martes, 17 de enero de 2012

Conversión

“Y bien, amigos, ya vislumbro el final de esta terrible crisis emocional que he atravesado. Adivino el gesto de sorpresa en vuestras caras, pues espero haber sabido ocultar a vuestra preocupación los graves momentos por los que he pasado. Momentos, ahora me atrevo a confesar, que me llevaron hasta el límite más extremo que un hombre puede llegar, hasta el borde mismo del precipicio. Y es allí, justo en el borde, donde, para mi salvación y la salvación de mi alma, he recibido el hálito inspirador de Jesucristo. En ese momento en que dudaba si abandonar este mundo para dejar de sufrir, aunque con ello, causara tanto dolor a los que me quieren, entre lo que os incluyo a todos los que me leéis, en ese mismo momento algo me impidió tomar el último aliento y sumergirme en la oscuridad. Y no fue el miedo, no, no fue, por una vez en mi vida, la cobardía, la que me impidió tomar una decisión que cambiara el torcido rumbo de mis pasos, sino el amor. Y por una vez esta omisión me llevó hacia el camino correcto: el Amor de Jesucristo que me ha hecho comprender que toda mi vida ha sido un error y que, en el poco tiempo que me queda, debo enmendarlo dedicándolo a rescatar de la oscuridad y la miseria espiritual a todos cuantos aún seguís sufriendo por desconocer el camino.
No soy un profeta, no soy un enviado, soy un humilde servidor del Señor que pondrá todo su empeño en corregir su vida para que cuando me llege, según Su decisión, el gran momento, pueda dar con serenidad el ultimo suspiro y decir con gozo: me entrego a ti señor, en tus manos encomiendo mi espíritu”
UNO
Nuestro amigo Riforfo había pasado por una terrible época, es verdad. Según él mismo nos confirmó estuvo a punto de tirarse por el Roque Faneque en un último gesto de muerte y belleza. Fue mientras estaba sentado allí, despidiéndose, según sus palabras, cuando advirtió la presencia de un libro tirado a unos metros de él, medio oculto entre la hierba. Era una Biblia. No estaba demasiado deteriorada, pudimos verla muchas veces, porque desde entonces nunca se desprendió de ella. La abrió por cualquier parte y se encontró con un pasaje que le pareció tan impactante que le transformó completamente.

“Este vio claramente, en una visión, como, a la hora novena del día, un Ángel de Dios entraba adónde él estaba y le decía: Cornelio”

No sé qué demonios pudo descubrir en esa sentencia que le afectara tanto. Algo nos dijo sobre que sabía que su mujer, desde hacía un tiempo, le ponía los cuernos. En fin, supongo que estaba predispuesto para dejarse convencer con cualquier excusa de no tirarase. El caso es que recogió la nota de suicidio que pensaba dejar detrás:

“ADIOS, A TOMAR POR CULO”

y la usó como marcador de la página que contenía aquella cita. Se incorporó llorando de felicidad por su renacimiento y regresó al coche. Había tirado las llaves, que no pensaba volver a utilizar nunca más, y estuvo buscándolas hasta que casi se hizo de noche, pero al fin las halló y regresó a casa. Maldita la hora.

A partir de ese momento no dejó de darnos la lata a todos sus amigos, a su mujer, al perro, al que llevó a bendecir a la iglesia de San Agustín, de que debíamos abandonar nuestra senda de tribulaciones y abrazar el Amor de Jesucristo. Desgraciadamente, no se unió a ninguna cofradía, y al menos en eso conservaba su individualismo, sino que, a cambio, pretendía formar una propia con sus amigos y familiares, incluyendo al perro.

Al principio le huíamos. Su mujer se trasladó a la casa del amante y hasta el perro se escapaba solo al parque y se iba detrás de cualquiera que le pareciera buen candidato como amo. Volvía cada noche a casa con el rabo entre las piernas, signo máximo de desolación, porque ese perro ha tenido siempre un rabo en forma de tirabuzón que se le enredaba por encima del culo dándole un aspecto simpático y feliz. Entraba con la cabeza gacha y se dejaba atrapar por el amo, que se pasaba largas horas leyéndole el Apocalipsis o las cartas de Pablo.

La mujer también tuvo que regresar porque el amante no sorportaba que Riforfo los visitara y los aleccionara para que confirmasen su amor ante Dios, que él la cedía de buen grado porque la felicidad de ella era más importante que … blablabla.

En cuanto a nosotros. Dejamos de vernos los jueves para no tener que invitarle y nos fuimos distanciando unos de otros. Lo que no le impidió ir uno por uno a vernos y, abusando de nuestra consideración por la vieja amistad que nos unía, darnos la tabarra con la necesidad de recuperar el control de nuestras vidas en el puñetero Amor de Jesucristo de los cojones.

DOS
Aguantamos todo esto un año, pero llegó un momento en que no pudimos más. El hartazgo fue coincidentalmente espontáneo. Un día decidimos convocar una reunión para hablar del asunto y, casualmente, el lugar que elegimos para confabular era el que la mujer de Riforfo utilizaba para ocultarse de él y dedicarse a la única afición que le permitía soportar la compañía de aquel insoportable resucitado: la bebida.

En aquella reunión se decidió todo. Después de darnos prisa por alcancar a la mujer de Riforfo, que no regresaba nunca a casa sin asegurarse de que al menos iba a tener dificultades para introducir la llave en la cerradura, nos pusimos a discutir sobre lo que más nos preocupaba en aquel momento. Riforfo y su campaña evangélica había más que saturado la paciencia de todos nosotros. Durante la época de su depresión ya fue bastante duro para nosotros, que nos turnábamos para hacerle compañía y darle conversación que lo distrajera de sus lúgubres pensamientos sobre la inutilidad de su vida y la incapacidad que sentía para retomar el rumbo de ella. Cuando desapareció todos nos alarmamos porque nos temíamos que cometería una locura, pero lo cierto es que no revolvimos cielo y tierra para buscarlo y evitar que tomara la decisión fatal. Decidimos que estaba en su derecho de corregir su vida como mejor le viniera en gana y ya estabamos un poquito hasta los cojones de su pesimismo que iba a terminar por contagiarnos a todos.

Su regreso, y ya estabamos todos con el mismo nivel de conciencia para admitirlo sin falsas excusas, nos desanimó bastante, pero su recien adquirida vitalidad mística y sobre todo su incansable proselitismo ciego colmaba hasta mucho más arriba de sus límites el crédito de paciencia que nuestra ya larga amistad le concedía.

No sé cual de nosotros sugirió que más nos hubiera valido leer aquella triste y lacónica nota de despedida, en lugar de su sorprendente primer post de salutación a su nueva vida. Y convinimos en que ciertamente Riforfo estaba viviendo de más, que había apurado excesivamente el crédito de su vida y que estaba viviendo del afecto prestado a un interés excesivamente bajo para encontrar alguna compensación por parte de los acreedores, es decir, nosotros.(Siento esta rebuscada perífrasis económica, son los tiempos)
En resumen, decidimos cumplir el destino que tenía designado y que por una fractura del espacio tiempo o un subterfugio de su sempiterna cobardía, él no había sabido cumplir.

Así que a partir de entonces empezamos a mostrarnos más sumisos con él. Aceptábamos escuchar sus largas peroratas moralizantes y no menos tediosas sesiones de lecturas de los evangelios. Eso nos animó un poco y hasta discutíamos sobre diferentes aspectos de la vida de Jesús y las contradicciones que con sus enseñanzas mantenía la Iglesia.

La Biblia resulta un librito muy interesante cuando se lo lee desde una perspectiva meramente literaria y acaba uno meditando sobre los errores de la propia vida y de la sociedad. A mí personalmente me cautivó el comportamiento esencialmente anti económico de las enseñanzas de Jesús, la entrega al otro que él propone sin esperar contraprestaciones, el desasimiento de las férreas tradiciones que contradicen la esencial naturaleza del hombre. En fin, nos vimos entregados a sus enseñanzas y hasta aceptamos comprarnos una túnica blanca para simbolizar el abandono de las posesiones materiales.

Le propusimos al cabo de unas semanas que tuvieramos una reunión de oración en el lugar en el que recibió la iluminación, en pleno campo, como hacían los gnósticos de las primeras disensiones heréticas allás por los siglos iniciales de la era cristiana. Y allá que nos fuimos un domingo a Tamadaba, al Roque Faneque, a saludar al sol.

Aprovechamos la furgoneta de reparto de uno de nosotros, y todos juntos, incluyendo al perro que asumió su complicidad con extrema alegría, nos dirigimos hacia la montaña.

Aparcamos a una cierta distancia del lugar e hicimos el trayecto campestre hablando animadamente, Riforfo el más ilusionado por ver cumplidos sus propósitos de nuevo profeta con tanta celeridad, el perro saltando y persiguiendo algún conejo que nuestra presencia espantaba. Al llegar al lugar, fingimos orar silenciosamente y en cuanto lo vimos completamente abstraido, lo levantamos entre todos, lo desnudamos y lo lanzamos por el precipicio, cuidando de que no se fuera con él la sagrada biblia que había hallado en aquel mismo lugar. Luego colocamos sus ropas, que habíamos traído sin que él lo advirtiera, amontonadas al borde del precipicio y sobre las ropas pusimos, debajo de una piedra para que no echara a volar, su nota de suicidio, aquella que hacía de marcador en la página de la cita, incomprensible, que le había transformado.

Habíamos cumplido su designio. Todo quedaba como continuación de aquel fatídico día que no se cumplió. Ahora el universo retomaba su camino tras aquella breve digresión. Su mujer iba llorando todo el camino y nosotros apenas podíamos contener las lágrimas que verteríamos cuando nos fuese comunicado el suicidio de nuestro amigo, que, considerábamos, por otra parte, inevitable desde hacía ya algún tiempo.

Retomamos las citas de los jueves, apenados por su ausencia. Aún lo recordamos en nuestras tertulias, su humor inclasificable, sus momentos de silencio, sobre todo sus escritos que aún siguen colgados en el blog, del cual hemos eliminado – todos conocíamos sus claves – aquel último post que, quién sabe cómo, algún hacker había conseguido insertar.

EPILOGO
El perro anda entristecido por la ausencia del amo. Cada mañana espera a que le ponga la correa y lo saque a pasear como solía antes de aquel fatídico día. Costumbre que no retomó en su etapa mística y durante la cual el perro procuraba esconderse a su mirada. Es como si al perro se hubieran borrado de la memoria aquellos meses durante los cuales su amo renació, equivocadamente, a otro ser que no era él.

5 comentarios:

  1. ¿Cómo se os ocurre haber dejado allí la nota de suicidio? ¿No os dais cuenta de su incalculable valor literario? Salgo para allá disparado a ver si aún puedo recuperarla.

    ResponderEliminar
  2. Una vez fuimos juntos a Faneque. ¿Te acuerdas?

    Buen relato, tiene mucho sentido del humor.

    ResponderEliminar
  3. Pues claro, me acordé de aquel precipicio desde el cual se veía Agaete y digo ¡qué buen sitio para tener una hermosa muerte!

    ResponderEliminar
  4. ¡La encontré! La guardaré en mi relicario.

    ResponderEliminar
  5. Le advierto, caballero, que esa nota tiene Copy Right

    ResponderEliminar