martes, 13 de mayo de 2014

Una historia de condes y gente así en tierras de moros

 Pues ahora estoy leyendo El conde Lucanor, de don Juan Manuel. Y descubro que uno de los relatos que allí se cuentan fue fusilado por Borges, como historia, pues Borges lo adapta con su singular maestría. Y porque yo no soy menos que Borges, y encima no estoy ciego, pues hago lo mismo con esta historia que me ha llamado la atención.


 UNA HISTORIA DE CONDES Y GENTE ASÍ EN TIERRAS DE MOROS



 Era un Señor del tiempo de los moros, que después de asegurado su patrimonio y sus tierras, no encontrándose tan satisfecho del estado de su alma, decidió rendir cuentas con Dios embarcándose para tierras de moros, a matarlos para mayor gloria de la Religión Verdadera, esperando con ello congraciarse con el Altísimo, y que tales hazañas en Su Alabado Nombre Le hicieran olvidar los pecadillos que cometiera en la distracción de los tiempos de hacerse un hombre de provecho.

Dispuesto a ello preparó una flota, preñó a su mujer y fuese allá a combatir a los infieles. Y le fue mal, pues quedó preso del más famoso de los musulmanes de aquel tiempo, el Sultán Saladino, que imperaba en toda Argel.

Era Saladino un hombre instruido y curioso, y gustaba tanto de la buena conversación como de una buena batalla. Cruel con los crueles y compasivo con los compasivos, y con los sabios, sabio. Y bondadoso con los mejores. Por alguna razón vio en nuestro Señor, el Conde, tales cualidades para tomarlo por amigo que lo retuvo a su lado durante muchos años.

De nada sirvieron los denodados esfuerzos de su familia por rescatarlo, los ruegos y los muchos dineros que enviaron, rogando por su vuelta. Todo lo retornaba Saladino con su negativa y aún acrecentado para que se supiese que no quedaba como recluso, aunque para el Conde no hubiera otra elección. Andaba el Conde libre por su palacio, en el cual lo retenían, no barrotes, sino promesa, pues, confiando en su honestidad, y siendo ésta tan verdadera como una cárcel, Saladino había hecho jurar al Conde que no regresaría a sus tierras en tanto el Sultán no le liberase de ella.

Y así transcurrieron los años. El Conde mantenía frecuentes contactos a través de mensajeros con su familia en la Cristiandad y llevaba tan al punto sus negocios de allá como si estuviera allá mismo presente. El sultán Saladino le consultaba frecuentemente de sus negocios de acá y el Conde le aconsejaba tan sabiamente como sabía, aún a costa de acrecentar el aprecio que Saladino le profesaba y con ello disminuir las posibilidades de retorno al hogar.

Un día el Conde recibió una carta particular, en la que su esposa, la Señora Condesa, le informaba que su hija había llegado a la mayoría de edad y era tiempo de ir buscándole marido. En la misma carta le enumeraba la serie de candidatos que podían ser considerados, cada uno detallado con sus atributos y posesiones, intereses y afecciones.

El Conde se puso a considerar cual de aquellos candidatos sería el más idóneo para casar a su hija. Uno era muy adecuado, pues estaba emparentado con el rey, y siempre convenía tener a la familia real del lado de la propia familia, sobretodo en tierras donde era frecuente que los reyes diesen y tomasen saltándose derechos y tradiciones. Otros eran herederos de tierras lindantes con las del Conde, lo cual convenía, pues acrecentar la tierra equivalía a acrecentar el poder y el prestigio. Otros eran hijos de poderosos comerciantes, con los cuales siempre era provechoso emparentar pues, acabadas las contiendas con los moros, se haría necesario buscar fortunas en otras batallas que las guerreras. Y así saltaba el Conde de uno al siguiente valorando sus posibilidades y viendo en el anterior algo menos que en el siguiente y en el siguiente menos razones que el posterior.

Observó Saladino las meditadas cavilaciones que hacía su forzado amigo y le preguntó que cual era la razón de su congoja, y le explicó el Conde en qué andaban metidas sus mientes y por que iba haciendo cábalas como sabio loco. Entonces Saladino se permitió un consejo, aunque poco sabía de las costumbres bárbaras en cuanto a asuntos de hogar.

-Señor Conde, he de deciros que para casar a vuestra hija, yo os aconsejo que no escojáis a uno u otro candidato sino por ser un hombre, y nada más que un hombre.

Oído el breve consejo del Sultán, y tal vez movido por él, el Conde envió un correo de vuelta a su casa exigiendo que no sólo se describieran las características familiares de los candidatos, sino que también se hiciera una detallada exposición de sus atributos físicos y sus cualidades morales.

Así supo que el candidato próximo a la corona, con toda su conveniencia, también era un personaje irascible y orgulloso; que el heredero de las tierras lindantes no era más que un tontorrón, con tan pocas luces como un bebé; que los hijos de los comerciantes, con su prosperidad, también acarreaban buenas dosis de avaricia. Tan sólo de un candidato, el de menos posibilidades por ser de familia menos que preciada, que se vería muy beneficiado con este matrimonio, pero que apenas aportaría un apellido más al escudo de la familia, se hablaba, como hombre, en términos gratos y amables.  El consejo tan prudente emitido por Saladino saltó a la mente del Conde mientras leía estas referencias y este fue el pretendiente que seleccionó como prometido para su hija.



Saltamos ahora a las Tierras Cristianas y hablamos de los preparativos de la boda que  ordenó y gobernó la Señora Condesa, aun sin comprender las razones de su lejano esposo, pero acatándolas como fiel servidora que era. Y como primer acto de esta ceremonia, se acordó el encuentro de ambos contrayentes, informándosele al joven agraciado de cuales habían sido las razones para aceptar su solicitud. Se le explicó que  de entre todos los candidatos, cada cual más rico e influyente que él mismo, el Conde había tenido en mayor consideración su fama de prudente, generoso, amable y bondadoso.  Ante esta exposición el joven, aunque muy agradecido, quedó también harto pensativo o perplejo, y nada más, pues nada dijo de relevancia al respecto, durante todo el tiempo que duraron las ceremonias.  Se celebraron las bodas, y había llegado el momento en que la pareja de recién casados debía retirarse a sus aposentos cuando el joven, llevando de la mano a sus esposa hasta donde se encontraba su suegra, les dijo lo siguiente:

-Señoras, os ruego que no os extrañéis ni os alarméis de  lo que os voy a decir. Tened en mente siempre la confianza que vuestro esposo ha puesto en mí, y confiad en su buen juicio. Debo pediros que me dejéis disponer de vuestro dinero, y no me preguntéis más, solo confiad.

No quiso explicar, el muchacho, las razones que tenía para tan sospechoso comportamiento. Retiráronse los esposos a sus aposentos, preñó el muchacho a su mujer y al día siguiente partió dispuesto a emprender sus enigmáticos designios.

Enigmáticos para su insaciada esposa y su confusa suegra, pero nosotros, privilegiados lectores, sabremos que con esos dineros formó una flota que colmó cuanto pudo de riquezas, dispuesto a llegarse hasta Argel, donde estaba preso su suegro, el Señor Conde, con la intención de lograr su rescate. Pero como era sabido de los infructuosos intentos que anteriormente habían sido realizados por la familia, no hizo esto de forma directa y descarada sino que ideo un plan que detallaremos a continuación.

En primer lugar desembarcó haciéndose pasar por comerciante, en unas costas próximas a dónde sabía que quedaba preso el Señor Conde. Allí aprendió la lengua del lugar y moró durante algunos años hasta ser confundido con un lugareño y que sus actividades de comerciante llegaran hasta los oídos del propio Saladino.

Se enteró de cuales eran las principales aficiones del Sultán y procuraba especializarse en traer de lejanos países los productos más exóticos que pudieran reclamar su atención. Así consiguió atraerse su amistad hasta el punto que el Sultán  lo invitaba a sus partidas de caza, en las cuales, naturalmente, también participaba el Señor Conde, su suegro, sin saber que compartía arco y flechas con su propio hijo político.

La amistad entre el muchacho y el Sultán se hizo tan íntima que se perdían juntos por los caminos durante largas horas, alejándose de la guardia del Sultán sin cuidado, inmersos de lleno en medio de graves o ligeras conversaciones que mucho regocijaban a ambos. En una de estas ocasiones llegaron hasta el puerto en donde el muchacho había ordenado atracar a algunas de sus galeras y, en cuanto se vio en la ocasión, ordenó a sus hombres, que permanecían constantemente vigilantes a la espera de la señal, que retuvieran al Sultán y lo trasladaran a la bodega del barco.

Saladino se vio sorprendido y sin posibilidades de defenderse de esta flagrante traición pero, confiando en su certero instinto para conocer a las personas en las que ponía toda su confianza, decidió que no había nada de qué preocuparse y se dejó llevar a donde fuere en espera de que se aclarasen las razones que habían llevado al muchacho a actuar de aquella manera.

No se hicieron esperar aquellas razones. El muchacho se presentó ante él y le explicó con detalle cual era su identidad y cuales eran los motivos que le habían traído a Argel. Que si se había atrevido a ofender su dignidad de aquella manera era por el deseo que tenía de rescatar a su Suegro, para que regresara a su hogar y pudiera ver crecer a los nietos que sin duda ya habrían brotado del vientre de su esposa.

Saladino comprendió que su consejo había dado sus frutos y lejos de sentirse agraviado consideró aquellos hechos como la conclusión de una sabia decisión a la que había contribuido a gestar. Prometió no tomar represalias contra el muchacho. Regresaron juntos a palacio y contaron al Conde lo sucedido, el cual, después de recuperarse de la sorpresa, se alegró enormemente de haber acertado en la elección de un marido para su hija y un heredero para su fortuna.

Poco tiempo después partieron ambos de regreso a casa en donde encontraron a las mujeres que los esperaban con más hijos que los que sus cuentas les daban. Pero no encontrándose con ánimos ni razones para discutir sobre ello preñáronlas de nuevo para acallar maledicencias y vivieron en paz y armonía cuanto pudieron, que no eran tiempos serenos aquellos para confiar en que mucho duraran.

1 comentario:

  1. Antes de leer el cuento, quiero decir que una vez, leyendo un bestiario medieval europeo, noté que la sección que hablaba de la ballena era muy parecida a un relato en el bestiario de Borges; este ciego era un loco.

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