplan la legalidad de la que él se considera excluido, eso lo es de todo punto. 

Uno no puede creer que un tipo como este sea un referente de la Historia, y sin embargo, lo mismo que Hitler o Mussolini o Stalin o Mao, da la impresión de que este hombre tampoco es ninguna lumbrera y que al respecto de la absoluta falta de idoneidad, cumple con todos los requisitos. 

Tampoco podemos esperar demasiado de la humanidad que le sigue, que le … no creo que le admire, pero que considera que las cosas que hace ya estaban haciendo falta, aunque se salten todas las estructuras que la humanidad se ha estado construyendo precisamente para impedir que catástrofes como la aparición de unos de estos elementos puedan ocasionar. Gente que se cree a salvo de sus arbitrariedades como aquella mujer que le gritaba, no sé a qué político, tal vez al mismo Trumpo, ¡tú me arruinaste y eso que te voté!, como si de verdad se creyera toda la verborrea que esos tipos sueltan y con eso se sintieran en el lado seguro, cuando si una cosa se ha demostrado con la aparición de estos elementos es que no hay lado seguro alrededor de ellos.

Aunque Spengler habla mucho de que los fuertes crean la realidad y que la realidad está por encima de los ideales, la realidad que esta gente, por lo menos estos que hemos conocido, han creado no ha llevado a ninguna parte salvo a muertes masivas y destrucción. La humanidad no ha progresado gracias a ellos, no somos una humanidad mejor después de lo que ocurrió a comienzos del siglo veinte y tanto es así que ya hemos olvidado que por ser como somos, es decir, veleidosos, acomodaticios, avariciosos, intransigentes, individualistas, etc., ocurrió todo aquello. Y está volviendo a ocurrir encabezando a líderes ridículos, prepotentes, sin proyectos políticos contrastados con la realidad circundante, sino con a lo sumo dos ideas en su cabeza (américa para los norteamericanos, y el mundo a su servicio/viva la libertá, carajo/inmigrantes fuera/) que se empeñan en imponer al mundo a fuerza de brutalidad. 


miércoles, 31 de diciembre de 2025

Memoria

 Esta mañana, a una pregunta he respondido «no, no tengo» y automáticamente he continuado «porque uso nombre de producto». Es un automático que me sale de ver ese anuncio en youtube, señal inequívoca de que el anuncio es efectivo. No solo porque lo pasan una y otra vez, con variantes, pero siempre acudiendo a esa fórmula de preguntarle al tipo y que él responda, «no, no tengo» y a continuación (en algunas variantes más cortas eliminan esta respuesta del todo innecesaria) aclarar «porque uso nombre de producto».

Esta tontería me ha llevado a otra tontería. En una canción de un cantante argentino llamado Iorio Flavio, que he descubierto en estos últimos meses, al final hay un pequeño diálogo que se repite y repite hasta que se va extinguiendo. 

—¡Tómese otra ginebra, paisano!

—No. Ya me voy.







A mí me gusta, sobre todo, el «No. Ya me voy» pronunciado con mucha dignidad y sin el titubeo de quien acabará transigiendo después de mucha insistencia. Y aunque está interpretado como un diálogo, es casi lo único que recuerdo de esa canción y casi no la canción misma.

Esto me hace pensar en la magia de la repetición que acaba por colarse en nuestra mente y que precisamente por eso ha sido durante generaciones la vía de transmisión de conocimiento de padres a hijos o de abuelos a nietos. Una vía de transmisión que era muy fiel a la palabra porque prácticamente se transmitía como una grabación con las exactas palabra y la exacta entonación con que uno había escuchado miles de veces aquella historia, poesía, dicho popular o narración más extensa (o chistes, añado ahora, otra expresión popular que se conserva literalmente generación tras generación). De ahí, supongo, que los textos antiguos se conservaran, por ejemplo, entre los egipcios, de una manera completamente fiel, como si el cambio de una palabra, de una expresión, aunque dijera lo mismo, desvirtuara completamente el texto o lo desacralizara, o le hiciera perder su efectividad o autenticidad. 

Recuerdo que, de niño, teníamos un disco de cuentos, que escuchábamos una y otra vez y no nos cansábamos de oírlo exactamente igual cada vez (piensa uno en lo efímeras que son hoy las canciones, las películas, los libros, que una vez leídos, escuchados, se olvidan porque ya se leyeron, porque ya se escucharon, porque ya vi esa película, y en efecto, muchas de ellas no dejan ni el menor rastro en nuestras mentes). En concreto se trataba de El gato con botas, y Aladino y la lámpara maravillosa. Uno por una cara y otro por la otra del disco. Todavía hoy tengo frases impresas no solo por el significado, sino con el tono y si me apuro, hasta con el sonido con que se pronunciaban en aquel disco. ¡Eh, caravanero!… ¡Hola, mercader!… Eran cuentos no solo leídos sino interpretados, sin las exageraciones interpretativas que usan actualmente, y según mi parecer, los cuenta cuentos, en donde prima más el espectáculo que mantenga la atención que la pura narración. Un único lector cambiaba ligeramente la voz para interpretar a los personajes y a mí me parecía verlos claramente distintos uno de otro al mismo tiempo que comprendía que era uno solo el narrador. Por eso, cuando imitaba esas lecturas, también ponía voces, como había aprendido a hacer: Y, dime, mago, ¿qué hacen los ricos?, le preguntaba el hombre que le había robado la lámpara a Aladino al mago que había salido de ella. Es una frase que me brota, de manera completamente espontánea, cada vez que veo una muestra de ostentación.

Yo creo que más que lo que se dice, lo que importa es el sonido de la frase, cómo se pronuncia, es decir, que lo que recordamos no es una idea, sino una música, y gracias a esa música la expresión queda grabada en nuestra mente, y un día, tal vez, comprendemos lo que significa. Como cuando aprendíamos las tablas de multiplicar cantándolas y por lo tanto aprendimos a multiplicar buscando en esas tablas, hasta que, al menos en mi caso, ya de bastante talludito, yo creo que ya estaría en el instituto o la universidad, vine a comprender que la multiplicación era una suma sucesiva, lo mismo que la división era una resta sucesiva. Hasta entonces nunca se me había ocurrido reflexionar sobre el asunto, simplemente multiplicaba y dividía acudiendo a aquellas tablas. (Dicho sea de paso, desde que me dí cuenta de esto, se me empezó a dificultar el multiplicar o dividir con soltura, porque ahora intervenía mucho más la razón que la memoria automática).

Esto me hace pensar que el conocimiento se transmite primero por memoria y después, cuando la mente de uno está mejor formada, es cuando empieza el razonamiento sobre lo que ya tenemos bien asentado en la memoria.  Lo que se contrapone a las metodologías docentes de hoy día, que, ya desde hace unos cuantos años, desprecian la memorización como si fuera un acto inútil. Aunque más de una voz ha reivindicado la necesidad de la memorización en la formación. 

Mi capacidad memorística voluntaria siempre ha sido muy mala, porque soy muy perezoso para estudiar o porque soy demasiado optimista cuando estoy estudiando y me creo que el trabajo de almacenamiento ya ha sido realizado cuando todavía es demasiado pronto. Recuerdo que a muchos exámenes –en mis tiempos de estudiante– acudía con cierta confianza y cuando me veía ante las preguntas me desmoronaba completamente hasta no sonarme ni referencias de lo que se me estaba solicitando. Hoy mismo soy incapaz de acordarme de un nombre que acabo de leer dos páginas atrás. Y no creo que sea síntoma de alzheimer porque esta dificultad mía con los nombres ya me viene de muy antiguo. Por alguna razón mi mente sostiene que los nombres propios de personas son absolutamente irrelevantes y ha renunciado a almacenarlos, por lo que muchas veces, si quiero ir enterándome de la trama de una película o de un libro, tengo que ir llevando un listado de la nomenclatura de los personajes para entender a quienes se están refiriendo. Por cierto que tampoco se me da muy bien recordar las fechas de los hechos históricos, tan necesarias para ordenar en la mente los sucesos, razones todas por las cuales hice muy bien en no abordar carreras de humanidades, supongo. Y sin embargo podría cantar de memoria muchas de las canciones de Silvio y Pablo, muchas de las de Pablo Guerrero o Luis Pastor, y la mayor parte de los poemas que me he aprendido han sido por las versiones de Paco Ibáñez. Apenas tengo en mi haber independiente el haberme aprendido de memoria el primer capítulo del Industrias y Andanzas de Alfanhuí –intentándolo estoy con el segundo–, que decidí aprenderme alguna vez completo, pensando en aquel libro de Ray Bradbury, para el caso de que, un día, llegara el gran cataclismo y desaparecieran todos los libros.